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HISTORIA ROMANA CONTADA A LOS NIÑOS - Jules Raymond Lamé Fleury


Índice

 

 



RÉGULO Y LOS CARTAGINESES

Desde el año de Roma 499 hasta el 512 ( espacio de 23 años)
 

Régulo - Historia romana contada a los niños - Lamé FleuryJamás acaso habréis visto navíos; son una especie de grandes casas de madera que andan por la mar y conducen a distancias muy considerables los hombres, los animales y las mercancías; se parecen a las barcas que hay en los ríos, pero como son mucho mayores, tienen palos a los que está atados unos lienzos, que llaman velas, las que hinchadas por el viento llevan el navío por la mar con la mayor rapidez. En tiempo de los romanos se servían también de remos que son unos palos, con los cuales pegaban en el agua para hacer andar la nave, y llamaban galeras a sus navíos.

En el tiempo de que os estoy hablando había en África, país que está muy distante de la Italia, una ciudad llamada Cartago; era rica y poderosa porque todos sus habitantes se dedicaban al comercio y reunían también grandes tesoros con los cuales compraban soldados y galeras para conducirlos a cualquiera parte donde quisiesen ir.

Debéis saber que la Sicilia es una comarca no muy distante de Roma, a la que no se puede ir sino no pasando la mar, porque está enteramente rodeada de agua y a causa de esto la llaman una isla.

Los romanos, que a fuerza de vencer a todos los enemigos que se presentaban, unas veces con sus armas, otras con su grandeza de alma (lo que es mucho más glorioso) se habían hecho muy poderosos, tuvieron mucha envidia cuando supieron que los cartagineses, es decir, los habitantes de Cartago, se atrevían a venir hasta Sicilia y que habían declarado la guerra a un rey de aquel país llamado Hierón, que era amigo de la República y reinaba en Siracusa.

Hierón envió a pedir socorros a los romanos contra sus enemigos que venían avanzando, pero Roma no tenía navíos y se hallaron muy embarazados para enviar tropas a Sicilia. Sin embargo, como el valor y buena voluntad llegan a cabo todo, se sirvieron por modelo de dos galeras cartaginesas que la tempestad había arrojado a la costa de Italia, lo que sucede algunas veces, e hicieron en poco tiempo una gran porción de aquellas naves, en las cuales llevaron a Sicilia varias legiones romanas, que eran regimientos muy numerosos. Los mandaba el cónsul Appio y en varios encuentros batió al general de los cartagineses que se llamaba Aníbal.

Pero los cartagineses no se desanimaron por eso, y con sus naves, de las que tenían un gran número, incomodaron tanto a los romanos, que éstos resolvieron ir a pelear con ellos en la mar, aunque ciertamente no tenían tanta habilidad como ellos para dirigir navíos.

Un cónsul llamado Duilio se encargó de esta expedición y la ejecutó tan bien que después de haber batido a Amílcar, que era el almirante de los enemigos, le concedieron los honores de un Triunfo naval, donde llevaron delante de él los despojos de las naves que había tomado a los cartagineses.

Duilio recibió además otra recompensa, porque se le permitió tener una música y alumbrarse con bujías a la hora de cenar, lo que no se concedía entonces a nadie en Roma, porque tenían miedo de introducir malas costumbres.

Duró la guerra todavía algunos años en Sicilia y sobre la mar; pero al fin, creyendo los romanos abatir de un golpe a sus enemigos, enviaron a África misma, en donde estaba situada Cartago, un grande ejército mandado por un cónsul llamado Régulo, que era un hombre muy valiente, y que sin embargo tenia todavía más probidad que valor.

Apenas Régulo pisó el África cuando todo su ejército y él mismo corrieron un gran peligro, que nadie esperaba. De repente se presentó en el campo de los romanos una serpiente que era tan grande, tan grande, que amenazaba devorar muchos hombres y caballos, lo que ciertamente hubiera hecho si no la hubieran matado con gruesas piedras, lanzadas por máquinas, de las que entonces se servían en tiempo de guerra para derribar las murallas. El pellejo de aquella serpiente fue enviado a Roma, donde tuvieron la aparición de aquel reptil venenoso por de mal agüero para la expedición de Regulo.

En efecto, los cartagineses, a las órdenes de un extranjero llamado Jantipo, reunieron un gran número de soldados y sobre todo muchos elefantes (porque el África es el país donde reinan estos animales). Con esto atacaron a los romanos haciendo al mismo tiempo prisionero a Régulo, a quien enviaron Cartago. El temor que tenían también a los elefantes fue la causa de su derrota.

        Eran tan malos los cartagineses que en lugar de ser agradecidos a los servicios que Jantipo acababa de hacerlos, le tuvieron envidia porque era extranjero, y dieron orden para que le arrojasen secretamente al mar, como si su nave se hubiera sumergido por la tempestad. Tan mala acción merecía ser castigada, porque la ingratitud es el más horrible de todos los vicios.

No tardaron en arrepentirse de haber perdido a Jantipo cuando vieron que los romanos los vencían otra vez y que ya no podían quedarse en Sicilia. Asdrúbal, el más valiente de sus jefes, fue también derrotado en aquel país y le hicieron morir en Cartago porque había sido desgraciado.

Sin embargo, se vieron obligados a enviar a Roma embajadores para pedir la paz al senado, y estos llevaron consigo a aquel mismo Régulo que estaba prisionero en Cartago, para que intercediese con los senadores, después de haberle hecho prometer que se volvería para tomar otra vez sus cadenas si los romanos rehusaban conceder la paz.

Los cartagineses creían con esto obligarle a pedirla con tantas instancias, que llegara a conseguirla, pero se sorprendieron mucho cuando Régulo, en lugar de rogar para que hicieran la paz, pidió al contrario que exterminasen a los cartagineses, o a lo menos que no se escuchase proposición alguna hasta que Cartago se hallase en poder de los romanos. El Senado escuchó sus avisos y rehusó a los embajadores lo que pedían; pero al mismo tiempo quiso obligar a Régulo a que se quedase en Roma diciéndole que los crueles cartagineses no dejarían de mandarlo matar por haber hablado contra ellos.

Sin embargo, aquel grande hombre había prometido volver a Cartago y como no hay cosa más vergonzosa que faltar a su palabra, se resistió a los ruegos de su mujer y de sus hijos, y quiso mas volver entre sus enemigos, quienes tuvieron la barbarie de hacerle morir en espantosos suplicios; tan gran virtud merecía otra recompensa, y todos le lloraron en Roma cuando se supo su muerte.

A pesar de esto no tardó en hacerse la paz, porque los cartagineses no tenían ya ni galeras ni soldados; y Roma tuvo la satisfacción de abatir casi enteramente a su enemiga. Esta guerra con Cartago duró mucho tiempo, y la llamaron la Primera Guerra Púnica porque hubo otras dos todavía, que ya os contaré.

 

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