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EL DESPERTAR DEL BUDA  (I - II - III - IV - V - VI)

Vicente Blasco Ibáñez

 

 

 

II [BODAS DE GOPA CON SIDARTA]
 

Resultó elegida Gopa, hija de un príncipe feudatario del rey de los sakias.

Era una joven tímida y dulce. El día en que las quinientas doncellas nobles se disputaban con los ojos al príncipe Sidarta, permaneció alejada en un extremo del salón, casi oculta entre las esclavas que la acompañaban.

El apuesto joven pasó varias veces junto a ella sin mirarla, y por fin Gopa, que era casi una niña, murmuró con dulce tono de reproche:

—¿Qué te he hecho yo para que así me desprecies?

Y cuenta la leyenda que Sidarta, al fijarse en la hermosura y la dulce modestia de aquella niña, enrojeció de emoción, y sacándose la mejor de las sortijas que cubrían sus dedos como un guante de pedrería, la entregó a Gopa diciendo:

—Mereces todas mis joyas.

El rey Sudbodana recibió gran alegría al conocer tales palabras. Ya tenía la esposa deseada para su hijo. Y envió a solicitar la mano de Golpa al príncipe su padre, creyendo que éste se daría por muy honrado con la designación.

—Di al rey —contestó el feudatario al mensajero— que en nuestra familia es costumbre dar las hijas sólo a hombres que conozcan todas las artes y sean leones en el combate. El príncipe ha sido educado con mucho mimo y desconoce el manejo de las armas y el arte de la guerra. ¿Cómo puedo darle mi hija?

     No sonaban por primera vez estas censuras contra Sidarta. Los príncipes sakias en más de una ocasión se habían negado en palacio a hacerle la corte, diciendo que los que eran leones en la guerra no podían sin mengua adorar la superioridad de un joven que sólo sabia meditar a la sombra de los árboles, como los brahmanes mendigos que corren la India escudilla en mano.

    Sidarta, al notar la tristeza de su padre, acudió animoso y sonriente.

—Esos hombres no me conocen —dijo—. No hay en Kapila quien pueda luchar conmigo. Ordena la celebración de un torneo y que el premio del vencedor sea la posesión de Gopa.

Más de cien mil parias trabajaron diez días levantando en las afueras de la ciudad grandes estacadas de bambú con inmensas plataformas que cerraban el anchuroso palenque. El río pasaba por su promedio. Quinientos príncipes sakias acudieron a presenciar la fiesta, y todo el pueblo de Kapila se agolpó en torno de la liza, deseando presenciar las diversas luchas.

Empezó la fiesta por las artes escolares. Visvamitra, el mas sabio de los brahmanes, era el juez, en compañía de otros no menos dedicados al estudio. Pero el príncipe poseía todos los secretos de la ciencia, y resolvió instantáneamente cuantos cálculos difíciles le propusieron, sin lograr por su parte que los jueces resolvieran los que él les presentó.

Fue aclamado Sidarta por la muchedumbre entusiasmada, y los cantores, al son de sus guzlas y tamborcillos, improvisaron un himno, llamándole el más sabio de los hombres.

Pero llegó el momento de los ejercicios corporales y allí era donde los guerreros sakias esperaban la derrota del príncipe.

Sidarta se despojó de su turbante, puro cual la nieve; deslióse el sayo de oro, que brillaba con reflejos de sol; se arrancó con gallardía el collar de perlas y los innumerables aros preciosos que resguardaban brazos y piernas y quedó sin otra vestidura que el blanco ceñidor anudado sobre los riñones.

Su desnudez provocó un murmullo de admiración. Las hermosas damas se deleitaron contemplando este cuerpo esbelto y gallardo como el de Rama, fuerte y musculoso, sin rudas protuberancias que alterasen la suavidad de la piel, un cuerpo que parecía emanar luz como los de los dioses cuando se aparecen por la noche a los santos solitarios sumidos en la meditación.

Dos esclavos untaron sus miembros y su robusto torso con perfumado aceite de palmera, y al son de las trompas guerreras avanzó hacia los jóvenes sakias que, igualmente desnudos, habían de luchar con él.

¡Poderoso Brahma, autor de todos los prodigios! Desde los tiempos en que el fuerte esposo de Sita iba por el mundo realizando aquellas hazañas caballerescas que los poetas habían de cantar más adelante en el Ramayana, no se habían visto prodigios de fuerza y destreza como los del príncipe Sidarta.

Budra, el dios de las batallas, estaba sin duda a su lado comunicándole una fuerza irresistible. Ningún luchador se sostenía ante el. Un puñetazo en medio del pecho o el agarrarlos de un brazo o de una pierna, bastaba para que inmediatamente cayesen de espaldas, conmoviendo el suelo con las fuertes armazones de sus cuerpos.

Rugía de entusiasmo el pueblo aclamando a Sidarta, y éste, una tras otra, sin tomar descanso, fue realizando todas las pruebas. Corrió el lado del mejor caballo de su padre, que iba desbocado en torno del palenque, y consiguió cansarlo, ganándole en ligereza; con irresistible impulso saltó a lo largo de dos elefantes puestos cabeza con cola; y para dar pruebas de nadador se arrojó en el río, donde por mucho tiempo se vio bracear su cuerpo transparente entre las aguas y moviéndose veloz como un pez de nácar.

Secáronle los esclavos, recobró sus ropas y comenzó la última prueba, pues Sidarta quería demostrar que nadie le aventajaba como flechero.

Sus manos finas y ensortijadas cual las de una mujer rompían con desprecio los fuertes arcos quo le presentaban los príncipes sakias. Eran para él débiles cañas, y como quería demostrar su destreza, pidió el formidable arco de su abuelo Sinahaun, el rey que había elevado la tribu de los gigantes sakias a su mayor poderío.

Los guerreros miraban con respeto y asombro el arco del forzado rey. Era una rama de madera fuerte y dura como el hierro, que tenía por cuerda varios nervios de toro retorcidos. Los que intentaban doblegar el arco tenían que abandonarlo jadeantes y sudorosos sin hacer en él la menor curva. El más fuerte de los sakias, que era un coloso, consiguió separar un poco la cuerda de la madera después de esfuerzos desesperados. Por eso el asombro fue general cuando Sidarta sacó una flecha, la ajustó a la cuerda, y tirando sin fatiga, dobló el férreo arco poco a poco hasta que aquélla partió silbando y con portentosa certeza cortó el penacho de plumas que ostentaba el padre de Gopa, sentado en el otro extremo del palenque.

Fue ya imposible contener al entusiasmado gentío. Guerreros y parias, sudras y brahmanes, todos confundidos, olvidando castas y categorías, cayeron desde los tablados a la liza como avalancha ensordecedora, aclamando a Sidarta y queriendo llevarle en triunfo como un ser divino.

Pero el príncipe montó en su dorado carro de guerra, y fustigando los blancos caballos corrió a Kapila para contar a su padre el resultado de las pruebas y recibir después los homenajes de los confusos sakias, que veían un león en este joven hermoso como una mujer y sabio como un poeta de himnos.

Al poco tiempo se verificaron las bodas de Gopa con Sidarta.

La joven llegó de noche a las puertas del palacio de los Cisnes.

Centenares de doncellas la precedían en fantástica procesión, alumbrando el camino con faroles en forma de rosas y flores de loto, a cuya suave luz brillaban sus faldas de seda, sus turbantes verdes y blancos y las joyas centelleantes sobre sus morenos pechos. Detrás caminaba con majestuosa lentitud un elefante blanco, sosteniendo sobre su lomo el dorado palanquín afiligranado y puntiagudo como una pagoda, del que descendió la gentil Gopa envuelta en sutiles velos que transparentaban su carne de virgen, sedosa, fina y sonrosada.

Pasó mucho tiempo sin que ni los habitantes de Kapila ni los mismos cortesanos del rey pudiesen ver al príncipe.

Vivía en el fondo de los vastos jardines, al amparo de misteriosos bosquecillos donde en otros tiempos se esparcía la reina Maya con sus servidoras, y ahora Sidarta había levantado para su amada Gopa suntuosos kioskos.

Tres mil doncellas, entre bailarinas, cantantes, instrumentistas y criadas de todas clases, formaban la corte del príncipe en esta parte del palacio, que permanecía en el misterio, y adonde nadie podía llegar, so pena del enojo del rey Sudhodana.

Éste era tan feliz como su hijo. Mientras el príncipe permanecía sumido completamente en los goces materiales, no había peligro de perderle.

Y experimentaba inmensa alegría cuando desde una terraza de su palacio podía ver a lo lejos, entre la arboleda, al «león de los sakias» cubierto de joyas, con deslumbrantes vestiduras; disfrazado con afeites y perfumes femeniles, rodeado de mujeres, en cuyos juegos y danzas tomaba parte.

Así le quería Sudhodana. Mientras el amor de Gopa y las delicias del harem le tuvieran cautivo, no era posible que se cumpliera cierto ensueño que amargaba las noches del rey. Acordándose de la profecía de Asita, veía a su hijo con hábito de brahmán vagabundo, extenuado por las maceraciones, mendigando el sustento hasta a los más humildes parias, predicando la nueva ley a todos los hombres.

Dicho ensueño turbaba con frecuencia la plácida tranquilidad del rey, e impulsado por su zozobra, parecíanle siempre mezquinas las suntuosidades de que rodeaba a su hijo.

Hizo llamar a los mejores constructores de Kapila, juntos con los más asombrosos artífices y renombrados imagineros de toda la India, y en los tres puntos más hermosos de sus jardines mandó levantar otros tantos palacios.

Uno era para los meses de invierno. Sus tres cuerpos superpuestos cubríanse con una cúpula de doradas escamas. A través de sus ventanales, cubiertos por espesas celosías, veíanse los salones anchurosos alfombrados con las sedosas y blancas lanas de las cabras del Tíbet. Los asientos estaban cubiertos con pieles pintarrajeadas de tigres y leopardos. Centenares de pebeteros humeaban suaves esencias. Crecían en los rincones las plantas que florecen en el paraíso de Ceilán, y el aire perfumado y tibio hacia olvidar las escarchas de las noches invernales.

El otro palacio era para la estación de las lluvias. En él estaban las innumerables habitaciones de la servidumbre, flautistas, cantoras, escanciadoras y bailarinas, toda la hermosa y rebullente falange femenil que necesitaba el príncipe para alegrar las monótonas horas otoñales, mientras el torbellino azotaba con nubes de agua las puntiagudas techumbres del palacio y sus muros de mosaico multicolor, donde los artistas habían trazado las asombrosas transformaciones de Vichnu, las diabólicas hazañas de Siva o las epopeyescas empresas del caballeresco Rama.

Y en el tercer palacio, o sea el de estío, habíase agotado toda la fantasía indostánica.

Era casi aéreo, dorado y afiligranado como una joya de las que Gopa lucía en el seno, entre sus pechos blancos y sedosos como llores de jazmín. Sidarta, sacudiendo su pereza voluptuosa, lo había dirigido, construyéndolo a semejanza de aquellas torrecillas quiméricas que sabía extraer de una bola de cera.

Estaba abierto por todas partes. Sus aéreas pilastras, como si aún no fueran bastante sutiles, mostrábanse caladas como obra de filigrana. Festoneados ventanales rasgaban sus cuatro caras; las galerías avanzaban audazmente sobre los dorsos de genios y dragones. La aguda techumbre, que remontaba audazmente en el espacio azul su flecha final de oro, encorvábase al llegar a los aleros, formando en los cuatro ángulos otros tantos cuernos enroscados. Y de los festones de este tejado, del bordo de las galerías, del dentellado contorno de las arcadas, de todos los puntos salientes, pendían millares de diminutas campanillas de plata, que al penetrar la perfumada brisa de los jardines por los abiertos huecos de aquel edificio que parecía bordado, conmovíanse dulcemente, lanzando las sinfonías celestes de su interminable vibración.

Hizo más el rey. Después de construir tan hermosas jaulas, las cerró cuidadosamente, colocando en torno a los tres palacios, noche y día, un círculo de guerreros armados para que le avisasen tan pronto como Sidarta intentase huir, arrastrado por aquel impulso de santa propaganda profetizado por Asita.

Pero al visitar a su hijo convencíase de lo inútil de tal precaución.

Hablan transcurrido tres años desde el casamiento, y bastaba ver a Sidarta en su palacio de verano, sentado sobre las frescas esterillas de junco, vestido y oloroso como una mujer, con los ojos y los labios pintados, sin el menor indicio de su pasada virilidad, contemplando los inmediatos jardines, oyendo el cadencioso canto de sus bayaderas, la perfumada cabeza reclinada sobre el palpitante seno de Gopa y jugueteando con su pequeño hijo, desnudo, mantecoso y vivaracho como un amorcillo, para convencerse de que el príncipe había olvidado que en la tierra existen hombres.

Su imaginación no iba mas allá de aquellos bosquecillos que cobijaban su mundo de mujeres hermosas y de infinitos placeres.

 

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