|
| |
|
UNED - CURSO DE
ACCESO
FILOSOFÍA E INTRODUCCIÓN A LA FILOSOFÍA
RESUMEN
DEL MANUAL "INTRODUCCIÓN AL PENSAMIENTO FILOSÓFICO. Filosofía y
Modernidad" |
|
|
Moisés González
Editorial Tecnos
|
|
|
|
Volver
a la página principal (materiales para el Curso de Acceso) |
|
| |
|
|
|
CAPÍTULO
3. FILOSOFÍA Y MODERNIDAD
Capítulo 1 -
Capítulo 2 -
Capítulo 4 |
|
|
Índice
del tema
|
|
|
|
|
|
|
|
|
|
|
|
|
|
1.
Los orígenes de la modernidad
A comienzos de la era cristiana, la espléndida obra de la razón griega
quedará oscurecida y en gran parte barrida por la fuerza y el
arraigo de nuevas formas de fe que, durante muchos siglos,
ejercieron su dominio sobre la vida de los hombres. Pero el
espíritu que había dado vida al pensamiento filosófico
griego renacería con fuerza contribuyendo de forma decisiva a
alumbrar un mundo en el que los seres humanos, en lugar de tener que
atender a los imperativos de la religión y de la teología, buscaron
proseguir el interrumpido proyecto que los filósofos griegos entendieron
como "el orden de la razón".
Este nuevo mundo en el que la razón, adjetivada cada vez más como
"razón científica", sirve de base al sistema de convicciones
de los hombres, es el que conocemos como Mundo Moderno.
El punto
de partida del pensamiento y del mundo moderno no podemos ni debemos
en justicia situarlo en el siglo XVII como si fuese posible que de un
escolasticismo decadente y petrificado pudiese surgir de pronto la filosofía
y la ciencia moderna que representan Descartes y Galileo. Fueron los
hombres del Renacimiento los
que, al declinar la concepción medieval, iban a romper con las
tradiciones clericales de la Edad Media. El comienzo de tan trascendental
período podemos situarlo alrededor del 1400,
y podemos considerarle terminado hacia 1650,
es decir, cuando ya ha triunfado la mentalidad moderna, esto es, el
sistema de ideas, valoraciones e impulsos que desde entonces hasta
nuestros días han constituido los principios fundamentales de la Edad
Moderna. Durante este amplísimo período de tiempo el pensamiento europeo
sufrirá una profunda transformación cuyo resultado final será la
formación de una nueva mentalidad que produjo un cambio de equilibrio en
la cultura, al que contribuyeron de forma conjunta humanistas, artistas,
artesanos, literatos, comerciantes, filósofos, y hombres de acción, a
los que corresponde el honor y el mérito de ser los iniciadores de la
modernidad.
El Renacimiento es un período
enormemente complejo y plural por la heterogeneidad de los elementos
presentes en él, donde lo viejo y lo nuevo se entrecruzan y mezclan.
Hay ciertamente en el Renacimiento, como no podía se de otra forma, una
supervivencia de ciertos aspectos de la vida medieval, pero lo que le
define y distingue es la germinación y desarrollo de una vida nueva que
terminará dando sus frutos. El hecho de que los pensadores de esta época
tengan clara conciencia de ello es precisamente lo que marca la distancia
y separa de raíz al Medievo del Renacimiento.
El hombre renaciente tiene una nueva imagen del mundo al que no ve
como un lugar de paso, sino como algo valioso y bello, objeto digno no sólo
de contemplación, sino adecuado para que, mediante su trabajo, el
hombre pueda construir en él su morada. Lo que hace que los
hombres del Renacimiento sean auténticamente "modernos" es la
exaltación de la dignidad y la grandeza del hombre, al convertirle en
protagonista de su propio destino.
Los humanistas y filósofos enseñarán que el hombre con su inteligencia
y con sus manos es capaz de dominar las cosas y de organizar humanamente,
esto es, de forma racional y libre, la comunidad a la que pertenece.
Esta capacidad
creadora, que el hombre es
el único en poseer, es lo que hizo que muchos de los filósofos del
Renacimiento abandonaran el símbolo
medieval de Adán por el de Prometeo,
inventor de todas las artes y los instrumentos de la vida civil. Un tema
central de la literatura, del arte y de la filosofía renacentista es la
del papel creador que desempeña el hombre, que de ser un simple juguete o
espectador frente a las fuerzas cósmicas, pasa a convertirse en verdadero
protagonista de su historia.
En los círculos
humanistas y filosóficos más renovadores de los siglos XV y XVI se fue
consolidando un espíritu crítico desprovisto de prejuicios que impuso un
cambio de rumbo en la historia del pensamiento humano al cuestionar el método
de la tradición y las "autoridades" sobre el que se había
basado gran parte del saber medieval, por un nuevo método de autonomía frente a lo recibido del pasado.
El hombre renacentista
quiere conocer y gozar de este mundo labrando su existencia en
libertad, pero no al margen de Dios. Lo que sí existió ciertamente
fue un verdadero proceso de secularización tanto en el pensamiento como en su actitud
ante el mundo, pero eso no implicó la irreligiosidad ni el ateísmo,
que fueron fenómenos raros en el Renacimiento. Dios estaba presente, pero
los hombres se colocaron cara al mundo intensificándose cada vez más su
interés por él. La religión
se convierte, especialmente durante el siglo XV, en un
asunto privado, adoptándose una evidente actitud de indiferencia y de desprecio hacia la autoridad de la Iglesia y de
sus representantes. Esta es, sin duda, una de las raíces del protestantismo. Sin embargo, aún reconociendo que el
protestantismo contribuyó a librar al hombre de la tutela de la Iglesia
en sus relaciones con Dios, no hay que olvidar que la concepción luterana del hombre es tremendamente pesimista y
desoladora dejándole atrapado en su culpa y pecaminosidad, angustiado con
la conciencia de que su destino está fijado desde la eternidad y que nada
puede hacer para modificarlo. Esta concepción del hombre es sin duda profundamente
antirrenacentista y antimoderna. Fue precisamente este pesimismo
determinista en la concepción del hombre lo que impidió a un humanista
liberal como Erasmo el adherirse al protestantismo. Además no hay que
olvidar que tanto la Reforma como la Contrarreforma son dos movimientos
religiosos, esto es, que ven al hombre y al mundo desde una perspectiva de
fe y no de razón que es otro aspecto esencial que caracteriza al hombre
moderno. El hombre del Renacimiento,
de acuerdo con la tradición clásica, adopta una actitud racional ante el mundo, pero al no haber abandonado su fe
religiosa mantiene una escisión
interior que sólo supera en la medida en que su fe es algo
consuetudinario y convencional.
Los renacentistas adoptan una actitud que está en la línea de la
tradición clásica, y efectivamente la renovación
cultural que tuvo lugar a
finales del siglo XIV y comienzos del XV tuvo como lema el del "retorno los clásicos". El humanismo
filosófico sostenía ciertamente la necesidad de estudiar e imitar a los
antiguos, pero no se limitaba en absoluto a glosarlos e
interpretarlos, sino que veía en ellos auténticos modelos
del uso autónomo de la razón. Al mirarlos como modelos del pensar y
no como dioses omniscientes, sustituyeron el principio de autoridad, método
que había sido utilizado en la Edad Media, por el de la libre investigación.
Fueron precisamente los filósofos humanistas los que, debido a sus
preocupaciones histórico-críticas, trataron de situar a los pensadores
antiguos en sus dimensiones precisas, encuadrándolos en su propia época.
Así, por ejemplo, Aristóteles es visto como un gran filósofo, pero no
como la encarnación de la ciencia, y su pensamiento fue necesariamente
limitado precisamente por ser un
producto histórico, ligado a determinado tiempo y lugar y surgido para
responder a situaciones y problemas propios de su época. A medida que
nuevos descubrimientos geográficos, científicos y técnicos fueron
llegando, se pudo experimentar la limitación de las doctrinas de los
antiguos, lo que provocó que se volviese la espalda a las teorías
recibidas, y que la experiencia y reflexión personal se constituyesen en
métodos imprescindibles del nuevo rumbo del pensamiento.
El sentimiento de la limitación de
las teorías de los antiguos y de la enorme tarea que quedaba por hacer en
el orden del pensar y del obrar, no supuso para los filósofos y
pensadores renacentistas el desprecio o la indiferencia para el
pensamiento de la antigüedad, muy al contrario valoraron muy
positivamente sus logros, pero lo que sí hicieron fue apreciarlo en su
justa medida, poniendo de manifiesto que los ingentes cambios ocurridos en
su propio mundo exigían un nuevo saber que no podía ser hallado en la
antigua filosofía, aunque sí buscaron y creyeron encontrar en ella un
estilo autónomo de pensamiento que debía ser imitado. La superioridad de
los modernos sobre los antiguos, que fueron un tema frecuente en el
Renacimiento, se debe precisamente a que, como dicen algunos
renacentistas, "subidos sobre sus hombros" , podemos divisar y
ver más cosas, pero también
que dejaron ,muchas más por resolver y eso constituye la tarea que queda
por realizar a los hombre de la nueva época.
El nuevo orbe filosófico que surge en esta época permite separar
claramente a la filosofía renacentista de la escolástica medieval tanto
por las nuevas exigencias metodológicas como por cambiar la imagen de una
filosofía que empieza a interesarse por investigaciones concretas y
precisas en el orden de las ciencias humanas y en el de la naturaleza,
pero sigue existiendo una problemática heredada en parte de la filosofía
medieval cristiana, como, por ejemplo, la preocupación por el lugar que
ocupa Dios en el esquema de las cosas. La filosofía humanista fue sólo
el primer paso de un desarrollo intelectual en la línea de un pensamiento
secular moderno. En el Renacimiento se dio una enorme importancia al
hombre, a su dignidad y a su lugar privilegiado en el Universo, y estos
aspectos son característicos de
esta época y no enlazan con influencias medievales, para las que
la dignidad del hombre no descansaba en su libertad y capacidad de creer,
sino en ser una criatura hecha a imagen y semejanza de Dios. En este
sentido puede
decir con razón Ortega que
"La vida antigua fue cosmocéntrica; la medieval teocéntrica; la
moderna antropocéntrica".
|
|
|
2.
El hombre protagonista de su destino
La
creencia, auténticamente humanista, en la potencia creadora del hombre
capaz de modelar el mundo y su propio destino, frente a una concepción
estática del hombre que dominaba en el Medievo y que veía a éste como
un mero espectador en el conjunto de las fuerzas cósmicas y cuya
alternativa era confiar en Dios, surgirá en el Renacimiento un nuevo
concepto de hombre que, confiado en sí mismo, en su razón, en su
capacidad de construir, debe convertirse en artífice de sí mismo y de su
destino.
Los textos de exaltación
de la grandiosidad humana se compusieron en la Florencia del siglo XV y
por encima de todos ellos destaca la famosa "Oración sobre la
dignidad del hombre" de Pico
de la Mirandola. La grandeza
del hombre no reside en ocupar un lugar privilegiado en la estructura
del universo, ni en la excelencia de su naturaleza que le convertiría en
una especie de intermediario de todas las criaturas, ni se encuentra, ni
reside en la capacidad inquisitiva de su razón, su grandeza no depende de
su ser, sino de su libertad con
la que el hombre puede hacerse a sí mismo a su gusto, esto es,
convertirse en "libre escultor y modelador de sí mismo".
El hombre no tiene una
naturaleza fija, concreta y determinada,
su carácter milagroso reside precisamente en ser un punto de libertad
total en el universo. El hombre tiene ante sí una infinidad de
posibilidades y él mismo es una infinita posibilidad abierta, capaz de
elegir por sí mismo lo que quiera ser, él es el artífice de su propia
suerte. Para Pico es evidente que el hombre puede emplear mal su grandeza.
No es lo mismo ser una cosa u otra y, por tanto, hemos de procurar no
convertir en perniciosa la saludable opción libre que se nos otorgó. La libertad es una llamada hacia la perfección, hacia la plena
realización, pero también puede convertirse en un proceso corruptor, y
en este sentido la miseria del hombre radicará en el mal uso que haga de
su libertad, pero de ninguna forma cree Pico, ni los demás renacentistas
que están en su línea, que la depravación forma parte esencial de la
naturaleza humana, ya que esa naturaleza no es algo dado y fijo. El
mito del "pecado original" se desvanece. Los humanistas no
creen que hayamos heredado ningún pecado de Adán, lo que sí afirman es
que es posible que sigamos su ejemplo, es decir, podemos corrompernos con
nuestro obrar, pero no somos seres depravados y corruptos. Esta concepción
del hombre muestra una vez más la profundidad de la
ruptura renacentista, con respecto
a la concepción medieval, para la que fue precisamente el pecado de
Adán quien hizo perder la dignidad natural al hombre; e igualmente pone
de manifiesto la radical distancia
que separa la concepción humanista del hombre, que está en la base de la
concepción moderna del mismo, de la concepción que mantiene la Reforma
protestante, tanto en Lutero como en Calvino, que niegan la grandeza
del hombre e insisten en la pecaminosidad y depravación del mismo, tras
la caída de Adán.
La libertad, tal como
la entiende Pico, no es una posibilidad vacía, cerrada en sí misma, sin
horizontes, es una libertad para hacerse y para obrar, para elegir, para
serlo todo, para abarcarlo todo, para apropiárselo y dominarlo. El hombre
se hace a sí mismo actuando en el mundo, su destino es enseñorearse de
la propia naturaleza y es precisamente en esta reestructuración y
remodelación del mundo cuando se da un rostro propio; la huella que deja
en el mundo con su acción y su trabajo, el oficio que en él desempeña,
le permite tener una imagen y una faz propia. El hombre está íntimamente
unido a la naturaleza y en esta relación puede dominar sobre los
elementos y la naturaleza toda. "Si queremos podemos" proclama
Pico; y la razón de ese poder es que al carecer de una naturaleza
concreta, siendo libertad total, se encuentra fuera y por encima de la
jerarquía de los seres y, por tanto, puede transformarlo todo y provocar
la sujeción de todas las formas al hombre.
Fue
precisamente esta apasionada preocupación de Pico por la libertad lo que
le llevó a luchar contra el
determinismo astrológico, que consideraba que tanto el mundo histórico
como el natural eran consecuencia necesaria del influjo de los cuerpos
celestes. Es cierto que tal determinismo, tal como era defendido, por
ejemplo en Pompanazzi, había alejado lo sobrenatural del mundo, liberando
a los hombres del capricho de los dioses, pero éstos seguían atados al
movimiento de los astros. Pico no acepta ningún tipo de determinación
que le venga de fuera, ya sea material o espiritual. El hombre no tiene
una naturaleza que lo ate o determine, él es el padre de sí mismo,
resultado de su propia acción.
Con
Pico la libertad se convierte en una auténtica categoría antropológica
que afecta a todos los hombres sin distinción y esta radical novedad
resultó ser una verdadera revolución que el Renacimiento aportó a la modernidad. Cuando
se habla en exclusiva de la "revolución científica" se suele
olvidar que ésta fue posible gracias a la revolución antropológica que
la precedió y que vio en la ciencia y en la técnica el instrumento
imprescindible para la realización efectiva de esa libertad constitutiva
del ser humano. Bruno, que al igual que Pico, está contra la astrología,
afirmará que el verdadero cielo se encuentra en nuestro espíritu y que
no podemos someternos a poderes ajenos a nosotros mismos.
Sólo los hombres regidos por las supersticiones y las falsas
creencias tienen a los astros como soberanos supremos de su destino. Es
preciso derribar esos supuestos poderes por los del hombre mismo, pero sólo
será posible si desarrolla en sí mismo ese sentimiento heroico que le
permitirá alcanzar su madurez y realizarse plenamente.
Otra línea argumental en el Renacimiento: afirmando con
la misma intensidad la excelencia del hombre, no la concibe como lo hacen
Pico y sus seguidores. La
realización del hombre sigue estando en la libertad, pero una libertad
entendida de forma muy distinta, en especial en lo que se refiere a la
relación del hombre con la naturaleza, cuyo poder queda limitado por el
inmutable orden de las cosas al que el hombre como todos los demás seres
está atado. Esta línea de pensamiento es la que se encuentra en Pompanazzi,
máximo representante del aristotelismo paduano, y que está al mismo
tiempo fuertemente influenciado por las corrientes humanistas. El va
a defender una concepción de la dignidad del hombre que nada tiene que ve
con la de Pico: en su libro "De incantionibus" en el que
pretende reducir a causas naturales todos los fenómenos
"maravillosos" o "milagrosos" que se atribuían a
causas sobrenaturales, va a
defender una concepción de la naturaleza rígidamente naturalista y
determinista, siendo su determinismo de carácter astrológico, que
afecta tanto al mundo natural como al humano.
El
orden de la naturaleza es único e indestructible y es vana ilusión soñar
con estar por encima y más allá de él. El hombre está ligado y atado a
la naturaleza y a la necesidad como todos los demás seres. En nombre de
la razón científica, Pompanazzi polemizará y atacará con violencia a
Pico al que acusa de moverse por razones extracientíficas creyendo que es
posible escapar a la necesidad. Pero entonces ¿dónde está la excelencia
de los hombres en esa concepción que les convierte de seres libres en
esclavos: "el hombre se encuentra situado a mitad de camino entre las
cosas mortales y las inmortales" ante todo, en su intelecto especulativo con el que puede conocer el
orden del mundo y el margen de libertad posible dentro de las leyes
generales de la naturaleza; en segundo lugar, su excepcionalidad en relación a los demás seres
de la naturaleza radica en su
intelecto "operativo" o técnico que permite al sabio actuar
fecundamente en el marco y dentro de los límites que le impone el orden
universal. Pero especialmente
aquello que diferencia al hombre de los demás seres naturales y
que le libera del sometimiento al orden natural es lo que él llama el
tercer intelecto o "intelecto
ético", o sea, la virtud moral, que podemos lograr en esta vida.
Es el comportamiento moral el único que nos permite romper la compacta
estructura de lo real, pero conscientes de que esa liberación tiene un límite
temporal. Efectivamente Pompanazzi sostiene un punto de vista naturalista
respecto al alma, sin que sea lícito pensar en una vida inmortal. La
grandeza del hombre reside en su virtud moral que es recompensa de sí
misma. Esa es la única y auténtica posible dignidad para todo ser
humano. El valor de la vida humana no depende de la duración de
la misma, como dice Pompanazzi en su ensayo: "La cuestión de
la inmortalidad".
Mientras en Pico el hombre alcanza plenamente su fina para el que
está destinado cuando se convierte en "libre escultor y modelador de
sí mismo", exaltando la libertad, Pompanazzi, en cambio, reduce la
libertad al marco de las inflexibles leyes generales de la naturaleza, y
cree que el hombre se realiza como tal, afirmando su humanidad, cuando actúa
moralmente. Frente a una concepción del mundo centrada en la humanidad
que es entendida como libertad creadora por la que el hombre se distingue
de la naturaleza y la supera y domina, surge otra centrada en la
naturaleza, en la que el hombre queda negado como un simple elemento del
todo. Son los dos polos de la filosofía del Renacimiento, que implican
dos conceptos distintos del hombre.
|
|
|
3.
El hombre constructor de la sociedad política
La
confianza de los humanistas en el hombre se manifiesta también muy
especialmente en la capacidad de construir la sociedad política,
extendiendo el orden de la razón a las comunidades humanas,
tratando de establecer un estado justo, capaz de superar los conflictos y
conseguir el bienestar para la colectividad de los hombre. El compromiso
político aparece de forma destacada en una gran parte de los escritos
humanistas. Posiblemente la
aportación más importante de
los
pensadores políticos del Renacimiento fue el descubrimiento de la
humanidad como un todo, independientemente de la comunidad
particular a que dada uno pertenece. La humanidad estaba integrada
por individuos vinculados entre sí en la medida en que todos y cada uno
formaban parte de una "especie humana" y unitaria. La
sociedad humana esta integrada por seres libres e iguales (aunque sólo
fuera formalmente), y los descubrimientos científicos y técnicos eran
patrimonio de toda la humanidad.
Ese
mismo ideal de la unidad de la colectividad humana, explica las grandes
utopías surgidas en el Renacimiento en las que se establecen normas para
"toda" la humanidad en las que se aspira, como aparece
claramente expresado en Campanella, a la creación de una República
Universal ("La Ciudad del Sol").
La
misma idea de universalidad aparece en el pensamiento político de los
humanistas florentinos de finales del siglo XIV y principios del XV. Todos
los pensadores del Renacimiento
coincidieron en que el orden político era obra de la comunidad humana y,
por tanto, debía estar hecho a su medida, pero en lo que evidentemente no
coincidieron era en cuál debía ser el ordenamiento social y político más
adecuado par asegurar mejor el ideal de progreso y de libertad. Los más,
como Giordano
Bruno, fueron entusiastas defensores de la incipiente sociedad burguesa y sostuvieron que el
progreso, gracias al que los hombres se van emancipando paulatinamente de
la naturaleza, se debe a la premura, al ingenio, a la sagacidad y al
esfuerzo de los individuos, de los que depende su fortuna. El
interés de los individuos se convierte en norma reguladora del progreso
social. Es evidente que esto conlleva una casi segura desigualdad entre
los ciudadanos, pues "no todos pueden llegar al punto que pueden
alcanzar uno o dos", pero esa esforzada carrera resultará un bien
para toda la comunidad. Bruno es consciente que tal tipo de desarrollo
genera el mal y la injusticia, pero también, y en mucha
mayor medida, el bien. El mal es algo inevitable y viene a ser el
precio que hay que pagar por el progreso liberador.
Los
pensadores utópicos del Renacimiento, en cambio, sostuvieron
que era posible un modelo de estructura social distinto, formado por seres
libres e iguales, donde lo más útil para la comunidad fuese al mismo
tiempo los más grato para el individuo. En la Ciudad Solar, dice Campanella,
los hombres serán todos iguales en el trabajo, sin que se admita ningún
tipo de esclavitud o servidumbre, e iguales también en el disfrute de los
bienes. Nadie recibirá más de lo que merece, pero tampoco le faltará
nada de lo necesario, disponiendo de todo aquello que contribuya a hacer
grata su vida.
En
total oposición a las concepciones anteriores se halla el modelo de
Estado concebido por el principal
pensador político del Renacimiento: Maquiavelo. En su opinión, la
condición imprescindible para una acción política adecuada es el
conocimiento de los hombres; y Maquiavelo, en contra de la opinión
mayoritaria de su época, cree que los hombres son por naturaleza malvados y perversos, sin
que tal condición derive como en Lutero del pecado original.
Si esa es la materia sobre la que actúa la política, o sea, la
naturaleza de los hombres, y si tenemos en cuenta que tal condición no
puede ser nunca eliminada, pues el hombre tiene una naturaleza y pasiones
constantes, el desorden, el miedo y la violencia resultan inevitables. Sólo
el Estado,
esto es, el "orden estatal" puede garantizar una adecuada
organización de la convivencia humana. Sólo la violencia del Estado,
su poder soberano, puede frenar la violencia salvaje de los hombres y
convertirse en garantía de la libertad de todos. Dada la característica
bestialidad y barbarie del hombre, la convivencia social y el bienestar
son siempre inestables. Tal tipo de inestabilidad puede ser combatida
mediante una buena legislación, un hábil y astuto político y una
religión entendida simplemente como una fuerza social al servicio de la
unidad y del bien público.
En
general, los filósofos del
Renacimiento coincidieron en afirmar que eran los hombres los artífices
de la "sociedad civil".
|
|
|
4.
El camino hacia un pensamiento secular y libre
El logro de la libertad
de pensamiento, sin la cual no hubiese sido posible la ciencia ni la filosofía
moderna, fue uno de los más preciados dones que los filósofos
renacentistas nos dejaron. Pero
fue una conquista que lograron a costa de muchos sufrimientos:
procesos como los de Galileo, largos cautiverios como el de Campanella, e
incluso algunos terminaron sus
vidas en la hoguera como Bruno o Vanini, no sin que antes a este último
el verdugo le cortase la lengua por blasfemo.
Los
filósofos renacentistas lucharon en todo momento por un pensamiento libre y
autónomo, sustituyendo el principio de autoridad, que era la forma
dominante en la época medieval, por el de la libre investigación. Los
problemas debían comparecer para su posible solución ante un foro
puramente temporal y mundano, esto es, ante el tribunal
de la razón natural, el único que podía decidir.
Con este espíritu, Pompanazzi
proclamará la necesidad de retomar al puro Aristóteles como modelo a
seguir en el uso de la razón científica. Afirma no necesitar en absoluto
del mundo de la fe religiosa para fundar y construir, sobre bases propias y
autónomas, la ciencia de la naturaleza, la psicología e incluso la ética.
En ningún momento pretende conciliar el punto de vista de la razón con el
de la fe, o disimular la evidente contradicción entre ambos, más bien
parece querer acentuar el conflicto, llegando a sostener sin ambages en su
libro "De inmortalitae animae" que toda la metafísica escolástica
del alma es mera fábula carente de todo fundamento. La solución al
conflicto no intentó hallarla en buscar soluciones de compromiso que
siempre rechazó tajantemente sino en separar la filosofía de la fe.
Sostuvo, pues la famosa teoría de la doble verdad, que , según sus palabras, venía a
significar adherirse a la filosofía hasta donde lo quiere la razón y a la
teología hasta donde lo quiere la Iglesia. Parece claro que en Pompanazzi
tal teoría se presenta como la única forma de afirmar la independencia de
la filosofía frente a la teología y evitarse además males mayores.
Que la apelación a la teoría de la doble
verdad era en él algo meramente formal se pone de manifiesto por su teoría
de las religiones como simples fábulas
para gobernar a los pueblos, pues éstos son como niños que necesitan
que se les induzca al bien y se les aleje del mal con la esperanza de premio
y con el miedo del castigo.
Al igual que Pompanazzi,
pero desde una posición filosófica muy distinta, Campanella
proclamará con tenacidad el derecho
de cada cual a regir su propia vida, es decir, a pensar y vivir libremente.
El principio de autoridad que ciega y paraliza las mentes y los corazones
debía ser sustituido por el de la libre investigación. Su "pensa,
uomo, pensa", expresa magníficamente todo un programa de vida que
nadie tiene derecho a obstaculizar. Poner
límites al pensamiento es enfrentarse al hombre, negándole el derecho
a convertirse en la imagen
bella de Dios, e incluso es un delito contra Dios mismo que es
"racionalidad suprema, de la cual por participación somos nosotros los
hombres llamados seres racionales".
En
sus poesías y sus cartas, escritas la mayoría de ellas en la cárcel,
encontramos una denuncia contra la violencia que trata de esclavizar y
someter al hombre y una defensa de la libertad y del pensar
sin trabas como derechos esenciales a todo ser humano. Cuando no hay
razones para convencer se recurre a la violencia.
En Giordano
Bruno tenemos otro de los grandes filósofos renacentistas luchadores
por la "libertad filosófica" en contra del dogmatismo, la
intolerancia y contra la ignorancia especialmente peligrosa cuando se
cubre con el velo de lo sagrado, y a la que él de forma sarcástica definió
como "santa asinitá". Perseguido por todos, católicos y
protestantes, tuvo que peregrinar a la fuerza por Europa en busca de un
lugar donde exponer libremente su pensamiento. En Ginebra en el año 1579
estuvo a punto de ser llevado a la hoguera por los calvinistas, pero logró
salvarse porque se retractó, cosa a la que años más tarde, cuando cae en
manos de la Inquisición de Venecia -1592- y romana -1593-1600- se negaría
por no estar dispuesto a renunciar a su "amada filosofía". El 8
de febrero del año 1600 se emite la sentencia definitiva que declaraba a
Bruno "herético, impenitente, obstinado y pertinaz, y como tal
degradado de todas las ordenes eclesiásticas,... "Y tanto perseveró
en su obstinación que fue conducido por los ministros de justicia al
"Campo de las flores", y allí desnudado y atado a un palo fue
quemado vivo, acompañado siempre por nuestra compañía cantando las letanías
y los Padres le pidieron hasta el último momento que abandonara su
obstinación con la que terminó su miserable o e infeliz vida".
El más famoso de todos
los conflictos que tuvieron lugar en esta época estuvo protagonizado por Galileo
y la Inquisición romana. La batalla que libró Galileo lo fue en defensa de la libertad científica buscando liberar a la ciencia del
sometimiento a la teología, haciendo de ella un saber autónomo. En
opinión del científico italiano, la ciencia y la fe se sitúan en campos
completamente distintos y para él, como científico, por una parte, que
confía en el valor de objetividad de la ciencia y como creyente católico
por otra, debían ser perfectamente compatibles. El saber acerca de la
naturaleza sólo se podía adquirir, opinaba Galileo, a través de un
proceso continuo de investigación que nadie tenía derecho a obstaculizar.
En las ciencias mandan los hechos y los argumentos y contra ellos nada
podemos hacer.
La
abjuración de Galileo, después de su condena en el proceso de 1633 por su
defensa de las teorías copernicanas, fue el desenlace triste y lamentable
de este episodio de la historia de la ciencia, pero ésta, como ya había
pronosticado el científico italiano, siguió avanzando, sin que los obstáculos
y condenas pudieran nada contra ella.
Ese ambiente de represión
intelectual no fue una constante durante todo el Renacimiento. En la primera
época el ambiente fue de una gran tolerancia y libertad que acompañó
al proceso de creciente secularización dándose una cierta coexistencia pacífica
entre la religión por un lado y la ciencia y la filosofía por otro. En el siglo XVI el proceso de secularización se interrumpe y las iras
de la represión se desencadenan. El momento clave de ese cambio de rumbo
tiene un nombre: el Concilio de Trento (1545-1563). Con él triunfó la
Contrarreforma y con él dio comienzo una etapa que puso fin al espíritu de
tolerancia y libertad que había producido el primer Renacimiento. La
Iglesia se lanzó no sólo contra la Reforma protestante, sino también
contra la libertad filosófica y científica que podía poner en peligro en
su opinión, la ortodoxia de la fe. La Iglesia que surgió de Trento, una
vez derrotada la corriente humanista que vivía en el seno de la misma, trató
de impedir a toda costa la libre circulación de ideas. El ambiente de
asfixia afectó a todos los órdenes de la cultura sin excepción. La
primera oleada represiva fue la más dura, convocándose a numerosos
intelectuales ante la Inquisición.
|
|
|
5.
Revalorización del mundo humano: el
amor a la vida
Uno
de los grandes méritos que cabe asignar a los humanistas es la revalorización
de toda manifestación de la vida., que recupera su preeminencia, valor y
belleza. El tema de la muerte y la preocupación por el más allá pierden
terreno.
Los humanistas del primer Renacimiento no viven su vida pendiente de la
muerte, convencidos con Epicuro que "mientras se vive no existe la
muerte".
Nadie mejor que los personajes del "Decamerón" de Boccacio
para expresar este nuevo espíritu vital, quienes en medio de los estragos
de la peste y rodeados de la muerte por todas partes no se entregan
a penitencias y plegarias para bien morir, sino que parten juntos en
busca de una vida de belleza y de placer. Nunca, mientras dura la peste,
piensan en la posibilidad de morir.
Los
humanistas insistirán en una revalorización plena y total de la vida
mundana. Son famosas sus polémicas antimonásticas y antiascéticas, pues
veían en esos ideales de vida un freno y mutilación de la vida. Es
precisamente esa exigencia de integridad de vida lo que les lleva a exaltar
el mundo de las pasiones y el valor del placer. Asistimos en esta época
a un verdadero descubrimiento del
cuerpo que deja de ser objeto de pecado para convertirse en objeto de goce y
alegría. El hombre no es sólo alma, sino también cuerpo. El cuerpo
recupera la inocencia perdida, de forma que en el Renacimiento desaparece la
idea de un hombre que debe castigar su carne y su pasión, lo que significaría
pecar contra la naturaleza que se agita y vive en nosotros.
Los
renacentistas tratan de superar la oposición entre carne y espíritu que
había dominado en la Edad Media y que había escindido el amor en un
componente sensual y pecaminosos y otro espiritual y sagrado. Se trata
de separar los conceptos
de placer corporal con el pecado y unir lo bueno y lo placentero,
pues seguir la naturaleza y vivir de acuerdo con ella no se podía ser una
incitación al pecado, de forma que convenía abandonarse a ella con ingenua
fe e inocencia para encontrar el goce y la alegría. Por eso al tiempo que se ensalza el
amor espiritual, se exalta igualmente el amor físico, que además
de producir deleite y placer resulta fecundo para el género humano, en
tanto que el ascetismo y la virginidad, además de negar y condenar la
naturaleza que hay en nosotros, resultan estériles y vacíos. Precisamente esa unión de placer y de utilidad para la especie humana es lo que llevó
a los humanistas en su polémica antimonástica a una exaltación del
matrimonio.
Pero
los renacentistas vieron también en el amor la expresión del anhelo de
belleza, o deseo de gozar lo que es hermoso. El
culto a la belleza se convierte en un ideal de los más representativos de
todo el Renacimiento. Fue en lo bello, en le reino del arte donde le
hombre renaciente buscó y encontró la suprema liberación, la manifestación
sublime de su poder y de su capacidad de creación. Los renacentistas,
insaciables admiradores de lo bello, liberaron el arte de cualquier tipo de
servidumbre y descubrieron el objeto
bello como algo digno de admirarse y gozarse por sí mismo. El
Renacimiento, en este sentido, se aparta de la doctrina medieval que ve en
las imágenes artísticas una especie de "Biblia de los pobres y los
ignorantes" y que consideraba al arte, al igual que a la filosofía, al
servicio de la teología.
El nuevo gusto estético se manifiesta también en los humanistas en
su pretensión de escribir y hablar bien, que expresaba una determinada
concepción vital, de refinamiento, de gusto por la forma y por las formas,
de suprema elegancia estética. De ahí su desprecio de la
"barbarie" de los medievales que no abarcaba sólo a su forma de
escribir, sino a todo su ideal de vida.
Sin embargo, no
hay que considerar que los humanistas pretendieron sustituir
la naturaleza por Dios, incurriendo así en lo que se podría
considerar un ateísmo teórico. No
hay tal ateísmo en el Renacimiento, salvo en casos excepcionales. En
realidad, lo que es dominante es la
idea de considerar la obra de Dios, tanto la naturaleza como el hombre, como
algo digno y valioso en su totalidad. Se trata de recuperar la inocencia
y la pureza de lo que ha salido de las manos de Dios; de ahí que ir contra
la naturaleza o mutilar al hombre es pecar contra Dios. La naturaleza y el
hombre es obra de Dios y todo lo que es natural es divino y bueno. Los renacentistas no creen en el "pecado original" que
corrompió la naturaleza y el hombre y que provocó en la Edad Media el
desprecio del mundo. No hay pecado y, por tanto, tampoco corrupción o
depravación y, en consecuencia, es posible frente a ese "desprecio del
mundo" que es también un desprecio del hombre, proclamarlo, como hacen
los humanistas, la alegría y el goce de la vida. No sólo el deseo carnal
dejó de ser pecado, también dejaron de serlo la sed de riqueza y de poder.
Efectivamente, los renacentistas
valorarán los bienes terrenos, producidos por el trabajo del hombre. El
ideal de la pobreza, ensalzada en la Edad Media, se convierte ahora en algo
despreciable.
De todas formas, conviene señalar que esa
revalorización del mundo humano constituyó uno de los modelos básicos
de conducta del Renacimiento, dominante en el ambiente de los humanistas del
siglo XV, pero no fue la única forma de comportamiento vital que existió en la época.
Persistieron actitudes tradicionales
propias del ascetismo cristiano, prontas a resurgir con fuerza y arrasar
esa especie de "epicureismo pecaminoso" que se había infiltrado
por doquier, incluso en la corte de los Papas. La Reforma y como reacción
la Contrarreforma trajeron una oleada religiosa de regeneración de un
hombre que se decía corrompido por el pecado.
|
|
|
6.
Nueva actitud ante la naturaleza
a)
El mundo objeto digno de contemplación
Consecuencia
inmediata de la actitud positiva
ante el mundo fue el estudio de la naturaleza en busca de una imagen
objetiva de la misma, cuyo resultado final dio lugar a la aparición de la
ciencia moderna y del método científico experimental,
fenómenos ambos que no hubiesen sido posibles sin el concurso del
pensamiento renacentista, pues a ellos correspondió el mérito de intentar
una explicación "natural" o "científica" del universo,
al margen de cualquier tipo de recurso a lo sobrenatural. Sin embargo, la
exploración científica de la realidad va a desarrollarse en dos
líneas de pensamiento perfectamente diferenciadas.
La
primera de ellas corresponde a la escuela paduana y tiene a Pompanazzi como
máximo representante. Defiende una concepción naturalista del mundo
que busca, utilizando
a Aristóteles como modelo, una descripción del orden universal en
el que las fuerzas que ejercen su acción son siempre las mismas y su
influencia se extiende al conjunto de los seres, incluidos el hombre y la
sociedad humana. A pesar de que
admite un Dios independiente de la naturaleza, ésta se explica por sí
misma, pues Dios no actúa directamente, sino a través de lo
acontecimientos y fuerzas naturales. En
el mundo de Pompanazzi no hay lugar para acciones milagrosas, divinas o
demoníacas. Los fenómenos "aparentemente milagrosos" pueden
ser explicados por causas naturales, que él atribuyó a la influencia de
los astros. Cuando Galileo reemplace el concepto astrológico de la causa
por el físico-matemático, tendremos una ciencia exacta de la naturaleza.
La otra corriente de
pensamiento que tiene como máximo exponente a Bruno, mantiene una concepción
unitaria inmanentista de la naturaleza, descartando cualquier tipo de
trascendencia al devolver a Dios al mundo y al defender, en consecuencia,
una postura panteísta. Bruno concibe el universo como vida infinita e
inagotable, esto es, Dios mismo presente en todas las cosas,. Esto es lo que
explica que en Bruno el espíritu científico de todos sus escritos
naturales vaya unido a una exaltación poética del universo, que respeta la
objetividad de la naturaleza, pues la experiencia emotiva surge del
conocimiento de la misma y no antes. Nadie como Bruno ha sabido marcar la distancia que va de la época
medieval con su universo cerrado, finito, inmutable, definido, a la edad
nueva con un universo infinito, abierto, rebosante de posibilidades.
b)
El hombre dominador del mundo por su conocimiento y voluntad
El
Renacimiento entendió el saber no como mera contemplación sino como obra
activa que buscaba apropiarse de la naturaleza para hacernos dueños de las
cosas.
Estamos ante un nuevo tipo de saber que, como dice Leonardo
de Vinci, debe "ensuciarse las manos", añadiendo la obra al
pensamiento. El saber, pues, debe ser operativo.
El
hombre renaciente deja de ser el piadoso espectador de las maravillas de
Dios para convertirse en un elemento activo que desea hacerse dueño del
mundo mediante el poder que le da su conocimiento. El hombre pretenderá poner a su servicio a las fuerzas cósmicas, pero
inicialmente, antes de que la ciencia moderna se consolidara, creyó
encontrar en la magia la clave para conseguir su intento. La magia, llegó a
ocupar un lugar central en el Renacimiento, al entenderlo como aquella
actividad práctica capaz de transformar la naturaleza y de actuar sobre
ella mediante el conocimiento de sus leyes y de las fuerzas que en ella
existen. De esta forma la magia venía
a ser como la cima de todas las ciencias, a la que correspondía aplicar el
conocimiento a fines operativos, con lo que la actividad práctica y técnica
del hombre va a adquirir una importancia extraordinaria. El mago, dirá Bruno, no es más que un sabio que sabe actuar y el mismo
pensamiento es expresado por Pico en la tercera de sus "Conclusiones mágicas":
"La magia es la parte práctica de la ciencia
natural".
Es evidente que tal concepción de la magia
difiere profundamente del medieval a la que los renacentistas suelen definir
como "demoníaca" o "falsa" y no pasa de ser pura
superstición. La magia renacentista
se define a sí misma como "verdadera" o "científica"
pues quiere ser un verdadero arte, basado en la observación y el
conocimiento de la naturaleza, mediante el cual el mago es capaz de dirigir
el curso de las cosas, convirtiendo al hombre en soberano y dueño de
los poderes de la naturaleza.
La vertiente
científica de la magia renacentista aparece claramente en el pensamiento de
Campanella que intentó expresamente reducir la magia a ciencia,
llegando incluso a hablar, entre las distintas formas de magia, de la
"artificial real", porque producía efectos reales. Sin embargo, el
programa campanelliano de reducir la magia a ciencia fue imposible, y no sólo
por el carácter excepcional del mago o por la carencia de un método
preciso de conocimiento y de acción, sino porque la magia supone una
concepción del mundo y del hombre con la que estará en completo desacuerdo
la ciencia moderna. Efectivamente, el mundo de la magia es un universo vivo
en todas sus partes. Esta imagen del universo será abandonada totalmente
por la nueva ciencia en la que predomina una concepción mecánica del
mismo. El mundo no es concebido como un ser vivo y divino, penetrado por
distintas fuerzas o espíritus, sino más bien como un mecanismo de relojería
divino, o como un sistema matemático orgánico tal como es presentado por
Galileo.
El
primero que reaccionó de forma un tanto violenta contra la magia por
ser totalmente incapaz de abrir al hombre el dominio sobre la naturaleza fue
Leonardo da Vinci. Pero su concepción del saber es deudor del de la
magia que se presenta a si misma como ciencia activa. Leonardo protestará
contra el saber que se limita a contemplar y defiende la idea de un saber
activo, que busca expresarse en obras. Frente a los discursos vacíos, a
la mera pasividad contemplativa, él reivindicará el arte mecánica, la
obra de las manos que es donde triunfa la dignidad del hombre como fuerza
activa que se despliega en el mundo.
De
igual forma la deuda de Francis Bacon en relación al pensamiento mágico
parece evidente por su concepción de la ciencia como poder, que
observa e interpreta la naturaleza para dominarla y construir en ella el
reino del hombre. Para Bacon el progreso de las construcciones teóricas
y el progreso de la condición humana van unidos: de ahí que él que
pretenda una renovación total de la sociedad humana se esfuerce por una
reforma de las ciencias y de las artes señalando con claridad los fines que
deben guiar al conocimiento humano. La contribución de Bacon a la ciencia
consistió sobre todo en poner de manifiesto el lugar que ocupaba en la vida
humana.
c)
De la magia a la ciencia: Galileo y el método científico
En
la relación erótica del mago con la naturaleza, en la que todas las cosas
se hallan conectadas entre sí por el amor, se basa la posibilidad de
conocerla y operar sobre ella. Estamos ante la llamada magia "simpática"
que ve en el amor la fuente del conocimiento y del poder humanos.
Si comparamos la concepción de la naturaleza aquí supuesta y la función
del hombre-mago que en ella actúa, con la de Galileo y el papel del científico-investigador
habremos comprendido la distancia que separa la magia de la ciencia.
La
naturaleza se presenta a Galileo como un sistema sencillo y ordenado, en el
que cada acción es totalmente regular e inexorablemente necesaria. Esta
rigurosa necesidad de la naturaleza resulta de su carácter fundamentalmente
matemático:
la naturaleza es el dominio de las matemáticas. El gran libro de la
naturaleza está escrito en lenguaje matemático, siendo sus caracteres
los números, los círculos, los triángulos y otros elementos matemáticos.
En consecuencia, el método de filosofar será buscar la verdad con razones
claras y no mediante fantasías que a nada conducen. La razón científica
no puede contenerse con aproximaciones poéticas o intuiciones de cualquier
tipo, sino con experiencias sensibles y demostraciones necesarias, pues
a la naturaleza, dice Galileo, no le gusta la poesía.
El científico se sitúa ante la naturaleza,
muy lejos de la actitud "simpática" del mago, con fría
objetividad,
sabedor de sus limitaciones y de que la naturaleza no está hecha a medida
del hombre y de su inteligencia.
Galileo
rechazará con toda claridad cualquier tipo de concepción antropomorfa y
antropocéntrica de la naturaleza.
Sin embargo, el punto que separa más radicalmente el pensamiento mágico
del pensamiento científico, reside en la cuestión del método de
investigación. Frente a lo que podríamos considerar como "anarquía
metodológica" del pensamiento mágico para acceder al conocimiento
teórico de la naturaleza, a partir del cual será posible pasar al momento
práctico o de la acción, Galileo va a sostener un método único y
preciso para la construcción del saber científico que debe apoyarse en
rigurosas demostraciones. La existencia de diversas clases de magia,
excluida siempre la magia diabólica, permiten el uso de diferentes métodos
de interpretación de la realidad Se puede decir que en ella todos los métodos
valen, con tal de que permitan acceder a la verdad, ya sea el razonamiento
discursivo, la manipulación numérica, de los elementos, de las palabras o
las letras como en la magia cabalística, la intuición simpática o la
imaginación adivinadora. Para Galileo, sin embargo, el método científico
es único y es aquél que parte de la experiencia sensible y concluye en las
demostraciones necesarias. Si queremos hacer ciencia, habrá que partir del
testimonio de los sentidos, anteponiendo la experiencia a cualquier
razonamiento. Pero decir que hay que partir de la experiencia no quiere
decir que ésta baste para construir la ciencia, pues entre el conocimiento
de una verdad de hecho y el entender las cosas, hay una infinita distancia
que requiere la construcción de "modelos teóricos" . El mundo de
los sentidos, dirá Galileo, no es más que un jeroglífico, sin descifrar y
por eso no puede haber ciencia, si, junto a las "experiencias
sensibles," no se llevan a cabo las "demostraciones
necesarias" en las que la matemáticas se convierten en instrumento
indispensable de prueba, pues sólo ellas pueden ofrecernos
demostraciones que "fluyen necesariamente".
Observación y demostración serán los dos
elementos indispensables de su método científico, pero la experiencia
juega siempre un papel relevante, pues la verdad es captada por la razón en
y a través de la experiencia. El método científico de Galileo parte de
la experiencia sensible y termina con la comprobación experimental de lo
demostrado.
Galileo
abordó de forma radicalmente nueva el estudio de la naturaleza, y dio
lugar a la llamada revolución científica del siglo XVII, revolución
que supuso una profunda transformación en el hombre europeo.
Para Galileo, la verdad y la falsedad sólo
pueden darse dentro del ámbito de la experiencia y cuando existan
demostraciones matemáticas. Precisamente eso le llevó a distinguir entre
"ciencias naturales" y lo que él llamó genéricamente
"estudios humanos", que pueden ser útiles a determinado nivel,
pero que no pueden constituirse en ciencia al no ser posible hablar en ellos
de verdad o falsedad, por no usar demostraciones matemáticas. Galileo
advierte la diferencia que existe entre el lenguaje propiamente filosófico
y el científico. La ciencia necesita un lenguaje preciso y exacto que
permita razonamientos rigurosos que hagan posible un saber fundado y seguro.
No sucedía eso, en opinión del científico italiano, con la filosofía de
la naturaleza de su época. Otro aspecto esencial que distingue a la vieja
filosofía de la naturaleza de la de Galileo reside en los distintos
conceptos de método y de demostración. Frente al recurso a los argumentos
de autoridad por parte de algunos o a las especulaciones sin base en la
experiencia y a las demostraciones faltas de rigor, Galileo elaboró toda
una teoría de como deben ser el método y la demostración científica. Una
cosa son los discursos de los filósofos naturales, y otra muy distinta, la
severidad de las demostraciones geométricas que son las propiamente científicas.
Finalmente, frente a las soberbias pretensiones de una filosofía que
confiaba en conocerlo todo, y explicarlo todo, pero sin detenerse
excesivamente en justificar adecuadamente sus rotundas afirmaciones, Galileo
defenderá una concepción de la ciencia más humilde, que avanza paso a paso
y con grandes dificultades.
Se trata evidentemente de una auténtica revolución mental, de un cambio de
rumbo en la tarea intelectual de los hombres. En definitiva, había que
abandonar la filosofía especulativa por la ciencia experimental. Frente
a la inmensidad de lo desconocido, de nada sirven los grandes sistemas metafísicos,
sino el humilde y perseverante quehacer del científico que paso a paso
puede esclarecer algunos de los secretos de la naturaleza.
La confianza en la razón de los humanistas
se ha trasformado en Galileo en la fe en la razón científica o en la
ciencia sin más, y precisamente, en la medida en que el hombre moderno
viven de la ciencia, esto es, hace que la ciencia sirva de base al sistema
de sus convicciones, Galileo se convierte en iniciador de la Edad Moderna.
|
|
|
7.
Progreso e historia
El
movimiento humanista introdujo una nueva modalidad de pensamiento historiográfico
que rechazó la visión teológica y providencialista de la historia que había
dominado en la Edad Media y que al basar la explicación de los distintos
acontecimientos en la intervención de la providencia divina, había
reducido la historiografía a mera crónica y narración de hechos
milagrosos. La historia, con los humanistas, se convierte en un saber
digno que busca descubrir los principios que rigen la sucesión de los
acontecimientos humanos. Los humanistas presentan el acontecer histórico
como un todo cuyo sentido era preciso dilucidare ello supone que la historia
tiene una trama que corresponde descubrir al historiador. La mayoría de
los renacentistas sostuvieron la idea del progreso histórico.
Los
autores que sostuvieron la idea del progreso creyeron que la raíz y
cansa del mismo residía en el poder creador del hombre y en su voluntad
para intervenir y definir el mundo de los acontecimientos humanos. Pero
puesto que el progreso iba unido a la acción de los hombres, no se podía
excluir la posibilidad de un retroceso o decadencia. Así, consideró Maquiavelo,
la antigüedad clásica era mejor que la actual, pues la educación que
recibieron los clásicos, basada en una religión que exaltaba a los hombres
activos, es mejor que la religión cristiana que glorifica a los humildes y
contemplativos que ponen el sumo bien en el desprecio de las cosas del
mundo. La prosperidad de la Antigüedad y la miseria actual, afirma
Maquiavelo se debe a la diferencia en las religiones.
En las cosas humanas y en la historia
no todo depende de los hombres. La fortuna juega un papel muy importante, en
opinión tanto de Maquiavelo
como de Guicciardini. Sin embargo, Maquiavelo se esforzó en
demostrar que un alto porcentaje de los asuntos humanos dependen de su
propia virtud, y, en consecuencia, dentro de la objetividad de lo real,
conviene sacar el mayor provecho a las propias posibilidades. También
Bodino concibe el desarrollo de la historia como un proceso de cambios
sucesivos en los que la fortuna juega un papel importante. La voluntad
humana, sin embargo, tiene también una gran trascendencia y si bien no podrá
evitar que las construcciones humanas tengan una vida limitada, sí puede
postergar ese derrumbe que un día inevitablemente ocurrirá.
Pero
junto con la postura de pensadores como Maquiavelo, Guicciardini y Bodino,
se desarrolló otra que no dudó en afirmar la posibilidad para el hombre
de un progreso sin límites y sin condicionamientos de ningún tipo,
dependiendo tan sólo el llevarlo a cabo, de su inteligencia, de sus manos y
de su propia voluntad. Esta línea de pensamiento está representada por
Pico, Campanella y Bruno. Para ellos, el hombre puede llegar a serlo
todo, con su esfuerzo, voluntad y laboriosidad, el hombre puede convertirse
en una especie de dios en la tierra.
Sin
embargo, una teoría de la cultura y una filosofía de la historia
plenamente desarrollada no la encontraremos hasta la primera mitad del siglo
XVIII con la "Ciencia Nueva" de G.B. Vico, pero se trata de
una teoría de la historia que responde totalmente al espíritu del
humanismo renacentista. La posibilidad de hacer de la historia una ciencia
la fundamenta Vico en dos principios: el criterio de que conocemos
sólo aquello que hacemos, y el principio que afama que la historia
ha sido hecha por los hombres y, por tanto, puede ser por ellos conocida.
Vico ve al hombre como protagonista de la
historia, como creador de su propio mundo,
y eso porque la naturaleza humana es "esa divina facilidad de
hacer" que ha permitido que los hombres "se hayan engendrado y
producido en cierta medida su propia forma humana. Vico criticará a
aquellos filósofos que él lama "monásticos" y que intentan
comprender al hombre en abstracto, olvidando que es un ser
esencialmente histórico. Ese error es el que a llevado a concebir al
hombre como "razón pura" olvidando que no siempre ha sido tal
como es hoy. Su naturaleza, su lengua, su derecho, sus formas de
gobierno, sus instituciones, su forma de pensar, han ido originándose históricamente.
Antes de llegar a poseer la actual naturaleza que Vico denomina "humana"
y que "reconoce por leyes a la conciencia, la razón y el deber",
el hombre tuvo una naturaleza poética creadora y después una naturaleza
heroica. El olvido de éste hecho ha llevado a la incomprensión del
hombre y de la historia misma, como Vico señala a propósito del
racionalismo cartesiano. Vico considerará que el racionalismo a ultranza
hacía ininteligible al ser humano y mutilaba la verdad de la historia.
La critica del racionalismo hecha por Vico no
consiste en la desvalorización de lo racional, sino que tiene por objetivo
el valorar otras fuerzas del espíritu que están presentes y actúan en la
historia humana. Se trata en realidad de reivindicar la validez de todo
lo humano, que va desde la casi-animalidad de los primeros hombres,
hasta una humanidad plenamente racional. El mundo humano no es sólo el
mundo de las formas racionales, la historia humana es también el mundo de
las formas prerracionales, de las pasiones, de los sentidos, de los
instintos, de la fantasía. Todas estas son manifestaciones de un
determinado grado de desarrollo de la mente humana, que marca la génesis y
el ritmo fundamental de la historia. La civilización es la resultante del
desarrollo y el progreso de la mente que va desde la espontaneidad primitiva
hasta la razón más desarrollada, dando así vida a unas formas sociales
cada vez más complejas y evolucionadas que manifiestan la conquista de una
naturaleza humana "inteligente, y; por tanto, modesta, benigna y
razonable, que reconoce por leyes, la conciencia, la razón y el
deber".
Por lo demás hay que tener en cuenta que cada época
tiene o puede tener su propia "barbarie". Pero la caída no será
definitiva, iniciándose un nuevo renacer de la especie humana.
|
|
| |
|
|
| |
|
|
|
|
|
|