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J. Moreno Castelló - Psicología Elemental
1ª parte - Psicología empírica - Cap. III - Del conocimiento sensible
Capítulo III. Del conocimiento sensible - Artículo
único
La acción material efectuada sobre el órgano; su proceso físico o
transmisión al cerebro; su vuelta al órgano que primitivamente la había
recibido, como
procedente del objeto, ya inmediata o mediatamente, son
condiciones previas, sin las cuales no podría llegar el alma a
producir en sí misma la representación del objeto, que aparece con la
sensación, cuando llega a su término aquella evolución material.
Es evidente que si necesaria es la intervención orgánica, ella
no basta
para la producción del conocimiento. La prueba es muy sencilla. Los
caracteres que fácilmente muestra la sensación, acreditan la presencia
del alma, obrando; pues la unidad y
simplicidad del misterioso fenómeno,
revelan claramente la naturaleza de la causa productora; y tratándose de
una acción física, no podría ser la materia, necesariamente compuesta,
la engendradora, como causa, de un efecto simple; porque toda causa da a
sus efectos lo que en ella existe, pero no aquello de que en absoluto
carece.
Los objetos que constituyen el mundo material, físico o sensible,
poseen, respectivamente, un ser substancial, sobre el que descansa, por
decirlo así, la variedad extraordinaria de cualidades, accidentes,
estados y modificaciones, que son como
otras tantas aptitudes propias
de los cuerpos, con las cuales éstos obran sobre los órganos de nuestros
sentidos.
Y tan necesaria es la existencia del ser substancial, como base y
fundamento de las aptitudes referidas, que en ningún caso se muestran en
realidad desligadas de aquél. Solo el poder abstractivo de nuestra mente
las considera, a veces, con separación, y por lo tanto, solamente en
el orden racional puede ser alterada o vista de modo distinto de como en
el orden real existen.
Con efecto, por las cualidades color, sonido,
sabor y resistencia,
impresionan los objetos materiales a los respectivos órganos de los
cinco sentidos; y dichas cualidades pertenecen a una substancia, cuya
existencia hay que dar por supuesta.
Concuerdan, admirablemente, las diversas aptitudes citadas con la
estructura y disposición de los diferentes órganos, destinados a recibir
la acción del objeto. Constante hecho y no interrumpida y sabia ley de
armonía, que revela el plan asombroso de la Creación.
Al producirse en cada uno de los órganos la inmutación, ocasionada por
la acción de la aptitud o cualidad correspondiente, no queda, estancada en
él, sino que una especie de hilo conductor, —si así podernos llamar a
los nervios— la trasmite al centro, a donde tales hilos confluyen; y
reaccionando el cerebro, la devuelve al punto de partida. Tiene entonces
lugar la sensación; la acompaña la representación inmaterial del objeto
y la sigue la percepción por parte del sujeto, el cual por este medio
tiene conocimiento, no sólo del que podremos llamar término directo, —la
aptitud o cualidad— sino del indirecto, cual es el propio ser
substancial.
Acabamos de ver que entre las condiciones necesarias para que el alma
llegue al acto del conocimiento, figura la unión entre el objeto y el
sujeto, por medio de una representación de aquél en el alma. Sin la
expresada unión, faltaría uno de los elementos indispensables, cual es
la relación que ha de establecerse entre los términos, y éstos
permanecerían extraños el uno al otro. Y como en el hecho del
conocimiento sensible el objeto material ha de producir un estímulo en
el sujeto, para determinarle a obrar, esto se efectúa en virtud de
aquella representación, que los filósofos han designado con el nombre de
especie sensible. El alma pues, atendiendo a la acción física,
proveniente del objeto, forma en sí misma la especie, por cuyo medio se
realiza la aprehensión.
Finalmente, hemos de advertir en este lugar, que el término del acto de
conocer, es propiamente el objeto y no su representación. El papel que
en el conocimiento, o mejor dicho, para el conocimiento, desempeña la
llamada especie, queda reducido al de mediador indispensable, para que
aquel se efectúe; y, por esto, no es la representación el fin y último
término, que no puede ser otro que el objeto material, el cual no podría
obrar sobre el alma, sujeto del conocimiento, según su propia realidad
física, sino por medio de una representación inmaterial, acomodada a la
naturaleza del sujeto recipiente.
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