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HISTORIA ROMANA CONTADA A LOS NIÑOS - Jules Raymond Lamé Fleury


Índice

 

 



PIRRO Y SUS ELEFANTES

Desde el año de Roma 473 hasta el año 478 (espacio de 5 años)
 

Pirro - Historia romana contada a los niños - Lamé FleuryHacía ya muchos años que los galos habían sido echados de Roma y aquella ciudad, que según ya os he contado había sido enteramente quemada por ellos, estaba casi reedificada del todo cuando vino a Italia un rey llamado Pirro, cuya historia voy a deciros, quien también causó grandes desgracias a los romanos.

Pirro era rey de una parte de la Grecia, que es un hermoso y rico país, del que más en adelante oiréis decir muchas cosas muy interesantes; era joven e intrépido, y tenia consigo un grande ejército, que conducía veinte gruesos elefantes, que son animales muy grandes, como los que acaso habréis visto pintados o en la casa de las fieras.

Habéis de saber que los elefantes son animales muy fuertes, a quienes en aquellos tiempos ponían sobre la espalda pequeñas torrecitas de madera, en las que se colocaban muchos soldados que desde allí lanzaban flechas sobre sus enemigos. Aquellos elefantes son muy valientes; son mansos y dóciles cuando no les hacen daño, pero cuando se sienten heridos se ponen furiosos y andan tan de prisa que echan a rodar todo lo que encuentran por delante y aplastan a los hombres y a los caballos que caen bajo sus pies.

Pirro, hizo como que quería defender una ciudad llamada Tarento, que querían tomar los romanos, y envió embajadores para decir al cónsul de aquel tiempo, que se llamaba Valerio Levino, que tenia un grande ejército y que tomaba a los tarentinos bajo su protección, para que no les hiciesen daño alguno.

En lugar de dejarse espantar Levino con lo que le dijeron estos embajadores, los paseó por todo su campo, que según ya os he dicho ere el conjunto de las tiendecitas de tela que los soldados romanos llevaban siempre consigo, y los despidió después encargándoles que dijesen a Pirro que le quería más como enemigo que como juez. Entonces Pirro vio que debía prepararse a combatir y avanzó con todo su ejército.

Ya os he dicho que los romanos eran muy valientes y hábiles en la guerra, porque la ejercían continuamente; así empezaron venciendo a los soldados de Pirro, más cuando este mandó avanzar sus elefantes, que los romanos jamás habían visto, se espantaran tanto al ver como marchaban aquellos grandes animales dando chillidos y aplastando a los caballeros que derribaban con sus pies, que todo el ejército de Levino y el cónsul mismo, aunque herido, no tuvo más tiempo que para escapar.

Pirro hizo buen uso de su victoria, porque en lugar de mostrarse bárbaro con sus enemigos hizo cuidar a los heridos, dar sepultura a los muertos, y concedió elogios a los romanos que eran sus prisioneros, alabando el valor que habían mostrado en el combate; lo que era muy bueno porque todos los hombres, hasta nuestros enemigos, son nuestros semejantes, y sería muy cruel maltratar a unos pobres que no quieren hacernos daño.

Ya podéis pensar cuánto se espantaron en Roma cuando supieron que Pirro avanzaba con todo su ejército y aquellos terribles elefantes, de quienes contaban cosas tan espantosas los soldados que se habían escapado de la batalla; pero un romano llamado Fabricio, que era hombre de mucho valor, en lugar de dejarse asustar como los demás, dijo a los senadores que hablaban de ir a pedir gracia a Pirro que sería demasiado vergonzoso para la República el dejarse desanimar por una sola derrota, y que el cónsul Levino había podido ser vencido pero que Roma estaba todavía por vencer.

Este discurso volvió el valor a los más acobardados; todos acudieron a las armas y no pensaron más que en defenderse. No tardó Pirro en saber esto, y deteniéndose de repente con su ejército se decidió a enviar a Roma un embajador para ofrecer la paz al senado. Había entonces con aquel rey un griego llamado Cineas, que era un hombre muy hábil y elocuente, es decir que hablaba tan bien, tan bien, que cuando le habían escuchado se creía siempre que tenia razón. Aquel hombre fue a quien Pirro envió a Roma.

Antes de todo Cineas, que había llevado de intento muchas cosas preciosas, quiso regalárselas a los senadores, y aún a las señoras romanas para que todos le acogiesen favorablemente; pero se admiró mucho al ver que ninguno aceptaba sus regalos y tuvo que volvérselos a llevar.

Entonces se presentó Cineas ante el senado, el que después de haber escuchado cuanto venia a decirle en nombre del rey, se contentó con responder que no quería hacer la paz con Pirro mientras estuviese en Italia. Cineas se sorprendió tanto por la actitud de los senadores, que se marcho al momento de Roma y fue a decir a Pirro que en lugar de una asamblea de ancianos había visto una verdadera asamblea de reyes.

No tardó en volverse a empezar guerra, los romanos fueron también vencidos y aquel mismo Fabricio, de quien ya os he hablado, fue hecho cónsul y con otro nuevo ejército salió a intentar otra vez el echar a Pirro de la Italia.

Fabricio era muy pobre, lo que no impedía que todos le amasen, porque era uno de los más hombres de bien de su tiempo; Pirro le hizo algunas veces ofrecer tesoros para que fuese a su favor en el senado; pero los rehusó sin vacilar.

Un día el médico de aquel rey vino a proponerle hacer morir a su señor dándole una medicina tan mala que no pudiese resistir a ella: Fabricio se incomodó tanto con la traición de aquel médico, que en lugar de aprovecharse de ella para deshacerse de un enemigo tan peligroso hizo avisar a Pirro, quien mandó matar al momento a aquel malvado, y envió a Fabricio todos los romanos que estaban en su poder para manifestarle su agradecimiento.

No os contaré todo lo que hizo Pirro durante el tiempo que estuvo en Italia, porque esto sería muy largo; os bastará saber que al fin fue vencido por el cónsul Lentulo a pesar de sus elefantes, a los que se habían acostumbrado los romanos, y que cuando triunfó el cónsul, todo el pueblo se llenó de gozo al ver cuatro de aquellos animales que había cogido a los enemigos después de que mataron todos los demás, porque es preciso deciros que los elefantes son tan pesados que una vez caídos por el suelo ya no pueden levantarse.

 

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