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HISTORIA ROMANA CONTADA A LOS NIÑOS - Jules Raymond Lamé Fleury


Índice

 

 



CAMILO Y LOS GALOS

Desde el año de Roma 357 hasta el 389 (espacio de 32 años)
 

Camilo - Historia romana contada a los niños - Lamé FleuryCamilo era dictador cuando los romanos resolvieron ir a sitiar la ciudad de Falerio, que pertenecía a sus enemigos; fue un hombre muy valiente y virtuoso, e hizo varias buenas acciones que voy a contaros.

Durante el sitio de Falerio un maestro de escuela, a quien habían confiado los niños de las principales familias de aquella ciudad, pasó a ver al dictador con todos sus discípulos ofreciendo entregárselos para que los padres de aquellos jóvenes, por miedo de que les hiciesen daño, se apresurasen a entregarse a los romanos; esta traición incomodó a Camilo, y en efecto era una acción muy mala la que hacía aquél maestro de escuela, pues que había prometido tener mucho cuidado de los niños, y que en lugar de eso los exponía a ser muertos o que los hiciesen esclavos; por lo mismo, en lugar de la recompensa que esperaba, recibió un castigo terrible.

Camilo mandó que le pusiesen enteramente desnudo, y habiéndole hecho atar las manos detrás de la espalda, dio unas varas a todos los discípulos para que le volviesen a llevar hasta Falerio, dándole con ellas con toda su fuerza, lo que hicieron en efecto. Cuando los padres de aquellos niños vieron lo que pasaba y supieron por qué aquel hombre era maltratado así, se enternecieron tanto con la probidad de Camilo que pasaron al momento a darle las llaves de la ciudad que sitiaba. Algunas veces logra la virtud al momento lo que a la fuerza le cuesta mucho trabajo arrancar.

Los soldados romanos no se alegraron con esto, porque esperaban saquear a Falerio y apoderarse de todas las cosas preciosas que podían tener sus habitantes, e hicieron tanto con sus murmuraciones que el pueblo, en lugar de atender los grandes servicios que Camilo le había hecho, tuvo la ingratitud de desterrar a aquel grande hombre como habéis visto que desterró a Coriolano. Pero Camilo se consoló pensando que nada tenía que reconvenirse y que algún día le harían justicia, lo que sucedió en efecto como vais a ver.

Los galos, que era un pueblo feroz y belicoso, declararon la guerra a los romanos, que habían querido obligarlos a volverse a su país y los habían negado el permiso de establecerse en Italia: aquellos galos eran hombres de una talla muy alta y de una fuerza prodigiosa. Brenno, su jefe, tenía muchas ganas de enriquecerse con los tesoros que sabía que tenían encerrados en Roma. Marcharon pues sobre aquella ciudad con tanta prontitud que, habiendo dispersado las tropas que habían enviado a su encuentro, entraron en Roma, la que habían abandonado todos sus habitantes, excepto aquellos a quienes su mucha edad no había permitido seguir a los demás.

Aquellos ancianos se sentaron en unas sillas delante de la puerta de sus casas, vestidos con sus trajes de ceremonia y esperaron a sus enemigos, que no tardaron en llegar. Al pronto los galos se admiraron de ver aquellos hombres venerables, que parecían no tener miedo alguno, porque aquellos pueblos, aunque bárbaros, respetaban mucho los ancianos.

Pero habiéndose atrevido un soldado a poner la mano en la barba de uno de los senadores más ancianos que allí se hallaban, este le pegó con una barita de marfil que tenia en la mano, y el galo le mató al momento.

Esta fue la señal de un degüello general: aquellos soldados malvados mataron a cuantos encontraron y después de esto pegaron fuego a todos los barrios de la ciudad; solo se libró el Capitolio, porque todos los romanos que quedaban se había refugiado en él, queriendo más morir que abandonarle con el tesoro público que allí habían depositado y otras mil cosas preciosas.

Una noche los soldados de Brenno ensayaron escalar sus murallas, y sin duda lo hubieran logrado porque los centinelas estaban dormidos, cuando unos gansos que mantenían en el Capitolio, habiendo oído el ruido que hacían los enemigos al subir por la muralla, se pusieron a graznar y a aletar con tanta fuerza que se despertaron los guardas; un oficial llamado Manlio fue el primero que acudió a la muralla, donde encontró dos galos que iban ya a entrar en la ciudadela; se arrojó sobre ellos con intrepidez, y fue bastante feliz para precipitarlos de alto a bajo de la muralla. Todos los demás se detuvieron llenos de terror, y a causa de esto Manlio fue apellidado Capitolino.

Roma hubiera llegado a su fin si el generoso Camilo, olvidando la ingratitud de sus conciudadanos, no hubiera consentido en volver a tomar el mando de los pocos soldados que quedaban todavía para pelear con los galos, a quienes venció algunas veces.

Le hicieron dictador por segunda vez, y en fin llegó a la ciudad en el tiempo mismo en que los galos consentían en retirarse, si se les daba una gran cantidad de oro. Ya estaban pesando aquel metal cuando se presentó Camilo y declaró a Brenno que Roma no sería rescatada con oro sino con hierro, y al decir esto enseñaba su espada. Resultó un gran combate y también esta vez los galos fueron vencidos y obligados a escaparse muy lejos para no ser exterminados todos.

Empezaba la ciudad a levantarse sobre sus ruinas cuando la peste, aquel terrible azote de que ya os he hablado, se declaró otra vez; un gran número de romanos pereció de aquella enfermedad, y entre ellos el gran Camilo que acababa de salvar a su patria del más eminente de todos los peligros. Las injusticias de que se habían hecho culpables los romanos tan a menudo, sin duda merecían aquel castigo; pero el terror llegó a su colmo cuando vieron un día abrirse en medio de la plaza pública un abismo, cuyo fondo no se percibía.

Habiéndose esparcido la voz de que aquel abismo no se cerraría hasta que un hombre se hubiese arrojado voluntariamente a él, el joven caballero Marco Curcio se precipitó dentro con su caballo y armado de pies a cabeza para hacer cesar aquel prodigio. En efecto, poco tiempo después se cerró el abismo.

Ya os he contado tantas cosas, que no quería hablaros de lo que sucedió a un galo, que era tan grande tan grande que decían por todas partes que era un gigante: aquel hombre espantoso desafío a un romano a que fuese a luchar con él, y un soldado llamado Valerio se presentó sin temor; más en aquel mismo momento un cuervo fue a ponerse sobre la cabeza del gigante y le sacó los ojos a picotazos. Bien pensáis que después de esto Valerio no tuvo mucho trabajo en pasarle con su espada, y a causa de esto le dieron el sobrenombre de Corbino.

 

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