EL SERMÓN
DEL MONTE (Mat. 5:1; 7:28)
Capítulo 5
1 Y VIENDO las gentes, subió al monte; y sentándose, se llegaron
á Él
sus discípulos.
2 Y abriendo su boca, les enseñaba, diciendo:
3 Bienaventurados los pobres en espíritu: porque de ellos es el reino de
los cielos.
4 Bienaventurados los que lloran: porque ellos recibirán consolación.
5 Bienaventurados los mansos: porque ellos recibirán la tierra por
heredad.
6 Bienaventurados los que tienen hambre y sed de justicia: porque ellos
serán hartos.
7 Bienaventurados los misericordiosos: porque ellos alcanzarán
misericordia.
8 Bienaventurados los de limpio corazón: porque ellos verán
á Dios.
9 Bienaventurados los pacificadores: porque ellos serán llamados hijos
de Dios.
10 Bienaventurados los que padecen persecución por causa de la justicia:
porque de ellos es el reino de los cielos.
11 Bienaventurados sois cuando os vituperaren y os persiguieren, y
dijeren
de vosotros todo mal por mi causa, mintiendo.
12 Gozaos y alegraos; porque vuestra merced es grande en los cielos:
que así persiguieron á los profetas que fueron antes de vosotros.
13 Vosotros sois la sal de la tierra: y si la sal se desvaneciere ¿con
qué
será salada? no vale más para nada, sino para ser echada fuera y hollada
de
los hombres.
14 Vosotros sois la luz del mundo: una ciudad asentada sobre un monte
no se puede esconder.
15 Ni se enciende una lámpara y se pone debajo de un almud, mas
sobre el candelero, y alumbra á todos los que están en casa.
16 Así alumbre vuestra luz delante de los hombres, para que vean
vuestras
obras buenas, y glorifiquen á vuestro Padre que está en los cielos.
17 No penséis que he venido para abrogar la ley ó los profetas: no he
venido para abrogar, sino á cumplir.
18 Porque de cierto os digo, que hasta que perezca el cielo y la tierra,
ni
una jota ni un tilde perecerá de la ley, hasta que todas las cosas sean
hechas.
19 De manera que cualquiera que infringiere uno de estos mandamientos
muy pequeños, y así enseñare á los hombres, muy pequeño será llamado
en el reino de los cielos: mas cualquiera que hiciere y enseñare, éste
será
llamado grande en el reino de los cielos.
20 Porque os digo, que si vuestra justicia no fuere mayor que la de los
escribas y de los Fariseos, no entraréis en el reino de los cielos.
21 Oísteis que fué dicho á los antiguos: No matarás; mas cualquiera
que matare, será culpado del juicio.
22 Mas yo os digo, que cualquiera que se enojare locamente con su
hermano,
será culpado del juicio; y cualquiera que dijere á su hermano, Raca,
será culpado del concejo; y cualquiera que dijere, Fatuo, será culpado
del
infierno del fuego.
23 Por tanto, si trajeres tu presente al altar, y allí te acordares de
que tu
hermano tiene algo contra ti.
24 Deja allí tu presente delante del altar, y vete, vuelve primero en
amistad con tu hermano, y entonces ven y ofrece tu presente.
25 Concíliate con tu adversario presto, entre tanto que estás con Él en
el camino; porque no acontezca que el adversario te entregue al juez, y
el
juez te entregue al alguacil, y seas echado en prisión.
26 De cierto te digo, que no saldrás de allí, hasta que pagues el último
cuadrante.
27 Oísteis que fué dicho: No adulterarás:
28 Mas yo os digo, que cualquiera que mira á una mujer para codiciarla,
ya adulteró con ella en su corazón.
29 Por tanto, si tu ojo derecho te fuere ocasión de caer, sácalo, y
échalo
de ti: que mejor te es que se pierda uno de tus miembros, que no que
todo
tu cuerpo sea echado al infierno.
30 Y si tu mano derecha te fuere ocasión de caer, córtala, y échala de
ti: que mejor te es que se pierda uno de tus miembros, que no que todo
tu
cuerpo sea echado al infierno.
31 También fué dicho: Cualquiera que repudiare á su mujer, déle carta
de divorcio:
32 Mas yo os digo, que el que repudiare á su mujer, fuera de causa
de fornicación, hace que ella adultere; y el que se casare con la
repudiada,
comete adulterio.
33 Además habéis oído que fué dicho á los antiguos: No te perjurarás;
mas pagarás al Señor tus juramentos.
34 Mas yo os digo: No juréis en ninguna manera: ni por el cielo, porque
es el trono de Dios;
35 Ni por la tierra, porque es el estrado de sus pies; ni por Jerusalem,
porque es la ciudad del gran Rey.
36 Ni por tu cabeza jurarás, porque no puedes hacer un cabello blanco
ó negro.
37 Mas sea vuestro hablar: Sí, sí; No, no; porque lo que es más de esto,
de mal procede.
38 Oísteis que fué dicho á los antiguos: Ojo por ojo, y diente por
diente.
39 Mas yo os digo: No resistáis al mal; antes á cualquiera que te
hiriere
en tu mejilla diestra, vuélvele también la otra;
40 Y al que quisiere ponerte á pleito y tomarte tu ropa, déjale también
la capa;
41 Y á cualquiera que te cargare por una milla, ve con Él dos.
42 Al que te pidiere, dale; y al que quisiere tomar de ti prestado, no
se
lo rehuses.
43 Oísteis que fué dicho: Amarás á tu prójimo, y aborrecerás
á tu
enemigo.
44 Mas yo os digo: Amad á vuestros enemigos, bendecid
á los que os
maldicen, haced bien á los que os aborrecen, y orad por los que os
ultrajan
y os persiguen;
45 Para que seáis hijos de vuestro Padre que está en los cielos: que
hace
que su sol salga sobre malos y buenos, y llueve sobre justos é injustos.
46 Porque si amareis á los que os aman, ¿qué recompensa tendréis? ¿no
hacen también lo mismo los publicanos?
47 Y si abrazareis á vuestros hermanos solamente, ¿qué hacéis de más?
¿no hacen también así los Gentiles?
48 Sed, pues, vosotros perfectos, como vuestro Padre que está en los
cielos es perfecto.
Capítulo 6
1 MIRAD que no hagáis vuestra justicia delante de los hombres, para
ser vistos de ellos: de otra manera no tendréis merced de vuestro Padre
que
está en los cielos.
2 Cuando pues haces limosna, no hagas tocar trompeta delante de ti, como
hacen los hipócritas en las sinagogas y en las plazas, para ser
estimados
de los hombres: de cierto os digo, que ya tienen su recompensa.
3 Mas cuando tú haces limosna, no sepa tu izquierda lo que hace tu
derecha;
4 Para que sea tu limosna en secreto: y tu Padre que ve en secreto, Él
te recompensará en público.
5 Y cuando oras, no seas como los hipócritas; porque ellos aman el orar
en las sinagogas, y en los cantones de las calles en pie, para ser
vistos de los
hombres: de cierto os digo, que ya tienen su pago.
6 Mas tú, cuando oras, éntrate en tu cámara, y cerrada tu puerta, ora
á
tu Padre que está en secreto; y tu Padre que ve en secreto, te
recompensará
en público.
7 Y orando, no seáis prolijos, como los Gentiles; que piensan que por
su parlería serán oídos.
8 No os hagáis, pues, semejantes á ellos; porque vuestro Padre sabe de
qué cosas tenéis necesidad, antes que vosotros le pidáis.
9 Vosotros pues, oraréis así: Padre nuestro que estás en los cielos,
santificado
sea tu nombre.
10 Venga tu reino. Sea hecha tu voluntad, como en el cielo, así también
en la tierra.
11 Danos hoy nuestro pan cotidiano.
12 Y perdónanos nuestras deudas, como también nosotros perdonamos
á nuestros deudores.
13 Y no nos metas en tentación, mas líbranos del mal: porque tuyo es
el reino, y el poder, y la gloria, por todos los siglos. Amén.
14 Porque si perdonareis á los hombres sus ofensas, os perdonará también
á vosotros vuestro Padre celestial.
15 Mas si no perdonareis á los hombres sus ofensas, tampoco vuestro
Padre os perdonará vuestras ofensas.
16 Y cuando ayunáis, no seáis como los hipócritas, austeros; porque
ellos demudan sus rostros para parecer á los hombres que ayunan: de
cierto
os digo, que ya tienen su pago.
17 Mas tú, cuando ayunas, unge tu cabeza y lava tu rostro;
18 Para no parecer á los hombres que ayunas, sino á tu Padre que está
en secreto: y tu Padre que ve en secreto, te recompensará en público.
19 No os hagáis tesoros en la tierra, donde la polilla y el orín
corrompe,
y donde ladronas minan y hurtan;
20 Mas haceos tesoros en el cielo, donde ni polilla ni orín corrompe, y
donde ladrones no minan ni hurtan:
21 Porque donde estuviere vuestro tesoro, allí estará vuestro corazón.
22 La lámpara del cuerpo es el ojo: así que, si tu ojo fuere sincero,
todo
tu cuerpo será luminoso:
23 Mas si tu ojo fuere malo, todo tu cuerpo será tenebroso. Así que, si
la lumbre que en ti hay son tinieblas, ¿cuántas serán las mismas
tinieblas?
24 Ninguno puede servir á dos señores; porque ó aborrecerá al uno y
amará al otro, ó se llegará al uno y menospreciará al otro: no podéis
servir á Dios y á Mammón.
25 Por tanto os digo: No os congojéis por vuestra vida, qué habéis de
comer, ó que habéis de beber; ni por vuestro cuerpo, qué habéis de
vestir:
¿no es la vida más que el alimento, y el cuerpo que el vestido?
26 Mirad las aves del cielo, que no siembran, ni siegan, ni allegan en
alfolíes; y vuestro Padre celestial las alimenta. ¿No sois vosotros
mucho
mejores que ellas?.
27 Mas ¿quién de vosotros podrá, congojándose, añadir
á su estatura
un codo?
28 Y por el vestido ¿por qué os congojáis? Reparad los lirios del campo,
cómo crecen; no trabajan ni hilan;
29 Mas os digo, que ni aun Salomón con toda su gloria
fué vestido así
como uno de ellos.
30 Y si la hierba del campo que hoy es, y mañana es echada en el horno,
Dios la viste así, ¿no hará mucho más á vosotros, hombres de poca fe?
31 No os congojéis pues, diciendo: ¿Qué comeremos, ó qué beberemos,
ó con qué nos cubriremos?
32 Porque los Gentiles buscan todas estas cosas: que vuestro Padre
celestial
sabe que de todas estas cosas habéis menester.
33 Mas buscad primeramente el reino de Dios y su justicia, y todas
estas cosas os serán añadidas.
34 Así que, no os congojéis por el día de mañana; que el día de mañana
traerá su fatiga: basta al día su afán.
Capítulo 7
1 NO juzguéis, para que no seáis juzgados.
2 Porque con el juicio con que juzgáis, seréis juzgados; y con la medida
con que medís, os volverán á medir.
3 Y ¿por qué miras la mota que está en el ojo de tu hermano, y no echas
de ver la viga que está en tu ojo?
4 O ¿cómo dirás á tu hermano: Espera, echaré de tu ojo la mota, y he
aquí la viga en tu ojo?
5 ¡Hipócrita! echa primero la viga de tu ojo, y entonces mirarás en
echar la mota del ojo de tu hermano.
6 No deis lo santo á los perros, ni echéis vuestras perlas delante de
los
puercos; porque no las rehuellen con sus pies, y vuelvan y os
despedacen.
7 Pedid, y se os dará; buscad, y hallaréis; llamad, y se os abrirá.
8 Porque cualquiera que pide, recibe; y el que busca, halla; y al que
llama, se abrirá.
9 ¿Qué hombre hay de vosotros, á quien si su hijo pidiere pan, le dará
una piedra?
10 ¿Y si le pidiere un pez, le dará una serpiente?
11 Pues si vosotros, siendo malos, sabéis dar buenas dádivas
á vuestros
hijos, ¿cuánto más vuestro Padre que está en los cielos, dará buenas
cosas á
los que le piden?
12 Así que, todas las cosas que quisierais que los hombres hiciesen con
vosotros, así también haced vosotros con ellos; porque esta es la ley y
los
profetas.
13 Entrad por la puerta estrecha: porque ancha es la puerta, y espacioso
el camino que lleva á perdición, y muchos son los que entran por ella.
14 Porque estrecha es la puerta, y angosto el camino que lleva
á la
vida,
y pocos son los que la hallan.
15 Y guardaos de los falsos profetas, que vienen á vosotros con vestidos
de ovejas, mas de dentro son lobos rapaces.
16 Por sus frutos los conoceréis. ¿Cógense uvas de los espinos,
ó higos
de los abrojos?
17 Así, todo buen árbol lleva buenos frutos; mas el árbol maleado lleva
malos frutos.
18 No puede el buen árbol llevar malos frutos, ni el árbol maleado
llevar
frutos buenos.
19 Todo árbol que no lleva buen fruto, córtase y échase en el fuego.
20 Así que, por sus frutos los conoceréis.
21 No todo el que me dice: Señor, Señor, entrará en el reino de los
cielos: mas el que hiciere la voluntad de mi Padre que está en los
cielos.
22 Muchos me dirán en aquel día: Señor, Señor, ¿no profetizamos en
tu nombre, y en tu nombre lanzamos demonios, y en tu nombre hicimos
mucho milagros?
23 Y entonces les protestaré: Nunca os conocí;
apartaos de mí, obradores de maldad.
24 Cualquiera, pues, que me oye estas palabras, y las hace, le compararé
á un hombre prudente, que edificó su casa sobre la peña;
25 Y descendió lluvia, y vinieron ríos, y soplaron vientos, y
combatieron
aquella casa; y no cayó: porque estaba fundada sobre la peña.
26 Y cualquiera que me oye estas palabras, y no las hace, le compararé
á un hombre insensato, que edificó su casa sobre la arena;
27 Y descendió lluvia, y vinieron ríos, y soplaron vientos,
é hicieron
ímpetu en aquella casa; y cayó, y fué grande su ruina.
28 Y fué que, como Jesús acabó estas palabras, las gentes se admiraban
de su doctrina;
29 Porque les enseñaba como quien tiene autoridad, y no como los
escribas.
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