NUMA POMPILIO -
SEGUNDO REY DE ROMA
Desde el año 38 de Roma hasta el 82 ( espacio
de 42 años)
Cuando
Rómulo desapareció del modo que acabo de decir, los senadores y
el pueblo no sabían a quién poner en su lugar, porque por más que digan
siempre, cuando hablan de la dicha de alguno, "es feliz como un rey", sin
embargo, es un cargo muy dificultoso el de rey. Estuvieron todo un año
en Roma sin que nadie se atreviese a reemplazar a
Rómulo y todos eran
muy desgraciados porque cada uno quería hacer su voluntad a costa de los
demás. Llamaron a aquel tiempo el Inter-Regno
por que no había rey.
En el mismo tiempo había en el país de los sabinos, de que ya os he
hablado, un hombre que todos amaban, porque era bueno, justo, honrado y
benéfico; le llamaban Numa Pompilio y era de edad de cuarenta años; era
pariente del rey Tacio, que había reinado con
Rómulo, cuya muerte
desgraciada ya os he contado.
Un día que Numa Pompilio estaba en su casa de campo donde vivía con su
anciano padre, a quien amaba de todo su corazón, como debe hacer un buen
hijo, vio entrar a dos hombres, a quienes antes había conocido, llamados
Próculo y Volesio, quienes le anunciaron que el pueblo romano le había
elegido para rey y que era preciso que se fuese con ellos a gobernarle.
¿Creéis acaso que Numa se alegró mucho con esta noticia? pues nada de
eso; respondió a los dos embajadores que se la hablan llevado: “¿Por qué
queréis que abandone a mi padre y mi casa, donde tengo una vida dulce y
tranquila, para ir a tomar una corona que ofrece tantos peligros? No me
gusta la guerra porque no hace más que daño a los hombres, y los romanos
están acostumbrados a una vida que no convendría con mis gustos. Respeto
a los dioses, que ellos no conocen y que deberían temer, y no podría
hacerlos todo el bien que quisiera; dejadme pues vivir tranquilo en mi
casa como hasta el día, y volveos a Roma sin mi.”
Los embajadores se sorprendieron mucho por la negativa de
Numa, que no
quería absolutamente ser rey; pero les pareció tan sabia, que se echaron
a sus pies para rogarle que se fuese con ellos.
Sin embargo, Numa hubiera sido insensible a sus ruegos si su anciano
padre no le hubiese mandado aceptar la corona, porque como ya os he dicho
era un hijo respetuoso y obediente; todos se alegraron en
Roma cuando
supieron su llegada.
No habréis olvidado sin duda que los romanos de aquel tiempo eran todas
gentes turbulentas, disputadoras y siempre prontos a tomar por la fuerza
lo que no querían darles. No tardó Numa en mudarlos enteramente, y vais
a ver cómo lo logró. En lugar de ocuparlos continuamente con juegos y
ejercicios militares, dio a todos los romanos campos para cultivarlos e
instrumentos para labrar la tierra, porque es bueno que sepáis que la
agricultura, es decir, el trabajo del campo, es la primera de todas las
artes, no sólo porque sirve para alimentar a los hombres, que sin esto
no comerían más que yerbas y raíces como los brutos salvajes, sino
también porque la mayor parte de los labradores son hombres de bien y
honrados.
Numa era muy piadoso, como lo hizo conocer a los embajadores romanos
cuando rehusó la corona diciéndoles que temía y honraba a los dioses,
porque en aquel tiempo se creía que había muchos dioses, lo que
ciertamente no es verdad. Es imposible que los hombres que no tienen
religión, es decir, que no aman ni respetan a Dios, sean buenos y
dóciles, y así Numa tuvo mucho cuidado en dar ideas religiosas a los
romanos, las que los hicieron mejores y más pacíficos; para ello hizo
edificar en Roma varios templos, que
eran las iglesias de aquel tiempo. A propósito de esto voy a contaros la
historia de uno de aquellos templos, del que oiréis hablar a menudo
cuando leáis en libros más sabios.
Había habido antes en el Lacium, que era el país donde
Roma
acababa de ser edificada, un rey llamado Jano que era tan bueno, tan
bueno, que cuando murió creyeron sus súbditos que había subido al cielo,
y le honraron como a un dios. Numa hizo edificar un templo al dios
Jano,
que representaban comúnmente con dos caras, y mandó que aquel templo
estuviera siempre abierto cuando hubiese guerra, y que se cerraría
cuando se hiciese la paz.
Sin embargo, los romanos, que eran todavía demasiado groseros para
comprender todo el bien que Numa quería hacerlos, murmuraban altamente
contra un rey que ya no les permitía entregarse a la violencia de su
carácter. Cuando vio el rey esto, le dio mucha tristeza y les anunció
que cuanto hacía para volverles mejores y más felices era de orden de
una diosa llamada Egeria, que habitaba en un bosque situado cerca de
Roma, a donde iba muchas veces a visitarla, aunque nadie la había visto
nunca; y, en efecto, siempre que se retiraba al bosque, volvía con
alguna de aquellas leyes tan sabias, a las que los romanos llegaron a
someterse, agradeciéndolas mucho en lo sucesivo.
En tiempo de Numa Pompilio y mucho después todavía, acostumbraban en
Roma quemar a los muertos, en lugar de enterrarlos como se hace ahora.
Los vestían con sus mejores trajes, les metían en la boca una moneda
para pagar el paso en una barca que debía conducirlos a los infiernos,
adonde en aquel tiempo decían que todos los muertos debían ir a parar,
los ponían después en una hoguera, es decir, en una gran pira de madera,
a la que pegaban fuego, y después recogían las cenizas del muerto en una
vasija de tierra, que llamaban Urna, la que los parientes conservaban
con el mayor cuidado y con mucho respeto.
Cuando murió Numa, a la edad de ochenta y cuatro años, después de haber
hecho mucho bien a su pueblo, todos le lloraron porque había sido muy
bueno, y según lo había mandado, en lugar de quemar su cuerpo, como era
costumbre, lo depositaron en un sepulcro de piedra, donde pusieron al
mismo tiempo ochenta libros voluminosos, que encerraban la historia de
las ceremonias que había establecido en reverencia de los dioses a
quienes había consagrado templos.
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