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HISTORIA DE LA FILOSOFÍA                                             

ZEFERINO GONZÁLEZ (1831-1894)                                                        

Tomo I - Tomo II - Tomo III - Tomo IV                                                       

 

 

Historia de la Filosofía - Tomo II - Segunda época filosófica
La filosofía cristiana

§ 23 - SAN ISIDORO DE SEVILLA

El principal representante de la Filosofía cristiana durante el último tercio del siglo VI y primero del siguiente, fue, sin duda alguna, San Isidoro, natural de Cartagena, educado por su hermano San Leandro, a quien sucedió en el Arzobispado de Sevilla, y que pasó a mejor vida año de 636.

No cabe poner en duda que San Isidoro fue uno de los hombres más notables de su época, como lo prueba la parte que tuvo en la conversión de Recaredo y de la nobleza goda al catolicismo, la organización que dio a la Iglesia española, la influencia preponderante que ejerció en algunos de los famosos Concilios de Toledo, su fecundidad literaria (1), el mérito y excelencia relativa de algunas de sus obras, atendido el siglo en que vivió. Cierto que la Filosofía de San Isidoro no contiene puntos de vista propiamente originales; pero es el compendio más comprensivo, más razonado y más completo de la Filosofía cristiana posible en aquella época, según se desprende del siguiente resumen de la misma:

 

   1.º La Filosofía es el conocimiento de las cosas divinas y humanas, unido al estudio y cuidado de vivir rectamente. Divídese en tres partes, que son :

   a) Filosofía natural o física, cuyo objeto es la investigación déla naturaleza y de sus causas.

   b) Filosofía moral, que trata de las costumbres o moralidad de los actos.

   c) Filosofía racional o lógica, que enseña el modo de buscar la verdad en los objetos de las dos ciencias mencionadas: in qua disputatur quemadmodum in rerum causis, vel vitae moribus, veritas ipsa quaeratur. 

En la Filosofía se debe distinguir la parte científica o la ciencia, que es conocimiento cierto de la cosa, y la opinión, o conocimiento incierto y meramente probable. Para que haya verdadera ciencia, es preciso que la verdad sea conocida de una manera evidente y cierta: scientia est cum res aliqua certa ratione percipitur.

2º Por medio de las cosas finitas y creadas, venimos en conocimiento de la existencia y de los atributos de Dios, el cual es el Sumo Bien, y en el cual existen de una manera substancial, a la vez que simplicísima, la belleza, la omnipotencia, la eternidad y la inmensidad, en virtud de la cual «llena el cielo y la tierra sin estar contenido o circunscrito por ellos, y, siendo uno, está todo en todas partes (cum sit idem unus, ubique tamen totus est), pero de una manera indivisible.» La inmensidad divina, añade, es de tal naturaleza, que debemos concebir a Dios como dentro de todas las cosas, sin estar encerrado en ellas; fuera de todas las cosas, pero no excluido de las mismas: ut intelligatur eum (Deum) intra omnia, sed non inclusum; extra omnia, sed non exclusum.

3.º En Dios no hay presente, pasado ni futuro, y su eternidad contiene y precede todos los tiempos. Esta eternidad es consecuencia lógica y necesaria de la inmutabilidad absoluta de Dios, cuya substancia excluye toda mutación, y cuyos actos y determinaciones son libres, sin dejar de ser eternas. Cuando produce o crea en el tiempo alguna cosa, la mutación sólo tiene lugar en la cosa producida, pero no en la voluntad inmutable y eterna de Dios: Opus non consilium, apud Deum credimus mutari; nec variari eum quia per varia tempora diversa praecipit.

4.º El hombre ocupa lugar eminente entre las criaturas: es el fin próximo y parcial de la creación, y el ser que más se asemeja al Creador. Es un animal compuesto de alma y de cuerpo viviente, dotado de razón, de libre albedrío, y capaz de vicios y virtudes. Sin embargo, el alma racional no es lo que constituye al hombre, sino que, por el contrario, el hombre es solamente el cuerpo que está formado de la tierra: sed corpus, quod ex humo factum est, id tantum homo est. Esta opinión de San Isidoro, si se la toma en sentido literal, es la antítesis de la teoría platónica; pero probablemente sólo quiso dar a entender que la palabra homo trae su origen etimológico de humus.

5.º El alma racional no es parte de la substancia divina, ni trae su origen de la materia, sino que es incorpórea y espiritual, creada de la nada por Dios, e inmortal; pues aunque tiene principio, no tiene fin, a diferencia de las almas de los brutos, las cuales, después de la muerte, se disuelven y desaparecen juntamente con el cuerpo.

6.º Este mundo visible, compuesto de cielo, tierra, mares y estrellas, se llama mundo porque está siempre en movimiento y porque sus elementos están sujetos a perpetuas mutaciones (mundus est appellatus quia semper in motu est; nulla enim requies ejus elementis concessa est) o cambios de ser y de obrar. Fue creado o sacado de la nada por la omnipotencia de Dios, en todas sus partes, inclusa la materia que entra en su composición. Ni se debe imaginar por eso que Dios, al crear el mundo, comenzó a querer o hacer algo de nuevo; porque aunque el mundo no existía antes realmente, existía en la razón y en el consejo eterno de Dios: et si in re mundus non erat, in aetema tamen ratione et consilio semper erat.

7.º El origen del mal es el defecto o malicia de la voluntad; pues la naturaleza y la voluntad, consideradas en sí mismas, son buenas, como lo son también todas las substancias creadas; el mal, como tal y considerado en sí mismo, no es naturaleza o esencia: malum in seipso natura nulla est.

Por estas breves indicaciones, es fácil reconocer que, aparte de su opinión acerca del constitutivo esencial del hombre y de algunas otras de escasa importancia, la Filosofía de San Isidoro es la Filosofía cristiana expuesta con la extensión y método que permitía la época. Debido a esto y a la influencia y al renombre que adquirió en la Iglesia española, y al influjo de su tratado enciclopédico las Etimologías, el impulso dado a los estudios por el doctor Hispalense contribuyó eficazmente a la conservación y desenvolvimiento de las ciencias humanas y eclesiásticas en la Península ibérica, a pesar de las dificultades de los tiempos. Resultado y expresión de ese movimiento filosófico y científico, fueron las escuelas de Sevilla, de Córdoba, de Zaragoza, de Toledo, de Vich y de otras iglesias, en las que brillaron los Braulios, Ildefonsos, Tajones y Eulogios; en que Gerberto venía a estudiar los secretos de las ciencias naturales, y que prepararon de lejos el camino para el advenimiento de San Raimundo de Peñafort, de Lulio, de Raimundo Martín y de Pedro Hispano, con las decretales del primero, las notables obras filosóficas del segundo, la no menos notable Pugio Fidei de Raimundo Martín, y las Summulae logicales del cuarto.

§ 24. EL MOVIMIENTO ISIDORIANO

Ya hemos indicado que el libro de las Etimologías es una especie de enciclopedia de los conocimientos humanos en la época de su publicación. Pero la importancia de las obras de San Isidoro, y especialmente la de sus Etimologías, más que en su mérito intrínseco, —aunque muy notable, atendida la época— debe buscarse en la influencia incontestable y eficaz que ejerció en toda España bajo el punto de vista filosófico y literario. Expresión y resumen probablemente de las lecciones orales pronunciadas por San Isidoro en su grande escuela sevillana, las Etimologías representan la base y el punto de partida del gran movimiento intelectual que colocó a la España del siglo VII por encima de las demás naciones. Sobre el modelo de la escuela fundada y organizada en Sevilla por San Isidoro, fundáronse, como hemos dicho, otras en Toledo, Zaragoza, Barcelona, Braga, Córdoba, Vich y otras partes, y los nombres de Braulio y Tajón, obispos de Zaragoza, de San Ildefonso y Julián, de Toledo, así como los de Idacio de Barcelona, Conancio de Palencia, Fructuoso de Braga, evidencian el influjo poderoso y universal de la escuela isidoriana en toda la Península ibérica. Desde las costas orientales hasta la desembocadura del Tajo, desde las montañas astúricas hasta las riberas del Betis, aparecieron por todas partes escuelas clericales y monacales, o fundadas, o dirigidas por los discípulos de San Isidoro. Expresión y resultado de este gran movimiento científico, filosófico, religioso y literario, fueron, además de los nombres citados, los famosos Concilios de Toledo, el no menos célebre Forum Judicum, primer ensayo de una legislación racional y filosófica entre los pueblos bárbaros, el Collectaneum, o sea los cinco libros Sententiarum de Tajón, primer ensayo teológico-escolástico, y los Pronósticos del siglo futuro, en que San Julián trata y discute filosóficamente la espiritualidad e inmortalidad del alma humana.

El impulso comunicado a las ciencias por San Isidoro y sus escuelas fue tan enérgico, tan universal y tan profundo, que no pudo ser ahogado por la invasión agarena. En medio de la gran catástrofe, y después de ella, florecen todavía las escuelas cristianas que representaron por siglos la tradición isidoriana. Isidoro de Beja, que dejó consignada en su Chronicon la jornada infausta del Guadalete y sus consecuencias inmediatas, de las que había sido testigo; Juan, Obispo de Sevilla, conocido por su correspondencia literaria con Álvaro de Córdoba; Bracario, su antecesor, que había impugnado y rechazado la doctrina de Orígenes acerca del alma (2), los Alvaros, Eulogios, Esperanideos de Córdoba, Hatón, Obispo de Vich y maestro de Gerberto, demuestran la continuación del movimiento literario isidoriano a través de las calamidades, resistencias y contradicciones de la dominación musulmana.

 

    Además del Trivium y del Quatrivium, que constituían la enseñanza general de las escuelas públicas por aquel tiempo, en la escuela isidoriana se enseñaba hebreo, griego, geografía, derecho, teología moral, historia y cosmografía, siendo muy de notar para aquella época las nociones e ideas geográficas, filosóficas y cosmográficas que contiene el libro que con el título De natura rerum escribió San Isidoro, sin contar las que se hallan en las Etimologías.

La escuela y las obras de San Isidoro constituyen además una demostración práctica e ineluctable de que la Europa cristiana no necesitó de los musulmanes para marchar por los caminos de la civilización y de las ciencias, y que lo que éstos hicieron fue más bien entorpecer y paralizar el impulso dado por el gran Arzobispo de Sevilla, propagado y continuado por sus discípulos y sucesores.

Todavía es más infundada e inexacta la opinión de los que afirman que la Europa cristiana debió a los árabes, y principalmente a Averroes, el conocimiento de los escritos de Aristóteles. Los que tal dicen, seguramente no han leído las obras de San Isidoro, porque, de haberlo hecho, no es posible que sustentaran semejante opinión, la cual, después de todo, no es más que la reminiscencia de las iras y exageraciones antiescolásticas de algunos escritores del Renacimiento, a la vez que el eco de las aficiones averroísticas de otros. Sin salir del tratado ya citado de las Etimologías, vese claramente por su contenido que su autor conocía la mayor parte de las obras de Aristóteles, y que siglos antes que naciera en Córdoba el famoso comentador aristotélico, se disputaba ya en Sevilla sobre la substancia, la cualidad y demás predicamentos; sobre el silogismo y sus reglas; sobre el Isagoge de Porfirio y los universales, y se comentaban los libros del Estagirita que tratan del alma, de la moral, de la generación y corrupción, de la retórica y la política, y casi todos los demás, si se exceptúan acaso los libros Metaphysicorum y la Historia animalium. No podía suceder de otra manera, toda vez que entre los autores que cita y sigue paso a paso en sus obras, y, sobre todo, en las cuestiones filosóficas, ocupa lugar preferente Boecio, el cual, según se desprende de sus mismas palabras (3), tradujo y comentó la mayor parte de las obras de Aristóteles.

Si nuestro San Isidoro es el iniciador y el representante legítimo de un gran movimiento literario en la Península española, es también el eslabón de la cadena que une la concepción filosófico-patrística con la concepción filosófico-escolástica, que tan extraordinarias señales de fecundidad había de dar, andando el tiempo. En este concepto y desde este punto de vista, Ozanam pudo escribir con razón: Isidore de Seville compte avec Cassiodore et Boëce parmi les instituteurs de Occident.

__________

(1) He aquí el catálogo que su contemporáneo y discípulo San Braulio nos presenta de sus obras, de las cuales omitiremos las menos importantes: «Edidit libros Diferentiarum duos.—Proaemiorum. —De Ortu et obitu Patrum. —Officiorum, libros duos. —Synonimorum, libros duos. —De Natura rerum. —De nominibus Legis et Evangeliorum. —De Haeresibus. —Sententiarum, libros tres. —Chronicorum a principio mundi usque ad tempus suum, librum unum. —De viris illustribus. —De Origine Gothorum et regno Suevorum, et etiam Vandalorum. —Quaestionum, libros duos. —Ethymologiarum codicem nimia magnitudine, distinctum ab eo titulis, non libris; quem quia rogatu meo fecit, quamvis imperfectum ipse reliquerit, ego in viginti libros divisi.»

(2) «Ea quae Bracarius episcopus in suis dogmatibus per omnem suam ecclesiam dicit agnoscenda, inter caetera ita instituit: animas hominum non esse ab initio inter caeleras intellectuales naturas, nec simul creatas, sicut Origenes finxit.» Flórez, España Sagrada, t. XI.

(3) He aquí cómo se expresa el ilustre patricio romano, en sus Commentaria in Aristotelem: «Ego omne Aristotelis opus quodcumque in manus venerit (téngase presente que Boecio había morado en Grecia por espacio de muchos años), in romanum stylum vertens, eoruin omnium commenta latina oratione perscribam, ut si quid ex logicae artis subtilitate, et ex moralis gravitate peritiae, et ex naturalis acumine veritatis ab Aristotele perscriptum est, in omne ordinatum transferam, atque id quodam luimine commentationis illustrem.» Es muy probable que San Isidoro tuvo a la vista versiones y comentarios aristotélicos que no han llegado hasta nosotros.

Casiodoro                                                                                                                San Liciniano y San Beato

 

 

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