|
J. Moreno Castelló - Psicología Elemental
1ª parte - Psicología empírica - Cap. X - Praxología. De la voluntad
Capítulo X. Prasología. De la voluntad. Artículo I
Es un hecho, fácil de ser observado, el de que los seres todos han
recibido del Hacedor supremo una naturaleza que los impulsa y mueve
hacia los objetos que le son convenientes y que poseen los medios
necesarios para llegar a su respectivo término. Y esto no sólo se
cumple respecto de los seres superiores, sino también en cuanto a los
inferiores e inanimados, los cuales son movidos al cumplimiento de tan
sabia ley, encaminándose, sin desviación, hacia los objetos que sirven
de término a su natural tendencia.
Puede afirmarse que existe en esto una proporción gradual, en
consonancia con la naturaleza y perfección de los seres que forman la
vasta esfera de lo creado; pero sólo el hombre conoce el objeto que la
razón propone en concepto de bien, bajo cuyo aspecto puede ser querido
por la voluntad, y además descubre la relación que le une, como sujeto,
con el objeto que ha de servir de término a su acción.
La tendencia natural de cada ser va siempre a parar a una realidad, a
un objeto que por servir de complemento a la potencia que actúa, se
denomina bien. El término opuesto, o sea el
mal, carece de existencia
positiva y no puede servir de término y quietud al impulso que arranca
de la naturaleza de los seres. (1)
Es indudable que existe en nosotros una particular inclinación, que nos
estimula a poseer los objetos aprehendidos por las potencias
cognoscitivas. El movimiento de aquel impulso originario corresponde a
las facultades expansivas.
La más excelente de ellas, se llama
voluntad, y se define:
la facultad
de querer o de no querer aquello que el entendimiento conoce y le
propone bajo concepto de bien.
Esta definición abraza:
1.° el atributo esencial de la voluntad humana,
o sea la libertad;
2.° Una relación entre el entendimiento y la
voluntad; y
3.° El objeto propio de esta la facultad.
Varios a examinar estos capitales conceptos, y empezaremos por el objeto
de la voluntad.
No existe potencia alguna en el alma que, al ponerse en ejercicio, no
vaya en sentido de un objeto conveniente a su impulso, y que por lo
tanto constituya su bien. La voluntad, que es una de las principales
facultades de nuestra alma, no habría de carecer de objeto, ni éste
dejaría de guardar proporción con la excelencia de la facultad. Lo tiene
en efecto, y le conocemos bajo el nombre genérico de bien.
El objeto propio de la voluntad, que es el bien, se divide en
adecuado y
proporcionado.
El adecuado consiste en el bien universal y perfecto, conveniente a la
naturaleza misma de la facultad, y por el cual se siente de continuo
solicitada y atraída. Lo quiere, aunque por modo abstracto,
necesariamente; y no puede llegar hasta él en la presente vida.
Semejante bien sólo en Dios reside, principio y fin de todas las cosas.
El objeto proporcionado no es otro que el bien o los bienes
particulares, que, siendo participaciones del bien universal, no tienen
fuerza para ocasionar con su presencia el acto de la voluntad.
Aquel bien que constituye el objeto propio y adecuado de la voluntad, es
el bien todo, al cual damos el nombre de felicidad, suma
de todos los bienes y único objeto capaz de aquietar y satisfacer la
ingénita aspiración de nuestra alma.
Para que el acto voluntario no se confunda por nosotros con los
procedentes de otros principios próximos de acción, hay que tener en
cuenta que él debe provenir de la facultad, siendo precedido del
conocimiento del objeto, y a la vez del fin y de la relación que con el
objeto nos une.
He aquí cómo aparece el concepto de la relación de
dependencia extrínseca, de la voluntad para con el entendimiento. El
ejercicio de éste, como facultad superior de conocer, ha de preceder al
de la voluntad, como facultad expansiva. Esta verdad innegable se halla
expresada en las frases: «Nihil volitum quin praecognitum: ignoti nulla
cupido.
La voluntad, como facultad inorgánica que es, goza del mismo privilegio
que el entendimiento, y ambas facultades acreditan la espiritualidad del
alma y por ellas el hombre es un ser moral, capaz de entender y obrar de
acuerdo con las supremas leyes, que deben servir de regla y norma a su
conducta.
Por último, a la voluntad acompaña un noble y singular atributo, que
afecta a su naturaleza; una admirable propiedad esencial, que se designa
con el nombre de libertad de albedrío o
libre albedrío.
Ejercitando o haciendo uso de esta propiedad, las determinaciones de la
voluntad se dirigen y terminan en los objetos de su elección, no
tendiendo a ellos ni por irresistible impulso que arranque de su
naturaleza, ni por causa externa que le obligue a la determinación.
Dada la exclusión de esas dos especies de necesidad, una interna y otra
externa, que acabamos de indicar, hemos de considerar a la voluntad
enteramente libre, como dueña y señora de sus actos, determinándose o no,
según le plazca, hacia el objeto propuesto por el entendimiento.
Supone, pues, la libertad, la existencia y acción del entendimiento y de
la voluntad, y por esto Santo Tomás definió el libre albedrío: Facultas voluntatis et rationis. (2)
Los caracteres que distinguen al acto libre, son:
1.° Que la determinación siga a la representación, debida al
entendimiento, el cual lo muestra a la voluntad, bajo razón o concepto
de bien particular.
2.° Que el acto proceda del agente, arrancando de la facultad, con
exclusión de necesidad interna y externa. (3)
__________
(1) J. Prisco.- Elem, de Fil. espec. T. I. p. 281
(2) Z. Gonz:— Fil. elem.- T. II.— p. 417
|