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J. Moreno Castelló - Psicología Elemental
2ª parte - Psicología racional - Cap. I - Substancialidad del alma
humana
Artículo VI - Inmortalidad del alma humana
De la simplicidad y espiritualidad del alma, se deriva necesariamente,
la inmortalidad de la substancia poseedora de aquellos atributos. Y es
así que el alma los ostenta, luego el alma del hombre es inmortal, lo
que equivale a decir que permanece, sin fin, en la vida.
Este nobilísimo, atributo, considerado en general, puede ser, según dice
un profundo filósofo, (1) de dos maneras: como
esencial y absoluta o
como natural.
La primera es la que excluye todo principio, acción o fuerza, interno o
externo, que pudiera limitar la vida del ser. Ésta solo puede ser propia
de la substancia divina.
La segunda o meramente natural, excluyo el principio interno, pero no
todo principio externo, como el acto de la voluntad suprema, y esta es
la qué corresponde al alma humana. Y añade el filósofo citado
(2) «Esta
inmortalidad natural se denomina interna, en cuanto que radica en la
naturaleza de la sustancia inmortal; pero será además externa, si la
posibilidad absoluta de su corrupción por parte de Dios no se reduce al
acto.»
Es evidente, recordando las pruebas de la simplicidad del alma, que ésta
no puede morir por descomposición o disgregación de partes, toda vez
que el alma carece de ellas, según queda demostrado. Claro es, pues, que
el alma no lleva en sí misma ningún principio intrínseco de corrupción o
muerte, y si no puede morir por esta causa, posee la inmortalidad
natural.
¿Puede el alma vivir sin el cuerpo? Cuando un ser depende
intrínsecamente de otro, esa dependencia de naturaleza hace que el
segundo no pueda existir ni ser sin el primero. Basta considerar que el
alma es una verdadera substancia y que está dotada de facultades
inorgánicas, cuales son el entendimiento y la voluntad; luego pronta y
fácilmente entendemos que tiene independencia del cuerpo y que puede
obrar sin él.
El alma pudiera dejar de existir, si así pluguiera a Dios, por la
aniquilación o destrucción radical de su ser. ¿Qué razonamientos nos
aseguran de que Dios no ha de ejercitar su poder en este sentido? Sus
mismos atributos y perfecciones.
Dios conserva y no destruye. Ha dado a los seres naturaleza diversa y su
divina y augusta Providencia las conserva sin alterar las condiciones de
sus respectivas esencias. Así convenía a las perfecciones altísimas de
su autor.
Los privilegios y excepcionales atributos con que ha sido enriquecida
el alma humana desaparecerían en el acto posible de la aniquilación, y
quedaría reducida la noble substancia a condición más baja y humilde que
las substancias corpóreas, cuyos elementos constitutivos no desaparecen,
ciertamente, aunque varíen de formas y se mezclen y confundan con partes
diversas, si bien de naturaleza idéntica.
La bondad misma de Dios, sirve de fundamento y apoyo a nuestra firme
creencia en la inmortalidad del alma.
Dios ha encarnado en la naturaleza de la substancia simple y espiritual
una constante aspiración, un deseo vivo y nunca satisfecho, de la
verdadera felicidad. La soberana bondad asegura que el bien perfecto es
un término real de esa tendencia del alma, y que ésta lo ha de alcanzar
como sanción del orden moral, cuando el alma se separe del cuerpo, para
seguir viviendo eternamente.
Con efecto, no era posible que careciera de semejante requisito la ley
natural. A ella estamos estrechamente ligados, y la razón y la voluntad
son nuestras facultades morales. No se alcanza, ciertamente, en la vida
presente la debida sanción de aquel orden consolador, sublime y
admirable; luego ha de existir otra vida para el
alma y por consiguiente
es inmortal.
Finalmente, todas las verdades creídas por la generalidad de los
hombres tienen su fundamento en la misma naturaleza humana. La creencia
en la inmortalidad está acreditada por el testimonio y consentimiento de
todos los pueblos, los cuales, aún en medio de grandes extravíos y de
los más extraños ritos y costumbres, han revelado claramente en sus
prácticas la íntima convicción en la existencia de otra vida.
Inútil es que se pretenda acreditar lo contrario. La sanción del sublime
orden moral en la vida del hombre, representada por la conciencia
humana, es evidentemente imperfecta, y sólo sirve de advertencia y de
anuncio de la legítima y futura sanción. Es como la luz crepuscular que
anuncia la venida del sol, foco y origen de la luz: falta la aparición
del esplendente astro del día.
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(1) Z. Gonz.- Fil. elem.- T. I. p. 339
(2) –Ibid-
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