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HISTORIA ROMANA CONTADA A LOS NIÑOS - Jules Raymond Lamé Fleury


Índice

 

 



LA RUINA DE CARTAGO

Desde el año de Roma 570 hasta el 608 (espacio de 88 años)
 

Ruina de Cartago - Historia romana contada a los niños - Lamé FleuryEn aquél tiempo mismo había un rey llamado Perseo, que reinaba en el hermoso país de la Grecia, de que ya os he hablado algunas veces, y era el undécimo príncipe desde Alejandro el Grande, cuya historia sin duda se os contará algún día.

Perseo tuyo la imprudencia de atraerse la cólera de Roma, la que envió contra él varios cónsules, con grandes ejércitos, y últimamente a un general muy hábil y valiente que llamaban Paulo Emilio, quien según creo era hijo de aquel que había perecido en la batalla de Cannas, como ya os he dicho hace mucho tiempo.

Una noche que Pablo Emilio estaba preparado para dar batalla a Perseo, sucedió de repente un eclipse de luna, es decir que la Luna se halló casi enteramente obscurecida como sucede algunas veces por razones que os explicarán cuando seáis mayores. Esto dio mucha miedo a los soldados romanos, que creyeron era de mal agüero para la batalla que se preparaba. Pero cuando supieron que era una cosa muy natural se avergonzaron tanto de su susto y se batieron con tanto valor, que cogieron a Perseo toda su gente.

Este pobre rey fue conducido a Roma; lo cargaron de cadenas de oro y lo hicieron marchar a pie con sus dos hijos delante del carro de Pablo Emilio cuando este logró los honores del Triunfo; llevaban al mismo tiempo todos los tesoros de oro y de plata que habían encontrado en su reino, y pusieron después al infeliz Perseo en una cárcel, donde no tardo en morir de dolor.

El orgullo y dureza con los demás hombres son defectos muy comunes en los que adquieren grandes riquezas. Tantas victorias embriagaron a los romanos, quienes resolvieron abandonar enteramente aquella ciudad de Cartago, a la que ya habían hecho tanto daño. El cónsul Censorino fue enviado a África y pidió a los cartagineses que entregasen a los romanos trescientos personajes de los más considerables de la ciudad, lo que estos concedieron para conservar la paz. Los pidió después todas las armas, todas las espadas, todos los broqueles y todas las galeras que había en Cartago; los cartagineses también consintieron en ello.

En fin, Censorino los mandó a todos que saliesen de su ciudad, llevándose consigo todo lo que pudieran, porque iban a quemar a Cartago y a destruirla hasta en sus cimientos. Por esta vez los cartagineses rehusaron obedecer y resolvieron defenderse hasta la muerte, más bien que ser tratados con tanta crueldad. Fue un general que se llamaba Asdrúbal, a quien eligieron para mandarlos.

Entonces, como ya no tenían armas, todos se pusieron a la obra para hacer otras nuevas con todo el oro, la plata y el hierro que pudieron recoger; los niños trabajaban para ayudar a sus padres, y las mujeres se cortaban los cabellos y hacían cuerdas para las galeras en que estaban trabajando. El valor y la desesperación de los infelices cartagineses rechazaron por mucho tiempo los ataques de sus enemigos, hasta que al final llegó otro nuevo cónsul llamado Cornelio Escipión a quienes habían apellidado el Africano.

Empezó Escipión castigando a los soldados que se habían vuelto cobardes y perezosos hasta temer las flechas de las mujeres de Cartago, y una noche los llevó a todos en silencio a las murallas, por donde treparon con escalas y se hicieron dueños de la ciudad. Podéis juzgar cuál fue el susto de todo aquel pueblo cuando se vio en poder de los romanos, y en efecto destruyeron enteramente a Cartago, con prohibición absoluta de volverla a reedificar.

Los pobres cartagineses que no habían muerto en la acción fueron llevados como esclavos. Al pronto se había refugiado Asdrúbal con su familia y muchos soldados en un templo, que según ya os he dicho era una iglesia de aquel tiempo. Muy en breve, con la esperanza de enternecer a Escipión, pasó a rogarle secretamente que libertase a sus hijos y a su mujer; más esta señora, luego que lo supo, se adornó con sus más hermosos vestidos, y después de haber pegado fuego al templo degolló con su mano a sus dos niños y se precipitó con ellos en la llamas, y allí pereció lo mismo que cuantos cartagineses quedaban todavía.

Desde aquel tiempo ya no se oyó hablar de Cartago, y Cornelio Escipión, que había arruinado aquella soberbia ciudad, a la que tanta envidia tenia Roma, tomó como su abuelo el sobrenombre de Africano.

 

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