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Cap. III. De los asirlos y babilonios

Cap. IV. De los medos y persas

Cap. V. De los indios

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Capítulo I. De los tiempos fabulosos y heroicos

Cap II. Esparta y leyes de Licurgo

Cap III. Gobierno de Atenas y leyes de Solón

Cap IV. Guerra de los griegos contra Darío I. La batalla de Maratón

Cap V. Guerra de los griegos contra Xerxes. Los trescientos y las Termópilas. La batalla de Salamina

 

 

COMPENDIO DE LA HISTORIA DE GRECIA - JERÓNIMO DE LA ESCOSURA


Índice

 

 



RESUMEN DE LA HISTORIA ANTIGUA

Nociones generales sobre los egipcios y pueblos antiguos del Asia

Capítulo primero. De los Egipcios

El Egipto es la parte de África más inmediata al Asia, de la cual se separa por el Istmo de Suez y el mar Rojo, que le baña por el este; confina por el sur con la Nubia o Etiopia; por el oeste con el desierto de Barca y otras partes poco conocidas del África; y por el norte con el mar Mediterráneo. Debe el Egipto su gran fertilidad a las inundaciones del Nilo, que suelen durar desde últimos de mayo hasta septiembre, y algunas veces hasta octubre; pero cuando el agua no llega a ocho codos de altura, o pasa de veinte y cuatro, se experimenta en el país una escasez considerable. Por el verano se parece a una mar sembrada de ciudades, villas y bosques; y por el invierno es una llanura cubierta de mieses, árboles, rebaños y trabajadores.

Era ya floreciente la monarquía de los egipcios en tiempo de los patriarcas, y de una prodigiosa antigüedad, si se hubiese de dar crédito a las tradiciones de sus sacerdotes. Suponían éstos que en sus principios había sido gobernado el Egipto por Dioses, y que Vulcano, el primero de todos, había reinado por espacio de nueve mil años. Osiris, Isis, su mujer y hermana, y Hermes, llamado Mercurio entre los griegos, eran otras tantas divinidades a quienes atribuían el origen de sus leyes, artes y ciencias.

Es común opinión que los príncipes de la línea de los Faraones ocuparon el trono de Egipto hasta que fue conquistado por Cambises, segundo rey de Persia, quinientos veinte años antes de la venida de Jesucristo. Se cuenta por el primero de sus monarcas a Menes, que algunos creen ser nieto de Noé, y colocan su reinado en los años dos mil novecientas sesenta y cinco de dicha época. Después de Menes pasaron muchos siglos que nos son desconocidos, y en ellos ponen a los reyes pastores hasta que subió al trono el famoso Sesóstris, príncipe guerrero y legislador, que penetró, según dicen, hasta la India y la Tracia; pero nada se sabe con certeza de su reinado, ni de la historia del Egipto, hasta que el rey Samnetico, por los años seiscientos setenta antes de Jesucristo abrió las puertas del reino a los extranjeros, y entró en comercio con los griegos.

Su hijo Necos emprendió la grande obra de abrir canales de comunicación entre el Nilo y el mar Rojo; pero esta empresa, digna de un gran rey por cierto, no solo no tuvo efecto, sino que costó la vida a más de cien mil trabajadores. Más feliz fue en otra que debiera inmortalizar su reinado, pues de su orden salieron del mar Rojo varios navegantes fenicios, que después de haber dado vuelta al África volvieron al cabo de tres años a la embocadura del Nilo.

El hijo de Necos fue destronado por Amasis, que se hizo célebre favoreciendo el comercio, y atrayendo los griegos a sus dominios, a los cuales Solón y Pitágoras fueron a instruirse.

En el reinado siguiente fue destruida la monarquía, y subyugado el Egipto por Cambises, según queda dicho. Desde esta época continuó siendo esclavo o tributario de los persas, hasta que Alejandro el Magno venció a Darío, y se apoderó de él, edificando después la famosa ciudad de Alejandría. Por muerte de Alejandro, Tolomeo, a quien suponen algunos su medio hermano, entró en posesión del Egipto trescientos años antes de Jesucristo, y bajo sus sucesores, que de su nombre se llamaron Tolomeos, continuó más de doscientos años hasta la célebre Cleopatra, mujer y hermana de Tolomeo Dionisio, el último que ocupó el trono. Quedó luego reducido a provincia del imperio romano, y setecientos años después fue conquistado por Omar, el segundo califa de los sucesores de Mahoma. Entre los años mil ciento cincuenta, y mil ciento noventa, gobernaba el Egipto Noredino; y su hijo el famoso Saladino instituyó el cuerpo militar de los mamelucos, que por los años mil doscientos cuarenta y dos elevó al trono a uno de sus oficiales, cuya práctica se continuó después constantemente. Floreció el Egipto por mucho tiempo bajo estos usurpadores, y resistió el poder de los turcos, hasta que Selim en mil quinientos diez y siete, después de haber derrotado diferentes veces a los mamelucos, los sujetó a su dominio. Pocos años después tomaron tal ascendiente los mamelucos, que sin dejar el Egipto de ser tributarlo de los turcos, continuó hasta el presente bajo el gobierno de veinte y cuatro beyes del país, bien que con inmediata dependencia de un Bajá turco.

Desde tiempo inmemorial fue gobernado el Egipto por reyes, género de gobierno a que se da el nombre de monarquía, y que sin duda se ha formado a imitación de la autoridad paterna; pues al modo que un padre era el jefe de su familia y la gobernaba, se escogió un rey para que gobernase todo un pueblo. Arreglaban las leyes del Egipto todas las operaciones del monarca, su corte, la distribución de las horas, y hasta los platos de su mesa. La religión le recordaba diariamente sus deberes; el gran sacerdote le exhortaba a la práctica de las virtudes de un rey, llenando de imprecaciones a todos aquellos que con sus perniciosos consejos procurasen separarle del verdadero camino de la gloria; y últimamente para dirigir su conducta se echaba mano de la lectura de las mejores máximas, y de los rasgos de historia más instructivos.

Los reyes, así como los particulares, eran juzgados en público después de muertos; todo el mundo tenía derecho para acusarlos; el pueblo pronunciaba su sentencia, y si habían vivido o gobernado mal se les privaba de sepultura.

Se atribuye a Sesóstris la división del Egipto en treinta y seis distritos o cantones, cuyo gobierno confió a las personas más beneméritas; las tierras estaban repartidas entre el rey, los sacerdotes y la milicia, obligando al resto de la nación a vivir de su trabajo, división desigual, poco equitativa, y que hacía muy poderosos a los sacerdotes.

Eran estos los únicos que cultivaban las ciencias; y como habían presidido a la constitución del estado, conservaron siempre una gran influencia en los negocios. Las riquezas afeminaron los guerreros, y así fueron casi siempre vencidos por todos los pueblos que atacaron el Egipto.

La administración de justicia era uno de los principales fundamentos de la felicidad pública; treinta jueces escogidos en las tres capitales del reino, Heliópolis, Ménfis y Tebas, formaban un tribunal muy respetable. El rey los mantenía, y les obligaba a jurar solemnemente que no le obedecerían en caso de pronunciar una sentencia injusta; los litigios se hacían por escrito, por temor de que la elocuencia alucinase a los jueces; y el presidente tenía en la mano una imagen o simulacro de la verdad, con la cual tocaba al que había ganado el pleito, como para dar a entender que la verdad era la que dictaba las sentencias.

Son muy notables algunas leyes de los egipcios: el adulterio se castigaba como uno de los delitos más perjudiciales a la sociedad; al hombre que incurría en este crimen se le daban mil palos, y a la mujer se le cortaban las narices. A los soldados convencidos de cobardía se les imponían ciertas penas infamatorias, porque el honor sobre todo es el que debe dirigir las acciones de los militares. El hombre que, pudiendo, no salvaba a otro acometido por asesinos, tenía pena de muerte, y el pueblo más inmediato al paraje en donde se hallaba el cadáver del asesinado estaba en la obligación de hacerle un suntuoso funeral; de este modo atendían las leyes a la conservación de los ciudadanos. Los bienes, y no las personas, pagaban las deudas, con lo que se evitaban las violencias de los acreedores.

Todo el mundo estaba obligado por una ley de Amasis a declarar anualmente su profesión; y el que para subsistir se valía de medios ilegítimos y poco decorosos era castigado de muerte. La excesiva severidad de esta ley nos hace conocer cuánto degradan al hombre, y cuán indigno le hacen de vivir entre sus semejantes, la ociosidad, el fraude, y demás vicios de esta naturaleza.

Las profesiones eran hereditarias, sin que ninguno pudiese seguir otro oficio más que el de sus antepasados. Han querido decir algunos que los egipcios acababan las cosas mejor que los otros pueblos; pero lo cierto es que no habiendo entre ellos una gran emulación sus progresos debían ser muy lentos, y esta es la causa porque nada han perfeccionado. A pesar de las leyes tan decantadas, había entre ellas algunos abusos, como el matrimonio entre hermanos, y la poligamia permitida a todos, menos a los sacerdotes.

La religión, tan necesaria para sostener y alentar las virtudes, degeneró entre los egipcios en una funesta y extravagante superstición; las primeras ideas de un solo Dios, a quien el hombre debe amar y reverenciar, fueron trastornadas y reemplazadas por las fantasmas producidas por la imaginación y el miedo. Apis, una de sus principales divinidades, era un buey negro con ciertas manchas; adoraban también al gato, al perro, al cocodrilo…, y el matar, aunque fuese involuntariamente, un animal sagrado era un delito capital, así es que en tiempo de hambre, según se cuenta, por no incurrir en este crimen, se comían los egipcios unos a otros. No era igual el culto en todas las provincias del reino: en una se adoraba el cocodrilo, y su enemigo el icneumón en otra; aquí el cordero, y allá la cabra; y esta diferencia de cultos solía producir competencias religiosas muy perjudiciales. Miraban con horror a algunos animales inmundos, y en particular al cerdo; aborrecían también la mar, y de consiguiente la navegación; y tenían tan supersticiosa aversión a los extranjeros que no comían con ellos, ni de vianda alguna que cortasen con su cuchillo.

Los sacerdotes tenían una idea más exacta del Ser supremo, y una secreta doctrina muy superior a la creencia del pueblo, pero no la comunicaban sino al corto número de personas que iniciaban en sus misterios.

No hay duda de que el Egipto es uno de los pueblos civilizados más antiguos que se conocen, y que debe su celebridad a las artes y ciencias, al paso que los griegos le son deudores a él de todos sus conocimientos. Antes que los hebreos formasen un cuerpo de nación, ya se conocían entre los egipcios las bellas artes; allí se encontraban ricas telas, vasos labrados, y otras varias producciones de esta naturaleza; y las tres antiguas pirámides, que subsisten aun en el día, son una prueba del grado a que llegó su arquitectura. La mayor de estas pirámides tiene dos mil seiscientos cuarenta pies de circunferencia, y quinientos de altura; y todas habían sido edificadas para túmulos por la vanidad de algunos reyes, cuyos nombres yacen sin embargo sepultados en profundo olvido. Más digno de inmortalidad es el lago Meris por la utilidad de su objeto, pues fue construido para corregir la irregularidad de las inundaciones del Nilo, y para comunicarse con él por medio de canales que aun subsisten. Los obeliscos manifiestan igualmente hasta dónde se extendía la capacidad de los egipcios. Había algunos de una pieza de ciento noventa pies de altura; y uno mucho más grande aun fue transportado a Roma, y mandado reparar por Sixto quinto. El mérito de estas obras admirables, y no por el buen gusto, sino por lo gigantescas, consiste en las dificultades que ha sido preciso vencer para concluir su fábrica.

Labraban los egipcios los campos, distribuían las aguas del Nilo en una infinidad de canales, medían con exactitud su creciente, usaban todo género de máquinas, y conocían el curso de loa astros. Su estudio favorito era la geografía y astronomía: dividieron en doce meses el año, que no fue en los principios más que año lunar de trescientos cincuenta y cuatro días; pero hallaron posteriormente el verdadero año solar de trescientos sesenta y cinco días y algunas horas.

Como eran tan supersticiosos, creían que la felicidad de los muertos consistía en la conservación de sus cadáveres, y para preservarlos de la corrupción inventaron un secreto tan prodigioso, que se conservan aun en el día algunos cuerpos así embalsamados que se llaman momias, sin embargo de haber pasado más de tres mil años.

Su primera escritura consistió en jeroglíficos o figuras que representaban confusamente los objetos; más apenas se conocieron las letras o caracteres, solo se servían de aquellos los sacerdotes con el objeto de ocultar su ciencia al vulgo. Escribían en la corteza de un árbol llamado papiro, producción natural del país; pero no se sabe de qué modo la preparaban. En el palacio de Osymandias, uno de los reyes pastores, estaba la biblioteca más antigua del mundo con esta inscripción: Remedios para el alma.

Este pueblo célebre, y tal ver más de lo que debería serlo, era industrioso y pacifico; respetaba en gran manera la patria potestad, y las costumbres y usos establecidos; pero por otro lado era afeminado, cobarde, supersticioso, tan esclavo de sus preocupaciones que despreciaba altamente todo aquello que él no hacía, y por consiguiente incapaz de perfeccionar cosa alguna. En esto se parecen mucho los chinos a los egipcios, pues a pesar de que su imperio cuenta acaso cuatro mil años, sus conocimientos permanecen en un mismo estado de imperfección de muchos siglos a esta parte.

 

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