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J. Vicente Viqueira - La Psicología
Contemporánea
Capítulo VII - LA PSICOLOGÍA OBJETIVISTA
CAPÍTULO VII
La psicología objetivista
(1)
(2)
(3)
(4)
(5)
(6)
(7)

El objetivismo en psicología. Comte y la frenología de Gall. W. Wundt y el objetivismo -
Materialismo.
Energetismo. Epifenomenismo - La Psicología objetiva de Bechterew - El conductismo de Watson. Su crítica de la introspección -
La conducta como objeto de estudio. Reducción de lo psíquico a la conducta. Fines del conductismo. Métodos. Crítica del
conductismo - El neovitalismo y Driesch - El psicoanálisis de Freud. Bleuler
- Bibliografía
I. Materialismo. Apenas quedan ya, hoy día, restos aislados de esta corriente. Como es sabido, se han
presentado en la historia de la
filosofía varias formas de materialismo. En la Antigüedad hallamos el materialismo dualista: la materia que constituye el espíritu es
una materia más fina, más sutil, que la que forma los cuerpos (4). Con el progreso filosófico, en la Edad Moderna aparece el
materialismo monista; es decir, el que afirma que sólo existe una clase de materia. Aquí de nuevo surgen diferentes direcciones. A
saber:
1.ª El materialismo atributivo, para el que lo psíquico es un atributo de la materia (5).
2.ª El materialismo causal, para el que lo psíquico es un efecto de la materia; está producido por la
materia (6).
3.ª El materialismo ecuativo, que considera lo psíquico
y lo material como idénticos porque lo psíquico puede reducirse a lo material
(7).
Hoy día, como se dijo, no queda un representante importante de esta posición filosófica. En los últimos
tiempos se acercó a ella el
naturalista alemán Haeckel (1834-1919), que se halla dentro de la filosofía de la evolución. Más que un materialismo, defiende un
monismo panteísta:
«Nos mantenemos firmes en el monismo puro e inequívoco de
Spinoza: la materia, como la sustancia extensa interiormente,
y el espíritu (o energía), como la sustancia que siente y piensa, son los dos atributos fundamentales o propiedades fundamentales del
ser divino cósmico, que todo lo abarca, de la sustancia universal» (8). Los átomos sienten placer en la concentración; dolor, en la
rarefacción; el sentir y la tendencia se transforman, en la naturaleza orgánica, en sensación y voluntad; en el grado más alto, en
conciencia y pensamiento.
El materialismo proviene, por una parte, de una falta de sentido psicológico, y por esto, como tendencia, es
perjudicial a la
psicología; impide penetrar en la conciencia y analizarla y explicarla,
pues suplanta, como lo ha mostrado ya Wundt (9), lo psíquico
por una fisiología hipotética, y las más de las veces fantástica, del cerebro. Pertenece, pues, a las viejas corrientes de la
psicología
metafísica, que suponían, primero, un sustrato de los procesos psíquicos y luego derivaban especulativamente éstos de aquél; es decir,
procedían en forma inversa a como ahora, en general, procedemos. Por otra parte, el materialismo nace siempre de una falta de desarrollo
filosófico, o de una falta de cultura filosófica, pues es una posición metafísica primitiva que ya ha sido superada por la
filosofía
hace siglos. Su critica ha sido hecha repetidamente, en particular por F. A. Lange (1828-1875) (10); nos limitaremos aquí, por
consiguiente, a algunas ligeras observaciones acerca de su imposibilidad, que serán convenientes por lo olvidado que está el punto de
vista del materialismo en los medios científicos y por conservarse aún popularmente en forma de tendencia, ya que el hombre se inclina
espontáneamente a representarse toda la realidad según el modelo de lo que cae bajo sus sentidos, ante todo de la vista y el tacto; para
lo cual hay una razón obvia, y ésta es el interés que la vida nos fuerza a dirigir al mundo en que nos desarrollamos y movemos.
Como argumento capital en favor de la afirmación materialista, no puede aducirse más que la relación de
dependencia de lo psíquico con
respecto a los procesos cerebrales; es decir, que estos últimos condicionan la actividad de conciencia. Es ésta una relación que nadie
puede negar y que hay que tener en cuenta indudablemente. Ahora bien; dicha relación no es de identidad de lo material y lo espiritual,
sino de dependencia o causal, y, por lo tanto, de ninguna manera obliga a aceptar la tesis materialista, tanto más cuanto que puede
explicarse de una manera satisfactoria desde los más diversos puntos de vista, dentro de las más diversas concepciones metafísicas,
cuyo valor no depende precisamente de esto, como veremos en el Capítulo VIII. El reconocimiento de la dependencia de la actividad
anímica con respecto de lo cerebral-material, no nos lleva, pues, en manera
alguna, al materialismo. Es importante, por consiguiente, hacer notar
que
el único argumento aparentemente en favor del materialismo no tiene el valor lógico más mínimo.
En cambio, en contra del materialismo se presentan graves dificultades que lo hacen insostenible. Claro que
aquí debemos entender por
materia lo que la ciencia entiende: el sustrato espacial de los fenómenos físicos, fenómenos que se reducen a movimiento. He aquí
cómo
un psicólogo contemporáneo resume dichas dificultades: «La materia, en general, no existe en ninguna parte; lo que existe son las
diferentes materias; la materia, como un concepto genérico del pensar, es un producto del entendimiento. ¿Y de este producto del
entendimiento se pretende que el pensar ha de depender como una propiedad o estado? Si partimos de las materias que realmente existen,
quizá de las materias fundamentales químicas, nos encontraremos con que el conocimiento de éstas nos lo proporciona la conciencia.
Están presentes con sus propiedades sólo cuando las vemos, las oímos y las tocamos. La conciencia que se pretende ha de derivarse de la
materia, es, pues, el supuesto de la misma. De una manera exactísima pone de relieve esto Schopenhauer cuando dice: «Súbitamente se
presentó el último eslabón como punto de apoyo del primero, del que el primero ya pendía, la cadena como círculo y el materialista se
asemejaba al Barón de Munchausen que atravesando a caballo y a nado un río, sujetaba su caballo con las piernas y se colgaba él mismo
de su propia coleta que le caía por delante de la cabeza». «El materialismo es, pues, un ensayo de derivar lo inmediatamente dado de
lo dado mediatamente» (11). Lo inmediatamente dado es el espíritu; el concepto de materia no es más que una construcción del espíritu,
por lo tanto un aspecto del espíritu. Concederle realidad es convertir una representación general
en sustancia, lo que hoy reconocemos
todos como absurdo. Realidad sólo podemos atribuírsela al espíritu.
Consideremos ahora las diferentes formas del materialismo moderno para ver cómo, además, lo psíquico es
irreductible a lo material. El materialismo atributivo considera a lo psíquico como un atributo o propiedad de la materia. Pero
ante todo: ¿qué es un atributo o
propiedad? Algo que sólo existe como una modificación de una realidad determinada y que, por lo tanto, forzosamente tenemos que pensarlo
unido a ella. Nadie podrá decir que no puede pensar lo psíquico (un sentimiento, un recuerdo, etc.) sin tener
en cuenta los procesos
hipotéticos materiales de los que se dice ser atributo. Y ¿qué propiedad de la materia es lo psíquico? La perplejidad ante
esta
cuestión pone ya de relieve la inconsistencia de la tesis. En general se responde que
el movimiento; así Haeckel dice que el alma es
«la suma de los movimientos del plasma en las células ganglionares». Ahora bien; nada hallamos
en los datos de conciencia que nos muestre a éstos como movimientos, y,
como repetiremos con
respecto al materialismo causal, combinando movimientos sólo obtendremos movimientos, no estados psíquicos.
Efectivamente; de la misma manera se muestra el materialismo causal (lo psíquico es un resultado de lo
físico-fisiológico) como
insostenible. Los fenómenos físicos son, en el fondo, movimientos, y de movimientos, como acabamos de decir, no surgen más que
movimientos. Ya Leibniz decía: «Es preciso confesar... que la percepción, y lo que de ella depende, es inexplicable por
razones
mecánicas, es decir, por las figuras y el movimiento. Fingiendo una máquina, cuya estructura haga pensar, sentir, tener percepciones,
se la podrá concebir aumentada y conservando las mismas proporciones, de modo que se puede entrar y salir de ella como en un molino.
Dado esto por supuesto, no se encontrará, al visitar su interior, más que piezas que se empujan las unas a las otras; pero jamás algo
que pueda explicar una percepción» (12). El mismo pensamiento ha sido expresado por el fisiólogo Du
Bois-Reymond: «¿Qué relación
existe entre determinados movimientos de determinados átomos en mi cerebro, por una parte, y los hechos innegables no definibles e
irreductibles para mí, por otra, como siento dolor, siento placer, siento calor, siento frío, gusto algo dulce, huelo una rosa, oigo el
sonido de un órgano, veo rojo, e igualmente la certidumbre que de ellos dimana? Así, pues, ¿soy? Es y será en absoluto incomprensible
que a una multiplicidad de átomos de carbono, hidrógeno, nitrógeno y oxígeno no sea indiferente la posición en que se hallan y cómo se
mueven. De ninguna manera puede concebirse cómo de su actuación surge la conciencia» (13).
El problema se agudiza aún más en el materialismo ecuativo.
Aquí, para suponer la igualdad de lo psíquico y lo físico se puede suponer, o bien que
la materia es espacial, o bien que no lo es. Si
lo material es espacial, es evidente que ciertas representaciones nuestras tendrán este carácter, pero sólo en cuanto a su contenido,
pues ellas, como el resto de la vida psíquica, son algo que no se halla en el espacio, algo que transcurre en el tiempo. Por ejemplo: la
representación de una mesa es representación de un objeto espacial; pero como tal representación, no es grande ni pequeña, ni se halla
lejos ni cerca de mí, etc. Así decía ya David Hume : «¿Se puede concebir una pasión de una yarda de longitud, un pie de latitud y una
pulgada de profundidad? Pensamiento y extensión son, pues, cualidades totalmente incompatibles, que jamás pueden unirse en un sujeto».
«Una reflexión moral no puede ser colocada a la derecha o a la izquierda de una pasión, ni un olor o sonido puede tener una figura
cuadrada o circular. Estos objetos o percepciones se hallan tan lejos de exigir un lugar particular, que son incompatibles con él de
un modo absoluto, y aun la imaginación no puede atribuírselo. En cuanto al absurdo de suponer que existen
en ninguna parte, podemos considerar que si
las pasiones y los sentimientos se presentasen a la percepción como teniendo lugar particular, la idea de la extensión podría derivarse
de ellos lo mismo que de la vista y el tacto, lo que es contrario a lo que ya hemos establecido. Si no aparecen como teniendo un lugar
determinado, pueden existir de esta misma manera, ya que todo lo que concebimos es posible» (14). Por el contrario, si como se ha
intentado mostrar, lo material no es espacial, la materia cesaría de ser lo que tradicionalmente se ha considerado como materia y se nos
aparecería como muy afín al espíritu. Estaríamos, pues, en camino, no del materialismo, sino del espiritualismo.
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(4) Véase la Einleitung in die Philosophie (Introducción a la Filosofía), de O.
KÜLPE. Representantes del materialismo dualista: Demócrito, Epicuro y Lucrecio.
(5) LUDWIG BÜCHNER, Kraft und Stoff (Materia y fuerza).
(6) Por ejemplo, C. VOGT, Köhlerglaube und Wissenschafl (Fe de carbonero y
ciencia), 1885.
(7) Afirmaciones de este materialismo burdo, con las de las otras formas en las obras de los materialistas modernos. En Uberweg
un tipo particular.
(8) HÄCKEL, Welträtsel (Los enigmas del Universo), pág. 14.
(9) Capítulo II de este libro.
(10) En el famoso libro: Geschichte des Materialismus (Historia
del materialismo), 1866.
(11) ELSENHANS, Lehrbuch der Psychologie (Manual de Psicología),
págs. 60-61.
(12) La Monadologie, pág. 17.
(13) E. Du BOIS-REYMOND, Ueber die Grenzen des Naturerkennens, 7.ª ed.
1891, pág. 42.
(14) Tratado de la naturaleza humana. Traducción de J. V. VIQUEIRA,
págs. 365 y 367.
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