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J. Moreno Castelló - Psicología Elemental
1ª parte - Psicología empírica - Cap. IX
Artículo VI - De la memoria intelectiva
Ya sabemos que existen en el alma dos facultades cognoscitivas, en
correspondencia con las dos clases únicas de objetos que pueden ser
conocidos. Debernos advertir, además, que cada facultad tiene su esfera
propia, donde se marca el límite infranqueable de su acción.
Tienen las facultades todas su asiento en la substancia de la cual
son instrumentos, y en muchas ocasiones funcionan dos o más,
simultáneamente, dando esto lugar a que, algunas veces, las confundamos
en su ejercicio. Actuando, por ejemplo, la inteligencia sobre una cosa
material, si bien considerándola bajo un nuevo aspecto vedado a la
sensibilidad, creemos, acaso, que esta última facultad pueda
proporcionar un superior conocimiento, que en realidad solo es debido al
ejercicio de la inteligencia.
Con los antecedentes expuestos, comprenderemos mejor la doctrina
referente a la memoria llamada
intelectiva.
Cuando en páginas anteriores estudiamos la memoria, como una de las
facultades de nuestra alma, dijimos que era una facultad sensitiva y orgánica,
y por lo tanto que correspondía a la categoría inferior, como todas las
comprendidas en la esfera de la sensibilidad.
El término de la acción de la memoria sensitiva se halla siempre en lo
material o sensible; y como su ejercicio consiste en la reproducción de
los conocimientos pasados, claro es que por la naturaleza de la
facultad, ésta no podrá reproducir sino aquellos conocimientos que se
refieran a cosas materiales.
Hasta aquí la teoría de la memoria, propiamente dicha. Ahora bien, el
entendimiento, a su vez, conoce, retiene y reproduce las
representaciones de las cosas inteligibles, y esta virtud no puede, en
modo alguno, ser propia de una potencia orgánica, como
seguramente lo
es la memoria sensitiva. Todo lo inteligible tiene que ser objeto del
entendimiento; luego el conocimiento y representación o reproducción de
las cosas inteligibles ha de corresponder, necesariamente, a esta
facultad.
El mismo entendimiento toma, pues, el nombre de
memoria intelectiva, en
cuanto retiene y reproduce el conocimiento de las cosas u objetos
inteligibles, anteriormente adquirido.
Hablando con propiedad y en rigor psicológico, la memoria intelectiva,
más que una facultad es un acto, y este acto corresponde al entendimiento. Por él
sabe el alma que ha conocido antes lo que actualmente reproduce la
memoria intelectiva; y al aparecer de nuevo este conocimiento,
necesariamente hay que su poner la permanencia de él en el alma, y en
ésta el poder de reconocer el conocimiento mismo, como alcanzado por vez
primera en tiempo anterior.
El objeto de esta función del entendimiento es lo pasado, conviniendo
bajo este aspecto con el objeto de la memoria sensitiva. La diferencia
consiste en la naturaleza del objeto conocido. El de la facultad siempre
ofrece el carácter sensible. El de la función el de inteligible.
Es de grande utilidad e importancia el ordenado ejercicio del
entendimiento, considerado bajo esta nueva forma. Necesitamos, con
frecuencia, reproducir los conocimientos pasados, y a veces ellos
reaparecen espontáneamente en nuestra mente.
Para auxiliar el ejercicio de esta especie de memoria, podemos emplear
con fruto los recursos indicados al tratar de la memoria sensitiva. La
intelectiva no está ligada, sino indirectamente, al organismo, por la
estrecha relación que guarda con la fantasía, cuyo ejercicio precede al
del entendimiento.
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