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EL DESPERTAR DEL BUDA  (I - II - III - IV - V - VI)

Vicente Blasco Ibáñez

 

 

 

III [SIDARTA DESCUBRE EL SUFRIMIENTO]
 

Mas todo tiene término en el mundo, y una mañana, Sidarta, al fijarse en su armadura dorada de príncipe, sintió deseos de vestírsela, como en los primeros días de su matrimonio, cuando, por seducir más a Gopa, hija de guerreros, caracoleaba con una escolta de sakias ante el palacio del rey.

Y al sentir sobre su cuerpo el peso de la coraza resucitaron en su alma, aunque débilmente, sus aficiones de hombre fuerte. Quiso cabalgar con aparato guerrero ante el pueblo, que no le había visto en tres años, y pidió que le trajeran a Cantaca, su bravo caballo de guerra.

Conmovióse el ejército de guerreros que guardaba a los tres palacios. ¡El príncipe iba a salir! Y mientras los mensajeros corrían al palacio de los Cisnes a dar la noticia a Sudhodana, un pelotón de jinetes sakias se presentó para escoltar a Sidarta en su paseo.

¡Hermoso aspecto ofrecía la bélica cabalgata! Flotaba el largo manto del príncipe sobre su deslumbrante loriga. Dos criados amarillos, sin otra vestidura que turbante y camisa, marchaban delante de su caballo con altos abanicos de pluma para espantar los enjambres de insectos. Un coloso bronceado sostenía el amplio quitasol de seda y oro. Detrás galopaban los sakias cubiertos de metal, con dos plumas abiertas sobre el turbante, como las antenas de grandes mariposas.

Cerca de los muros de Kapila, en una revuelta del camino, faltó poco para que Sidarta atropellase a un viejo que marchaba trabajosamente apoyándose en un grueso bambú, encorvado hasta el punto de que su barba casi rozaba el suelo, y tan consumido y esquelético, que sus miembros, que asomaban entre los andrajos, parecían los de un cadáver.

Absorto el príncipe por esta aparición, refrenó su caballo. En su rostro marcábase inmensa extrañeza, e interrogó al anciano con interés:

—¿Quién te hace sufrir? ¿Por qué andas vacilante como si estuvieras ebrio de soma.

—Príncipe: mi embriaguez es la de los años, y sólo la edad es la que me hace sufrir.

—Entonces tu única enfermedad es la vejez.

—Acertaste. También yo fui como tú, joven y hermoso. Mas aunque el señor de la vida te proteja y la enfermedad te respete, en medio de los placeres sabrá encontrarte la vejez, y entonces tú, el más hermoso de los sakias, marcharás como un cadáver, buscando reclinar tu cabeza en la almohada eterna.

    Se alejó el anciano lentamente, dejando al príncipe sumido en profunda meditación.

Siguió su camino Sidarta cabizbajo y triste. Tal era su estado de ánimo, que al llegar a la puerta oriental, en vez de entrar en Kapila siguió por fuera de los muros.

Ninguno de los sakias turbaba el silencio del príncipe, interrumpido sólo por el trote de los caballos y el choque de las armas. Al poco rato, próximos ya a la puerta de Occidente, oyeron todos los del cortejo desgarradores lamentos mezclados con un canto monótono y triste.

Era un entierro. Se alejaba de la ciudad, dirigiéndose a un montículo en cuya cumbre veíase la pira de resinosos pinos que había de convertir en cenizas el cadáver.

Sidarta encontraba por primera vez un entierro. Oyó con espanto los lamentos aparatosos y estridentes del grupo de plañideras que abría la marcha; las lagrimas de los parientes le enternecieron y le produjo honda inquietud el himno funeral que con voz sorda y ademán misterioso entonaban los brahmanes escoltando el cadáver.

Al pasar ante el féretro, vio el príncipe un cuerpo inerte envuelto en velos de lino. Era un joven como él. Debió ser fuerte y hermoso, pero el calor había acelerado su descomposición y repugnantes manchas azules sombreaban su pálida piel.

Revolvió Sidarta su caballo, y seguido de la escolta volvió sobre sus pasos.

No quería continuar el paseo. Por primera vez veíase en presencia de la muerte. Había oído hablar de ella como de una hermosa transformación que devuelve el espirito puro al seno de Brahma.

Pero viéndola de cerca la encontraba horrible. Parecíale que el sol brillaba con menos luz. La verdosa campiña tomaba oscuras tintas, como si las nubes entoldasen el cielo. El puro espacio parecía temblar con estremecimientos de terror por estos cantos funerales que se perdían a lo lejos.

Pensó Sidarta con asombro que él, el hombre feliz, señor de la hermosa Gopa, con sus tres palacios portentosos y sus tres mil esclavas escogidas entre las mujeres más bellas de la India, llegaría un momento en que, corroído por los gusanos, hinchado por la podredumbre, sería conducido a la fúnebre hoguera como este joven que acababa de ver en el fondo del féretro. Y si el espíritu de la muerte no le sorprendía en plena juventud, tendría que acoger como una felicidad el verse lo mismo que aquel viejo, doblado por la senectud y andando como un fantasma, con la frente buscando el polvo.

Fue esto un terrible despertar. Acababa de desgarrarse el velo que oculta la miseria de la vida, y Sidarta, el hombre dichoso poseedor de todos los esplendores del mundo, tembló como un niño ante el porvenir.

La ineficacia de su poder fue lo que más le aterró. En vano era que amontonase tantas riquezas, el oro de sus palacios, las deslumbrantes joyas que cubrían a sus innumerables mujeres, las que él mismo ostentaba en su pecho, en sus brazos y en lo alto del turbante, tan valiosas como la ciudad de Kapila. Todo esto, unido a los tesoros que las caravanas tratan de Persia, más allá de las fuentes del Ganges, no era bastaba para sobornar al Tiempo, señor incorruptible y justiciero que se apodera de hombres y bestias cuando les llega su hora.

¿Para qué reinar? ¿Para qué ser dichoso? ¿Podían sus bravos sakias infundir espanto a la Muerte cuando se presentase? ¿Podían sus riquezas hacerla retroceder?...

Y el príncipe, como si huyese de un peligro y deseara verse cuanto antes en sus encantados palacios, cuyos umbrales jamás atravesaba el dolor, hizo galopar su caballo, sin fijarse en los portadores de las reales insignias, que trotaban jadeantes y sudorosos junto a el.
Por esto no vio cerca ya de sus jardines a un hombre encapuchado que atravesaba el camino y a quien su caballo derribó con sólo un empujón de sus humeantes narices.

Refrenó Sidarta su corcel para socorrer al caído, pero ya los portadores de los abanicos estaban golpeándole con los cuentos de sus dorados palos y los sakias avanzaban teniendo en alto sus deslumbrantes cimitarras para despedazarle.

Era un paria, un ser maldito, cuyo contacto mancha al bueno. El solo hecho de haberse dejado tocar por el caballo del príncipe merecía la muerte.

Pero Sidarta contuvo a todos con un ademán, y el infeliz, aprovechando esta tregua, incorporóse tan torpemente que resbaló sobre su espalda el mugriento capuchón.

Sidarta dió un grito de horror, tapándose los ojos con sus manos cargadas de sortijas. Había visto un rostro horripilante, monstruoso, hinchado, cubierto de pústulas, a las que se pegaban ávidos los insectos. Sus labios roídos dejaban visibles los dientes en perpetua y diabólica sonrisa; sus ojos, casi tapados por tumefacciones asquerosas, tenían el brillo de amarillentos tizones. Era una carátula infernal, una mueca espeluznante, sólo comparable a la de los monstruos que aparecen en los sueños.

Acostumbrado el paria a causar en todas partes igual horror y asombrado de no recibir mayores castigos, huyó a través de los campos, mientras el príncipe seguía con las manos ante sus ojos.

Respiró Sidarta cuando al descubrirse no vio al horrible vagabundo, y continuó su marcha lentamente.

El portador del viejo quitasol, como experto cortesano, pareció adivinar la pregunta que vagaba en los labios de su señor.

Príncipe —dijo—: ese paria miserable es un leproso.

—¿Y sólo los impuros malditos de Brahma sufren tal enfermedad?

—No, príncipe. Es un castigo con que el cruel Siva aflige a todos, buenos y malos. ¿Quién podría contar el número de los que en tu reino se ven iguales a eso miserable paria?

Inclinó Sidarta su cabeza con desaliento. ¡Esto más!... De modo que no sólo la senectud y la muerte se encontraban como pena inevitable al final de la vida; existía además la enfermedad, con sus infinitas variaciones, y él, a quien las cantoras de su palacio llamaban siempre en sus himnos «el hermoso Sidarta», él, que era fuerte como un león y más sabio que un brahmán, podía ser víctima de la lepra e infundir el mismo horror que aquel paria. El mal era inevitable. ¡Quién podía saber si en el momento presente germinaba en su interior el fuego de la lepra!... El mundo era horrible; sólo dolores y miserias se encontraban en él.

Y Sidarta se encorvó sobre el cuello de su veloz Cantaca, que galopaba furioso hacia el palacio, dejando atrás a toda la escolta. Huía el príncipe como si tras él sintiera el formidable paso de Siva, dios del mal, con toda su diabólica cohorte de enfermedades y castigos.

Entró en su palacio de verano, cayendo sobre los cojines de seda, triste y ceñudo, sin que le arrancasen una sonrisa las caricias de Gopa ni la lluvia de perfumes y hojas de rosa que diez esclavas desnudas arrojaron sobre él.

Como el rey Sudhodana, siempre temeroso por su hijo, tenía cerca de él fieles confidentes, no tardó en conocer su melancolía, y dispuso que aquella noche, para alegrar su banquete nocturno, se presentase en el palacio una banda de juglaresas que acababa de comprar a una caravana de mercaderes del Imperio Amarillo.

Quería que dicha fiesta fuese la más asombrosa que se hubiera visto jamás en sus jardines.

Y mientras daba órdenes a sus criados, pensó con inquieto terror en su hijo, que estaba triste como un paria, cual si fuese el hombre menos feliz de la India.

 

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