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EL DESPERTAR DEL BUDA  (I - II - III - IV - V - VI)

Vicente Blasco Ibáñez

 

 

 

VI [LA ILUMINACIÓN DE SIDARTA]
 

El bosque era inmenso. Entrecruzaban los árboles sus ramas, formando sombrías bóvedas. Las lianas, como oscuras serpientes, enroscábanse a los gruesos troncos. La tupida maleza, tapizada de extrañas florescencias, ondeaba en la penumbra con tétrico murmullo, como si por entre ella se arrastrasen feroces bestias. En algunos lugares se aclaraba para dejar al descubierto verdosos charcos donde pululaban los reptiles.

Marchaba Sidarta en línea recta, confiado y tranquilo. Veía sin espanto misteriosas flores de reflejos metálicos que, con su hálito emponzoñado dan muerte al que las aspira. Muchas veces sintió en sus piernas desnudas el viscoso contacto de las serpientes que huían, y oyó sin estremecerse el rugido de los tigres llamándose a lo lejos para apagar la sed al borde de un riachuelo.

Caminaba al azar, perdido en esta selva inmensa, sin fatiga, animado por una fuerza extraordinaria que jamás había conocido.

Cuando comenzaba a anochecer y las sombras invadían la arboleda con la rapidez de los crepúsculos tropicales, Sidarta el feliz, el heredero del reino de Kapila, dueño de tres palacios y tres mil mujeres, sintió un dolor hasta entonces ignorado, un tormento que le producía nuevas angustias.

Tenía hambre. Su estómago sufría por primera vez tal tormento, agitándose con doloroso espasmo. Y el pobre príncipe, a pesar de su fe, empezó a flaquear, próximo a declararse vencido ante este primer obstáculo que encontraba en su nueva vida.

Varias veces oyó en la espesura un roce extraño, como si algún animal se arrastrase cerca de él, siguiéndole en su camino y espiándolo. Creyó ver dos ojos brillando entre el follaje con expresión de curiosidad y desconfianza, y al fin un hombre salió de la maleza, aproximándose a él.

Era un anciano demacrado y vestido de andrajos.

—¿Huyes, como yo, de los hombres? —preguntó con voz dulce y compasiva.

Sidarta le conoció. Era un paria, un ser de la raza maldita. Y sin poderlo evitar, renacieron sus escrúpulos de educación, retrocediendo cual si evitase mancharse con su contacto.

—No temas —dijo el anciano, interpretando mal su repugnancia.— Soy de los tuyos, de los desgraciados, de los que hallan más piedad en los tigres de la selva que en los hombres de las ciudades. Soy paria como tú y sufro resignado la desgracia de mi nacimiento.

Y mirando atrás, como si le escuchara toda la India, dijo con tristeza:

—¡Ah, hombres! Os empeñáis en crear castas, en suponer que todos los seres no somos iguales ante el divino padre, y las enfermedades y la muerte se encargan de desmentiros, pues lo mismo atacan al mísero paria que al orgulloso brahmán, y siervos son del dolor el uno y el otro.

Esto gustó a Sidarta. Desvaneciéronse sus escrúpulos al encontrar en el anciano perseguido un eco de sus propios pensamientos.

La noche había cerrado; el viejo se sentó al pié de un árbol corpulento, y Sidarta hizo lo mismo, aceptando de sus manos impuras una torta de arroz hervido, que constituía toda su fortuna.

Y Sidarta, el príncipe feliz, pasó la noche con el paria.

El poderoso Sudhoana, gran rey de Kapila, habría muerto de pesar al ver a su hijo en amigable conversación con uno de aquellos seres malditos que sus guerreros cazaban como fieras en los bosques o cosían a lanzadas cuando cruzaban el camino de la comitiva real.

Escuchó el príncipe con profunda atención al anciano. Un nuevo misterio de la vida se estaba revelando para él.

     Todos los hombres eran iguales ante Brama el omnipotente, y este ser que sufría y amaba, este vagabundo despreciado, resultaba idéntico a los más altos feudatarios de su padre. ¿Por qué las diferencias de castas? ¿Qué motivo había para que un hombre, por su nacimiento y sin cometer culpa alguna, quedase aislado de los otros, siempre fugitivo y perseguido, temiendo más a sus semejantes que a las fieras?

Durmió Sidarta toda la noche al lado del anciano. Cuando hubo amanecido, el paria siguió su marcha y el príncipe púsose a examinar el lugar donde se hallaba.

Se vio en un pequeño espacio libre de la selva. Muros de tullido follaje lo cerraban por todas partes, y a espaldas de Sidarta elevábase una higuera silvestre, gigantesca, centenaria, con el tronco nudoso, como formado por varios árboles enroscados y sosteniendo un oleaje de anchas hojas que parecía perderse en el espacio.

Envolvió el augusto silencio de la selva el alma del joven en santo recogimiento. Mecíanse sobre la maleza enormes mariposas semejantes a flores vivientes. Sonaban entre los árboles invisibles aleteos anunciando el paso rápido de algún ramillete de plumas, que desaparecía lanzando agudo chillido.

Sidarta deseaba meditar lejos del mundo, donde no llegase a él ninguna impureza de la vida, donde con profunda abstracción y rígida inmovilidad pudiera su pensamiento penetrar en la esencia de la Creación. Así llegaría a saber si era cierto, como él sospechaba, que para el hombre todo consiste en la ilusión de las formas, y que detrás de éstas se halla eternamente el dolor y el no ser como única verdad.

Tendióse el príncipe al pie de la corpulenta higuera y su cabeza se apoyó en el hueco formado por dos raíces tortuosas que, avanzando, se hundían en el suelo a muchos pasos de distancia.

Entonces ocurrieron cosas sorprendentes, viéndose claro que Sidarta era el hombre destinado a salvar a sus semejantes.

Ni el menor estremecimiento agitaba su cuerpo. Sus ojos, abiertos e inmóviles, perdíanse en el infinito con la vaga y vidriosa mirada del cadáver. Sus codos, apretados contra el costillaje, alzaban rígidos los brazos con las manos abiertas.

¿Cuánto tiempo permaneció así? Él mismo no lo supo nunca.

Pasaban los días y las noches, sin que abandonase su sitio al pie del árbol. Unos cuantos granos de arroz del resto de aquella torta que le dio el paria fueron todo su alimento.

La santa meditación le dominaba, haciéndole insensible al ambiente y el dolor.

Zumbaban los venenosos insectos en torno de él, picándole el rostro; caían sobre su cuerpo los rayos de aquel sol de fuego que hacía estallar las ramas de la selva como si fueran a incendiarse; sobrevenían las rápidas y espantosas tempestades del trópico, con sus lluvias torrenciales que inundaban el bosque, su granizo que hacía doblarse a los árboles, sus rayos que partían en dos los más gigantescos troncos, y Sidarta no movía siquiera una mano para abrigarse o espantar los aguijones que le herían.

Envejeció rápidamente. Consumióse la grasa de su cuerpo; cayeron sus cabellos; su piel se hizo negra, marcando las agudas aristas de su esqueleto, hundiéndose en los pómulos, formando surcos entre costilla y costilla, envolviendo como rugoso pergamino los huesos descarnados de sus brazos y piernas. ¿Cuál de sus hermosas mujeres de Kapila le hubiese conocido? Sus ojos se perdían en el fondo de las cuencas, que eran ya profundas cuevas.

Y Sidarta siempre inmóvil, como un cuerpo que espera el retorno del alma que vagabunda por el infinito.

Saltaba sobre él la pantera desde la inmediata maleza con ánimo de devorarle, pero alejábase al momento después de husmearlo, creyéndolo un cadáver. Acercábase el león cautelosamente, abriendo sus descomunales fauces, fijaba sus amarillas pupilas en sus ojos inmóviles, le rozaba el rostro con su ardoroso aliento y sus agudos bigotes, y se alejaba también en busca de vivos. La gruesa serpiente descendía de las ramas con traidora ondulación, arrollábase lentamente a su cuerpo, descansaba su chata cabeza sobre la boca del penitente, esperando el momento de herir, erizándole el vello con el soplo de su silbido venenoso, y al fin, deshaciendo los terribles nudos, retirábase como si el príncipe fuese un cuerpo putrefacto.

Todos lo creían muerto. Si pasaba algún grupo de mercaderes o un paria fugitivo atravesaba la plazoleta, deteníanse todos ante el cuerpo inerte, arrojándole misericordiosamente un puñado de tierra.

Los árboles hacían llover sobre él sus hojas secas, su cuerpo hundíase en el suelo removido por las aguas, los puñados de tierra adheríanse a su costillaje, y no tardó en quedar medio enterrado, como un cadáver a quien las hienas hubiesen removido en su fosa.

Pronto esta envoltura de tierra y residuos vegetales germinó con la prolífica fecundidad del suelo de la India. El bosque iba vistiendo su desnudez. Sobre su vientre se desarrollaba la hierba; apuntaban en sus rodillas tallos que poco después iban cubriéndose de hojas. Entre los dedos de sus pies negros, en cuyas plantas marcábase cada vez más la imagen del sol, crecían los hongos y pululaban enjambres de insectos.

Y Sidarta, siempre inmóvil e inerte, como si para él hubieran terminado la sensibilidad y la vida.

Quería emanciparse del dolor, vencerlo haciéndose insensible, y para ello agotaba toda clase de penalidades.

Mientras tanto, su pensamiento iba siempre arriba, en busca de la verdad, que había de salvar a los mortales.

Según decrecían sus fuerzas excitábase su imaginación con la vehemencia del delirio y veía nuevos mundos, dilatados horizontes.

Horribles pesadillas turbaban el curso de sus meditaciones.

De pronto veía a Mara, dios terrible de la Muerte y del Amor, ordenándole que no intentase librar a los mortales de las torturas dolorosas, así como de las corrupciones de la seducción. El dios le ordenaba levantarse, volver a su palacio; mas él seguía inmóvil.

Entonces, Mara, irritado, le enviaba a sus innumerables servidores para que le martirizasen, y la selva poblábase de las más espantosas visiones.

Acerbábanse a él repugnantes enanos y fieros colosos con cabeza de rinoceronte, de cerdo o de galápago. Unos iban cubiertos de escamas como serpientes; otros enfundados en conchas de tortuga. Le oprimían, pretendiendo ahogarlo; aullaban, silbaban, profiriendo horribles bramidos, que conmovían la selva como una tempestad. Le amenazan con sus sables dentados como sierras, blandían huesos de hombre, esparciendo un olor nauseabundo, cual si acabaran de surgir de la fosa de los muertos.

Arrojaban llamas por las narices; movían sus alas de murciélago, desarrollando flotantes tinieblas, devoraban asquerosamente puñados de víboras que se estremecían en sus manos, o entonaban con horripilante chillido los himnos funerales, pasando rosarios cuyas cuentas eran dedos cortados en las tumbas.

El horror y el asco estuvieron próximos a vencer a Sidarta; pero resistió, y las espantosas visiones se desvanecieron.

Enfurecido Mara, acordóse de que si era dios de la Muerte, también lo era del Amor, y envió a sus hijas, los demonios de la voluptuosidad, a tentar al santo solitario.

Iluminóse la selva con reflejos de escarlata y oro, estremecióse el aire como si millones de besos palpitasen estallando a la vez. Y Sidarta las vio aparecer en su hermosura indecible, sonriendo con una seducción que jamás había conocido en su palacio de verano.

Relampagueaban sus ojos bajo las negras cejas; brillaban los dientes como hojas de jazmín entre los pintados labios; sus muslos redondos cual trompa de elefante asomaban por entre los ropajes de oro que sostenían larga cola de esclavos. Unas le acariciaban, colocando su cabeza en su regazo; otras danzaban lúbricamente, con voluptuosas contorsiones y caprichosos desperezos que entreabrían sus faldas. Pero el príncipe fue fuerte ante la tentación y las seductoras visiones desvaneciéronse igualmente.

Mara estaba vencido. No encontró ya el solitario más obstáculos en su santa contemplación. Había muerto para las tentaciones; nada quedaba en él de su pasado. Ni el placer ni el dolor podían conmover la más leve fibra de su cuerpo. Y puro, libre, emancipado del mundo, su pensamiento subió y subió, hasta alcanzar la inteligencia suprema y ser dueño de la verdad.

Había realizado su conquista. Sólo lo faltaba dar su ley al mundo.

Y una mañana, como muerto que resucita, se incorporó el príncipe en su tumba, despojóse de su mortaja de tierra y vegetación, y emprendió la marcha, extenuado, débil, pero con una fuerza irresistible que hacia caminar sin fatiga horas y más horas a su cuerpo esquelético.

Salió de la selva donde había alcanzado la iluminación suprema, dispuesto a recorrer toda la India predicando la redención que liberta a los seres del dolor y enseñándoles la ruta de la insensibilidad que conduce al nirvana, a la felicidad de la anulación y del no ser.

Vio al borde del camino la tumba de un siervo, y para que la humanidad rompiera con su respeto supersticioso ante las obras de la muerte, desenterró el cadáver, despojándolo de una tela burda que le envolvía.

Lavó el corrompido trapo en un arroyo, para limpiarlo de la putrefacción de la tumba, y cubrió con él su desnudez.

Un paria le dio una escudilla de piedra, y con ella mendigó de puerta en puerta el puñado de arroz hervido que le bastaba para vivir.

Y el príncipe Sidarta reconoció que ahora, verdaderamente, era el hombre más feliz de la India, pues poseía le verdad.

Un día se supo en Kapila que el príncipe, a quien todos creían muerto, andaba por el mundo predicando y pidiendo limosna como los brahmanes errantes.

Las tres mil mujeres que aún ocupaban sus palacios, horrorizáronse al saber que su antiguo señor, hermoso y brillante como el sol, cubierto siempre de seda y perlas, era negro y apergaminado como un viejo y vestía una mortaja robada en una tumba.

Se ruborizó el rey Sudhodana al tener la certeza de que el heredero de su trono, aquel para quien quinientas cocineras trabajaban en el palacio de verano, iba mendigando por otros países un puñado de arroz.

Pero Sidarta era feliz.

La India entera conmovíase con sus palabras. Pueblos en masa, príncipes y reyes le acogían como la voz de la verdad. Inmensas muchedumbres le seguían, y desconociendo su nombre y origen, llamábanle el Buda, «el sabio de los sabios».

Y el Buda, siempre con su escudilla de mendicante y su deshilachada mortaja, seguía predicando en la santa ciudad de Benarés, a la sombra de una higuera copuda y eternamente verde, lo que su inteligencia había visto al despertar del sueño del placer y la materia:

Que en el mundo, el dolor es lo eterno y lo cierto, y la dicha lo casual, lo inesperado; que iguales los hombres ante la muerte, deben serlo también en la vida; que tan hijo de Dios es el paria como el brahmán.

Y su doctrina resumíala para todos los humanos en dos palabras dulces:

Amor y compasión.

 

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