TORRE DE BABEL

PRINCIPAL

  Bibliografía 

Enlaces  

Ejercicios

Estudios

 

 

Introducción a su pensamiento     (english version)

Galería de Imágenes

Genealogía  

Grabaciones

 

 

Libro de visitas

Noticias

Obras de Ortega

Reseñas

Textos de Ortega

 

 

DE LA ELEGANCIA

Selección de textos y citas de José Ortega y Gasset sobre la elegancia.
Preparada
por Álvaro Bastida Freijedo.

Google
 

 

      

Apéndice al tomo Idea de principio en Leibniz, redactado probablemente en 1947. Texto no incluido en las Obras Completas, publicado en la colección El Arquero, páginas. 375-378.

 

Apéndice al tomo Misión de la Universidad, redactado en 1949. Texto no incluido en las Obras Completas. Publicado en la colección El Arquero.

 

El mito del hombre allende la técnica, 1951. Obras Completas, IX, página 622.

 

Idea de principio en Leibniz, 1947. Obras Completas, VIII, página 293n.

 

Meditación de nuestro tiempo, Curso de Buenos Aires 1928, páginas 228-238. No incluido en las Obras Completas. Editorial F.C.E.

 

Origen y epílogo de la filosofía, 1943.  Obras Completas, IX, página 349. 

 

¿Qué es filosofía?, 1929. Obras Completas, VII, página 435.

 

Apéndice al tomo Idea de principio en Leibniz, redactado probablemente en 1947. Texto no incluido en las Obras Completas, publicado en la colección El Arquero, páginas. 375-378.

 

“La cosa es endemoniadamente paradójica pero, a la vez, sin remedio. Porque elegir es ejercitar la libertad y resulta que eso ser libres tenemos que serlo a la fuerza. Es la única cosa para la cual el hombre no tiene últimamente libertad: para no ser libre. La libertad es la más onerosa carga que sobre sí lleva la humana criatura, pues al tener que decidir, cada cual por si, lo que en cada instante va a hacer, quiere decirse que está condenado a sostener a pulso su entera existencia, sin poderla descargar sobre nadie. Si volvemos del revés la figura de la libertad nos encontramos con que es responsabilidad. Esta es la gran pesadumbre: todas las otras, las pesadumbres en plural, se originan en ella. Al brotar de mi elección las acciones que componen mi vida resulto responsable de ellas. Responsable, no ante un tribunal de este o del otro mundo, sino por lo pronto responsable ante mi mismo. Porque si la acción tiene que ser elegida necesito justificar ante mi propio juicio la preferencia, convencerme de que la acción escogida era, entre las posibles, la que tenía más sentido. En efecto, los diversos proyectos de hacer que de cada situación nos vienen sugeridos no se nos presentan casi nunca como equivalentes. Al contrario, apenas los descubrimos se colocan ante nosotros automáticamente, formando rigorosa jerarquía en cuya cúspide aparece uno de los proyectos como siendo el que tiene más sentido y por tanto el que habría de ser elegido. Si no fuera así, si los varios proyectos de acción posible ostentasen igual dosis de sentido, si fuesen, por tanto, indiferentes, no cabria hablar de elección. Nuestra voluntad se posaría por un azar mecánico sobre cualquiera de ellos como la bolita de la ruleta se queda en el alvéolo de un número: lo cual no es elección sino «buen tun-tun». Elegir supone tener a la vista los diversos naipes que es posible jugar: el óptimo, el simplemente bueno, el que no vale la pena y el que es franco contrasentido. Ciertamente, somos libres para preferir este último, aun a sabiendas de que no es preferible, pero no podemos hacerlo impunemente. La acción insensata o que tiene sentido deficiente, una vez elegida, va a llenar un pedazo incanjeable de nuestro tiempo vital, va a convertirse, por tanto, en trozo de nuestra realidad, de nuestro ser. El albedrío nos ha jugado, pues, una mala pasada. En vez de hacernos ser esa óptima realidad que era posible, en vez de dar paso franco a ese mejor ser nuestro que se nos presentaba como el qué teníamos que ser, por tanto, como el auténtico, los ha suplantado por otro personaje inferior. Esto equivale a haber aniquilado una porción, mayor o menor, de nuestra verdadera vida que ya nadie podrá resucitar porque ese tiempo no vuelve. Hemos vulnerado nuestra propia persona, hemos practicado un suicidio parcial y la herida queda abierta para siempre, mordiendo no sabemos qué misteriosa entraña incorpórea de nuestra personalidad. Cualquiera que sea su calibre tenemos conciencia de haber cometido un último crimen, del que esa mordedura inextinguible es el «remordimiento». Los crímenes íntimos se caracterizan porque el hombre se siente de ellos, a la vez, autor, víctima y juez.

No hay orden de la existencia, mayúsculo o minúsculo, que no nos fuerce a optar entre hacer las cosas de un modo mejor o de un modo peor. Y es ya pésimo síntoma creer que el drama de la elección se da sólo en los grandes conflictos de nuestra vida, en las situaciones que tienen trascendencia histórica. No: una palabra se puede pronunciar mejor o peor y tal gesto de nuestra mano puede ser más grácil o más tosco. Entre las muchas cosas que en cada caso se pueden hacer hay siempre una que es la que hay que hacer.

Pero la división más radical que cabe establecer entre los hombres estriba en notar que la mayor parte de ellos es ciega para percibir esa diferencia de rango y calidad entre las acciones posibles. Sencillamente no la ven. No entienden de conductas como no entienden de cuadros. Por eso tienen tan poca gracia y es tan triste, tan desértico el trato con ellos. Esa ceguera moral de la mayoría es el lastre máximo que arrastra en su ruta la humanidad y hace que los molinos de la historia vayan moliendo con tanta lentitud. Son muy pocos, en efecto, los hombres capaces de elegir su propio comportamiento y de discernir el acierto o la torpeza en el prójimo.

En el latín más antiguo, el acto de elegir se decía elegancia como de instar se dice instancia. Recuérdese que el latino no pronunciaría elegir sino eleguir. Por lo demás, la forma más antigua no fue eligo sino elego, que dejó el participio presente elegans. Entiéndase el vocablo en todo su activo vigor verbal; el elegante es el «eligente», una de cuyas especies se nos manifiesta en el «inteligente». Conviene retrotraer aquella palabra a su sentido prócer que es el originario. Entonces tendremos que no siendo la famosa Ética sino el arte de elegir bien nuestras acciones eso, precisamente eso, es la Elegancia. Ética y Elegancia son sinónimos. Esto nos permite intentar un remozamiento de la Ética que a fuerza de querer hacerse mistagógica y grandilocuente para hinchar su prestigio ha conseguido sólo perderlo del todo. Como esto se veía venir, combato hace un cuarto de siglo bien corrido para que no se trate la Ética en tono patético. La patética ha asfixiado la Ética entregándola a los demagogos, que han sido los destructores de todas las civilizaciones y los grandes fabricantes de barbarie. Por eso he creído siempre que en vez de tomar a la Ética por el lado solemne, con Platón, con el estoicismo, con Kant, convenía entrarle por su lado frívolo que es el más profundo, con Aristóteles, con Shaftesbury, con Herbart. Dejemos, pues, un rato reposar la Ética y, en su lugar, evitando desde el umbral la solemnidad, elaboremos una nueva disciplina con el título: Elegancia de la conducta, o arte de preferir lo preferible. El vocablo «elegancia» tiene además la ventaja complementaria de irritar a ciertas gentes, casualmente las mismas que, ya por muchas otras razones previas, uno no estimaba." 

 

Apéndice al tomo Misión de la Universidad, redactado en 1949. Texto no incluido en las Obras Completas. Publicado en la colección El Arquero.

 

“Se suele tener de ésta [de la elegancia] una idea estúpida y superficial. Se ignora por completo que es un ingrediente y, a la vez, un síntoma de toda vida auténticamente enérgica. [...]

La elegancia debe penetrar, informar la vida íntegra del hombre desde el gesto y el modo de andar, pasando por el modo de vestirse, siguiendo por el modo de usar el lenguaje de llevar una conversación, de hablar en público, para llegar hasta lo más íntimo de las acciones e intelectuales. Nuestra manera de reaccionar ante lo que le prójimo nos hace, puede ser elegante o inelegante. Apoderarse de las acciones de una gran compañía industrial puede hacerse elegante o inelegantemente. En fin, es bien notorio que de un problema matemático  por ejemplo, demostrar un teorema se puede dar una solución “elegante”. Quien quiera precisarse a sí mismo cuáles son los rasgos que hacen elegante un razonamiento matemático comprenderá, como iluminado por un relámpago de intelección, todo lo que llevo insinuado sobre la virtud vital humana llamada elegancia.”  

 

El mito del hombre allende la técnica, 1951. Obras Completas, IX, página 622.

 

“Pero este ser se encontró, por primera vez, ante estos dos proyectos completamente diferentes: ante los instintivos, que aún alentaban en él y ante los fantásticos, y por eso tenía que elegir; seleccionar.

¡Ahí tienen ustedes a este animal! El hombre tendrá que ser, desde el principio, un animal esencialmente elector. Los latinos llamaban al hecho de elegir, escoger, seleccionar, eligere; y al que lo hacía, lo llamaban eligens o elegens o elegans. El elegans o elegante no es más que el que elige y elige bien. Así pues, el hombre tiene de antemano una determinación elegante, tiene que ser elegante. Pero aún hay más. El latino advirtió como es corriente en casi todas las lenguas que después de un cierto tiempo la palabra elegans y el hecho del «elegante» -la elegantia- se había desvaído algo, por ello era menester agudizar la cuestión y se empezó a decir intelegans, intelligentia: inteligente. Yo no sé si los lingüistas tendrán que oponer algo a esta última deducción etimológica. Pero sólo puede atribuirse a una mera casualidad el que la palabra intellegantia no se halla usado igual que intellígentia, como se dice en latín. Así pues, el hombre es inteligente, en los casos en que lo es, porque necesita elegir. Y porque tiene que elegir, tiene que hacerse libre. De ahí procede esta famosa libertad del hombre, esta terrible libertad del hombre, que es también su más alto privilegio. Sólo se hizo libre porque se vio obligado a elegir, y esto se produjo porque tenía una fantasía tan rica, porque encontró en sí tantas locas visiones imaginarias.” 

 

Idea de principio en Leibniz, 1947. Obras Completas, VIII, página 293n.

 

“Pero esas gentes que de nada entienden, menos que nada entienden de elegancia, y no conciben que una vida y una obra puedan cuidar esta virtud. Ni de lejos sospechan por qué esenciales y graves razones es el hombre el animal elegante. Dies irae, dies illa.”

 

Meditación de nuestro tiempo, Curso de Buenos Aires 1928, páginas 228-238. No incluido en las Obras Completas. Editorial F.C.E.

 

“¿Pero qué es la elegancia?  Al preparar esta conferencia he tropezado con unas viejas notas que nunca he escrito, desarrollado ni comunicado, donde se intenta responder a esa pregunta. Yo quisiera proponer sus ideas al juicio benévolo de ustedes [...] haciendo una breve meditación de la elegancia [...]

Tal vez han olvidado ustedes que esta pregunta no surgió arbitrariamente y como por escotillón. Hacía yo notar, y me interesa reiterarlo, que el aspecto tomado por la vida en la casi totalidad de los pueblos europeo-americanos es hoy de una belleza insólita, muy pocas veces lograda en los ámbitos históricos. Y esta belleza más aún que vagamente tal debe ser denominada elegancia. Gente elegante la ha habido siempre, lo cual debía bastar para que el hecho de la elegancia hubiese atraído un poco más la meditación de los meditabundos, puesto que esa persistencia desde los pueblos más primitivos hasta el día revela que es la elegancia una dimensión o potencia esencial al hombre. A mí me bastaría saber como sé, que Julio César fue un elegante y que cuidaba mucho de llevar desceñida su toga justo un poco más que era uso, para que el tema me atraiga, porque si ha habido en el paisaje de la humanidad figura de varón ejemplar, esencial y completa ha sido la de éste.

Pero además, repito, si pensamos una hora cualquiera de la historia, estén ustedes seguros que sorprenderemos en ella a alguien que es elegante, y junto con él, a alguien que lo quiere ser. El elegante y su sombra, quiero decir su snob inseparable, se ha definido en todos los momentos del pretérito.

Sin embargo, no es esta verdad demasiado trivial la que yo pretendía insinuar, sino más bien, ser característico de nuestro tiempo lo que casi nunca ha acontecido: que la vida del hombre medio sea ella elegante, que sea por tanto elegante inclusive el que no lo es por su propio don.

Pero el señor que se entera siempre un poco tarde cuando nuevas maneras de mirar se inician, oigo que me dice: esa es una observación digna de un cronista de sociedad. [...]

Y bien, ¿qué importa? Si en la crónica de sociedad ha ido a perderse un cabo de la verdad hasta ella iremos sin ascos, sin remordimientos ni nostalgia abandonaremos las cátedras solemnes, los reverendos tratados donde la verdad falte. Ciertamente, no es lo más verosímil que en una crónica de sociedad venga a labrar su nido la discreción; pero tampoco es admisible huir a priori de lo que hasta el día no ha sido consagrado por el respeto. De esta manera sería imposible todo avance, todo nuevo enriquecimiento.

El hombre propende a no interesarse sino por aquellas cosas que se  presentan con un gesto solemne, con un ademán patético, con un pasado de tradición que las consagra. De esta manera no podríamos avanzar. El pasado tiende a ahogarnos, pretendiendo que juntemos en nuestro angosto corazón las admiraciones que por separado han sentido los siglos. De este modo aconteciera que el mundo, todo él plenitud, tendría que quedar consagrado al culto de lo que fue, y no quedara lugar ni margen para que los hombres de hoy ni de mañana puedan vivir su vida actual en contacto inmediato y fresco con las esencias puras del vivir.

Es preciso, por lo visto, que toda cosa traiga su gesto ritual, si no, no se la cree, y de ordinario parece forzoso que el científico tenga un aspecto un poco pedante para que se reconozca su ciencia o se vea en el rostro severo y macerado del virtuoso la huella de su virtud. Pero esto tiene el inconveniente de que facilita el fraude, y en efecto, en la evolución de toda cultura están constantemente apareciendo gesticulaciones vanas, apariencias falaces de inanidad como una vegetación parasitaria que va ahogando todo lo substancial y auténtico.

Si la vida y la cultura misma no han de quedar estranguladas, es preciso que sobrevengan épocas que poden todas esas excrecencias y prefieran quedarse  sólo con lo sustancioso y eficiente. Esas épocas, cuando llegan, tienen un aire diabólicamente irrespetuoso, porque en efecto parecen decididas a no reconocer sus privilegios a todas estas gesticulaciones y fraseologías y exigen, perforando su cartón, la realidad que tras ellas pretende esconderse.

La irrespetuosidad superlativa de nuestro tiempo tiene, junto a otras a otras raíces menos saludables,  [...] una buena raíz que es esta: parece decidida a que la vida se reduzca a su propia verdad, a desasirse de todo lo que no es positivo y esencial. Se va como a una nudificación de la existencia.

Los jóvenes, con su inesperada y en este punto venturosa subversión, parecen decididos a desechar toda frase y gesto ritual,  convencidos de que lo auténtico, en ciencia, en arte, en moral, seguirá siéndolo, mejor aún, lo será más puramente si no se ampara en vanos gestos y solemnes aspavientos. En suma, tomemos la solemnidad y retorzámosla el pescuezo. Queremos que el hombre deje de ser cisterna y vuelva a ser manantial.

Y ahora veremos cómo el tema de la elegancia [...] nos insinúa gentilmente y sin darse el aire de ello, hasta zonas profundas de nuestra vida. La elegancia es una sutil calidad, gracia, virtud o valor que puede residir en cosas de la más varia condición. En la matemática hay soluciones elegantes, y en la literatura elegantes expresiones. Pueden ser elegantes ciertos utensilios y manufacturas humanas, la forma de un jarrón, la línea de un automóvil, la fachada de un edificio, el gálibo de un yate, el corte de un vestido. Pero también son elegantes ciertas cosas de la naturaleza, el perfil de una serranía, el álamo en forma de huso, la planta de un caballo o de un toro. El hombre puede poseer la elegancia en la figura de su cuerpo, pero también en su alma o modo de ser; y hay gestos elegantes y hay acciones que lo son, puesto que existe una elegancia moral que no es igual a la simple bondad u honestidad. En fin, hasta hay sentimientos elegantes, porque es curioso recordar que dos seres tan distantes en todo como Aristóteles y la reina gótica doña Blanca de Navarra, coinciden casi en las palabras de esta misma frase: «la melancolía, propia de toda alma bien nacida, la melancolía es un sentimiento elegante; no lo es la tristeza».

¿Lo ven ustedes? Todo tema es agradecido. Ha bastado  que diéramos un pinchazo con el pico de la atención en la desdeñada crónica de modas para que la elegancia escapándose de ella amenace invadir el mundo. Como que ahora lo difícil es no perderse en tan vasto y multiforme panorama y dar con la nota esencial y única que infunde la elegancia en tantas y tan distintas cosas elegantes.

¿A qué llama el matemático solución elegante de un problema, demostración elegante de un teorema? Nótese que a la matemática le interesa estrictamente resolver y demostrar. Como las soluciones y demostraciones inelegantes a la postre lo logran lo mismo que las elegantes, quiere decirse que la elegancia matemática rebasa de las virtudes estrictas de la matemática, que es algo superior o por lo menos ajeno a esta ciencia, y que viene súbitamente a resplandecer y penetrar dentro de ella. Se dice que una demostración es elegante cuando se consigue probar un teorema con el menor número de ideas intermediarias [...]

Pues bien, yo diría que la elegancia matemática consiste en hallar la línea intelectual más corta entre un teorema y su demostración.  Donde  se elimina lo sobrante hay elegancia.

Entonces, se me hará observar, la elegancia matemática es simplemente economía intelectual. Se trata con ella de ahorrar esfuerzo, de suprimir elementos innecesarios. Pero aquí nos encontramos con lo peregrino y sustancioso del caso. El matemático sabe muy bien que la economía lograda por la elegancia es prácticamente mínima e inoperante y, en cambio, se da cuenta de que su emoción y su entusiasmo por el sesgo elegante de un razonamiento son provocados precisamente por lo contrario que un ahorro de esfuerzo. Lo que aplaude es que el elegante ha sabido hallar una prueba la cual por ser más breve es precisamente más difícil de encontrar, por tanto, que ha empleado un sobrante de fuerza intelectual más allá de la requerida, que ha hecho, pues, sin aparente esfuerzo algo más difícil y superfluo. Y, en efecto, la prueba elegante es la manifestación de un intelecto rebosante y elástico, que supera la dosis exigida, que representa un exceso de potencia, un hijo de la mente. Hay otras formas opuestas de manifestarse este lujo y esta sobra de potencia, por ejemplo, la que consiste en complicar excesivamente los problemas. Entonces no hay elegancia. Por lo visto, reside ésta en la expresión sobria de una lujosa, exuberante capacidad que la matemática no necesita, que le es añadida y como regalada. Ya el hecho de  que en una ciencia como ésta donde todo anda sometido a rigorosa disciplina, que tiene unas maneras y unos hábitos tan conventuales aparezca de pronto esta palabra elegancia, siempre fragante de aromas mundanales nos indica que bajo ella el matemático siente un entusiasmo más que matemático, la jocundia de percibir en medio de su severa labor la pura dote vital del hombre que es el talento, no el talento como facultad especializada sino como poder primario y universal fuente inagotable de que preceden los otros talentos menores y forzosos.

Si ahora nos preguntamos en qué consiste la elegancia atribuida a la línea de un automóvil o al perfil de yate nos encontramos con lo siguiente: son ambos artefactos creados para resbalar velozmente el uno sobre las calzadas, el otro sobre la espalda del mar. Ahora bien, nos parece que el automóvil ha llegado a su línea más elegante cuando visto en sección tiene la figura de rectángulo alongado y tendido sobre su lado mayor. Parejamente el yate ha de ser largo y estrecho. ¿Es esto un azar? Sabido es que el hombre no puede mirar una figura geométrica sin inyectar en sus puras líneas exánimes cierto dinamismo; que no podemos ver una columna bajo un frontis sin verla dotada de un esfuerzo que la hace sostener el frontis ni a éste sin sentir su gravamen, su pesadumbre actuando sobre el cuerpo gentil de la columna. Quiere esto decir que las figuras en el espacio son siempre representación de fuerzas, expresión de algo dinámico. Como la fuerza del automóvil ha de ejercerse en  sentido horizontal su expresión más adecuada será una figura tendida y alargada, y de las figuras tendidas y alargadas la más simple es el rectángulo. Tenemos, pues, en materia tan distante de la matemática como es un automóvil el mismo módulo de elegancia: la expresión más sobria de una de una máxima potencialidad, de un poder activo y funcional. Antes era la función resolver problemas, ahora es deslizarse sobre un elemento, tierra o aire.

Pero es evidente que este dinamismo vital del automóvil no existe en él sino que nosotros desde nuestras propias sensaciones corporales lo proyectamos en el artefacto. Esto me importa mucho: sólo  en la medida en que sentimos un objeto como viviente podemos descubrir en él elegancia. La fuerza meramente mecánica no puede encontrar manifestación elegante. Dicen que un día podrá desintegrarse el átomo y que la fuerza desarrollada por tal desintegración será mayor, en tan minúsculo trozo de materia, que en toda una mina de carbón. No obstante, ese átomo no será nunca elegante porque su dinamismo no es vital. Por lo visto la elegancia es exclusivamente atributo y gracia de la vida.

Ello es que la elegancia primaria es la del animal y la superlativa la del ser en quien la vida culmina: el hombre, y del hombre ante todo la de su corporeidad donde residen las funciones vitales decisivas. Y bien ¿qué figura de varón es más elegante? No hay duda: el hombre alto y sobrio de carnes, es decir, el rectángulo vertical y la figura más simple. Lo elegante de un cuerpo es su esbeltez. En ella, con volumen de la forma más sencilla se manifiesta la plenitud de potencias zoológicas elementales, la agilidad, la elasticidad, la energía, muscular etc. En cambio, la figura de la mujer suele quedar oscurecida [por] la gracia y la belleza que son calidades muy diferentes de la elegancia. A mi juicio se debe esto a que no estimamos, no nos interesa la mujer preferentemente por su funcionalidad, por su capacidad de cumplir esta o la otra actividad. No la vemos como puesta al servicio de nada, sino quieta en si misma, inactiva, dando a la atmósfera la irradiación odorante de su ser, no la utilidad de su hacer. Creo haber sido el primero en formular que el hombre vale por lo que hace y la mujer por lo que es; que la más fértil actuación de ésta no consiste en afanarse por uno o lo otro, sino en una peculiar pasividad aparente, en un estar y ser, como la rosa en el rosal.

Y representa una inesperada confirmación de esta idea el hecho de que la elegancia corporal, no la indumentaria, trasparece menos en la mujer que en el hombre. En éste nos importa siempre lo que es capaz de hacer y agradecemos complacidos que su esbeltez declare con la figura más sencilla el máximo de su poderío corporal.

No es posible seguir recorriendo casos de elegancia: quede el análisis para que los curiosos del tema lo prosigan y completen. Algo sería, sin embargo, necesario decir de la elegancia del traje; pero sólo para ingresar en el tema tendríamos que hacer no pocas preparaciones. Las ideas que abundan sobre lo que es la vestimenta y su origen en la especie humana andan tan lejos de lo que es y fue la verdad, que no habría manera de entenderse respecto a la historia y significación del traje y sus variaciones.

Piensen ustedes que de todas las ideas la más errónea es justamente la más extendida, según la cual sería el origen del traje utilitario, con una finalidad práctica, de cubrirse ante la intemperie. Sin embargo, el hecho hoy bien notorio por los trabajos de los etnógrafos es que el primer traje fue la pluma de ave que pone sobre su frente el cazador, ciertamente que no con ánimo de cubrirse, sino todo lo contrario, de descubrirse ante los ojos de los demás, de hacerse notar. Sobre su frente, la pluma oblicua es el acento que acentúa su persona. Y si no es la pluma es el collar de conchas, o de huesos o de dientes de fieras. El collar, el primer traje, es decir que el primer traje fue un adorno, que el traje comenzó por lo más opuesto a la utilidad y a la práctica, por ser un ornamento, por ser un cuidado superfluo del cuerpo.

Está, pues, la idea recibida de tal modo opuesta a lo que todos los estudios etnográficos recientes van demostrando, que más vale no entrar en ello. Únicamente diré que este carácter expresivo y no utilitario del cuerpo, simbólico de estados interiores, como era simbólico el orgullo que siente el cazador por haber puesto su flecha debajo del ala del ave rara, como es la pluma, es poder expresivo, cuando luego en la historia se complica la existencia humana en sociedad, adquiere un valor simbólico representativo de fuerzas vitales que ya no son las corpóreas ni son puramente las íntimas espirituales, sino que son las fuerzas vitales sociales.

El traje elegante anuncia siempre un poderío social latente, el cual se expresa en la forma más sobria. Toda elegancia es modulación más simple de una moda dada, y la moda, a su vez, pretende expresar el bienestar de los círculos sociales superiores.

Pero yo no oculto a ustedes que contra esta teoría de la elegancia hay una fatal objeción. Si el prototipo de lo elegante es el cuerpo esbelto del varón y lo es porque expresa toda un serie de potencias vitales lujosas, de extremo activismo, de afán de movimiento, de carrera, de agilidad, de elasticidad, nos encontramos con que en todo el Oriente lo elegante es la obesidad.

¿Cómo se compagina lo uno con lo otro? Fuera fatal para la teoría no hallar salida ni compostura. En cambio, si esta teoría explica no sólo su norma europea sino también su excepción oriental, habría conseguido lo más a que puede aspirar una teoría, que es a un tiempo aclarar la regla y la excepción. En efecto, el Apolo chino, el Dios de la literatura, es un mandarín obeso, ventripotente, que con su corpulencia abruma a un caballito blanco. El Budha, retoño de la estirpe más elegante, la de los Shahyas, es representado como una figura inactiva, sentada, quieta, con formas tendientes siempre a la obesidad.

Pero más aún, en los libros indios, sobre todo en los libros de corte ritual, se dice una y otra vez que el Mahapurusha, es decir, el gentleman, el hombre distinguido, debe ser grueso para que se note que ha comido bien y no necesita trabajar.

He aquí, pues, una forma de elegancia que expresa lo inverso de lo que expresaba la elegancia occidental. Esta elegancia obesa anuncia afán de quietud, de inactividad.

Pero ahora recordemos que por otras insinuaciones de espíritu y de historia empezamos a comprobar que  hombre de Oriente siente en su raíz misma el vivir en dirección opuesta al occidental. Para el hombre de Occidente vivir es siempre más vivir, actuar, moverse, tener una misión, intentar, afanarse. Para el hombre de Oriente, por el contrario, vivir, lo que anhela y siente en el vivir como un ideal es todo lo contrario. Vivir, para  él, es desvivir, vivir cada vez menos sentir en cada instante menos su individualidad que a él le parece un pecado y un dolor, afanarse únicamente por disolver la personalidad, la individualidad en la unidad múltiple, en el océano de la vitalidad universal. Por eso, todo el ideal del Oriente acaba en el Nirvana, en el dejar de ser, lo que para el Occidente es símbolo de muerte y negación de vida.

Es justo pues que quien, en las raices mismas de su sentimiento vital prevea la existencia y la idealice como un ir dejando de ser, como una aspiración a la profunda quietud, simbolice en la elegante obesa esta renuncia al vivir, este afán de desvivir. En uno y otro caso, siempre es el afán, la capacidad o dinamismo vital peculiar, sea positivo o negativo, el que se manifiesta y el modo de manifestarse en la elegancia consiste en la sobriedad: es máximum y mínimum.

Hay un lugar en Dante en el cual, para representar unas almas todo llama que están cubiertas como por una atmósfera, gas o nube blanca, dice de ellas que «parva fuocco dietro all'alabastro»: parecen fuego tras de alabastro. He aquí, a mi modo de ver, el lema de toda elegancia: ser fuego y parecer frígido alabastro, ser actividad y dinamismo y frenesí y parecer contención y dominio y renuncia: la elegancia «parva fuocco dietro all'alabastro».” 

      

Origen y epílogo de la filosofía, 1943.  Obras Completas, IX, página 349. 

 

 “¿Qué es lo que hay que hacer [...]? Se trata de evitar el capricho. El capricho es hacer cualquiera cosa entre las muchas que se pueden hacer. A él se opone el acto y el hábito de elegir, entre las muchas cosas que se pueden hacer, precisamente aquella que reclama ser hecha. A ese acto y hábito del recto elegir  [al ser un hábito, sería una virtud en el sentido aristotélico] llamaban los latinos primero eligentia y luego elegantia. Es, tal vez, de este vocablo del que viene nuestra palabra inteligentia. De todas suertes, Elegancia debía ser el nombre que diéramos a lo que torpemente llamamos Ética, ya que es ésta el arte de elegir la mejor conducta, la ciencia del quehacer. El hecho de que la voz Elegancia sea una de las que más irritan hoy en el planeta es su mejor recomendación. Elegante es el hombre que ni hace ni dice cualquier cosa, sino que hace lo que hay que hacer y dice lo que hay que decir.

 

¿Qué es filosofía?, 1929. Obras Completas, VII, página 435.

 

“El presente en que se resume y condensa el pasado —el pasado individual y el histórico—  es,   pues, la porción de fatalidad que interviene en nuestra vida y, en este sentido, tiene ésta siempre una dimensión fatal y por eso es un haber caído en una trampa. Sólo que esta trampa no ahoga, deja un margen de decisión a la vida y permite siempre que de la situación impuesta, del destino, demos una solución elegante y nos forjemos una vida bella."