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EL DESPERTAR DEL BUDA  (I - II - III - IV - V - VI)

Vicente Blasco Ibáñez

 

 

 

I [LA PROFECÍA DE ASITA]
 

El príncipe Sidarta era el hombre más feliz de la India.

Brahma, el divino soberano de los cielos, había juntado en su persona el valor de Rama, paladín invencible de las leyendas, con la profunda sabiduría de los poetas solitarios que en las laderas del Himalaya, lejos de los hombres, pasaban su vida componiendo himnos religiosos.

Su padre era Sudhodana, de raza guerrera, rey de Kapila, mantenedor por medio de las armas de la conquista del territorio indio realizada por sus antecesores. Su madre, la gentil Maya; y según contaban los poetas de la corte, habíalo concebido en un bosquecillo del palacio de los Cisnes, tendida en lecho de marfil, cubierta por la lluvia de rosas que desde lo alto lanzaban las divinidades absortas ante su belleza, y viendo en sueños cómo descendía del cielo un pequeño elefante, blanco como la espuma del mar, que dulcemente penetraba por su costado izquierdo.

Murió la hermosa Maya, segura de haber sido escogida por Brahma para dar al mundo un ser que, por su sabiduría, estaba destinado a que lo adorasen los hombres.

Y el rey Sudhodana casi no pudo llorarla, ocupado únicamente en la educación y cuidado de su hijo.

¡Dichoso príncipe Sidarta! Jamás se vio educación mejor aprovechada.

Este muchacho, nacido en el bosquecillo de Lumbini en una noche serena, bajo el susurro de las altas palmeras, entre los suspiros de las rosas y contemplado desde lo más profundo del cielo por los cien mil ojos de Brama, que parpadeaban como inquietas estrellas, sabía todo lo humano, presentía lo desconocido y no abría la boca sin que experimentaran asombro los brahmanes y guerreros de la corte de su padre.

Un día llegó a Kapila y se presentó en los jardines del palacio de los Cisnes un anciano decrépito, amarillento, arrugado como manzana seca. Iba andrajoso como los parias que mendigan en los caminos a riesgo de que los maten; pero los guerreros que guardaban las puertas del palacio, enormes hojas de oro sutilmente afiligranadas, en vez de apalearlo con sus lanzas, dejáronle pasar, prosternándose con grandes extremos de respeto.

     Todos le conocían. Aquellos ojos que brillaban dentro de sus profundas órbitas como la estrella en el fondo de una cisterna eran los del viejo Asita, un poeta de quien toda la India oía hablar como de un ser sobrenatural, y que en su cueva del Himalaya, cerca de las nieves y visitado por las fieras, pasaba los años en santa inmovilidad. Dejaba que días enteros se parasen sobre su cabeza los pájaros de la montaña, creyéndolo ídolo de piedra, mientras él mentalmente componía himnos interminables a la gloria de Brahma.

El rey, fuerte y membrudo, haciendo sonar su armadura de placas de oro, corrió al encuentro del solitario, prosternándose hasta besar sus pies descarnados y míseros como pequeños haces de sarmientos cubiertos de seco pergamino.

Los santos andrajos del poeta rozaron el suelo de multicolor mosaico de los dorados e interminables salones, hasta llegar a la habitación donde sobre cojines de pluma de ibis y cubierto con pieles de tigres pasaba las noches el valeroso rey Sudhodana.

—Hasta mí —dijo el penitente— ha llegado la fama de tu hijo; y si abandoné mi retiro de la sagrada montaña donde jamás llegó el hombre impuro, fue tan solo por conocerle.

Golpeó el rey con el mango de su puñal cubierto de pedrería un címbalo de plata, a cuyo son acudían presurosos los siervos encargados de velar al príncipe Sidarta. Poco después se presentó un criado llevando en brazos al pequeñuelo, y lo depositó respetuosamente sobre las rodillas de su padre.

Fijó sus ojos profundos el viejo Asita en este niño que, como mil veces habían dicho los cantores de la corte, era «resplandeciente de hermosura». Su piel morena y lustrosa, con jugo de intensa vida, brillaba como el oro, y en sus pupilas, a pesar de ser densamente negras, encontraba el anciano poeta la expresión melancólica y plateada de la luna llena cuando mira desde el cielo las impurezas de los mortales.

Sus manos huesosas y amarillentas de cadáver acariciaron estos miembros redondeados por la grasa infantil, semejantes a un capullo estremecido por la exuberancia de vida comprimida. Alzó Asita los pies gruesos y regordetes del niño, y al ver en sus plantas unos círculos y rayas que reproducían la imagen del sol, no pudo resistirse a su emoción y cayó de rodillas, llorando como un muchacho.

El poderoso rey, que tantas veces había atravesado por entre bosques de lanzas y nubes de flechas sin contraer el rostro ni vacilar sobre su caballo de guerra, palideció creyendo que sólo una desgracia inmensa podía arrancar lágrimas a un hombre que había logrado vencer las impurezas de la materia, e insensible a todo placer, lo era también al dolor, al frío y al hambre.

—No lloro por tu hijo —dijo el poeta adivinando la inquietud del rey—; no leo desgracia alguna en su porvenir. Lloro por mí, que, viejo y caduco, no podré ver el día en que tu hijo dará al mundo la ley que será su salvación. Acuérdate, ¡oh rey!, de lo que digo. El príncipe Sidarta no se dejará dominar por los goces materiales; no se sentará en tu trono, pero será más, mucho más: será el sabio de los sabios; el Budha que ha de salvar al hombre.

Y el viejo Asita, inclinándose de nuevo con los brazos plegados ante los soles impresos en los infantiles pies, salió del palacio de los Cisnes, pasando indiferente entre las filas de guerreros y brahmanes prosternados, y emprendió el retorno al Himalaya para esperar el día en que las águilas del sacro monte pudiesen alimentarse con su flaco cadáver.

Esta visita aumentó las inquietudes que en el vigoroso rey habían producido el sueño de Maya al concebir a su hijo y las señales de alegría celeste que acompañaron su nacimiento.

Le halagaba que el poderoso Brama y los divinos habitantes de sus innumerables cielos se preocupasen del porvenir del hermoso niño que comenzaba a vagar por los salones del palacio, ocultándose unas veces detrás de las enormes ánforas de porcelana traídas por las caravanas del Imperio Amarillo, o agazapándose entre las piernas de su padre, contra las cuales se restregaba suavemente como un gatito travieso, hablándole con balbuceo dulce y cariñoso.

Gran cosa era el porvenir profetizado por el santo poeta del Himalaya; pero el rey prefería verle señor de Kapila, respetado por todos los soberanos de las orillas del Ganges; administrando recta justicia desde su trono de oro bajo un quitasol de seda y un abanico de plumas; cabalgando al frente de los diez mil guerreros de la tribu de los sakias, leones ante cuyos pechos de acero rompíanse las lanzas enemigas y que entretenían sus días de paz cazando el tigre en la selva o amaestrándose en el manejo del arco, para lo cual tomaban como blanco a los parias aborrecidos.

La profecía de Asita preocupaba al buen rey. Ya que su hijo había de abandonar trono y riquezas por desprecio a los goces materiales, él evitaría tal peligro, seduciéndole desde la infancia con cuanto de bello y esplendoroso existe en el mundo.

Siete años tenía el príncipe Sidarta cuando el venerable Udayena, sacerdote de palacio, dijo al rey que era llegado el momento de adornar con las joyas propias de su categoría a este niño que correteaba desnudo por los anchurosos salones, entre los brahmanes envueltos como fantasmas en sus blancos mantos de finísimo lino, y los sakias guerreros que, cubiertos desde el cuello a las ingles por áureas escamas, semejaban enormes peces de oro.

Los mejores joyeros de Kapila trabajaron para el príncipe, y un día, en presencia de la corte, ciñose Sidarta a los riñones el faldellín de seda bordado de flores de oro con grueso realce, por entre las cuales revoloteaban pájaros fantásticos, mil veces más hermosos que los ibis del Ganges. Sobre su pecho moreno cayó con infinitas vueltas el pesado collar de gruesas perlas que los impuros parias habían cosechado buceando en las costas de Ceylán, cerca de las ruinas del dique prodigioso que construyó el heroico Rama para recobrar con un ejército de monos a su esposa Sita, cautiva en la isla por el diabólico Ravana.

En las muñecas anudáronse con espiral de serpiente las esmeraldas, semejantes a lágrimas de los verdes campos, los rubíes, brillantes y vivos como salpicaduras de sangre fresca, las amatistas de suave violeta. Sobre sus desnudos pies estremeciéronse a cada paso las ajorcas de oro con sus jeroglíficos de pedrería, y coronando su frente como remate del turbante de blanca seda, chispeaba un diamante enorme sosteniendo como broche un penacho de ibis, finas, enhiestas, flexibles, rizándose al menor soplo de viento.

Hermoso estaba el príncipe Sidarta. Al mas leve movimiento sonaba sobre su pecho el apretado montón de perlas, brillando como un peto de nácar; centelleaban ajorcas y pulseras cual si arrojasen chispas, y sobre el turbante blanco lanzaba su inquieta luz el brillante asombroso, como la estrella del crepúsculo parpadea sobre la nevada cumbre del Himalaya.

Un año después, el rey creyó llegado el momento de enviar su hijo a la escuela.

Todo el vecindario de Kapila se conmovió. Jamás en el reinado de Sudhodana se había visto una festividad como esta, ni comitiva tan brillante como la que se dirigió a la gran escuela de los brahmanes.

Rompían la marcha los elefantes del rey, colosos negruzcos, arrastrando por el suelo las franjas de oro de sus gualdrapas de seda roja, ostentando como signo de su fuerza los agudos colmillos dorados, alzando con majestad sus robustas trompas, colosales sanguijuelas que parecían buscar en la azul epidermis del cielo un sitio para agarrarse.

Detrás venían los sakias montados en caballos de largas crines, centelleando como bosque de ascuas el compacto grupo de sus lanzas, sonando con argentino retintín el choque de sus armaduras, ondeando como fantástica selva los rizados plumajes de sus turbantes. Los cantores de la corte entonaban himnos a Brahma, señor de la sabiduría, al son de sus tamboriles fabricados con piel de serpiente y flautas de bambúes arrancados de los cañaverales del sacro Ganges. Centenares de bayaderas con los robustos senos descubiertos y titilantes a cada paso, las mejillas rojas, los ojos circundados de una aureola azul, pintados los labios, las cejas y las pestañas, los dientes blancos cual el jazmín, y de cintura abajo cubiertas por un doble delantal de gasa que ondeaba y se abría al compás de las evoluciones de la danza, dejaban admirar a la muchedumbre de humildes sudras y parias impuros el aro de oro que oprimía su talle como un rayo de sol y los muslos morenos, robustos y armónicamente redondeados cual trompas de elefante.

Cerraban la marcha los carros de batalla del rey y sus parientes, y ante ellos iban miles de niños, hijos de guerreros y de brahmanes, llevando en alto ramas cargadas de olorosas flores. El príncipe Sidarta iba confundido en esta comitiva infantil, recibiendo la lluvia de hojas de rosa que caía de las terrazas y balaustradas de todos los edificios.

Fue en la escuela donde se mostró con toda su fuerza el encanto poderoso que brillaba en los ojos del joven príncipe.

Al mirarle el maestro tembló, faltándole poco para caer desvanecido. Este anciano, que había educado en su escuela tres generaciones, aseguró que nada tenía el que enseñar a quien conocía todas las ciencias y las artes.

Sidarta, insensible o indiferente a los elogios, se sentó en los mugrientos bancos, confundido con los muchachos pobres, y sacando del rico ceñidor su recado de escribir de oro y brillantes, nombró al maestro uno por uno los sesenta y cuatro sistemas de escritura que conocía, preguntando en cuál de ellos habla de trazar su primera muestra.

El maestro contestó inclinándose, besando aquellos pies cuyos soles había adorado el solitario Asita, y declarando humildemente que el príncipe merecía enseñarle a él.

Cantaban los discípulos el alfabeto mirando con humilde temor a aquel muchacho en cuyos ojos se transparentaba la inmortal sabiduría de Brahma, y el príncipe a cada letra agregaba una sentencia profunda, provocando en la muchedumbre agolpada en la puerta y las ventanas murmullos de asombro y admiración.

Este fue el único día que Sidarta asistió a la escuela.

Todo lo sabía. A la edad en que los muchachos del país formaban corro en torno de los encantadores que al son de su tamboril hacen bailar manojos de serpientes o perseguían a algún paria viejo a pedradas, Sidarta discutía en el palacio de su padre con los doctores, dejándolos asombrados de su talento universal. No contento con conocer todas las escrituras, guardaba en su memoria los himnos compuestos por cien generaciones de brahmanes; enumeraba los átomos; los astros no tenían secretos para él. De una bola de cera sabía levantar afiligranados y aéreos palacios que en vano los sabios constructores hubieran intentado reproducir en piedra. Con solo la voz y la mirada se hacia obedecer por cien elefantes feroces, que en el gran patio de palacio rodaban en torno de él como rebaño de corderos.

Algunas veces sentíase asaltado por una profunda melancolía, y pasaba días enteros en los regios jardines, tendido a la sombra de un copudo acerolo, entregándose a profundas meditaciones.

Era un predestinado. Brahma estaba en él. No se engañó la hermosa Maya al verle en forma de elefante blanco descendiendo de los cielos.

Entregado a su meditación, pasaban las horas. Con el curso del sol, la sombra de todos los árboles iba girando, pero la del acerolo que cobijaba al sabio príncipe permanecía inmóvil, y el favorito de los dioses seguía envuelto en la sombra, mientras toda la vegetación parcela estallar bajo el peso del calor.

¿Cómo impedir que los cortesanos del rey Sudhodana y los cantores de palacio se asombraran ante tales prodigios y pensasen a todas horas en el porvenir del sabio príncipe?...

Cuando llegó a los diez y nueve años, los más ancianos de la tribu de los sakias, reunidos en la sala del consejo, rogaron al rey que dispusiera el casamiento de su hijo.

Quinientos de los más famosos saldas ofrecieron sus hijas para que escogiera Sidarta, y éste, que hasta entonces había sonreído a las mujeres con la inocente gracia de un hermano menor, tuvo que escoger, obedeciendo a su padre, entre dichas quinientas doncellas, unas tímidas, ruborosas y esbeltas como las gacelas que triscaban en los bosques reales, otras arrogantes, vistosas, fuertes y de altiva mirada, como las hermosas panteras que al borde de los riachuelos saltan sobre el viandante.

Mil ojos fijábanse en él; quinientas bocas pintadas de rosa y perfumadas de sándalo le sonreían con el anhelo de esclavas enamoradas. Otros tantos pechos que asomaban como montículos de nieve y rosa o globos de ámbar, conmovíanse con reprimidos suspiros de ansiedad. Las manos más bellas de Kapila, cuya posesión se habrían disputado los jóvenes sakias a golpes de cimitarra, tendíanse temblorosas hacia Sidarta; y éste, frío, impasible, pero sonriente, tenía que escoger.

Querido de los dioses, señor de la sabiduría, hermoso como un héroe y disputado por ojos dignos de adorar a Mara, el dios del Amor, con razón decían muchos que el príncipe Sidarta era el hombre más feliz de la India.

 

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