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HISTORIA ROMANA CONTADA A LOS NIÑOS - Jules Raymond Lamé Fleury


Índice

 

 



CLEMENCIA DE AUGUSTO

Desde el año de Roma 724 hasta el año 15 de Jesucristo (espacio de 43 años)

 

Clemencia de Augusto - Historia romana contada a los niños - Lamé Fleury

Así que Octavio se vio el único de los tres triunviratos que reinaba todavía, se volvió dulce y afable en lugar de seguir siendo severo y cruel, como lo había sido hasta entonces; le dieron el título de emperador, y ya no le llamaron mas que César Augusto.

No quiso ya tener a su lado si no a los más hombres de bien y más virtuosos de su tiempo, y sus primeros amigos fueron Agripa y Mecenas , a quienes todos amaban, a causa de su cortesía y su bondad.

Como sabía que el pueblo se complacía mucho con los espectáculos, quiso que algunas veces se los diesen nuevos; pero prohibió que celebrasen muy a menudo aquellos combates de gladiadores y de fieras que se hacían en el circo, como ya es lo he dicho al contaros las historia de los Gracos; porque los romanos se hablan vuelto demasiado crueles con la vista continua de la sangre de los hombres y de los animales.

Cuando seáis más grandes y que sepáis el latín, os harán leer los versos de un poeta llamado Virgilio a quien Augusto quería mucho, y también los de otro que llamaban Horacio a quien colmó de beneficios a causa de su talento y de la amistad que le tenia Mecenas.

Nunca fueron más felices los romanos que en aquel tiempo; Augusto fue quien cerró el templo del viejo rey Jano que Numa Pompilio había edificado, porque no había ya guerra y sin duda no habéis olvidado que aquel templo no debía estar cerrado más que en tiempo de paz.

Sin embargo, Augusto no fue siempre feliz, porque es muy raro que los hombres puedan serlo mucho tiempo sobre la tierra; vio morir a su hermana Octavia a quien amaba con ternura, la que era tan buena y tan apacible; y a sus dos amigos Agripa y Mecenas con quienes pasaba los momentos más agradables de su vida.

Un día cayó tan peligrosamente enfermo que todos creyeron que iba a morir, y todo el pueble se halló en una inquietud horrorosa; por todas partes no se veían más que gentes que lloraban y se arrancaban los cabellos de desesperación; pero le curó un médico hábil y se alegraron tanto, que en agradecimiento levantaron una hermosa estatua a aquel médico.

Aunque había prohibido que matasen a ninguno de sus enemigos y que al contrario les hizo todo el bien que pudo, hubo un joven llamado Cinna que era nieto del gran Pompeyo, quien resolvió matarle, era la más negra ingratitud por su parte, porque Augusto había sido su bienhechor después de la muerte de su padre, y siempre le había tratado como a su propio hijo.

Cuando Augusto supo la intención de Cinna, mandó a llamar, y le habló con tanta dulzura, que creyó desde luego que nada sabia, más el emperador le dijo enseguida: “Te he hecho muchos beneficios, Cinna, y sin embargo sé que me quieres matar.”

Al oír estas palabras Cinna perdió el color, y empezó a temblar; quiso desde luego decir que no era cierto, porque hay personas que creen que mintiendo no parecerán tan culpables, pero se engañan mucho, porque la mentira aumenta todavía la culpa, y así os aconsejo que no mintáis nunca ni aún para disculparos cuando os riñen.

Augusto le hizo ver que sabía todo lo que había proyectado contra él y cuando Cinna vio aquello, se echó a sus pies porque creyó que los lictores iban a prenderle para cortarle la cabeza con sus hachas; más el emperador le levantó con bondad y le dijo que le perdonaba su mal pensamiento, porque estaba seguro de que se arrepentiría, y para hacerle ver que no conservaba odio contra él le hizo cónsul para el año siguiente. Cinna se enterneció tanto con aquella dulzura, que desde aquel tiempo nunca el emperador tuvo amigo más fiel y adicto que él.

Sin embargo Augusto no quiso permanecer en un trono donde sabía que muchos le tenían envidia, y como era ya viejo se retiró al campo, a pesar de todas las súplicas que le hicieron para que se quedase en Roma; murió poco después, y el pueblo, que no podía olvidar a su emperador, lo echo tanto de menos como lo había aborrecido cuando era triunviro.

 

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