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COMPENDIO DE HISTORIA DE LA CHINA


Introducción

Geografía

División política

Estadística

Leyes y Gobierno

Gran muralla. Monumentos. Palacios. Ciudades. Usos y costumbres

Comidas. Visitas. Viajes. Matrimonios. Fiestas. Pasatiempos

Agricultura. Reino animal y vegetal

Ciencias. Artes. Industria. Comercio. Navegación

Lengua. Literatura. Enseñanza. Grados científicos y literarios

Relaciones entre chinos y europeos. Motivos de la última guerra con los ingleses. Operaciones militares. Tratado de comercio
 

 

COMPENDIO DE LA HISTORIA DE LA CHINA

Su gobierno, leyes, ciencias, artes, industria, comercio, navegación, usos y costumbres

Traducido del francés por Mariano de Castro y Duque - 1862


Índice

 

 



Capítulo IV. Leyes y gobierno.

En la constitución propia de un pueblo se encuentra en germen todas las condiciones de su fuerza y de su duración. Precisamente la China está impresionada de esta influencia profunda que ejercen sobre los destinos de una nación los principios establecidos por sus primeros legisladores; después de dos veces conquistada, y aceptando veinte y dos veces la dominación de un usurpador, ha sido siempre gobernada bajo los mismos principios, y conservado intacta su antigua constitución política y social de mas de 4000 años; no se debe empero desapercibir que el aislamiento en que se la ha visto engrandecerse es causa de esta gran parte de influencia, preservándola al mismo tiempo de la manía de imitación.

El gobierno chino es esencialmente patriarcal, porque el principio de todas las leyes, decretos y reglamentos derivan de la autoridad paternal, pudiéndose decir que el Emperador reina sobre millones de almas, como Abraham gobernó a su familia, en virtud del derecho natural que nació con el primer hombre; se concebirá fácilmente que de tal organización social, en un pueblo donde cada individuo está habituado desde sus más tiernos años a considerar al Emperador como a un padre, y obedecer la sanción de éste como una delegación de la autoridad paternal, se sigue que todo padre de familia tiene un interés directo en dar a sus hijos ejemplo de una sumisión absoluta a la voluntad del Soberano, a fin de ser obedecido respectivamente de los suyos.

Otro carácter distintivo del gobierno chino es la calidad de las obligaciones in solidum. Cada padre de familia es responsable, en toda la extensión de la palabra, de los crímenes o delitos cometidos por sus hijos; como por el contrario, los méritos o buenas acciones de ellos le valen honores y recompensas. El Gobernador de una ciudad o provincia está en la misma obligación; se le tiene en cuenta la moralidad de sus subordinados, y cuando uno de éstos se distingue por un hecho claro de humanidad, probidad o constancia, el Gobernador disfruta una buena parte en la recompensa; pero también en caso contrario de un crimen cometido en su jurisdicción, puede pagar con su cabeza, según el caso, por haber debido prevenir o evitar los desórdenes con su buena administración.

La historia nos presenta ejemplos muy curiosos de la aplicación de este sistema.

Reinando Kia-King, año de 1818, hubo una inundación en el distrito de San-Yang, provincia de Kiang-Nan; el Emperador mandó que se socorriese del Tesoro público a todos los que habían padecido. Wam-Chin-Han, magistrado de dicho distrito, se apropió el dinero que le habían enviado, sin distribuirle al pueblo. El Virrey mandó al mandarín Li-Yo-Tchang para examinar el hecho: Wan-Chin-Han pensó corromperle, ofreciéndole diez mil taéls (duros) si entorpecía el negocio; pero el otro, hombre muy recto, rehusó la oferta, resolviendo poner en conocimiento del Virrey el verdadero estado del hecho; entonces el magistrado culpable sedujo a tres servidores del mandarín para que le envenenasen y pasase su muerte por un suicidio. Cometido el crimen, colocaron su cuerpo en un ataúd precioso, y le llevaron a su habitación para luego enterrarle. La viuda del fiel mandarín difunto sospechó el delito, y de común acuerdo con su tío, se marcharon a Pe-King para denunciarle al Tribunal de penas, y pedir que se arrestase a los tres domésticos, a fin de que declararan a su interrogatorio. Luego que confesaron la verdad, mandó el Emperador que los tres criminales fuesen descuartizados delante de la tumba del difunto; el Virrey fue desterrado a un punto distante, y que todos los mandarines del distrito de San-Yang sufriesen la pena capital, lo mismo que la familia del magistrado, además de confiscados sus bienes; uno de los hijos, que aun no tenía tres años, fue puesto en prisión hasta que cumpliese los diez y seis, para poder ser igualmente decapitado. La viuda fue elevada al rango de gran dama, y su tío recompensado con un ascenso.

En 1832 los montañeses de Noroeste de Canton hicieron un acometimiento, causando algunos desórdenes; pues el Gobernador, a pesar de sus buenos servicios y reputación, no pudo sustraerse de una completa desgracia; sus bienes fueron confiscados, perdió sus grados y honores, y por influjos poderosos escapó de la pena capital, que fue conmutada con destierro perpetuo a la Tartaria.

Si alguno de los habitantes de una ciudad comete un asesinato, con circunstancias que denoten profunda perversidad, no solamente la familia entera del culpable es apaleada y desterrada, sino que toda la ciudad es castigada con la pérdida de algunos de sus privilegios; la mayor parte de los magistrados son relevados, y sus estudiantes no pueden presentarse a los exámenes públicos en cierto número de años. Últimamente, la casa del culpable es arrasada, y el sitio donde el crimen fue cometido se declara infame.

La persona del Emperador es objeto de un verdadero culto: jamás un grande dignatario o Príncipe de la sangre se acercará al Monarca, ni le hablará sin darle los títulos de hijo del cielo y único maestro del mundo. Sus órdenes son reputadas por santas, sus palabras por oráculos, todo lo que procede de él es sagrado; se le ve rara vez, y cuando se le habla, de rodillas; los Grandes, Príncipes y sus propios hermanos, se inclinan hasta tierra en su presencia; tiene dos días fijos cada mes para la Asamblea de Señores que se reúnen en el palacio, a considerar, por los profundos saludos, la autoridad del Príncipe.

Cuando está enfermo, el palacio se llena de mandarines vestidos de ceremonia, que pasan el día y la noche de rodillas en medio de un gran salón, para manifestarle su dolor y pedir al cielo su restablecimiento. El aniversario del nacimiento del Emperador es día de la fiesta mas grande religiosa y política, que se celebra con una pompa extraordinaria; lo más singular es que todos los grandes cuerpos del Estado vienen a ofrecer sus homenajes a un trono desocupado; porque para mejor figurar la divinidad, el Emperador queda invisible durante la ceremonia, dejando de este modo a su sillón el principal papel.

Nadie puede pasar a caballo ni en carruaje por delante de la entrada del palacio; los Gobernadores, Virreyes y todos los magistrados, no abrirán una carta autorizada con sello del Emperador sin quemar antes incienso e inclinarse nueve veces con el rostro vuelto hacia Pe-King.

El poder espiritual y temporal se reasumen en la persona del Monarca, considerado en la Nación como representante de la divinidad y el medianero entre Dios y el hombre; su autoridad es sin límites; no tiene mas cortapisa que el influjo de la opinión pública, y la vitalidad de las antiguas tradiciones gubernamentales; este freno, que nos parecerá bien ligero e incapaz de ofrecer serias garantías contra los abusos, es para esta nación la mejor y mayor prenda de una buena administración. Para explicar esta confianza es necesario tener presente que la palabra progreso tiene entre ellos una significación diametralmente opuesta a la que nosotros damos, pues en el Celeste Imperio progreso quiere decir una mirada o recuerdo hacia las antiguas máximas gubernamentales de los grandes Monarcas, cuyo prestigio parece aumentarse con los siglos. El Príncipe tiene su línea trazada ante él, modelando su conducta con la de sus antepasados, y siguiendo los ejemplos legados por los primeros poseedores de la Corona, cuya política, leyes y reglamentos son hasta hoy guardados como tipos de perfección, y consignados en los libros canónicos, formando la base de la educación y estudios clásicos, citados en todas ocasiones como axiomas; de modo que recuerdan sin cesar al Emperador que él es el gran padre, y que sus deberes son los de un padre de familia.

En China no hay nobleza, empleo, ni título hereditario. Sólo los descendientes de Confucio gozan de ciertas prerrogativas; para obtener las altas dignidades del Estado, los Príncipes de la familia Imperial están obligados a tomar sus grados y a sobresalir a sus rivales en los certámenes públicos. Aunque el mecanismo del gobierno no haya recibido todavía alguna modificación, por causa de las revoluciones y cambios de dinastías, ofrece sin embargo mucha analogía con los estados mas avanzados de Europa. Un cierto número de Ministros están encargados del estudio y expedición de los negocios. Uno tiene el Ministerio de la Guerra; otro el de Hacienda, y otro el de Relaciones exteriores. Cada una de estas administraciones centrales está desempeñada por los empleados especiales; un Presidente de Ministros, colocado a la cabeza de ellos, comprueba sus actos y cuida de que los negocios no sufran demora. El mas alto grado militar es Tsiang-Kiun (general tártaro); este grado corresponde más bien a la antigua dignidad de Condestable. La política tártara, hasta hoy, tiene excluido a los chinos de este puesto importante, que da al titulado Comandante de todas las fuerzas del Estado.

Un Tribunal Supremo, presidido por el Ministro de Justicia, conoce, en último caso, de todos los negocios criminales cuando son de pena capital, porque las causas criminales, instruidas ordinariamente por los tribunales superiores de provincia, son enviadas a Pe-King, no por apelación de las partes, sino porque ningún Juzgado puede poner en ejecución la última pena, sin recibir la sanción del Tribunal Supremo. Otro Tribunal superior de la provincia en cada distrito, ciudad y villa pone los oficiales públicos de diferentes categorías que reúnen a la vez las funciones de nuestros jueces de paz y comisarios de policía. En cuanto a los negocios civiles, aunque los Tribunales superiores no juzguen ordinariamente más que los negocios importantes, y desempeñen a poca costa el papel de nuestras Cortes; no obstante, un chino puede al instante llevar sus asuntos, cualquiera que sea su importancia, ante estos tribunales; solamente que como los nuevos aumentan en razón de la competencia del Tribunal, los litigantes prefieren que su causa no pase a una jurisdicción más elevada de la que rigurosamente puede conocer de su resolución.

La acción más notable del Código Chino, es su alta razón y extremada claridad; está escrito simplemente, sin énfasis, y las clasificaciones adoptadas no tienen nada de abstracto ni arbitrario; es una colección de reglamentos concisos, positivos, prácticos, y que tomados bajo un punto de vista, son dinos de admiración.

El Código penal, en general, es bastante suave; no se trata en él de crímenes de alta traición ni de lesa majestad. La graduación de las penas está minuciosamente calculada, y el legislador define de la manera más clara y distinta todos los grados del delito y penas que deben castigarle; de modo, que el juez no tiene realmente ninguna libertad de acción, y se encuentra reducido a aplicar un texto positivo; es, pues, evidente que cualquiera que sea la equidad absoluta de esta escala en los crímenes y castigos, el legislador no ha podido prever todas las circunstancias atenuantes o agravantes que resulten de las declaraciones y de los debates, y modifiquen el grado de culpabilidad de un acusado. Entre las tachas que el derecho tendrá para recurrir al Código penal, hay dos principales: primera es la de contener algunas disposición vagas y singularmente elásticas, tales como «el que, sin infringir un articulo especial de la ley, es culpable de llevar una conducta reprensible y contraria al espíritu de la ley, recibirá cuarenta golpes de bambú por lo menos.» Con este campo abierto a la arbitrariedad, no hay habitante del Imperio que pueda lisonjearse de estar siempre al abrigo de una mala voluntad o de una persecución dictada por un espíritu de venganza. Segunda mucho mas grave es: la confusión que hace el legislador del homicida voluntario o por imprudencia; matar a un hombre es en China un crimen capital, cualesquiera que sean las circunstancias que hayan precedido al homicidio: «Si un hombre mata a otro, por un accidente imprevisto e inevitable, la ley le condena a perder la vida, cualesquiera que sean las circunstancias favorables para su justificación, y el Emperador es el único que tiene el poder de impedir el efecto de la sentencia»; poder del cual no usa casi nunca para acordar una gracia completa, y solamente para conmutar la pena decretada por la ley.

Las penas legales son:

1.ª La bastonada. El instrumento empleado para administrar los golpes es siempre un bambú, cuya longitud y diámetro marca un artículo del Código. Este castigo se aplica indistintamente a los ciudadanos, soldados, oficiales, magistrados y a los primeros funcionarios del Estado. La igualdad ante el bambú es completa. De modo que cada oficial del gobierno, en escala de mayor a menor, puede en todo tiempo administrar una paliza a su inferior, tantas veces como lo crea necesario para su bien.

2.ª La Kia ou cangue. Es una especie de collar pesado de madera, compuesto de fuertes planchas taladradas con un agujero, por el cual se obliga al culpable a meter la cabeza quedándole colgado al cuello e inclinado sobre sus espaldas. Hay varios con peso de quince a cincuenta kilogramos. En todo el tiempo que el culpable está cargado con uno de estos collares o rollos, no puede ni acostarse ni llevar sus manos a la boca; en este caso sus parientes obtienen el permiso para darle de comer.

3.ª Destierro temporal y perpetuo. El temporal confina al culpable a unos cien kilómetros de su residencia habitual, y el perpetuo es de la otra parte de la gran muralla.

4.ª La estrangulación. Esta pena se aplica a los homicidas, a los ladrones a mano armada y a los incendiarios.

5. ª La degollación. Este suplicio le consideran los chinos más terrible e infamante que la estrangulación, y se ejecuta en los criminales de traición o de parricidio.

6.ª La muerte lenta e ignominiosa. Esta pena se aplica a los jefes de un partido que hacen armas contra el Estado, y para los que asesinan o intentan asesinar al Emperador. Consiste este suplicio en atar al criminal a un poste y matarle a sablazos.

Las mujeres no pueden ser preventivamente aprisionadas sino en casos previstos y determinados; quedan confiadas hasta el día del juicio a la guardia de sus parientes, que responden de ellas con su cabeza.

Todos los que viven en la misma casa de un culpable pueden estar tranquilos, aunque sean encubridores de su delito o faciliten su evasión, porque jamás son llamados a declarar contra él.

Está prohibido a todo propietario el disponer de sus bienes por testamento. La ley señala la parte de herederos directos y colaterales. Los campos mal cultivados pueden ser confiscados por este solo motivo.

En ningún país se hacen mayores esfuerzos para extender la instrucción en las últimas clases de la sociedad. Los magistrados deben vigilar a los hijos de las familias pobres, para que frecuenten las escuelas y asistir ellos mismos de vez en cuando, para asegurarse que los niños han comprendido el sentido verdadero de las leyes que les explican. La prensa imperial publica todos los años una edición del Código.

La pereza, la mentira, el juego y el lenguaje grosero son castigados. Un hijo que desobedece a su padre; un menor que falta a su primogénito; los parientes que no pagan las ceremonias prescritas en el entierro de sus abuelos, o que interrumpen el duelo antes del tiempo marcado, incurren también en la pena de castigos corporales. Las leyes chinas se ocupan de buenas acciones, ya privadas, ya públicas, y las recompensan magníficamente. Los misioneros que han habitado el país dicen que reina una urbanidad y política, aun entre las gentes de baja esfera, poco común en otras partes.

Todos los cargos civiles y la mayor parte de los grados militares se obtienen en los concursos públicos; nadie puede legalmente pretender un empleo cualquiera sin sufrir los exámenes públicos propios a la carrera que sigue. Todo hombre de una capacidad buena, si reúne una conducta regular, hace su carrera sin encontrar obstáculo que se le ponga por delante; pues ni el nacimiento, ni las riquezas pueden competir con estas circunstancias. El Gobierno hace una acogida extraordinaria al mérito, al trabajo y a la inteligencia, y cuando un destino queda vacante, le adjudica al que ha dado más grandes pruebas de aptitud en los concursos abiertos a este efecto; de consiguiente, no se puede obtener empleo, por pequeño que sea, sin haber pasado por las pruebas indicadas en los reglamentos.



 

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