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EL DESPERTAR DEL BUDA  (I - II - III - IV - V - VI)

Vicente Blasco Ibáñez

 

 

 

IV [LA FIESTA EN EL PALACIO DE SIDARTA]
 

Los celestes espíritus del aire, sólo visibles para los santos brahmanes, que unas veces suspiran dulcemente al filtrarse entre las flores, otras rugen de dolor cuando el vendaval los empuja contra tejados y galerías, debieron asombrarse esta noche al revolotear por encima de los jardines del rey de Kapila.

Ya no eran suyos los bosquecillos donde en otro tiempo paseaba la reina Maya, esperando el celestial descenso del elefante blanco. Los limoneros y naranjos de perfume nupcial, los túneles de entrelazados bambúes, las cimbreantes palmeras con su amplio surtidor de rizadas plumas, los copudos plátanos y sicomoros, los magnolieros cargados de flores enormes como incensarios, las tupidas filas de rosales, todo estaba invadido por un rebaño luminoso de formas irreales que se cobijaban bajo las hojas o asomaban sus monstruosas cabezas entre los retorcidos troncos.

La imaginación de los cantores del palacio habíase agotado al disponer las iluminaciones de los jardines.

Dragones de transparentes escamas, por entre las cuales filtrábase la luz con irisado resplandor; ibis fantásticos con el pecho inflamado, que extendían las blancas alas como si fuesen a volar cual estrellas hasta el trono de Brahma; cocodrilos verdes que por sus abiertas fauces parecían arrojar llamas; enroscadas serpientes con todos los matices del iris; peces monstruosos de enorme cabeza y retorcida cola, cuyos bigotes brillaban cual rayos de sol en torno a la redonda boca; endriagos espantables y enormes flores de loto con el cáliz radiante de colores, poblaban todas las espesuras, impregnando el negro espacio de suave penumbra, reflejándose sobre las cortinas de hojas y el enarenado suelo con las tornasoladas aguas del nácar.

Gorjeaban las fuentes rompiendo en mil fragmentos dentro de los tazones de alabastro el liquido cristal, que parecía poblarse de peces de fuego. Los ruiseñores, como enardecidos por las músicas que el palacio lanzaba sobre la arboleda por sus inflamados ventanales, trinaban sin descanso, uniendo sus interminables gorgoritos al monótono cántico del agua.

Hasta los oscuros límites del jardín animábanse con los reflejos metálicos de aquella fila circular de guerreros que velaba, renovándose día y noche, para guardar al príncipe Sidarta.

     Toda la corte de mujeres del venturoso príncipe estaba en movimiento en el palacio de estío. Abajo, en las cocinas, centenares de esclavas arreglaban las viandas en trenzadas canastillas de palma, cubrían de flores los enormes platos de porcelana, coronaban de frescas y anchas hojas las ventrudas ánforas. Y otras siervas, forzudas y casi viriles, sin otro traje que un corto sayo, llevando ajorcas y brazaletes de bronce en sus desnudos miembros, cargaban con todo esto, conduciéndolo arriba, a la sala del banquete.

Parecía el ensueño de un poeta ebrio de soma este salón que ocupaba todo el piso superior del palacio. Cuatro estatuas de Ra, la diosa de la abundancia, alzábanse en los ángulos, gigantescas hasta sostener la techumbre con la punta de sus mitras doradas; los miembros pintados de rosa suave, los ojos con cerco azul lanzando una eterna y majestuosa mirada de amor; un cinturón de oro cubriendo su sexo, y escapándose de sus deslumbrantes chaquetillas el manojo de enormes y múltiples pechos, símbolo de la nutrición del mundo.

En los paños de pared que resultaban angostos por ser muchos los ventanales, veíanse escenas de caza, de amor y de guerra hechas en mosaico, cuyas pequeñas piedras rojas y azules alternaban con el oro.

Al calentarse el techo de sándalo con el vaho de la fiesta, lanzaba su olorosa respiración, impregnando el espacio de suave perfume. El suelo, de anchas losas de mármol ajustadas y cuidadosamente pulidas, reflejaba invertidos todos los objetos, cual si se hallasen éstos sobre un lago cristalizado.

Trípodes de bronce sostenían centenares de urnas, en las cuales las mechas de algodón ardían hundidas en sal y oloroso aceite de palma. El inquieto parpadeo de las luces hacía vibrar esta amalgama de dorados y brillantes colores, y lo mismo las cuatro diosas que las figuras de los mosaicos, parecían adquirir una vida momentánea para unirse a la fiesta.

Los inmensos coros de rosas y magnolias, jazmines y azucenas que por las noches, envueltos en la oscuridad de los bosquecillos, anunciaban su presencia con interminable himno de perfumes, habían huido del jardín para invadir en masa el palacio de estío.

Enroscábanse como serpientes a las columnas; trepaban por el afiligranado de ventanas y puertas para caer en desmayadas guirnaldas; agrupábanse formando macizos en todos los rincones; orlaban las ochavadas mesillas de menudo mosaico, los ventrudos cojines de seda, los enormes canastillos repletos de viandas, las ánforas a cuyas anchas bocas se asomaban, palideciendo turbadas por el punzante aliento del soma fermentado, derramándose finalmente como oleadas de colores y perfumes por el transparente pavimento y los tendidos cuerpos de las mujeres.

La cena del príncipe Sidarta iba a terminar. En el suelo, sobre almohadones, o encima de las mesillas, estaban las grandes fuentes de porcelana china, las graciosas canastillas, las pequeñas ánforas de plata; en un lado los dulces pasteles de miel y huevo; en otro los montones de rubios dátiles, la leche preparada de diversos y agradables modos, las frutas presentadas en atrevidas pirámides; todos los prodigios de la alimentación india, que repugna la carne sanguinolenta, buscando el sustento en los productos de la tierra. Los grandes cántaros, volcados por las robustas esclavas, vomitaban con sonoro glu-glu el hirviente soma de tono ambarino coronado por guirnalda de brillantes.

El príncipe había recobrado su plácida sonrisa de otros días, sumiéndose en la felicidad inerte del que todo lo tiene y nada desea.

Al comenzar el banquete, los tristes recuerdos de la mañana pasaron como fugaces lucecillas por su memoria. Luego, el aspecto de la fiesta borró estas penosas impresiones.

Habíase despojado de su famoso collar de perlas. El luminoso joyel seguía brillando en lo más alto de su turbante, y su moreno cuerpo, perfumado por el baño de la noche, envolviase en una bata de seda listada diagonalmente de blanco y verde.

Sentado en un montón de cojines, tenía a Gopa junto a él, frotándole el fuerte pecho con su graciosa cabecita, como gata cariñosa, mientras su cuerpo adivinábase a través de la amplia vestidura de gasa a rayas opacas y diáfanas.

Dos niñas hermosas, sin otro adorno quo el cinturón lumbar, manteníanse a ambos lados de los esposos moviendo cadenciosamente grandes abanicos de plumas.

Resbalaba la luz sobre sus cuerpos juveniles, próximos a ensancharse con el calor de la naciente pubertad, acabando por absorberla su piel, blanca como la flor del almendro.

Frente a Sidarta extendíase toda su inmensa corte de mujeres. En lugar preferente, tendidas sobre pieles sedosas y tapices de mil colores, estaban las favoritas, servidoras íntimas que alcanzaban el favor de Sidarta, sin que Gopa, señora indiscutible, experimentara la menor emoción en su tranquilidad de esposa oriental, satisfecha con ser la primera.

Unas eran esbeltas, blancas como el marfil, transparentando en las satinadas y frescas redondeces de sus miembros la graciosa tortuosidad de las venillas azules y el suave arrebol del calor y la vida, con los ojos agrandados por cercos azules, la boca pintada de carmín y el perfil majestuoso de las mujeres persas. Otras, morenas, de audaces curvas; la suave carne animada por el caliente tono de ámbar, el pecho agobiado por los rollizos globos, entre los que se deslizaban serpenteantes rastras de joyas, y sin otro adorno en su deslumbrante desnudez que el amplio cinturón de oro que oprimía sus caderas cual faja de luz. Confundíanse, como supremo derroche de belleza, las formas finas y elegantes del ligero cervatillo con las opulencias de la incitante madurez.

Y tras el grupo de las preferidas, toda la inmensa corte femenil de Sidarta como un viviente jardín de carnosas flores y perfumes voluptuosos derramado sobre cojines o tendido en el fresco pavimento.

Las músicas, coronadas de flores, apoyaban liras y guzlas sobre sus desnudos pechos de alabastro, mientras los ágiles dedos rozaban las tirantes cuerdas o golpeaban la tersa piel de los dorados tamborcillos. Las cantoras, puestas en cuclillas, mostraban entreabiertas por la sonrisa sus dentaduras nítidas y luminosas, más adentro de las cuales parecían revolotear impacientes sus himnos, esperando el momento de estremecer el perfumado ambiente. Las bailarinas, ágiles y nerviosas, envueltas en sus transparentes velos y removiéndose como molestadas por la inercia, hacían sonar a cada movimiento sus innumerables dijes.

Centenares de ojos negros o azules, agrandados por fantásticas aureolas, se fijaban ansiosamente en el feliz Sidarta. Todas las bocas le sonreían, acariciándole de lejos, con sus labios carnosos pintados de bermellón y sus dientes que conservaban la brillantez del marfil o estaban dorados por un alarde de suntuosidad.

Este viviente jardín pertenecía en absoluto al príncipe. Suyas eran las cabelleras negras espolvoreadas de oro que descendían como gruesas serpientes por las espaldas brillantes; suyos aquellos cuerpos desnudos, en cuya unida piel el vientecillo nocturno alzaba una suave película de fruta sazonada. A cada movimiento se mostraban con el impudor de la esclavitud voluptuosas redondeces, misteriosos hoyuelos, sombreadas carnosidades, en las que el vello obscurecía lo que la desnudez dejaba al descubierto.

Terminaba la cena. Gopa, con el rostro sonrosado por los vapores del soma, y la mirada húmeda y amorosa, apoyaba con pasión su cabeza suave en el pecho del príncipe, como si quisiera penetrar hasta su corazón. Sidarta, feliz en esta atmósfera de amor, miraba a su inmensa corte, correspondiendo con una sonrisa de dios satisfecho a la muda admiración de mujeres.

Rompieron en prolongados arpegios los dorados instrumentos, y las voces lentas y cadenciosas de las cantoras empezaron a entonar las alabanzas del príncipe, bello como Rama y fuerte como todos los héroes juntos.

Y de repente las inquietas bayaderas saltaron al centro del salón con nerviosa agilidad de felino, desplegando como alas deslumbrantes los velos de tul en que se envolvían.

Mostraban en su inmóvil mirada y en sus formas duras, ágiles y comprimidas, el fuego de la sacerdotisa y la fuerte esbeltez de la virgen. Caían sobre su frente los negros rizos oprimidos por diadema de oro, de la que colgaban cadenillas tintineantes. Sus pechos duros y recogidos asomaban por entre la camiseta de seda y la redonda chaquetilla de oro. Más abajo del cinturón de metal mostrábase el vientre pulido, brillante, cóncavo en el centro por gracioso hoyuelo, semejante a una taza de suave redondez. Y de las amplias caderas pendían los superpuestos faldellines de gasa, en cuyos bordes asomaban los morenos pies con triples ajorcas resonantes sobre los tobillos.

Movíanse todas ellas al compás de la música con actitudes perezosas, cual si tuvieran sus plantas clavadas en el suelo. Sonaban los golpes del tamborcillo con solemne pausa, y el grupo de bayaderas, con la cabeza atrás, los brazos en alto y las piernas inmóviles, giraban sobre las caderas con ondulaciones de serpiente y estremecimientos de loca pasión. Unas crecían cual si se despegasen del suelo; otras, agitando sus vientres en ondulaciones concéntricas, parecían disminuir a cada rueda sus esbeltas figuras.

Cuando la música, cada vez más lenta, parecía próxima a extinguirse; cuando un hálito ardiente de pereza y voluptuosidad soplaba sobre los salones y los ojos iban entornándose, temblando los pechos con ansiosa emoción, mostráronse de pronto los instrumentos poseídos de loca furia, vibraron las cuerdas como si fueran a romperse, redoblaron los pequeños tambores su estrépito de orgía, marcando un delirante galope, y las bayaderas, semejantes al paria que duerme en el bosque y despierta sintiendo en su rostro el aliento del tigre, saltaron estremecidas, con los brazos cruzados tras la nuca como asas de marfil de gallarda ánfora, y empezaron a girar frenéticas, lanzando gritos de excitación.

Las cabezas caídas atrás mostraban la tirante garganta estremecida de placer. Con la vertiginosa ronda extendíanse las amplias faldas de gasa como banderas crujientes, como flores de pétalos ondeantes, y el blanco remolino subía y subía, mostrando a cada revuelta un encanto más de aquella carne morena y luminosa que, estremecida por el incesante movimiento, parecía arrojar llamas.

Todo el palacio de verano conmovíase con la furia de las bayaderas. La música, influida por este ambiente de excitación, rugía ya sin armonía ni compás; brillaban los ojos, escapábanse gritos de los pechos conmovidos. Hasta el sereno Sidarta sentíase arrastrado por la caliginosa tempestad que levantaba este vértigo de faldas, y oprimía contra su pecho a la dulce Gopa. Ésta, al arrullo de la música y acariciada por el calor de su esposo, comenzaba a adormecerse.

Callaron al fin las cantoras, roncas antes que cansadas; cesaron de sonar los instrumentos uno tras otro, y cuando se extinguió el postrer acorde cayeron al suelo las bayaderas, sudorosas y jadeantes, con los ojos desmesuradamente abiertos y la boca rugiente, quedando inmóviles en los mullidos almohadones o rodando sobre el mármol con los últimos estremecimientos de la danza.

Faltaba lo mejor de la fiesta, el regalo del rey Sudhodana, la banda de juglaresas compradas a los mercaderes del Imperio Amarillo, y cuando sonoros golpes de gong y un prolongado temblor de campanillas anunciaron su aparición, toda la corte de Sidarta avanzó ansiosa sus cabezas con femenil curiosidad.

Eran veinte mujeres, jóvenes, atléticas, de músculos robustos, cuya rigidez y dureza se amortiguaba bajo redondas suavidades. Tenían la piel amarilla y mate, los ojos luminosos, pero oblicuos y pequeños, la nariz fina y corta, la boca contraída por una sonrisa astuta y atractiva a la vez, la maliciosa gracia de los felinos.

Contemplaban con asombro las innumerables mujeres de Sidarta estos cuerpos desnudos y ambarinos, sin otro adorno que la faja multicolor de seda, semejante a un arco iris ceñido a sus caderas. Admiraban sus pies diminutos, como los de una niña, martirizados por la opresión para lograr su inaudita pequeñez, y que no podían sostener firmemente sus opulentas formas, obligándolas a andar titubeando con gracioso balanceo. Sus negras cabelleras anudábanse en la cúspide de la cabeza, formando alta pirámide erizada de agujas de oro que se abrían como un abanico.

Saludaron al príncipe todas a un tiempo con profunda inclinación que hizo descansar sus cabezas sobre los brazos cruzados, y comenzaron en seguida sus juegos nunca vistos por la corte de Sidarta.

Creyeron las hermosas mujeres del príncipe hallarse en presencia de las hijas de Mara, el dios del Amor y de la Muerte, a cuyos servidores les es dado adoptar las más extrañas formas y realizar los mayores prodigios.

Los juglares indios, que en las plazas de Kapila hacían bailar serpientes encantadas o escamoteaban niños, parecían insignificantes comparados con estas hembras amarillas.

Saltaban unas sobre otras como ágiles panteras, formando en un instante audaz torre de miembros, que se movía sin sufrir la menor oscilación; volteaban como pelotas a grandes distancias, pasando de los hombros de una compañera a los de otra; sosteníanse con asombroso equilibrio en el extremo de un bambú; arrojábanse, sin herirse, agudos cuchillos que rozaban la piel de la que estaba enfrente, clavándose en tablas, donde quedaba marcado de este modo el contorno de las juglaresas; quitábanse a flechazos, una por mía, las agujas de su peinado, y tendidas en el suelo, descoyuntábanse adoptando formas monstruosas, que hacían prorrumpir en gritos de terror a las mujeres de Sidarta, las cuales se cubrían los ojos con las blancas manos para seguir mirando a través de los dedos.

Y así transcurrieron las horas.

Gopa, dormida al fin sobre el pecho de Sidarta, había sido conducida al lecho por las robustas esclavas, acostándola junto a su pequeño hijo.

En el gran salón la atmósfera parecía arder, caldeada por centenares de lámparas, pesados perfumes y el punzante vaho de carne femenil.

Sidarta se asfixiaba.

Aturdido por el estrépito de la fiesta, pensó en la frescura y dulce soledad de sus jardines, y haciendo una señal a las juglaresas para que no interrumpieran sus trabajos, salió del salón sin ser notado por su corte, y fue a descansar en la galería casi aérea con orla de campanillas que rodeaba las cuatro caras de su palacio.

 

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