EDAD
MEDIA - HISTORIA DE LA EDUCACIÓN
El cristianismo con su poder divino se había encargado de transformar
el mundo antiguo en mundo nuevo, y pronto hizo sentir su influjo por
todas partes y en todas las cosas. La educación y la instrucción
recibieron grande impulso, y presentaron nueva faz conforme con el
destino presente y futuro del hombre. No faltó quien pretendiese que
donde está la fe la ciencia es inútil; pero no hallaron eco semejantes
doctrinas, porque contaba la Iglesia con muchos hombres distinguidos que
al abandonar el paganismo conservaban la afición a los estudios
científicos, y porque los padres de la Iglesia de mas renombre, como san
Clemente de Alejandría, san Crisóstemo, san Gregorio Nacianceno, san
Agustín, san Gerónimo y otros, defendían con todo su poder los fueros de
la ciencia. La escuela de Alejandría y las de los catequistas, de que ya
hemos hablado en los artículos respectivos, vienen en apoyo de esta
aserción. Más en el primer periodo del cristianismo la educación pagana
marchaba al nivel de de los cristianos próximamente.
Las cosas sin embargo no podían permanecer largo tiempo en semejante
estado, pues el espíritu del Evangelio penetraba en la sociedad, y a
medida que se extendían sus saludables doctrinas, las escuelas y
establecimientos paganos debían someterse, por fin, a la cultura
cristiana. A pesar de todo, semejantes establecimientos se hubieran
sostenido por mas largo tiempo, y la transformación se hubiera
verificado de distinto modo, sin la emigración de los pueblos. Desde el
siglo IV hasta el VI fueron inundadas por los bárbaros casi todas las
provincias romanas. Reinaba la desolación por doquiera; a los males que
procedían de fuera se agregaban los que eran efecto de las particiones
del imperio, de las guerras contra los usurpadores, de impuestos
insoportables y de la manera de recaudarlos. Las necesidades, del
presente, la incertidumbre del porvenir, que a todos angustiaba,
entorpecían los progresos de las ciencias aun en los intervalos de la
paz. La escasez del tesoro público no permitía a los emperadores
sostener los establecimientos de educación; los pueblos carecían de los
medios necesarios de atender a tales servicios y las escuelas
desaparecieron insensiblemente. Sin embargo, los hijos de los cristianos
debían instruirse en la religión, y los que aspiraban al estado
eclesiástico debían prepararse también para su carrera. Esta necesidad,
a que se agregan las pacificas relaciones de los bárbaros con los
cristianos después de las primeras contiendas, contribuyó a que los
intereses de la civilización estuvieran en manos del clero desde el
siglo IX hasta el VI. Este orden de cosas, que fue un bien inmenso,
perjudicó sin embargo al progreso de las ciencias, porque todas las
escuelas se impregnaron del carácter teológico, los conocimientos
humanos se modularon en un todo a la fe de la Iglesia, y se estableció
completamente el despotismo intelectual. Todas las ciencias se redujeron
al trivium y al quadrivum, de que hablaremos con más
extensión en los artículos respectivos; es decir, se redujeron a la
gramática, la dialéctica, la retórica, la música, la aritmética, la
geometría y la astronomía, que constituyeron la instrucción del
occidente por largo tiempo.
El influjo del cristianismo disponía a pensar en las cosas del cielo,
a penetrarse del espíritu de amor y a avanzar en el terreno de la
verdad. La Iglesia con su disciplina destruía insensiblemente las
costumbres brutales, haciendo que el espíritu predominase a las fuerzas
y agilidad del cuerpo. Todas estas circunstancias y el espirito
caballeresco que se desarrolló más tarde, contribuyeron en gran manera a
los progresos de la civilización en aquella época.
Durante este tiempo se ensanchaba la instrucción en las escuelas
sobre todo, en las del orden de san Benito, y particularmente en
Irlanda, Escocia e Inglaterra. La reputación de las escuelas de Irlanda
se extendió por todas partes, de suerte que acudían muchos alumnos del
continente a instruirse en ellas en la Biblia. Los conventos de Escocia
e Inglaterra participaron pronto de la misma gloria, de suerte que
mientras crecía la barbarie en otros países, se refugiaban las ciencias
a los conventos de las islas Británicas.
Por el mismo tiempo el obispo de Mea, Crodegando» sujetó al clero a
una regla parecida a la de san Benito, la cual facilitó
extraordinariamente la creación de escuelas. Por este medio Carlomagno y
aun sucesores pudieron establecerlas, no solo en los conventos, sino
donde quiera que se hallase un clero numeroso especialmente en la
residencia de los obispos.
Persuadido Carlomagno de que el poder de los estados se funda en la
moralidad y la inteligencia de loa súbditos, se ocupó en civilizar a
estos. Logró despertar en muchos puntos, la necesidad de una instrucción
superior, y tiene derecho, por este y otros resultados no menos
brillantes de sus esfuerzos, a que se le considere como el restaurador
de las ciencias en la Europa occidental. Llamó a la corte a los hombres
más distinguidos de su época, procuró instruirse él mismo, y en medio de
los grandes cuidados del imperio se ocupaba también en los trabajos
científicos; hizo un ensayo de gramática de su Idioma, y formó unas
tablas astronómicas que fueron la admiración de Alcuino. En sus viajes
inspeccionaba las escuelas e interrogaba a los niños,
demostrando en su conducta que no aspiraba con esto a una vana gloria.
Carlomagno fundó en sus estados tres especies de establecimientos de
instrucción: escuelas para el pueblo, escuelas superiores y seminarios
de música. En las escuelas populares aprendían los niños a leer,
escribir y contar. Teodulfo, obispo de Orleans, hizo establecer escuelas
de esta clase en todos los pueblos de sus diócesis, disponiendo que la
enseñanza fuese gratuita, a fin de que hasta los más pobres pudieran
adquirir la instrucción necesaria a los ciudadanos. De los
establecimientos superiores, el mas antiguo es la escuela de la corte (Schola
Palatina). Este establecimiento, anterior a Carlomagno, no principió
a florecer hasta el tiempo de Alcuino, llamado a Francia por el renombre
que había adquirido y que había llegado a noticia del emperador. Alcuino
eligió hombres capaces de elevar la institución, pero no introdujo
nuevos métodos ni ensanchó la enseñanza. Los seminarios destinados a
formar cantores para las iglesias, se crearon en Mez y Soisson, poniendo
al frente de estos establecimientos a Teodor y Benito, hombres
aventajados en la música, y que fueron indicados al emperador por
Adriano.
Luís el Piadoso siguió el ejemplo de su ilustre progenitor, pero
carecía de la firmeza necesaria para hacer prevalecer su voluntad sobre
la del clero; así que se entibió el celo de éste y desaparecieron
insensiblemente o quedaron reducidas a elementales todas las escuelas
que profesaban las siete artes liberales, hasta el siglo VIII, en el
cual recibieron las ciencias nuevo impulso con la elevación de Hugo
Capeto al trono.
En Alemania, donde Bonifacio había preparado los espíritus,
obtuvieron excelentes resultados los esfuerzos de Carlomagno.
Prosperaron primero las escuelas de los conventos y luego quedaron mucho
más atrás que las de las catedrales. En los siglos IX y X ningún país de
la Europa occidental contaba tantos abades y obispos sabios como
Alemania; en ninguna parte se exigían tantos conocimientos a los
eclesiásticos, y en país otro alguno se interesaba más la nobleza por
los progresos de las ciencias. En tiempo de Othon, las relaciones con
Italia sostuvieron el impulso que se había dado al saber, y desde su
tiempo empezó a estudiarse el griego. Solo Inglaterra podía compararse
ventajosamente con Alemania en aquella época, porque cuando parecía
abandonada en Alemania la idea de Carlomagno de ilustrar a la masa del
pueblo, la realizó Alfredo el Grande en Inglaterra, de que son una
prueba evidente los progresos de la lengua nacional bajo su gobierno. No
duraron sin embargo largos años aquellos dichosos tiempos, ni para uno,
ni para otro país. Sustrajéronse los conventos de la vigilancia de los
obispos, y desde entonces, a medida que se enriquecían, se introdujo
entre los monjes una vida poco a propósito para los estudios, perdieron
insensiblemente la afición a las ciencias, y sus escuelas decayeron
completamente. Las de las catedrales no tuvieron mejor suerte, sobre
todo desde que los canónigos de Treveris rompieron el lazo canonical con
aprobación del obispo. Seguido generalmente este ejemplo, se dispersaron
los canónigos y desaparecieron sus escuelas. Esta decadencia fue acaso
también debida en parte a la fundación de las universidades, a la
actividad que empezaba a experimentarse en las ciudades, para la cual
eran ya insuficientes las escuelas de aquella época.
A medida que se desarrollaban las relaciones sociales y políticas de
los pueblos, y que se conocía la civilización de otros países, no podía
satisfacer la instrucción de las escuelas eclesiásticas. Entonces, con
la participación de los príncipes y magnates, se reunieron hombres
ilustrados y jóvenes entusiastas que no pertenecían al clero, con objeto
de suplir a lo que faltaba en las escuelas de éste. Algunas de las
escuelas fundadas por estas sociedades existían ya en los siglos XI y
XII, pero solo obtuvieron privilegios en el siglo XIII, como la escuela
de medicina de Salerno, la de derecho de Bolonia y la de teología de
París. En estas escuelas fue ampliándose gradualmente la enseñanza,
hasta la fundación de las universidades, que hicieron grandes servicios
en todos los países y acabaron con las antiguas escuelas.
Los franciscanos y dominicos establecieron también escuelas en la
edad media para los aspirantes a la orden, y otras distintas para
cuantos querían frecuentarlas. Escribieron también algunas obras
superiores a las empleadas hasta entonces, y como, sus escuelas estaban
en las ciudades, quedaron desiertas las de los benedictinos, aunque las
de estos eran superiores.
Desde el siglo XII se establecieron escuelas en los pueblos bajo la
vigilancia de las autoridades locales. Estas escuelas sin embargo no
diferían gran cosa de las de los conventos, pues que estaban reducidas
al estudio de memoria, a causa del grande precio de los libros y el
papel. El maestro, auxiliado a veces por los discípulos de mayor edad,
recitaba la lección hasta que la mayoría la aprendía de memoria y la
explicaba después bien o mal. Cuando disminuyó el precio del papel, se
adoptó el método del dictado. En suma, no diferían estas escuelas de las
del clero sino en la forma exterior, y servían asimismo, por lo común,
para formar eclesiásticos. Decidida la creación de una escuela, se
construía un edificio, se fijaba la dotación del maestro y la
retribución de los niños, y se nombraba un rector de entre el clero, y
la autoridad civil no se cuidaba más de la escuela. Entonces el rector
nombraba auxiliares pertenecientes también al clero, y estos eran los
encargados de la enseñanza. En el siglo XIV los discípulos de más edad
viajaban para frecuentar diversos establecimientos, y esta costumbre,
que al principio tuvo por objeto adquirir una educación más esmerada,
degeneró por último en una vida vagabunda; así que estas escuelas
destruyeron las de los conventos sin contribuir en nada a los progresos
de las ciencias. La educación de la masa del pueblo en aquellos tiempos
era casi nula. Los estudios clásicos introdujeron después cierta
libertad de espíritu, y con ella cambios notables en la educación y
enseñanza, los cuáles bajo el influjo del cristianismo prepararon los
progresos del porvenir.
Tal es el ligero bosquejo del estado de la educación durante la edad
media en Europa. No concluiremos sin embargo sin hacer mención
honorífica de Lotario y de los papas Eugenio II y León IV, que hicieron
tan grandes esfuerzos, aunque infructuosos, en Italia por la creación de
escuelas, y sin recordar el influjo de la cultura de los árabes y del
imperio de oriente y de nuestra patria en la civilización de Europa
occidental durante la edad media por más que consagremos artículos
especiales a este asunto en el Diccionario. |