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J. Moreno Castelló - Psicología Elemental
1ª parte - Psicología empírica - Cap. IV - Sensibilidad interna
Capítulo IV. Sensibilidad interna - Artículo I - El
sentido común
Si los sentidos correspondientes a la sensibilidad externa se sirven de
los órganos situados en la superficie de nuestro cuerpo, para la
comunicación del alma con el mundo exterior, lógico es presumir, que la
acción física podrá provenir en algunos casos del interior mismo del
cuerpo, y entonces habrá, necesariamente, algún órgano o parte del
cuerpo, destinada a recibir semejante acción material.
El cuerpo está, en efecto, sometido a cambio y sucesión de estados, a
numerosas modificaciones, de que llega a tener noticia el alma, como
término de un proceso físico, semejante al que hemos explicado al
tratarse del ejercicio de la sensibilidad externa. Y como al cabo se
trata de un conocimiento, claro es que la sensibilidad conserva en este
nuevo caso su carácter de cognoscitiva, si bien es cierto que empieza,
por decirlo así, a dibujarse su carácter de afectiva, por el resultado
que en ella ocasiona la clase de sensaciones que se efectúan por las
indicadas causas. Así es ciertamente, y basta considerar la especie de
objeto y de acto, para determinar la clase de facultad de que se vale el
alma.
Además todos sabemos, por datos de nuestra propia experiencia, que aún
efectuándose a un mismo tiempo diversas sensaciones, como a menudo
acontece, las percibimos con distinción y sabemos a cual sentido se
refiere o corresponde cada una de ellas. Este hecho repetido denota la
existencia de un sensorio común, a donde van a parar todas las
sensaciones, de cualquiera especie que sean, ora correspondan a la que
hemos llamado sensibilidad externa, ya a la interna, según hemos
indicado anteriormente.
Para comprender la variedad de actos que a la sensibilidad se refieren,
en la unidad especifica de la facultad por cuyo medio el alma tiene
noticia de los objetos, estados o modificaciones que afectan al cuerpo,
hay que afirmar la existencia del sentido común, nombre con que los
filósofos designan a este nuevo y necesario sentido, receptor de la
muchedumbre de sensaciones, y medio por el cual el alma, sujeto de
todas las facultades, conoce y siente.
Es pues el sentido común, una firma o manifestación de la sensibilidad,
por cuyo ejercicio el alma percibe, distinguiéndolas, las sensaciones, y
experimenta sus efectos.
Es el cuerpo todo el objeto de este admirable sentido, ya que la
significación etimológica de la palabra sensación, expresa acción del
sentido; y todo el cuerpo está dotado de una virtud sensitiva, que
recibe de la substancia superior, que a él vive unida.
Siendo, pues, el cuerpo y la muchedumbre de sus partes, el origen de las
sensaciones y por lo tanto el objeto del sentido común, es evidente que
se trata de una facultad o de un poder orgánico, que no habrá de
ejercitarse sin la intervención de un instrumento físico. Y hallándose
todas las partes y especialmente las que sirven de órganos a los
sentidos, que impropiamente reciben la denominación de externos, en
comunicación con el gran órgano físico llamado cerebro, por medio de los
misteriosos y numerosísimos hilos conductores, que llevan el nombre de
nervios, lógico es suponer que todo el sistema nervioso y su gran
centro, el cerebro, sean los instrumentos dispuestos para el ejercicio
del sentido común.
Esta creencia se halla confirmada por las observaciones fisiológicas,
relativas a los dos capitales estados de sueño y de vigilia. En el
primero se produce una especie de relajación de los nervios, y acaso el
fluido que les comunica el cerebro disminuya en cantidad o calidad; y
si este elemento es parte necesaria para la importante función de
trasmitir las impresiones, se hallen mal dispuestos para desempeñarla en
ese estado de necesario descanso.
Por otra parte, las interesantes funciones psíquicas presentan un cierto
desorden, que acusa la existencia en el organismo de aquel importante
estado fisiológico que se llama sueño. Falta la conciencia de los actos; suspéndese el notorio imperio de la voluntad sobre las demás potencias
del alma; aunque desordenadas, se hacen muy vivas las representaciones
sensibles, y alma y cuerpo revelan caracteres muy distintos de los que
ofrecen al observador en el opuesto estado de vigilia. En éste, todos
los órganos están en disposición de desempeñar cumplidamente sus
funciones; la comunicación —dado el estado normal del sujeto—, se halla
corriente y expedita; el alma puede atender a sus propios fenómenos y
alcanzar el conocimiento de las diversas manifestaciones de su misma
actividad; y la voluntad impera y la inteligencia dirige y las potencias
obedecen. He aquí los principales fenómenos ligados con el ejercicio del
sentido común.
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