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J. Moreno Castelló - Psicología Elemental
1ª parte - Psicología empírica - Cap. IX
Artículo V - Del raciocinio
Además de las ideas y del juicio, que acabamos de examinar, posee el
entendimiento la virtud de poder inferir o deducir una verdad de otra. A
esta operación intelectual, se le de signa con el nombre de raciocinio,
y aunque la facultad productora es el mismo entendimiento, se llama
razón cuando así obra, discurriendo o raciocinando.
El tránsito o paso de una verdad a otra supone una marcha ordenada en
el conocer,
según la cual la facultad va de una verdad conocida a otra que ha de
serlo después.
El raciocinio es un acto complejo, una legitima operación, que llega a
su término por la concurrencia de varios elementos o partes.
Dos formas o procedimientos emplea el entendimiento en esta operación.
Se llaman, respectivamente, forma inductiva o
inducción y forma
deductiva o deducción.
Usa el entendimiento la primera o inductiva cuando partiendo de los
hechos asciende sube al descubrimiento de sus leyes, desde los efectos a
las causas, desde lo particular a lo general.
La forma o procedimiento deductivo, por el contrario, desciende desde
las leyes a los hechos, de las causas a los efectos y de lo general a lo
particular.
Es una marcha doble e inversa, cuyas partes vienen a completarse
recíprocamente, siendo ambas necesarias para el conocimiento
científico, toda vez que éste no se constituyo con elementos aislados,
con hechos y objetos puramente individuales, sino que necesita y exige
la fecundación de leyes y de principios, que llegue a descubrir la mente
como la causa generadora de lo que separadamente conocernos.
Lo individual es lo que de continuo provoca o excita la acción de
nuestras facultades. Éstas obran en el orden gradual que pide su
naturaleza, hasta descubrir lo abstracto y universal. Fácil es continuar
por medio de comparación y generalización hasta hallar la acción e
influencia de una ley o principio, que obra sobre todos los hechos y
objetos de una misma especie; aunque éstos, considerados
individualmente, muestren notables variedades, que no afectan a su
esencia.
Una vez llegados a la altura de las leyes, se hace preciso descender de
nuevo, desde aquello que es general a lo particular que nos rodea; desde
los principios a las consecuencias, del todo a las partes. Esto
constituye la segunda de las formas del raciocinio, llamada deductiva o
deducción.
Serían infecundas las verdades y principios generales si carecieran de
aplicación a los hechos concretos y a los objetos que individualmente
se ofrecen, de continuo, a nuestra observación. Tal resultado lo alcanza
la forma deductiva. Por ella hacernos la aplicación conveniente, y
descubrimos las relaciones ocultas y llegamos a las verdades antes
ignoradas.
Para acreditar que la operación de discurrir es propia del entendimiento
y que la razón es el entendimiento mismo, no tenernos más que considerar
el objeto a que la facultad se dirige, en esta nueva forma de obrar.
El objeto del entendimiento es lo inteligible, y el de la razón lo es la
relación de causalidad entre el principio y la conclusión; y siendo la
relación un objeto inteligible, claro es que, por su misma naturaleza,
es idéntico al objeto del entendimiento. La diferencia en el modo de
obrar no afecta al fondo de la facultad, que es realmente una, como uno
es el objeto formal de ambas. Y es así, como dice un filósofo, que, sin
caer en absurdo, no se puede llamar distintas a dos potencias cuyo
objeto formal es común y único, luego cualquiera que sea la diferencia
que medie entre la razón y el entendimiento, no puede constituir cada
cual una potencia distinta. (1)
La diferencia entre la razón y el entendimiento, refiérese, únicamente,
al modo de
obrar. Con efecto, la verdad misma que alcanza por su ejercicio la
facultad superior del conocimiento unas veces se ofrece clara y
evidente, con un tan vivo resplandor, que el entendimiento la aprehende,
sin esfuerzo. En esto caso, cúadrale a la facultad en cuestión el nombre
de entendimiento.
En otras ocasiones, y estas son las más, la verdad perseguida no
aparece, y para descubrirla, la facultad se vale de la operación
raciocinio. He aquí justificado el nombre de razón con que en tal caso se la
distingue.
De estos dos modos de conocimiento, el primero es llamado
intuitivo, y
discursivo el segundo.
Muy escaso es, ciertamente, el número de verdades propias de la
intuición, y es grande, indefinido, el de aquellas otras que alcanzamos
por medio del discurso. Estamos precisados, por este solo hecho, a
formar repetidos raciocinios, los cuales se encadenan y dan por resultado el mejoramiento en el ejercicio de la facultad y la posesión
de muchas verdades, que sin este medio no podríamos alcanzar.
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(I) J. Prisco.—Elem. de Fil. esp,— T. L- p. 276.
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