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J. Moreno Castelló - Psicología Elemental
1ª parte - Psicología empírica - Cap. IV - Sensibilidad interna
Artículo III - El sentimiento
Posee la sensibilidad afectiva como una más elevada esfera, una más alta
y noble tendencia, cuya manifestación en el alma lleva el nombre de
sentimiento. No se origina inmediatamente el fenómeno de una acción
física, ni es posible referirlo a órgano ni parte alguna del cuerpo, y
bien pronto se descubren en él, señales propias del ejercicio de las
facultades espirituales. El ilustre Balmes le llama un resorte para
mover el alma.
Los caracteres que a la observación atenta revela el sentimiento, hacen
dudar, por lo menos, de que sea propio de la sensibilidad afectiva, y si
en ella tiene su origen, pronto se eleva, desarrolla y termina en la
noble región espiritual. Muévese siempre en sentido de la
belleza, que
es su objeto propio, y la misma elevación del término de su natural
tendencia, basta para significar la alteza del medio que actúa.
La presencia del objeto en quien termina como complemento la nobilísima
tendencia del alma, ocasiona en ella un agradable estado que lleva el
nombre de emoción, la cual ofrece diversidad de caracteres, que suele
tomarse como base para la clasificación de los sentimientos.
Es cierto que algunas de sus manifestaciones se verifican con bastante
semejanza en el hombre y en el bruto; pero es cierto también que si
aquellas parecen ser comunes y acusar un origen idéntico, muchas hay que
se muestran exclusivamente en el hombre; y hasta las mismas que parecen
propias de ambos, se elevan y ennoblecen en el ser racional, revelando
la naturaleza y privilegios con que éste ha sido enaltecido. El amor a
los hijos puede servir de ejemplo que confirme la doctrina expuesta.
«Mientras los animales, dice el sabio Balmes en su Metafísica, no
conservan su afecto hacia sus pequeñuelos, sino por el tiempo en que
estos no pueden acudir a sus necesidades, la madre entre los hombres no
pierde el cariño a sus hijos en toda su vida; y al paso que en los
brutos este amor tiene por único objeto la conservación, en la mujer se
combina con mil sentimientos que se extienden a todo el porvenir del
hijo y engendrando continuamente el temor y la esperanza, llenan de
amargura el corazón de la madre o le inundan de gozo y de ventura.»
La notoria variedad de los sentimientos humanos, hace muy difícil su
estudio, y es un obstáculo para su clasificación. Añádese a esto la
nueva dificultad que nace de la combinación que muestran a veces, y que
da por resultado lo que llaman los autores sentimientos complejos,
producto de la unión de dos o más de los que podemos llamar simples.
Vamos a ocuparnos, siquiera sea brevemente, del objeto propio del
sentimiento, que es la belleza.
Acredita la observación que entre la muchedumbre de objetos que sirven
de término o provocan en el alma su actividad cognoscitiva, existen
solamente algunos, dotados de la singular virtud de producir una especie
de deleite, un amor generoso y noble, que despertado por la presencia
del objeto, detiene al sujeto en su grata contemplación. Esto lo explica
el profundo Jugmann del modo siguiente: «Las cosas bellas, dice, por su
misma belleza, tienen naturalmente así con nuestro espíritu como con el
bien absoluto, con Dios, una relación de semejanza, de conformidad, y
por consiguiente que el efecto de la belleza en nuestro corazón consiste
esencialmente en dirigir nuestro amor propiamente dicho, nuestra
benevolencia ora absoluta, ora relativa, hacia las cosas bellas.»
La estrecha relación entre la belleza y el sentimiento es cierta y
evidente. Sus efectos naturales se experimentan en aquellas dulces y
tiernas emociones que conmueven al corazón del hombre y le unen con
vínculo misterioso a los objetos bellos, que le proporcionan tan
agradable estado.
La naturaleza del sentimiento, así como el fondo del objeto que con
él
se relaciona, por ley de sabia armonía, permanecen desconocidos.
Experimentamos el hecho e ignoramos la causa. Los filósofos antiguos
creyeron notar semejanzas entre la belleza, la verdad y la bondad; a
veces llegaron a confundirlas, porque al cabo los respectivos objetos
de las facultades vienen como a constituir una sola cosa para la
actividad esencial del alma, si la consideramos en la unidad de ésta;
pero como término de las diversas tendencias son cosas distintas, y así
lo revelan las variadas manifestaciones de aquella misma actividad.
Muchas son las definiciones que se han formulado acerca de la belleza;
pero teniendo en cuenta que su carácter distintivo es el de producir
deleite, cuando reside en los objetos, no todas comprenden esa nota
propia y característica. Con este precioso requisito, así se ocupó de
ella Santo Tomás:. «Lo bello dice sobre lo bueno cierto orden a la
facultad de conocer: bueno se llama lo que complace simplemente al
apetito; pero bello se llama a aquello cuya percepción misma nos
deleita.»
La belleza se divide en
suprema o absoluta, natural y artística.
La primera o absoluta sólo reside en el Ser eterno, único principio de
todo ser y realidad. Es Dios mismo, cuya belleza perfectísima influye
con suave, constante atracción sobre el alma humana. Y como dice San
Basilio el Grande: «solo es visible para los corazones puros y es la que
eternamente rodea a los bienaventurados.»
La belleza natural
presenta la limitación e imperfecciones de los seres
creados, en quienes reside. Algunos de los objetos pertenecientes al
mundo físico producen con su presencia el efecto que revela la
existencia de lo bello, pero intangible y fugaz se escapa a la
observación.
Por último, la llamada artística es aquella que el hombre realiza;
reproduciendo, eligiendo o combinando lo que ha conocido y contemplado,
como dotado de la virtud de ocasionar la emoción deleitable, y con
variedad de medios cultiva las bellas artes, así llamadas por el objeto
nobilísimo que se proponen alcanzar, que no es otro sino la realización
de la belleza.
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