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J. Moreno Castelló - Psicología Elemental
1ª parte - Psicología empírica - Cap. II - Dinamilogía. Esthética
Artículo II - De la sensibilidad externa
Es un hecho, de que todos tenemos conciencia, el del conocimiento del
mundo material o físico. El ignorante como el sabio, con igual seguridad
uno que otro, afirman la existencia de muchedumbre de seres que ocupan
lugar en el espacio y que afectan a nuestro propio cuerpo, bajo muy
diversos aspectos, cualidades y accidentes.
Todos sabemos que vemos, oímos, olemos, gustamos y tocarnos; lo que vale
tanto como decir que los cuerpos, los seres, las realidades, en fin,
del mundo exterior, producen una acción, primeramente sobre nuestros
órganos y después de una evolución o proceso, responde el alma con su
propia actividad a la acción recibida, engendrándose el misterioso
fenómeno de la sensación y seguidamente el no menos asombroso del
conocimiento.
Los sentidos, no distintos esencialmente del alma misma, son cinco y
llevan respectivamente los nombres de vista, oído, olfato, gusto y
tacto, los cuales se sirven, cuando actúan, de los órganos adecuados, que
son los ojos, los oídos, la parte interna de la nariz, la cavidad de la
boca y todas y cada una de las partes del cuerpo, porque todo el sirve
de instrumento al sentido del tacto, si bien la mano es el órgano propio
del llamado tacto activo.
Los continuos beneficios que el hombre recibe del ejercicio de esa
variedad de medios de comunicación con el mundo físico, son necesarios a
la conservación de su organismo, y por lo tanto, de su propia vida.
Dirige a veces el alma su atención al ejercicio de sentidos y órganos,
para recibir en mejores condiciones los datos necesarios al conocimiento
sensible; y nosotros empleamos nuevas palabras significativas de aquel
acto voluntario y reflexivo, aplicado a la acción física. Decimos, con
efecto, mirar, para llegar a ver; escuchar como precedente de
oír;
olfatear, gustar o paladear y finalmente; palpar, en significación de la
atención que aplica el alma al ejercicio de los sentidos.
A la acción producida por un cuerpo u objeto material sobre un órgano de
los enumerados, se le da el nombre de impresión. Esta es un fenómeno
meramente físico, que la luz produce sobre el ojo y la onda sonora sobre
el oído y la molécula olorosa sobre una membrana que reviste las fosas
nasales y la substancia sápida en la boca, y el objeto, en cuanto tiene
resistencia, sobre cualquiera parte de nuestro cuerpo.
Dicha acción que el órgano recibe, y a la cual hemos dado el nombre de
impresión, se trasmite al cerebro; éste reacciona y la devuelve al
órgano que primeramente la recibió, y entonces es cuando se produce la
sensación, que es un fenómeno propio de la sensibilidad, considerada en
su mismo origen, o sea como medio por el cual muestra el alma su propia
actividad.
Puede ser definida la sensación
diciéndose que es: el acto de la
sensibilidad, ocasionado por el estímulo de los órganos corpóreos, por
cuyo medio el alma conoce los objetos materiales.
El fenómeno acusa desde luego cierta complejidad, debida a la
intervención necesaria de las dos partes o elementos constitutivos del
hombre, el cuerpo y el alma; los órganos y la sensibilidad. Empieza en
el organismo y acaba en la substancia inmaterial y activa.
Por último, si atendemos a las condiciones distintas con que se efectúa
la acción de los objetos materiales sobre los órganos, a la cual se
designa con el nombré genérico de impresión, entenderemos fácilmente,
que mientras unos exigen la unión o contacto del objeto físico, otros la
reciben sin tal requisito; y de aquí se deduce una clasificación
sencilla de los sentidos, en la que ocupan los tres primeros lugares los
de la vista, oído y olfato, que no necesitan de la unión del objeto; y en
segundo término, el gusto y el tacto, que no funcionan sin la expresada
condición.
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