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ÍNDICE
Introducción
I. Intervención del Estado en la enseñanza
II. Intervención de la Iglesia
III. Instrucción primaria
IV. Enseñanza superior. Materias y métodos
V. Maestros
VI. Alumnos
VII. La clase
VIII. Los títulos
IX. La Biblioteca
X. Instrucción de la mujer
Conclusión
Apéndices
Apéndice 1
Apéndice 2
Apéndice 3
Introducción
Illm.
Sr.:
PERMITIDME que os lo diga con sinceridad: no me
asaltaron vacilaciones ni dudas al tener que elegir materia para la
presente disertación; desde el primer momento creí que, dentro del
reducido espacio en que se mueven mis aficiones especiales, no podía
haber punto más apropósito para ser expuesto ante tan ilustre asamblea
de maestros y discípulos que algunas investigaciones humildes acerca de
La enseñanza entre los musulmanes
españoles.
Sólo el enunciado del asunto deja ver desde luego el
alto interés e importancia que encierra; porque ¿no es algo más que
curioso estudiar el espíritu que mostró nuestra raza en la enseñanza de
las ciencias y las artes dentro de una civilización tan distinta de la
cristiana? ¿No es interesante averiguar cómo y por qué llegó a tan alto
grado de esplendor en las mismas, cuando apenas alumbraba con tenues
resplandores el renacimiento científico y literario de la Europa de
aquel entonces? ¿No es de importancia histórica el decidir si aquel
hecho fue extraño y sin influencia sobre nosotros, o, por el contrario,
el ejemplo vivo que ofrecía pudo servir de estímulo para excitarnos las
mismas ansias, el mismo gusto de saber y nos llevara a imitar también
algo de sus costumbres de escuela, de sus métodos o de sus libros?
Aunque ninguna de estas cuestiones resolviera, cada una de las cuales
bastara para justificación de mi empeño, aun tendría el punto el
atractivo del contraste que ofrece con nuestro régimen actual, cuyos
caracteres, a su lado, resaltan con tan vivos colores que no pueden
ocultarse a la mirada más superficial y a la observación menos atenta;
aquí todo organizado y dependiente del Estado, con una pauta que sirve
de norma a todos los establecimientos, una misma disciplina, los mismos
estudios, las mismas virtudes y los mismos vicios; allá variedad
inmensa, con ese aparente desorden que se observa en campo donde la
industria humana no ha llevado el ajuste y la medida; pero sin nada
irregular: las aguas corren por sus cauces naturales, hendiendo y
quebrando por lo más débil el terreno; la vegetación no brota y vive si
no allí donde luz, aire y suelo lo requieren, aunque suceda como en
todas partes, que la multitud se agolpa en la baja y húmeda ribera,
mientras a algunos pocos se les ve allá solitarios en las empinadas
cumbres donde si no tienen más agua que las gotas de lluvia que de tarde
en tarde el cielo envía, en cambio disfrutan de una atmósfera diáfana y
pura y pueden deleitarse al mirar por anchos y dilatados horizontes.
De esa misma variedad proviene una de las mayores dificultades con que
he tenido que luchar en las investigaciones para mi trabajo. Si hubiera
habido cuerpos docentes organizados que pudieran servir de tipo en los
cuales estuviese resumida y personificada la enseñanza, la tarea hubiera
sido relativamente fácil, estudiando los caracteres de esas
instituciones, a conservarse memoria de ellas; pero no, ha habido
necesidad de ir poco menos que de maestro en maestro, de pueblo en
pueblo, de ciudad en ciudad y de época en época, para ir escudriñándolo
todo y después generalizar y puntualizar las costumbres académicas con
datos tan a la menuda recogidos. Esa dificultad se
acrecienta al no tener guía ninguno que me indicara el rumbo que había
de seguir, pues ni los árabes (1) ni los orientalistas europeos han
estudiado esta materia de propósito y en conjunto. Al contrario, he
tenido que vencer no pocos prejuicios que las opiniones de algunos de
estos últimos habían producido en mí con sus afirmaciones contrarias a
la realidad, las cuales he debido olvidar para atenerme sólo a las
memorias que de aquella época se nos han transmitido.
Pero como todos ellos son infinitamente superiores a mí en autoridad y
crédito y mis afirmaciones no habían de bastar, frente a frente a las
suyas, sin ir acompañadas de su correspondiente prueba, me he visto
obligado a dar al trabajo cierto aparato de erudición y de crítica del
cual hubiera querido prescindir para evitar la pesadez a mis oyentes,
bien que vosotros, acostumbrados a la ruda labor científica, me lo
perdonaréis sin dificultad. De todos modos, lo digo
para tranquilizaros, he hecho lo posible para no embarazar la materia
con menudencias técnicas y digresiones, relegadas algunas a notas,
prescindiendo en muchos casos de algunas cosillas que los especialistas
hubieran visto tal vez con agrado, y por eso noten la falta, pero que no
interesan al público en general, para quien desearía yo que fuese campo
abierto mi trabajo. Éste, de todas maneras, ha de resultar no sólo
deficiente por los pocos libros y manuscritos árabes de que he podido
disponer, sino además mal trazado y mal expuesto. Y no lo digo para
traer a cuento mi poca habilidad y destreza, no, pues aun cuando hubiera
formado más alta idea de mis disposiciones y talentos había de seguir
pensando lo mismo, por una razón muy sencilla: porque considero casi
imposible hacer bien los dos oficios que simultáneamente he tenido que
desempeñar: el de peón y el de arquitecto. No podía trazar el plan de
antemano, porque dependía éste, a mi modo de ver, de la naturaleza de
los materiales; y tenía que buscarlos y extraerlos, sin saber cuáles
eran los más adecuado para la futura construcción de traza tan compleja.
Así, no es raro que me sucediese, unas veces, no hacer caso de ciertos
datos que después me hubieran venido como anillo al dedo, quedándome
sólo el sentimiento de haberlos desdeñado, cuando ya era irremediable el
descuido; otras, he tenido que sufrir la pena que causa el verse
obligado a arrojar como inútil aquello que tal vez haya costado más
afanes y vigilias: entretenido con el pormenor perdía la idea de la
generalidad; al mirar el conjunto había que despreciar detalles
inútiles, por mucho que hubiese costado su adquisición.
No abandono, sin embargo, la esperanza de que al menos por la novedad y
el interés del asunto, os dignaréis oírme con benevolencia.
Para desenvolver con algún orden el tema propuesto consideraremos
sucesivamente la Intervención del Estado y de la Iglesia en los
estudios, los Grados de la enseñanza, sus métodos y materias, los
Maestros, los Alumnos, la Clase, los Títulos y la Biblioteca; terminando
con algunas noticias acerca de la instrucción de la mujer musulmana en
nuestra patria. __________
(1) Bon Jaldún, el único que ha
tratado de propósito asuntos de enseñanza en España en algunos capítulos
de sus prolegómenos a la Historia Universal, ha llegado a mis manos
cuando estaba ya casi terminada mi tarea. De todos modos, vino a tiempo
para corregirme en alguna cosa y confirmarme en muchas. |