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Cap. II. De los fenicios

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Cap. IV. De los medos y persas

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Capítulo I. De los tiempos fabulosos y heroicos

Cap II. Esparta y leyes de Licurgo

Cap III. Gobierno de Atenas y leyes de Solón

Cap IV. Guerra de los griegos contra Darío I. La batalla de Maratón

Cap V. Guerra de los griegos contra Xerxes. Los trescientos y las Termópilas. La batalla de Salamina

 

 

COMPENDIO DE LA HISTORIA DE GRECIA - JERÓNIMO DE LA ESCOSURA


Índice

 

 



RESUMEN DE LA HISTORIA ANTIGUA

Nociones generales sobre los egipcios y pueblos antiguos del Asia

CAPITULO II. De los Fenicios

La Fenicia, situada en la Turquía Asiática en las costas del Mediterráneo, era tan estéril, que apenas podía mantener a sus habitantes; pero la necesidad hace al hombre industrioso, y a ella se debe sin disputa el origen de las primeras artes, que perfeccionaron después la experiencia, la reflexión, y la casualidad no pocas veces. La situación del país, sus puertos de mar, y la proximidad del monte Líbano, parece que convidaban a los fenicios a dedicarse únicamente a la navegación; y en efecto, aprovechándose de estas ventajas, despreciaron los riesgos de la mar, y sin más guía que las estrellas del polo extendieron maravillosamente su comercio.

Establecieron colonias en las islas de Chipre y Rodas, en la Grecia, Sicilia y Cerdeña; llegaron hasta España, penetraron el Océano, y fue Cádiz el puerto principal de su comercio. Sacaban tantas riquezas, en particular de la Andalucía, que, según dicen, en uno de sus viajes iban tan cargados de plata, que se vieron en la precisión de hacer áncoras de este metal; por último el tráfico les proporcionaba las más útiles y deliciosas producciones de los otros pueblos.

Procuraban ocultar con el mayor cuidado el secreto de su navegación, como que de ella dependían sus principales intereses. Su viaje alrededor del África, de que hemos hablado anteriormente, es tanto más admirable cuanto sus embarcaciones apenas se podían separar de la costa; y lo que en el día hace fácil la brújula, era entonces casi imposible.

A la casualidad deben los fenicios el famoso tinte de la púrpura, y he aquí el modo como dicen haber sucedido: yendo un perro de pastor hambriento a comer una concha de la mar, sacó el hocico teñido de un color tan precioso, que en el instante inventaron un medio de extraerlo de las conchas, y teñir con él las telas, que con el nombre de púrpura fueron antes de mucho tiempo adorno de los reyes.

La sublime invención de las letras o caracteres que tanto honor hace al entendimiento humano, y por cuyo medio con tanta facilidad se comunican y transmiten a la posteridad las ideas, el arte de escribir se debe sin duda a los fenicios: su alfabeto sirvió de modelo al de los griegos, y de este se deriva el de los latinos, que es el que nosotros usamos.

A pesar de sus luces, instrucción y comercio, fueron los fenicios supersticiosos, aunque no tanto como los egipcios; y con razón se les acusa de la execrable costumbre de sacrificar hombres a la divinidad, que por desgracia del género humano se propagó a diferentes pueblos y provincias.

Sidón fue su primera capital, y después Tiro, ciudad muy floreciente y nombrada; pero Cartago, colonia de la última, excedió a entrambas en poder y riquezas. La crueldad con que Pigmalión, rey de Tiro, mató a Siqueo, esposo de su hermana Dido, para apoderarse de sus tesoros, obligó a ésta a huir con ellos al África, en donde fundó por los años ochocientos noventa antes de Jesucristo aquella famosa ciudad, que después llegó a ser por mucho tiempo la más poderosa rival de Roma.

 

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