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J. Moreno Castelló - Psicología Elemental
1ª parte - Psicología empírica - Cap. IX
Capítulo IX. artículo I - De la conciencia en general
o psicológica
El alma humana posee y ejercita la singular propiedad de darse a sí
misma cuenta de sus actos y de su conocimiento. Y esta propiedad debe
ejercitarla por medio del entendimiento, toda vez que por él es
advertida de sus actos mismos, que siendo como lo son, inmateriales, no
podrían ser objeto de ninguna facultad sensitiva. A tan admirable
propiedad se le denomina conciencia.
Esta palabra tiene su origen en las latinas
cum y scientia. Significan
saber que se sabe. El nombre, pues, considerado etimológicamente, da a
entender ciencia o conocimiento de nosotros mismos. Haremos en este
momento dos advertencias oportunas. Impropiamente se designa a la
conciencia con el nombre de sentido íntimo, cuando por el objeto de sus
actos podemos fácilmente entender que el conocimiento que nos
proporciona solo puede provenir del entendimiento y no de sentido
alguno. Además; la conciencia de que ahora nos ocupamos, es la
genérica
o psicológica y no la específica o moral, cuyo estudio tiene su lugar
propio en la Ética.
Hecha esta aclaración, definiremos la
conciencia, diciendo que es:
el
conocimiento que el alma tiene de sus actos, y aún, en cierto modo, de
sí misma.
Se divide la conciencia en
habitual y actual.
La primera consiste en la disposición o aptitud ingénita del alma para
conocer sus propios actos, por ser ella el principio activo de donde
dimanan; y hallándose el alma constantemente presente a sí misma, se
conoce por hábito, como cosa inteligible.
Tal es la conciencia llamada
habitual, y por el modo de su ejercicio,
espontánea.
La actual, consiste en el conocimiento que el alma logra de sus actos,
atendiendo a sí misma, o sea volviendo sobre sí, reflexionando, por lo
cual se le denomina refleja.
Por ambos modos de ejercicio, el alma tiene noticia de su propia
existencia, como ser substancial, dotado de una actividad que ofrece
muchedumbre de manifestaciones, y además sabe que está dotada de la
virtud reflexiva, que solo puede convenir a una sustancia simple o
inmaterial.
La conciencia actual, exige, con efecto, la vuelta o reflexión del alma,
para que ésta pueda conocer sus propios actos, como procediendo de ella,
y por lo tanto como efectos de un agente y principio dotado de la
propiedad singularísima que se llama actividad.
Conoce el alma su propia existencia, por medio de la conciencia; pero no
alcanza su mirada a descubrir la naturaleza ni el fondo que en ella
misma existe. ¿Cuales son sus atributos? El ojo interior, como Platón le
llamaba, no es bastante para alcanzar ese conocimiento: la razón
discurrirá y habrá de lograrle.
Si la conciencia fuera bastante para penetrar con su mirada hasta el
fondo del alma, de la misma manera que cada hombre afirma la existencia
de esta substancia activa, afirmaría también, por descubrirla con
visión directa, la de sus atributos esenciales, y la experiencia enseña
lo contrario.
Se ha creído por algunos filósofos que la conciencia es una facultad
especial y no una propiedad, y, aún mejor dicho, una forma o modo
particular de obrar del entendimiento.
Recordemos que a dos sólos grupos pueden reducirse todos los objetos que
conocemos y podemos conocer: lo sensible y lo
inteligible. Para los
primeros tiene el alma la sensibilidad, con la variedad de formas que
hemos examinado bajo el nombre y funciones de las facultades sensitivas
y orgánicas. Para los segundos, posee el entendimiento, con múltiples
denominaciones. Es así que lo que el alma conoce por la conciencia son
sus propios actos y a sí misma, aunque con vaguedad o indeterminación, y
tal objeto es inmaterial y por consiguiente inteligible, luego el objeto
de la conciencia admite fácil reducción al objeto del entendimiento. No
son, pues, dos facultades distintas, sino una sola facultad.
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