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Cap IV. Guerra de los griegos contra Darío I. La batalla de Maratón

Cap V. Guerra de los griegos contra Xerxes. Los trescientos y las Termópilas. La batalla de Salamina

 

 

COMPENDIO DE LA HISTORIA DE GRECIA - JERÓNIMO DE LA ESCOSURA


Índice

 

 



HISTORIA DE GRECIA

Capítulo V. Arístides y Temístocles. Invasión de Xerxes hasta su retirada de la Grecia

El ejemplo de injusticia y de ingratitud que en la persona de Miltiades acababan de recibir los atenienses, no fue bastante a impedir que Arístides y Temístocles adquiriesen sobre ellos la superioridad que merecían, el primero por sus virtudes, y el otro por sus talentos. Era Arístides tan integro y de una conducta tan irreprensible, que llegó a obtener el epíteto de justo, dictado más honorífico, aunque menos deseado, que los pomposos títulos de conquistador, grande, y otros semejantes. Reunía Temístocles a una ilimitada ambición un entendimiento muy despejado, muchos conocimientos políticos y militares, valor y osadía.

Las virtudes de Arístides, y el amor y respeto que por ellas le profesaban los atenienses, despertaron la envidia de Temístocles, tanto que no sosegó hasta conseguir su destierro. Como Arístides solía terminar las diferencias que los particulares sometían a su dictamen, le acusó Temístocles de que haciéndose árbitro de todas las disensiones, abolía indirectamente los tribunales, y se iba formando una especie de monarquía; acusación que había de surtir el efecto que deseaba en un pueblo vano, y que creyéndose digno de los más grandes honores, quería que todo dependiese de su autoridad.

Mientras que se recogían los votos para su sentencia, se llegó a él un aldeano tosco que no sabía escribir, y le suplicó le pusiese el nombre de Arístides en una concha que le presentó, que era el modo de votar en aquel tiempo. Admirado Arístides le preguntó: «¿pues qué mal te ha hecho este hombre?» «Ninguno, le contestó el ateniense, ni aun le conozco; pero estoy ya cansado de oírle llamar por todas partes el Justo». Escribió Arístides su nombre, y salió desterrado, pidiendo a los dioses que jamás llegasen los atenienses a echarle de menos.

483. Proyectaba Darío I invadir segunda vez la Grecia, cuando atajó la muerte sus designios, poco tiempo antes del destierro de Arístides. Heredó su hijo Xerxes el trono, sin heredar ninguna de sus buenas cualidades. Era este príncipe de un carácter violento y precipitado, y tan débil que no podía soportar con entereza y serenidad los prósperos o adversos sucesos de la suerte; pero su orgullo le hizo llevar adelante con el mayor calor la venganza de su padre. A los enormes preparativos que éste había hecho, añadió Xerxes otros mayores; empleó cuatro años en alistar tropas, establecer almacenes, conducir víveres y municiones a los puertos, construir galeras y otras embarcaciones de transporte; y diez años después de la batalla de Maratón entró en la Grecia con el más numeroso ejército que se había visto hasta entonces.

Quieren decir algunos que sus tropas pasaban de dos millones, y que las embarcaciones ascendían a cuatro mil; pero parece que en esto hay tanta exageración como en decir que Xerxes, por haber destruido un temporal el puente que había mandado construir en el Helesponto, hizo cortar la cabeza a los trabajadores; y que para castigar a la mar, como a una esclava que se había rebelado, la mandó azotar, ponerle una marca con un hierro ardiendo, y arrojar en su seno dos cadenas; bien es verdad que todo se puede esperar de un príncipe de pocas luces, de mucho poder y orgullo, y de un natural violento.

Luego que Xerxes pasó en una magnifica carroza revista a su ejército, hizo que le trajesen a su presencia al rey de Esparta Demarates, que viéndose desterrado de Lacedemonia se había refugiado a sus dominios; y contemplando el crecido numero de sus tropas le dijo: «¿crees tú, por ventura, que los griegos se atreverán a hacerme frente?» «Los griegos, respondió Demarates, son temibles porque son pobres y virtuosos; y dejando aparte las demás naciones, estoy cierto de que los lacedemonios se presentarán al combate». Rióse Xerxes de su respuesta, y añadió: «¿No consideras que la mayor parte de mis soldados volverían la espalda, sino los contuviesen las amenazas y el castigo? Pues ahora bien; ¿quién podrá contener a esos espartanos que nos pintan tan libres e independientes? ¿qué cosa habrá que pueda obligarles a arrostrar una muerte inevitable?» «La ley, replicó Demarates, que tiene más poder sobre ellos, que vos sobre vuestros vasallos; la ley que les dice, ved allí a vuestros enemigos, a morir o a vencerlos

El ejército persa se encaminaba por las costas del mar hacia la Tesalia, y atravesaba la armada, según cuentan, el monte Atos por un canal de comunicación que en él hizo abrir Xerxes, cuando Atenas y Esparta tuvieron noticia por Demarates del riesgo que les amenazaba. En el mismo instante exhortaron a las demás naciones a tomar las armas, bien que con poco fruto, pues se separaron de la confederación la mayor parte de los aliados. A pesar de esto se hicieron los mayores preparativos, y los atenienses eligieron por general a Temístocles en competencia del orador Epicides, hombre muy elocuente, pero de poco espíritu, y tan venal, que a fuerza de dinero consiguió aquél, por bien de la república, separarle de su demanda.

Desde el momento en que los persas amenazaron la Grecia, había procurado Temístocles persuadir a los atenienses a que formasen una escuadra, y fuesen con ella lejos del país a combatir la de los bárbaros; pero como el pueblo se opusiese a su dictamen, marchó con sus tropas y las de los lacedemonios bajo la conducta de Eyenetes, a la entrada del valle de Tempe, con el objeto de cubrir la Tesalia, que no había abrazado aun el partido de los persas. Habiéndolo verificado poco tiempo después, y seguido su ejemplo todo el país hasta la Beocia, tuvieron que retirarse hacia el Istmo de Corinto, y entonces conocieron los atenienses cuán útil les sería combatir por mar, según el consejo de Temístocles. En una dieta celebrada en el Istmo se resolvió que Leonidas, rey de Esparta, se apoderase del paso de las Termópilas, y que la escuadra de los aliados, compuesta de doscientos ochenta buques, se reuniese en Artemisa para guardar el estrecho. Cedieron a los lacedemonios el mando de la escuadra todos los griegos coligados, a excepción de los atenienses que se contemplaban con más derecho a él, por haber contribuido con mayor número de embarcaciones; pero viendo Temístocles el perjuicio que de esta disensión podía originarse, fue el primero que cedió toda su autoridad a Euribiades, aunque verdaderamente era poco acreedor a ella.

480. El paso de las Termópilas, así llamadas por las aguas minerales que corrían en sus inmediaciones, era un estrecho desfiladero entre la orilla de la mar y el monte Oeta, el único por donde podía penetrar un ejército desde la Tesalia a la Fócida y provincias inmediatas. Defendía este importante punto Leonidas con cuatro a seis mil hombres, con los cuales rechazó por dos días seguidos los ataques de los persas; pero luego que éstos, por un sendero que les descubrió un desertor traquíniense, llamado Epialtes, ganaron la altura que dominaba por la espalda al desfiladero, conoció Leonidas la imposibilidad de su defensa. Inmediatamente hizo retirar sus tropas, aconsejándoles que se reservasen para mejor ocasión, y solo se quedó con trescientos espartanos y algunos tebanos, que entre todos no ascendían a mil hombres. Determinados éstos a morir, solo trataban de vender sus vidas lo más caro que fuese posible; y así a favor del silencio de la noche se dirigen al campo de los persas, que viéndose sorprendidos, y no permitiéndoles la oscuridad distinguir los amigos de los enemigos, se mataban unos a otros en medio de la confusión y el desorden. Crecía éste por grados, aumentábase a proporción el destrozo, y parecía que el buen éxito disculpaba la temeridad de la empresa, cuando descubriendo los persas al rayar el alba el corto número de los griegos, los cercaron por todas partes, y sólo dejaron vivos a los dos espartanos Aristodemo y Panites. Este fue recibido y tratado en Esparta con tanto desprecio, que desesperado se quitó la vida, y aquel recobró su honor en la batalla do Platea, en la cual pelea valerosamente. Se cree que los persas perdieron veinte mil hombres, y entre ellos dos hermanos de Xerxes. En el paraje donde ocurrió esta gloriosa acción, se colocó después una inscripción concebida cu estos términos: Caminante, ve a decir de Lacedemonia que hemos muerto aquí por obedecer sus leyes.

En el mismo día de este suceso hubo un combate entre las dos escuadras en el estrecho de Artemisa, que aunque de poca o ninguna consideración, convenció a los griegos de que la constancia, el valor y el buen orden pueden contrarrestar la superioridad de fuerzas. Pero habiendo sabido poco después que los persas habían franqueado el paso de las Termópilas, se retiraron a la isla de Salamina, mientras que Xerxes entraba por la extremidad de la Doria en la Fócida, saqueando y quemando sus pueblos y ciudades.

No les quedaba a los atenienses más recurso que el de abandonar la ciudad y embarcarse; pero no fueron bastantes a persuadirles que abrazasen este partido todas las razones que la elocuencia sugirió a Temístocles. Valiéndose últimamente de los sacerdotes, consiguió reducirlos por medio de un oráculo que les ordenaba que se salvasen en murallas de madera; lo que interpretó Temístocles diciendo que estas murallas de madera eran las embarcaciones. Inmediatamente se expidió un decreto para que dejando a Atenas bajo la salvaguardia de Minerva, se embarcaran todos los que se hallasen en estado de tomar las armas, como lo verificaron después de haber enviado a Trezena las mujeres, ancianos y niños.

Pasó Xerxes de la Fócida a la Beocia y Ática, que experimentaron todo el rigor de la guerra; y marchando después a Atenas, le puso fuego y degolló los pocos habitantes que se habían encerrado en la ciudadela. A este tiempo se había reunido ya la escuadra combinada en Salamina, y su general Euribiades quería absolutamente retirarse al golfo de Corinto, en donde se hallaba atrincherado el ejército, a cuya resolución se opuso Temístocles fuertemente. Tomó calor la disputa, y se enfureció Euribiades de tal modo que levantó el bastón para Temístocles; pero admirado de la dulzura y paciencia con que éste le contestó («da, más óyeme»), depuso su cólera, mandándole que hablase; hízolo así Temístocles, y prevaleció su dictamen.

Permanecieron los griegos sin embargo poco tiempo en esta determinación, pues al aproximarse la armada enemiga trataron nuevamente de retirarse, como lo hubieran ejecutado si Temístocles no se hubiera valido de una estratagema que le sugirió su gran talento. Un día antes del señalado para la retirada, envió a decir secretamente de su parte a Xerxes que los griegos tenían determinado huir, y que le aconsejaba que no los dejase escapar, sino que los atacase y destruyese sus fuerzas navales, antes que llegasen a reunirlas con las de tierra.

Surtió este artificio el buen efecto que se deseaba, pues inmediatamente mandó Xerxes que en aquella misma noche se bloqueasen todas las salidas por donde pudiera escaparse el enemigo. Ansíales, a quien poco tiempo antes habían levantado el destierro los atenienses a petición de Temístocles, mandaba a la sazón un destacamento en Egina, y apenas hubo advertido el movimiento de las persas, cuando se embarcó en una lancha de pescadores, y atravesando por medio de los enemigos a favor de la oscuridad de la noche, llegó a Salamina. Inmediatamente pasó a la tienda de Temístocles a informarle del riesgo en que se hallaban, y le dijo: «tiempo es ya de que olvidando nuestras pueriles y vanas disensiones, tratemos solamente de salvar la Grecia, mandando tú como general, y obedeciendo yo como soldado.» En seguida se informó del estado de la escuadra y aconsejó a Temístocles que sin la menor dilación se preparase al combate. Penetrado éste del buen proceder de Arístides, le descubrió todos sus proyectos, y la estratagema de que se había valido; y por último pusieron ambos los más eficaces medios para persuadir a los otros generales, que al cabo se decidieron por el combate.

Mil y doscientas velas contaban los persas, y los griegos trescientas y ochenta; pero tomó Temístocles tan ventajosa posición, y supo aprovecharse tan bien del momento favorable, que vinieron a quedar casi equilibradas las fuerzas. Solía levantarse a cierta hora de la mañana en aquel paraje un viento recio, que en ninguna manera incomodaba a las embarcaciones de los griegos por ser bajas y chatas, y sí a las de los persas que eran altas y pesadas; y Temístocles, que dirigía todas las operaciones de Euribiades, esperó a esta época para dar principio al combate. Animados los persas por la presencia del rey, que estaba mirando la acción desde el promontorio, combatieron por algún tiempo con mucho valor; pero como el viento les era contrarío, y la pesadez de sus embarcaciones no les permitía maniobrar sino con mucha dificultad, y por otra parte el gran número de ellas embarazaba los movimientos, no tardaron mucho tiempo en ser derrotados completamente. Fueron echadas a pique algunas de sus embarcaciones, quemadas más de doscientas, y casi otras tantas apresadas, con la sola pérdida de cuarenta galeras por parte de los griegos. Artemisa, reina de Alicarnaso, que con cinco galeras había venido en socorro de Xerxes, manifestó en la acción tanta bizarría y espíritu, que no pudo menos de decir este príncipe, que las mujeres se habían portado como hombres, los hombres como mujeres. Quedó el rey de los persas sepultado en tal consternación por la derrota que acababa de experimentar, que solo pensaba en retirarse, cuando Mardonio vino a hacerle presente la necesidad de ejecutarlo. Después de haberle disfrazado la pérdida del combate del mejor modo posible, le aconsejó que diese la vuelta a sus estados; pues la fama, decía, que abulta siempre las desgracias, podría tal vez causar en ellos alguna turbulencia; y que además, si se le daban trescientos mil hombres, él se ofrecía a subyugar con ellos toda la Grecia. No despreció Xerxes el consejo, y al día siguiente partió con el resto de su escuadra para el Helesponto, dejando a cargo de Mardonio la gente que le había pedido, más bien para que no le incomodase el enemigo en la retirada, que por la esperanza de la prometida conquista. A los cuarenta y cinco días después del combate de Salamina, pasó Xerxes el Helesponto en una pequeña lancha, por haberse arruinado el puente, y dejó orden a sus generales para que le siguiesen con sus tropas.

 

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