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Cap. II. De los fenicios

Cap. III. De los asirlos y babilonios

Cap. IV. De los medos y persas

Cap. V. De los indios

Historia de Grecia

Capítulo I. De los tiempos fabulosos y heroicos

Cap II. Esparta y leyes de Licurgo

Cap III. Gobierno de Atenas y leyes de Solón

Cap IV. Guerra de los griegos contra Darío I. La batalla de Maratón

Cap V. Guerra de los griegos contra Xerxes. Los trescientos y las Termópilas. La batalla de Salamina

 

 

COMPENDIO DE LA HISTORIA DE GRECIA - JERÓNIMO DE LA ESCOSURA


Índice

 

 



HISTORIA DE GRECIA

CAPÍTULO PRIMERO. De los tiempos fabulosos y heroicos

La Grecia, situada en la parte meridional de lo que actualmente se llama Turquía Europea, confinaba por el este con el mar Egeo o Archipiélago; por el sur con el de Creta o de Candía; con el Jónico por el oeste; y con la lliria y la Tracia por el norte. Dividíase en cuatro partes principales: primera, la Grecia propiamente dicha que comprendía la Etolia, la Fócida, Beocia y Ática; segunda, el Peloponeso que se unía al resto de la Grecia por el Istmo de Corinto, y en cuyo territorio estaban la Acaya, la Elida, la Arcadia, la Argólida, la Laconia y la Mesenia; tercera, el Epiro; y cuarta, la Tesalia.

Según las antiguas tradiciones, los primeros habitantes de la Grecia vivían como los irracionales en cuevas y grutas, de las cuales solo salían cuando el hambre les precisaba a buscar algún sustento, y reuniéndose después bajo la conducta de algunos capitanes fuertes y atrevidos, adquirieron conocimientos, aumentaron sus necesidades, y por consiguiente sus males. La guerra, cruel azote del género humano, fue el primero que experimentaron, y con ella todas las calamidades y miserias que trae consigo. La posesión de una pequeña porción de terreno se compraba con la sangre de un crecido número de hombres; los vencedores devoraban a los vencidos, y unos y otros no respiraban más que atrocidad, muertes y venganzas. Pero como en lo sucesivo viniesen varias colonias del Egipto y la Fenicia a establecerse en la Argólida, Ática y Beocia, se fueron civilizando los griegos insensiblemente. Sucedieron a los tiempos de ferocidad y barbarie los tranquilos y serenos días del candor, y de la inocencia, que llaman siglo de oro, y cambiaron de faz a pocos años la Argólida, la Arcadia, y las regiones inmediatas.

1556. Trescientos años después de Ínaco, que fue el primer egipcio que con una colonia se estableció en Grecia y fundó el reino de Argos, llegó Cécrope con otra a las costas de Ática, habitadas por un pueblo que sólo por la esterilidad' de sus campos pudiera haberse libertado de la esclavitud de las otras naciones bárbaras de la Grecia. Formaron desde luego los habitantes de Ática y los egipcios un sólo pueblo, que después se llamó Atenas; y colocado Cécrope a su cabeza, contribuyó no poco a su ilustración y felicidad, promoviendo la agricultura, estableciendo una religión, sujetando el matrimonio a leyes, y haciendo otros varios reglamentos que respiraban humanidad y sabiduría. Finalmente creó en los últimos años de su vida el tribunal del Areopaga, al cual deben los griegos las primeras ideas de justicia, y que después se hizo tan célebre por la rectitud de sus sentencias.

Los rápidos progresos de este pueblo despertaron la codicia de los que sólo vivían de rapiñas y correrías; desembarcaron en las costas de Ática diferentes corsarios, y talaron sus tierras los beocios, sembrando por todas partes el terror y la desolación; con cuyo motivo pudo Cécrope reducir a sus vasallos a que reuniesen sus casas esparcidas por los campos, y que por medio de un cercado las pusiesen a cubierto de los insultos de los enemigos.

1493. El reino de Tebas debe su fundación a Cadmo, que vino por mar desde las costas de la Fenicia a establecerse en la Beocia, y en ella edificó a Tebas para capital de su imperio.

1522. Con el objeto de prevenir los males de la guerra formaron una confederación doce naciones del norte de la Grecia. Cada una de ellas enviaba dos diputados a las dietas que se celebraban dos veces al año, una en la primavera en Delfos, y otra en el otoño en el lugar de Antela, inmediato a las Termópilas. En ellas se arreglaban las diferencias de los pueblos, castigando a los que habían violado el derecho de gentes; y esta asamblea, a la cual estaba cometida especialmente la facultad de juzgar los atentados y ofensas hechas al famoso templo de Apolo de Delfos, ante quien hacían anualmente solemne juramento de llenar sus deberes, se llamaba el consejo de los Anfictyones, tomando este nombre de Anfictyon, que según algunos reinaba en aquellas cercanías.

Sin embargo de que se acrecentaban por grados las fuerzas y conocimientos de Atenas, Argos, Arcadia, y otros varios reinos de la Grecia, no se desterró enteramente la antigua barbarie. Se aparecían de cuando en cuando ya hombres robustos que salían a los caminos a atacar y robar a los pasajeros, o bien príncipes cuya excesiva crueldad oprimía la inocencia con lentos y dolorosos suplicios; pero al mismo tiempo producía la naturaleza otros hombres más robustos que los primeros, no menos poderosos que los segundos, y más justos que unos y otros, los cuales recorriendo la Grecia la purgaban de la violenta opresión de reyes y particulares.

Eran estos a los ojos de los demás griegos como hombres de una esfera superior; y la gratitud de los pueblos celebraba con tanto entusiasmo sus heroicas acciones, que todos los varones esforzados aspiraban a la gloria de ser los defensores de la patria. Esta especie de heroísmo se extendía a todo género de acontecimientos: si un animal feroz hacía algún estrago en los campos, o en poblado, corría inmediatamente el héroe del distrito a luchar con él, y vencerle en presencia de un pueblo, que miraba aun la fortaleza como la primera cualidad, y el valor como la principal entre todas las virtudes.

1360. Muchos de estos héroes, conocidos bajo el nombre de argonautas, hicieron una expedición marítima a Colcos con el objeto de apoderarse, como lo verificaron, de los tesoros del rey Eteo, a los cuales llamaron vellocino de oro. Entre estos estaban Jasón, Cástor, Peleo, Orfeo, y el famoso Hércules, el primero a quien los griegos llamaron semi-dios.

1339. Algunos años después de la expedición de los argonautas sucedió la guerra de Tebas que refieren del modo siguiente: Eteocles y Polinice, hijos de Edipo, rey de Tebas, luego que se hallaron en estado de reinar, se convinieron entre sí en que llevarían alternativamente y cada uno por un año las riendas del gobierno. Fue Eteocles el primero que subió al trono, pero expirado su tiempo se negó a cumplir lo pactado; y habiéndose quejado Polinice a Adrasto, rey de Argos, le dio éste su hija en matrimonio y un poderoso ejército, con el cual marchó contra su hermano. Viendo que la guerra se alargaba, trataron Eteocles y Polinice de terminar de una vez sus diferencias por medio de un desafío, y la muerte de entrambos puso fin a la discordia.

1209. El robo de Elena, mujer de Menelao, y heredera del reino de Esparta, cometido por Paris, hijo de Príamo, rey de Troya, dio margen a la guerra de este nombre, que pertenece también a los tiempos fabulosos. Concurrieron a ella todos los príncipes de la Grecia con sus respectivas tropas, y después de un sitio de diez años, fue tomada la ciudad y reducida a cenizas.

Mientras que los semidioses y héroes griegos hacían prodigios de valor en el sitio de Troya, su dilatada ausencia de diez años ocasionó los mayores desórdenes. Agamenón, rey de Micenas y hermano de Menelao, halló a su vuelta trono y lecho conyugal profanados por el indigno usurpador Egisto, y fue asesinado por él y por su adúltera esposa Clitemnestra, que no tardaron mucho tiempo en morir a manos de Orestes, hijo de Agamenón. Éstos y otros horrores semejantes hicieron a los griegos su victoria tan funesta como a los troyanos. En el espacio de algunas generaciones se vieron arruinadas y extinguidas las casas de la mayor parte de los soberanos que destruyeron la de Príamo; y ochenta años después de la guerra de Troya se apoderaron de Micenas, Esparta y Argos los heráclidas o descendientes de Hércules, que habían sido arrojados anteriormente del Peloponeso.

A esta sazón se embarcaron y pasaron a establecerse en las islas y costas del Asia menor varias colonias griegas, entre las cuales se cuentan principalmente la de los jonios, la de los eolios y la de los dorios. La tranquilidad y abundancia en que vivían eran muy a propósito para cultivar el entendimiento; y según quieren decir algunos, Chio, isla del mar Egeo, perteneciente a una de estas colonias, dio el ser al celebérrimo poeta Homero, que compuso los dos poemas épicos, la Iliada o guerra de Troya, y la Odisea o trabajos de Ulises.

Desde tiempo inmemorial había establecido Radamanto en la isla de Creta los fundamentos de una legislación, que Minos, a quien como al primero llaman los poetas juez del infierno, acabó de perfeccionar enteramente. Sus leyes, de las cuales hablaremos más adelante cuando tratemos de las de Esparta, por la conformidad y semejanza que entre sí tienen, no pudieron evitar las discordias y guerras civiles; porque en esta isla se comprendían un gran número de repúblicas independientes y enemigas unas de otras, cuyas facciones aceleraron al cabo su decadencia y ruina.

Las costumbres de los tiempos heroicos, que Homero nos ha delineado, eran sencillas y groseras como las de todos los bárbaros. Los reyes que se creen tan poderosos tenían poca autoridad, y menos aparatos de grandeza: mataban y desollaban ellos mismos las reses que se habían de presentar en sus festines; en ellos trinchaban y servían a los convidados, como lo vemos hacer en la Iliada a Agamenón con Ayax; y no sabían más que pelear sin la menor idea del arte de la guerra. Como que no conocían más derecho que el del más fuerte, eran tan feroces en los combates como en la victoria, pues trataban a sus prisioneros, ya fuesen príncipes o princesas, del modo más cruel e indigno. Por último, eran muy aficionados al pillaje; y el botín, única paga de los soldados, se repartía entre ellos y sus jefes. Creían los griegos la inmortalidad del alma, y por consiguiente la vida futura; pero se habían formado tan extravagante idea de los elíseos y el tártaro, que repugnaba a la razón y deshonraba la divinidad. Su mitología era ridícula y absurda, pues los dioses de Homero se llenaban de injurias, y adolecían de los mismos vicios que los demás hombres; y su superstición era tan grande como lo acredita la fe que prestaban a los oráculos, cuyas ambiguas respuestas descubrían la superchería de los sacerdotes.

No hay duda de que algunos juegos, como las carreras a pie y a caballo, la lucha, y otros semejantes, serían muy útiles si en ellos se observase cierto grado de moderación, pues contribuirían a formar y endurecer el cuerpo, dándole agilidad, destreza y vigor para resistir las fatigas de la guerra. Pero como estos ejercicios los fomentaba la emulación, que no conoce límites ni medio, hicieron de ellos un objeto da la diversión pública, y causaron en la Grecia efectos muy perniciosos; pues degenerando en horribles y ruinosos pasatiempos, en lugar de los ciudadanos que antes se disputaban los aplausos públicos, y una corona de hojas de árboles, fueron substituidos los atletas, cuya manutención ocasionaba exorbitantes gastos, y la crueldad y furor de los espectáculos engendró abusos muy perjudiciales.

Los juegos olímpicos, que se celebraban cada cuatro años cerca de Olimpia en la Elida, eran los más nombrados de todos; y las olimpiadas, que comprendían un espacio de cuatro años, que era el que mediaba de una fiesta a otra, forman la principal época de la historia de los griegos.

Sin embargo de que estos juegos fueron instituidos por Hércules, y restablecidos después de una larga interrupción por consejo del célebre Licurgo, y actividad de Ifito, rey de un cantón de Elida, la primera olimpiada se empieza a contar desde la primera vez que se inscribió en el registro público de los Elios el nombre del que ganó el premio de la carrera, que se llamaba Corebos, y corresponde a los años setecientos setenta y seis antes de Jesucristo.

 

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