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J. Moreno Castelló - Psicología Elemental
1ª parte - Psicología empírica - Cap. V
Capítulo V. Artículo 1 - El instinto
Muchos de los caracteres que dejamos consignados como propios del
apetito sensitivo, los hemos de encontrar ahora al examinar el principio
de acción que en los animales y en el hombre lleva el nombre de
instinto. Pudiéramos creer que éste no es sino una forma de aquella
tendencia, que espontáneamente aparece en el ser dotado de sensibilidad,
y que le lleva hacia el objeto conveniente a su naturaleza.
Con efecto: al instinto corresponden todos los actos, que originándose
de una fuerza interna, mueven al sujeto hacia un objeto o le apartan de
él, según convenga o no al agente. Es por lo tanto el
instinto
un poder
o fuerza, propio de los animales, que se actúa necesariamente, en
presencia del objeto.
Dos conceptos capitales abraza esta definición: el primero es el de la
existencia del particular principio de acción, origen de los actos. El
segundo el del carácter de éstos, que no puede en modo alguno
confundirse con el que distingue a los que proceden de la actividad
libre, o sea de la voluntad.
Y con efecto, no es posible desconocer la existencia de un principio
interior, que obra en los animales en correspondencia con los sentidos,
mediante los cuales el animal adquiere noticia de los objetos
materiales, tendiendo después hacia ellos, con un movimiento que arranca
de esa fuerza que hemos llamado instinto.
El carácter distintivo que acompaña a las manifestaciones de este
principio es el de la actuación necesaria, una vez aprehendido por los
sentidos el objeto físico que ha de servir de término al movimiento; y
aunque es grande la variedad de objetos que obran sobre los órganos de
los sentidos, el animal obra de un solo modo y una sola forma,
conducentes a la posesión o al alejamiento del objeto, que es término
del acto.
Si hubiésemos de considerar al instinto en su más lato sentido,
apoyándonos en la significación etimológica, que quiere decir,
estímulo
o excitación, hallaríamos que el movimiento que revela su existencia, se
muestra en la muchedumbre de los seres que forman la vasta escala de lo
creado.
Hasta los inferiores, que son los llamados por la ciencia filosófica
criaturas insensibles, están movidos por su naturaleza hacia los objetos
que a ella convienen, en cumplimiento de leyes supremas.
Los seres organizados, aunque carezcan de sensibilidad, obran en virtud
de un principio interno que los relaciona con los objetos externos,
determinantes de sus actos.
Los seres llamados sensitivos, experimentan el impulso hacia los objetos
externos, pero se hallan limitados en su modo de obrar a una sola forma,
mediante la cual se dirigen hacia el objeto aprehendido por los
sentidos.
A la sensibilidad, como potencia cognoscitiva y aprehensiva, corresponde
el instinto en los animales. De este principio arranca el movimiento que
acaba en el objeto determinante, sin que éste sea conocido, ni pueda
serlo, como fin del agente.
De los animales puede decirse que obran
para un fin, pero no
con un fin.
Esta es una prerrogativa exclusiva del hombre, dotado de la facultad
superior capaz del conocimiento de lo inmaterial, y por lo tanto del de
la relación de armonía entre el agente, el acto y su término.
Ciertamente cuenta el hombre entre sus privilegios la razón y la
voluntad; pero como lleva en sí una doble naturaleza, no habría de
carece de aquellos medios de acción, propios de los animales, y que
corresponden al elemento inferior, que le es común con los brutos, como
lo acreditan el instinto y la fuerza motriz.
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