Historia de la Filosofía -
Tomo I - LA FILOSOFÍA DE LOS PUEBLOS
ORIENTALES
§ 22 - LA FILOSOFÍA EN EGIPTO
En realidad de verdad, ni en el Egipto, ni en la Bactriana, la Persia y
demás regiones en que dominó el mazdeísmo, existió la Filosofía en el
sentido propio de la palabra. No se conoció allí la Filosofía como
ciencia o investigación racional y sistemática de las cosas y de sus
causas, ni hubo variedad de escuelas, ni siquiera fueron conocidas ni se
cultivaron con separación las diferentes partes de la Filosofía
especulativa. En las provincias del Irán, como en el
Egipto, puede
decirse que no hay más Filosofía que la Filosofía religiosa, las
concepciones que sirven de base a la religión y al culto, y las
consecuencias o aplicaciones que de ellas se desprenden.
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De aquí la dificultad suma de separar la idea filosófica de la idea
religiosa, dificultad que adquiere mayores proporciones, cuando esta
idea reviste dos formas muy diferentes y hasta contradictorias, como acontece precisamente
en el Egipto, en donde la idea religiosa presenta la forma popular y
grosera al lado de la forma esotérica y hierática. |
Porque, en efecto, a juzgar por el testimonio de Herodoto y de Diodoro
con otros varios autores, inclusos algunos escritores eclesiásticos; a
juzgar por algunas inscripciones interpretadas por Champollion y otros
egiptólogos, y a juzgar, sobre todo, por algunos pasajes de los libros
herméticos, la primitiva y real concepción religiosa del país de los
Faraones, entraña un teísmo espiritualista, bien que algo desvirtuado y
desfigurado por desviaciones panteístas. «Es difícil al pensamiento, se
dice en estos libros, concebir a Dios, y a la lengua hablar del mismo. No
se puede describir con medios materiales una cosa inmaterial, y lo que
es eterno, difícilmente puede aliarse con lo que está sujeto al
tiempo.... Lo que no puede ser conocido por los ojos y los sentidos,
como los cuerpos visibles, puede expresarse por medio del lenguaje; lo
que es incorpóreo, invisible, inmaterial, sin forma, no puede ser
conocido por nuestros sentidos; comprendo, pues, ¡oh Thoth!, comprendo
que Dios es inefable.... No es limitado ni finito; no tiene color ni
figura; es la bondad eterna e inmutable, el principio del Universo, la
razón, la naturaleza, el acto, la necesidad, el número, la renovación;
es más fuerte que toda fuerza, más excelente que toda excelencia,
superior a todo elogio, y sólo debe ser adorado con adoración
silenciosa. Está escondido, porque para existir no tiene necesidad de
aparecer. El tiempo se manifiesta, pero la eternidad se oculta.
Considera el orden del mundo; debe tener un
autor, un solo autor, porque en medio de cuerpos innumerables y de
movimientos variados, se advierte un solo orden. Si hubieran existido
muchos creadores, el más débil hubiera tenido envidia al más fuerte, y
la discordia habría traído el caos. No hay más que un mundo, un sol, una
luna, un Dios. Éste es la vida de todos, su origen, su poder, su luz, su
inteligencia, su espíritu y su soplo. Todos existen en él, por él, bajo
él, y fuera de él no hay nada, ni dios, ni ángel, ni demonio, ni
substancia alguna; porque uno solo es Todo, y Todo no es más que uno.»
En armonía con estos pasajes de los libros herméticos o sagrados de los
egipcios, éstos suponían o afirmaban que el Dios supremo, o sea Amon-Ra,
es anterior y superior a todas las cosas, y que éstas y toda existencia
son emanaciones del mismo. «Permanece inmutable en su unidad, se dice en
el famoso libro De mysteriis Aegyptiorum, atribuido al neoplatónico Jámblico;
es el primero, el mayor y la fuente de todas las cosas (major, et primus,
et fons omnium); es el padre del primer Dios y el Dios de los dioses (pater
est primi Dei.... Deus deorum), el mismo que en su unidad primitiva y
solitaria es anterior y superior a todo ente, es principio y padre de
toda esencia, de toda existencia (1), de toda inteligencia; y,
finalmente, es el inteligible primero, cuyo culto propio es el solo silencio:
Intelligibile
primum quod solo silentio colitur.»
Aunque es muy posible que Jámblico, o quien quiera que sea el autor del
tratado De mysteriis Aegyptiorum, haya desfigurado algún tanto la
concepción teológica del Egipto bajo la influencia de sus propias ideas
neoplatónicas, no cabe poner en duda el fondo monoteísta de aquella
concepción. Esta concepción unitaria de la divinidad, resto seguramente
y reminiscencia de la revelación primitiva, se conservó en la clase
sacerdotal más o menos pura por espacio de bastantes siglos, siendo muy
probable también que esta enseñanza constituía el fondo principal de los
misterios egipcios y de la sabiduría de sus sacerdotes, tan preconizada
y utilizada por los filósofos griegos, y principalmente por Pitágoras y
Platón (2). Empero, la costumbre de expresar por medio de símbolos
determinados las acciones, propiedades y atributos diferentes de la
divinidad, y por otro lado las necesidades y exigencias o condiciones
del culto público, fueron causa de que se introdujeran y adoptaran
muchos y muy diferentes símbolos, más o menos adecuados, para
representar y distinguir los atributos, propiedades y efectos atribuidos
a la Divinidad. Bajo la influencia de la imaginación grosera del vulgo, merced también a la ignorancia de las
clases populares y a sus tendencias antropomórficas, aquellos símbolos
no tardaron en convertirse en divinidades y en objeto de cultos
idolátricos de toda especie. De aquí esa muchedumbre de Dioses, esa
extravagancia de cultos y adoraciones, que hicieron del Egipto el país
clásico de la superstición; ese cúmulo monstruoso de divinidades y
prácticas antropomórficas y fetichistas.
Así vemos que la mitología egipcia, que comienza por la triada
primordial Amon (el ser supremo, el fondo divino), Nesth (la
naturaleza) y Kneph o Knouphis (la inteligencia), desciende por medio de
un proceso interminable y de triadas múltiples hasta los animales, las
plantas y los elementos más inanimados. El carnero, símbolo hierático de
Amón, pasó después a ser ídolo o encarnación idolátrico-divina del
mismo: el toro, símbolo de Osiris, se convirtió a su vez en divinidad
para el pueblo, el cual adoraba igualmente y daba culto divino al chacal
y al perro, símbolos de Anubis; al gato, símbolo de la luna; al
cocodrilo, símbolo del tiempo y de Tifón; al ibis, símbolo de Hermes;
al escarabajo, símbolo del principio activo en la generación; a la
serpiente, símbolo de Kneph; a la palmera, símbolo del año; a la
cebolla, símbolo del universo, a causa de sus películas concéntricas y
esféricas. Esta extraña divinidad, que tenía un templo en Pelusa, es la
que motivó el apostrofe tan conocido y celebrado del poeta latino. El
sol, la luna, el zodíaco, el Nilo, con otros varios cuerpos, fueron
también objeto del culto idolátrico del pueblo egipcio.
Es muy posible y bastante probable, sin embargo,
que estos diferentes símbolos, que la ignorancia y la superstición
popular convirtieron en divinidades y en materia de culto idolátrico,
encerraban en su origen ciertas verdades doctrinales que la Filosofía
griega presentó después como fruto de sus propias especulaciones,
habiéndolas recibido de las tradiciones hieráticas y reservadas del
Egipto. Vestigios evidentes y múltiples de esto, descubriremos en Tales,
Pitágoras, Platón y tantos otros representantes de la filosofía
helénica. Hasta el éter o fuego divino y animado de los estoicos, parece
arrancar del Egipto, a juzgar por lo que Herodoto nos dice o indica (3)
acerca de este punto.
§ 23 - LA FILOSOFÍA MORAL EN EL EGIPTO
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Si alguna parte de la doctrina del antiguo
Egipto merece el nombre de
filosófica, es su parte ética. Sin constituir un todo sistemático ni una
ciencia racional, la moral egipcia es de las más puras y completas que
presenta el paganismo, pudiendo decirse que en ella, como en la
concepción unitaria de la divinidad, no es posible desconocer ciertos
vestigios de la revelación adámica o paradisíaca. |
Por el contenido del Ritual funerario, uno de los libros sagrados del
Egipto, y del cual se han encontrado varios ejemplares al lado de las momias, sabemos a ciencia cierta
que la moral egipcia prohibía blasfemar, engañar a otro hombre, hurtar,
matar a traición, excitar motines o turbulencias, tratar a persona
alguna con crueldad, aunque fuera propio esclavo. También se prohibían
la embriaguez, la pereza, la curiosidad indiscreta, la envidia,
maltratar al prójimo con obras o palabras, hablar mal o murmurar de
otros, acusar falsamente, procurar el aborto, hablar mal del rey o de
los padres. La prohibición de estas cosas como malas, iba acompañada con
varios preceptos acerca del bien obrar, entre los cuales resaltan los de
hacer a Dios las ofrendas debidas, dar de comer al hambriento, vestir al
desnudo y algunos otros por el estilo.
Como base y sanción de estas prescripciones morales, los egipcios
admitían la inmortalidad del alma y el juicio divino después de la
muerte, con los premios o penas correspondientes a las acciones
practicadas en vida. Según Herodoto, los egipcios fueron los primeros
que profesaron el dogma de la inmortalidad del alma, pues afirmaban que
cuando el cuerpo se descompone o muere, el alma pasa sucesivamente a
otros cuerpos por medio de nuevos nacimientos o encarnaciones,
recorriendo y animando los cuerpos de casi todos los animales de la
tierra, del aire y del mar, hasta entrar otra vez en un cuerpo humano en
un tiempo o momento dado. Esta evolución o trasmigración del alma se
verifica en el espacio de tres mil años (4), doctrina que, como es sabido y hace notar el mismo Herodoto, adoptaron y aun
presentaron como original y propia algunos filósofos griegos.
Verdad es que en esta doctrina, lo mismo que en la que se refiere al
teísmo unitario, se advierten desviaciones panteístas, y se halla además
adulterada o desfigurada por la hipótesis de la metempsicosis, hipótesis
que puede a su vez considerarse como una reminiscencia adulterada del
dogma de la resurrección final de los cuerpos.
He aquí el resumen que de toda esta doctrina presenta el antes citado
Lenormant, resumen que creemos el más ajustado a la verdad y a las
conclusiones de la crítica histórico-egipcia. «La creencia en la
inmortalidad no se separó nunca de la idea de una remuneración futura de
las acciones humanas, cosa que se observa particularmente en el antiguo
Egipto. Aunque todos los cuerpos bajaban al mundo infernal, al Kerneter,
según le apellidaban, no todos estaban seguros de alcanzar la
resurrección. Para conseguirla, era preciso no haber cometido ninguna
falta grave, ni en la acción, ni con el pensamiento, según se desprende
de la escena de la psychostarsa, o acción de pesar el alma, escena
representada en el Ritual funerario y sobre muchos sepulcros de momias.
El difunto debía ser juzgado por Osiris, acompañado de sus cuarenta y
dos asesores: su corazón era colocado en uno de los platillos de la balanza que tenían
en su mano Horus y Anubis; en el otro se ve la imagen de la justicia; el
Dios Thoth anotaba el resultado. De este juicio, que tenía lugar en «la
sala de la doble justicia», dependía la suerte irrevocable del alma. Si
el difunto era convencido de faltas irremisibles, era presa de un
monstruo infernal con cabeza de hipopótamo; era decapitado por Horus o
por Smou, una de las formas de Set, en el cadalso infernal. El
aniquilamiento del ser era considerado por los egipcios como el castigo
reservado a los malvados. En cuanto al justo, purificado de sus pecados
veniales por un fuego que guardaban cuatro genios con rostro de monos,
entraba en el pleroma o bienaventuranza, y, hecho ya compañero de Osiris,
ser bueno por excelencia, era alimentado y recreado por éste con
manjares deliciosos.
Sin embargo, el justo mismo, como que en su calidad de hombre había sido
necesariamente pecador, no entraba en posesión de la bienaventuranza
final sino a través de varias pruebas. El difunto, al bajar y entrar en
el Ker-neter, veíase precisado a franquear quince pórticos guardados por
genios armados de espadas; no se le permitía pasar por ellos sino
después de haber probado sus buenas acciones y su ciencia de las cosas
divinas, es decir, su iniciación; se le sujetaba además a rudos trabajos
antes de llegar al juicio definitivo; debía cultivar los vastos campos
de la región infernal, lo cual era considerado como una especie de
Egipto subterráneo, cortado por ríos y canales. Veíase obligado además a
sostener terribles combates contra monstruos y contra animales
fantásticos, de los
cuales no triunfaba sino armándose de fórmulas sacramentales y de
ciertos exorcismos que llenan once capítulos del Ritual citado. A su
vez, los malos, antes de ser aniquilados, eran condenados a sufrir mil
géneros de tormentos, y volvían a la tierra bajo la forma de espíritus
malhechores, para inquietar y perder a los hombres: entraban también en
el cuerpo de los animales inmundos (5).»
La pureza y la perfección relativas de la moral entre los egipcios no
tuvieron fuerza bastante para impedir la introducción, si no de castas
propiamente dichas, como las de la India, de clases tan privilegiadas que
equivalían o se asemejaban a castas. Sabemos, por el testimonio de
Herodoto, de Diodoro y otros antiguos historiadores, confirmado por los
descubrimientos modernos, que la influencia político-social, los
empleos, el gobierno y hasta la propiedad, se hallaban monopolizados por
la clase sacerdotal y la militar. Los pastores, los artesanos y los
agricultores, que formaban el pueblo, y, digamos, la tercer clase del
Estado, apenas tenían participación en las funciones públicas, ni en la
propiedad de las tierras o bienes raíces, siendo su condición bastante
análoga a la de los vayçias y çudras de la India.
El gran principio de la igualdad de los hombres, lo mismo que el gran
principio de la dignidad e independencia individual, eran desconocidos a
las sociedades paganas, por más que algunas de ellas vislumbraron algo
de estas grandes verdades. Moviéndose fuera de la órbita de la
revelación divina, ignoraban lo que ésta enseña acerca de la unidad de
origen y destino final de la especie humana. Por eso vemos que en todas
las sociedades antiguas o paganas, cualquiera que sea su grado de
civilización, o domina la institución antihumana y antisocial de las
castas, o domina la concepción político-socialista, es decir, la
absorción del individuo y hasta de la familia por el Estado. El doble
principio de la dignidad e independencia personal y de igualdad de los
hombres, principio que constituye el fondo de la civilización cristiana,
y que es una de las razones suficientes de su fecundidad indefinida y de
su fuerza poderosa de expansión, sólo encontró acogida en la antigüedad
en el pueblo depositario de la revelación divina, en el pueblo de
Abraham, de Moisés y de los profetas.
__________
(1) He aqui el pasaje integro de Jámblico, tomado de la versión latina
de Marsilio Ficino: «Primus Deus ante ens et solus, pater est primi Dei
quem gignit maneas in unitate sua solitaria, atque id est super
intelligibile. Ille enim major, et primus, et fons omnium, et radix eorum
quae prima intelliguntur et intelligunt, scilicet, idearum. Ab hoc
utique Uno, Deus per se sufficiens seipsum explicavit: ideoque dicitur
per se sufficiens sui pater, per se princeps. Est enim hic principium, Deus deorum, unitas ex uno super essentiam,
essentiae
principium; ab eo enim essentia, propterea pater essentiae nominatur.
Ipse enim et superenter ens intelligibilium principium.» De mysteriis
Aegyptiorum, pág. 151, edic. 1552.
(2) «Pythagoras, Plato, Democritus, Eudoxus et multi alii ad sacerdotes
Aegyptios accesserunt. Pythagoras et Plato didicerunt philosophiam ex
columnis Mercurii in Aegypto.» De myst. Aegyptiorum, pág. 5.
(3) «Egyptii vero censent, vivam belluam esse ignem, quae devoret
quidquid nacta sit, tum pabulo satiata, simul cum eo quod devoravit,
moriatur.» Herodoto, Historiar., lib. III, núm. 16.
(4) «Primi etiam fuerunt Egyptii, escribe Herodoto, qui hanc doctrinam
traderent, esse animam hominis immortalem, intereunte vero corpore, in
aliud animal quod eo ipso tempore nascatur, intrare: quando vero
circuitum absolvisset per omnia terrestra animalia, et marina, et volucria, tunc rursus in hominis corpus, quod tunc nascatur, intrare: circuitum autem illum absolvi tribus annorum millibus.
Hoc placito usi sunt deinde nonnulli e Graecorum philosophi, alii prius,
alii posterius, tanquam suum esset inventum, quorum ego nomina, mihi
quidem cognita, litteris non mando.» Historiar., lib. II, núm. 123.
(5) «Según se ve por lo dicho, añade Lenormant, el sol personificado en
Osiris constituye el fondo o tema de la metempsicosis egipcia. De Dios
que anima y mantiene la vida, se convertía en Dios remunerador y
salvador. Hasta se llegó a considerar a Osiris como el compañero del
difunto en su peregrinación infernal, como el genio que tomaba al hombre
cuando descendía al Ker-neter y le conducía a la luz eterna.... El
difunto hasta concluía por identificarse completamente con Osiris, por
fundirse en cierto modo con su substancia, hasta el punto de perder su
propia personalidad.» Manuel d'Hist. ancien., t. I, cap. IV.
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