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J. Moreno Castelló - Psicología Elemental
1ª parte - Psicología empírica - Cap. I - Psicología
Capítulo 1. Psicología - Artículo I
La Psicología es una rama de la Filosofía, que tiene por objeto el
estudio del alma humana.
El alma humana es una substancia simple, activa, idéntica, espiritual e
inmortal.
Le damos el nombre de substancia, porque tiene en sí misma todas las
condiciones necesarias para su propia existencia.
Es simple, porque carece de partes y por lo tanto de composición.
Es activa, porque en ella reside la singular virtud de producir actos.
Idéntica, porque permanece siempre la misma.
Espiritual, porque posee dos altas facultades inorgánicas, que se
llaman entendimiento y voluntad.
Finalmente, es inmortal porque permanece sin fin en la vida. En el
transcurso de nuestro estudio iremos acreditando todos estos extremos.
La más ligera observación dirigida sobre nosotros mismos, basta para
descubrir que en larga serie se producen en nuestro ser multitud de
fenómenos, actos y operaciones, marcados con tan diferentes y aún
opuestos caracteres, con notas tan distintas y especiales, que
prontamente entendemos la diversidad de origen y de causa de donde
aquellos proceden. Todos los fenómenos correspondientes al elemento
físico, al cuerpo, convienen entre sí en un mismo carácter y como sello
fundamental, que visto en el fenómeno basta para revelar la naturaleza
de la causa productora. En cambio existen y se manifiestan otros muchos,
tan singulares y extraños, que no se avienen ni concuerdan con los que
se derivan de aquel principio de naturaleza material. Los actos, por
ejemplo, de querer, entender, recordar, discurrir, dan a conocer por
ellos mismos la existencia de otro origen más noble y excelente, de un
principio de acción más elevado, de una causa, en fin, que trasmite al
efecto el reflejo y como el sello de una superior naturaleza.
La conciencia, ese admirable instrumento cuyo ejercicio nos proporciona
el conocimiento de lo que en nosotros mismos acontece, nos enseña
cuántas y cuales son las profundas diferencias que separan las dos
principales especies de los fenómenos observados, pues mientras los
unos, los orgánicos, se efectúan con independencia de la voluntad y
tiene que emplear el sujeto de la observación instrumentos adecuados,
los otros se efectúan sin tales requisitos y no caen bajo el dominio de
los sentidos, acusando un distinto origen y la existencia de un
principio, de una actividad especial y fecunda, propia de una substancia
esencialmente distinta del cuerpo. A esta nobilísima substancia es a la
que llamamos alma.
Aunque el alma es distinta del cuerpo, unida a él se encuentra con muy
estrecho y armónico vínculo, sin el cual no resultaría la
unidad humana.
Para hacer el estudio del alma sola, hemos de prescindir del cuerpo, en
cuanto sea posible, y no en absoluto, si hemos de entender cómo obran
ciertas facultades, que al trasmitir la actividad del alma, lo han de
hacer valiéndose, necesariamente, de determinadas partes del cuerpo.
Sabido ya cuál sea el objeto que nos proponemos conocer, fácil es
apreciar el valor, importancia y utilidad de su estudio.
El alma es, con efecto, una substancia nobilísima, a la cual se debe la
alta categoría que el hombre disfruta entre todos los seres de la
creación. Por su origen, naturaleza y destino, ella difiere
esencialmente del otro elemento a quién por voluntad soberana se halla unida; y muy digna es de la atención del sujeto que la posee y de que
éste la conozca y admire, empleando todos aquellos medios conducentes a
su desarrollo y perfección graduales.
Y bastará, seguramente, para movernos en sentido del conocimiento
propuesto; la comparación, siquiera sea ligera, de los dos elementos
constitutivos de nuestro ser. Mientras el cuerpo es mi todo material
formado por la agregación de partes, de idéntica naturaleza, el alma es
une substancia simple, que carece de composición. El cuerpo se encuentra
estrechamente ligado al mundo físico, del cual forma parte, y el alma
tiende a lo semejante, que es el mundo espiritual. El cuerpo está
sometido a las llamadas leyes físicas, ciegamente obedecidas por todos
los seres materiales. Está el alma regida por leyes especiales, a las
que no siempre da cumplimiento la voluntad del hombre.
Las partes del cuerpo, las moléculas que le constituyen, están sujetas a
un movimiento y evolución constantes, en virtud de los cuales se
eliminan y renuevan incesantemente, hasta el punto de que, en relativo
breve espacio de tiempo, se efectúe la renovación total. El alma por el
contrario, es idéntica, lo cual significa que no hay alteración en lo
que constituye su ser propio, permaneciendo, constantemente la misma.
El cuerpo crece y se desarrolla por la asimilación de moléculas o partes
materiales. El alma, en cambio, se perfecciona por el ordenado
ejercicio de sus facultades y medios de acción, aumentando en afectos y
en ideas pero nunca en lo que forma su naturaleza invariable.
Finalmente, el cuerpo tiene su principio en las funciones
orgánico-fisiológicas de la generación y el alma en el acto sublime de
la creación. El cuerpo perece y acaba, cesando la unión de sus partes,
descomponiéndose y mezclándose sus elementos constitutivos con los
semejantes del mundo físico, mientras el alma, roto su lazo de unión con
la materia, vuela a la región altísima, en cumplimiento de su noble
destino.
Digno de admiración es, sin embargo, que la íntima, substancial y
personal unión, dé por resultado la existencia de un solo ser, que se
denomina filosóficamente el yo. Este yo es el hombre sujeto de actos y
funciones diversas, que indistintamente corresponden a las dos
substancias que concurren a su formación.
Pasemos ya a la división de la interesante materia, objeto de nuestro
estudio.
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