TORRE DE BABEL

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GLOSA (1)

A Ramón del Valle-Inclán (2)

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 Galicia es miserable como Mignon pero como ella tiene melodías admirables (3).
      Mi amigo, el anciano traductor de Virgilio sostuvo conmigo la polémica más galante. Es un anciano limpísimo y correcto que discute como, sin duda, discutiría Spinoza, como discuten los que viven en el campo; con una serenidad panteísta. Su voz no tiembla ni se irrita; fluye como el agua entre guijas
(4)
.
     ―Un país pobre es absolutamente despreciable. No merece una visita ―decía yo.
     ―Ved ―replicó el latinista― que puede hallarse gran belleza en la miseria mayor.
    
―Mi bueno y respetable amigo ―exclamé con toda impertinencia― Racine dice "que el honor sin dinero no es sino una enfermedad". Lo mismo la belleza. Si no es un hartazgo de vida es solo una abstracción. Yo no creo en el encanto de Toledo, con sus casas mustias atestadas de leyendas y sus calles tan antiguas, tan incómodas... Ya ve Vd. y encuentro seducción estética en los bulevares, nerviosos como músculos fuertes y en las avenidas numeradas de New York con sus casas de veinticinco pisos (5).
     ―No os falta razón, no os falta razón, joven ―pero venid, venid... y me llevó a su jardín. Un jardín, casi un huerto al fin del cual un mirador de piedra daba su frente al mar
(6).
     Me hizo sentar y se alejó sin decir palabra.
     A mi espalda, escondida entre hierbas altas, una fuente vertía su chorro interminable.
     El antiguo traductor de Virgilio me había jugado una mala pasada...
(7)

     En un abrazo inmenso, estrecha la tierra al océano. Como un gran lago la ría se extiende a la vista. La tierra va descendiendo a saltos desde la montaña al mar.
     El sol se ha puesto. Los campos son maizales de verdor pálido con sus amarillas cabezas de salvaje; son amplios toldos de parras con sus hojas anchas, paradisíacas, que hace la luz transparentes.
     Son masas de robleda oscuras y misteriosas. Los tres matices se repiten siempre, con dulce monotonía, como estribillos de una canción sin fin.
     La mirada se desliza suavemente halagándose en los verdores frescos del suelo. Y allá, al frente, en silueta sobre la cortina roja, crepuscular que tiende el sol al ocultarse, se incorporan sobre el mar
las islas Cies, moradas, de perfil sinuoso, con la majestad de viejos monstruos marinos, héroes de leyendas religiosas. El mar las ciñe plateado.
     Una luz blanca derrama sobre el cielo la campiña.
     Se perciben rumores de la vida que se apaga; lejanos ladridos que suenan como ecos: esquilas ignoradas con un tintinear de luceros. La carreta que avanza lentamente; los ejes prolongan sus dos notas chirriantes y alternadas.
     Va huyendo la luz de la tierra borrando los colores, volcando el misterio sobre las casas. Se aleja como una aparición celeste.
     Aún se advierte la línea blanca de la carretera y se escucha el rodar de los carruajes que vuelven de expediciones alegres: cascabeleando, dejando escapar gritos de mujeres excitadas.
     El cielo se oscurece. En el horizonte una línea larga de nubes plomizas, más allá de las islas, galopa sobre el mar atropelladamente.
     Una bandada de mozas enlazadas por los brazos llega, pasa y se aleja entonando melodías sencillas y prolongadas de una melancolía primitiva; a
mi espalda la fuente con habla cristalina, prosigue su cuento milenario.
     Parece que va a desarrollarse una intriga galante. Parece que van a sonar las cornamusas de dos pastores  rivales. El viento suave del mar acaricia al pasar. Los tonos amables y tibios de las casas y el plateado de moneda antigua que viste el mar, dan al paisaje una dulzura evangélica.
     Cerca de mí, a la puerta de una casita blanca, salmodia una vieja la oración más antigua. Una oración sencilla y franca que pide al cielo sanidad para los hijos y para las vacas.
     Se recuerda la vida de la ciudad como un impasible de rudezas. En cambio, se añoran
los
amores primeros y el ambiente envuelve los sentidos en un perfume de égloga.
     Rítmicamente los nervios se encogen fingiendo medrosidades apacibles...
     Es hundirse en la vida como en un colchón de plumas
(8).

   


NOTAS A "GLOSA
" (redacción: Noé Massó)

1. Glosa

En sentido musical, glosa es la variación libre sobre unas mismas notas; en sentido contable, una nota o reparo a unas cuentas. Los dos sentidos, estético y crítico, operan  de forma consciente en esta Glosa: es, por un lado, un ejercicio estético donde el joven madrileño ensaya variaciones líricas sobre el paisaje de su verano. Por otro, un reparo, una crítica del joven polemista a su propia posición inicial en la discusión acerca del progreso y la belleza, dando la razón a su oponente. 
         1902 es, para el joven Ortega, el año de las glosas, con las que inicia su producción intelectual. Poco antes de esta glosa lírica el joven licenciado debió escribir otras dos
Glosas inactuales, aún inéditas: “De la luz a las sobras” y “Jadear”. Ambas denuncian la caducidad de los ideales del XIX ante el comienzo del nuevo siglo XX. A finales de año publicará en Madrid una cuarta y última glosa, De la crítica personal”, donde reclama héroes de personalidad decidida que, armados de sinceridad, doten de conciencia e identidad al pueblo, salvándolo de la decadencia. 
         La aventura intelectual que abren estas
Glosas de 1902 desemboca en las Moralejas, serie de artículos que anuncia en diciembre de 1903 y concluye en el verano de 1906, cuando el joven doctor cuenta ya con veintitrés años. En las Moralejas vuelve a abordar los temas de las glosas (el progreso, la belleza, la casta, la crítica, el paisaje...), pero ahora
ahí la moraleja desde el bagaje intelectual y vital adquirido a lo largo de los últimos cuatro años. En ellos se ha empeñado en un ambicioso y heroico por solitario proyecto de estudios, con la  finalidad de adquirir una sólida formación científica para  impulsar  el progreso de la Nación. El estímulo decisivo para tramar y asumir ese proyecto de formación,  que acabará conduciéndole a Alemania, lo encuentra el joven filósofo en la Escuela de Artes e Industrias de Vigo: en su Biblioteca “descubre” la sociología como herramienta científica para reconducir la sociedad hacia el progreso; las conferencias de Maeztu, impartidas en la Escuela a lo largo de julio y agosto, le incitan la acción.           

2. A Ramón del Valle-Inclán

         Toda esta Glosa lírica no deja de ser un homenaje a Valle-Inclán, tanto en su estilo como en su escenario e incluso en su sentido, la superioridad de la belleza concreta frente a la idea general. A estas alturas del siglo Valle ha publicado Femeninas, Epitalamio y la Sonata de Otoño. Cuando en 1904 presente la Sonata de Estío, el joven critico le dedicará su primera recensión; en ella, al tiempo que confiesa su devoción por el maestro, le sugiere que abandone tanta “princesita rubia que hila en rueca de cristal” para contar “cosas humanas, harto humanas”.
       
 La admiración del joven pensador por el gallego responde a su literatura, a su personalidad extraña (“no eran las cosas extrañas las que le interesaban, sino los hombres interesados en cosas extrañas”, apunta Maeztu en 1916) y, ante todo, a su actitud de ruptura con los moldes establecidos y los autores consagrados, como Echegaray. Valle  representa lo que Ortega denominará la “irrupción de los bárbaros” (Azorín, Baroja, Unamuno...) en la apatía de la cultura española de finales del siglo XIX. 
         Es posible que en las largas conversaciones de este verano, Maeztu  le haya narrado su encuentro con don Ramón, que recuerda diez años después:

“En la esquina del Banco de España vio un hombre, como un fantasma, que se defendía con su bastón de unos estudiantes. El que llegaba de provincias fuese en defensa del hombre señero contra los agresores muchos. Y el hombre que era como un fantasma díjole en grande voz: “¡Échese a un lado , hidalgo, o arremeta conmigo a eztoz villanoz!”. Concluida la media batalla, los dos se hicieron conocidos, se dieron la mano, se presentaron:
         
Ramón del Valle-Inclán, literato.
         
Ramiro de Maeztu, periodista.
          Valle-Inclán era en “aquel tiempo” de la confusión de las lenguas españolas el modernista máximo. Cuando yo vine al mundo de la curiosidad intelectual, cuando comenzó a obrar sobre mí de un modo consciente la mitología ambiente, se estaba dando en Madrid un gran escándalo: este escándalo era Valle-Inclán.”
  (en “Pío Baroja: Anatomía de un alma dispersa”) 

3. Galicia es miserable como Mignon pero como ella tiene melodías admirables...

          En la novela de Goethe  Años de aprendizaje de Guillermo Meister, (libro II, cap. VIII) aparece Mignon: una extraña muchacha de doce o trece años,  morocha, crecha, desconfiada como gata brava y espabilada como perra hambrienta. Huérfana, ignorante, pobre y maltratada,  había sido acogida por un hermano trapecista, el Gran Diablo, y, muerto éste, por el feroz jefe de la tropa de saltimbanquis. 
          Bajo su miseria y aspereza,
Mignon
guarda embrujos que sólo muestra a quien sepa encantar su corazón: entonces baila exacta, viva y ligera, la misteriosa danza de los huevos o rompe a cantar una incitante y seductora canción italiana:

¿Conoces el país donde medra el limonero
 y doradas las naranjas bajo la parra brillan?
Del cielo azul baja breve la brisa 
Y placido el mirto y altivo el laurel vibran

Oh, sí, allá,
contigo amado mío, 
quisiera yo volar!

4. El anciano latinista traductor de Virgilio

¿Quién es este discreto “Virgilio” local que guía al joven esteta hacia el Mirador de la Belleza, el anciano “limpísimo y correcto” que enmienda la plana al joven progresista? No podemos saberlo, ni es preciso, porque, en el fondo,  es él mismo. En las cuatro Glosas de 1902 el joven Ortega dialoga con “alguien”: Herr Habacuc Humburgman  (“Glosas Inactuales”) o un “amigo mio (...) que quiere respirar certezas metafísicas” (“De la Crítica personal”). En los años siguientes serán interlocutores ocasionales Rubín de Cendoya, “místico español” o el Profesor Vulpius “sutil y metafísico”. En 1934 Ortega y Gasset aclara que “el diálogo es el logos desde el punto de vista del otro” y que esta es la norma que rige su escritura “desde la primera juventud” (VIII, 17).           

5. Las casas mustias de Toledo y los bulevares nerviosos de New York

            Toledo y New York, lo castizo y lo moderno, la conservación y el progreso, la raza y la ciencia, el gozo estético y el compromiso ético, la naturaleza y la cultura, España y Europa, son los dos polos dialécticos entre los que oscila la Glosa, y, en cierta manera, el pensamiento orteguiano de juventud. Aquí, el “encanto” de Toledo es “abstracción”, “mustio”, “incómodo” frente a la “seducción estética” del progreso que, siguiendo la retórica de Maeztu,  es un “hartazgo de vida”, “nervioso”, “musculoso”. En su búsqueda de sentido el joven Ortega percibirá la necesidad de superar el casticismo españolista pero no encontrará acomodo en el frío idealismo europeista. No logrará conciliar los dos polos hasta las Meditaciones de 1914, donde propone integrar, mediante el concepto, lo mediterráneo y lo germánico, la estética y la ciencia, la superficie y la profundidad, la vida concreta y la idea general: la inteligencia, la abstracción, pasa a ser entonces un distanciarse de la vida para que al volver la mirada “a nuestros ojos tenga sentido”.  
            Toledo y Córdoba son para el joven filósofo el paradigma de ciudad castiza; la Córdoba alemana, “traducida del árabe al godo”, es Nuremberg; y el secreto de Nuremberg, responderá en 1906, es abrevar en su propio pasado, renovándolo. Sólo entonces se alzarán “en derredor de Toledo y Córdoba muchedumbre de fábricas que darán al aire petulantemente el humo de sus chimeneas” (“Las fuentecitas de Nuremberga”,  1906). Puede detectarse también cierta “estrategia” de pedagogía social en la impostura progresista que adopta aquí el joven Ortega: “Creía que (...) un medio de despertar la raza era predicar el lujo y el aumento ilimitado de exigencias a la vida” (Carta a Navarro Ledesma, 1905).
 

6. Casi un huerto, al final del cual un mirador de piedra daba su frente al mar...

            En sus estancias en Vigo la familia Ortega-Gasset solía hospedarse en las casas de las tías Gasset-Chinchilla: Maria Gasset, viuda de José Neyra y  Manuela Gasset, esposa de Álvaro López-Mora. Villa Manuela, la casa de la tía Manuela en Peniche, al borde de la antigua carretera de Bayona, tenía buenos miradores al mar, pero su ambiente no parece agradar al joven madrileño (“lo de ir a casa de tía Manuela... no es muy atrayente!” escribe a su padre en este verano). Por el contrario, la quinta del Cristo (finca de Rivas o de la Graña, entre López Mora y el Regueiro), propiedad de la tía Maria, añadía a su agradable frondosidad el atractivo de las primas Neyra-Gasset, “bellísimas y elegantes”. Conocida como “El Bosque”,  parece cuadrar más con ese “jardín, casi un huerto”, donde culmina la Glosa. 

7. Me había jugado una mala pasada....

Con discreción, el anciano latinista ha dispuesto alrededor del joven polemista cuatro elementos omnipresentes e irrenunciables en el imaginario de Ortega y Gasset, que aquí se documentan por primera vez : el jardín, la fuente, el mirador y el crepúsculo. Son, antes que realidades físicas, elementos de su paisaje íntimo, lugares del alma: el Jardín de “Adán en el Paraíso” que se transformará  en el bosque herreriano de Meditaciones del Quijote; el Mirador que persistirá como sierra castellana y se conceptualizará en El Espectador; la Fuente interminable o el regato claro que a menudo pondrá música a sus descripciones; el Crepúsculo hegeliano que cierra innumerables escritos, en el que las cosas pierden sus estrictas geometrías, haciendo que el corazón se acompase con el orden cósmico y se integre en el paisaje. La jugada descoloca de forma inevitable la impostura del joven impertinente,  obligado a elegir entre un paisaje y una teoría.            

8. Es hundirse en la vida como en un colchón de plumas...

         La Glosa culmina en la fusión, el éxtasis estético, la abducción sentimental, el arrebato en la belleza del paisaje. Los bulevares de New York, “nerviosos como músculos fuertes  dan paso a los nervios que se encogen “fingiendo medrosidades apacibles”, hasta “hundirse en la vida”. El anciano polemista  gana y arrastra. Es, en cierta manera, la finalidad orteguiana, que se cumple en el camino inmediato del arte frente al camino mediato de la ciencia. Es también la derrota del prejuicio progresista por la inmediatez de lo concreto y presente, el reconocimiento de la falsificación ideológica, el admitirse siendo como soy, con mis circunstancias y entregado a la fruición de mis sentidos. Es, en último caso, una inesperada respuesta al vocerío maquinista de Maeztu. 

En fin, una glosa juguetona. El joven activista del inicio se ha transformado en pasivo espectador, el país despreciable se ha vuelto espectáculo estético, la mísera Mignon,  bailarina seductora. La contradicción dialéctica es un reflejo de la propia encrucijada vital del joven licenciado, preocupado por “los días en blanco que vendrán”,  buscando un sentido en que empeñar sus esfuerzos. Entre el progresismo entusiasta, el esteticismo melancólico y la lucidez irónica, el joven madrileño se afana en encontrar un ideal que asumir, una aventura que emprender, cuyos destellos ha entrevisto en este mes de agosto. Es también una despedida del paisaje de sus últimos veranos, de la ría, de la ciudad, de sus primas, de sí mismo, de cuando “en torno a los veinte años, cansado de jugar nuestro cuerpo, despertó al ejercicio nuestro espíritu” (I 89, 1908). Una conclusión donde, como en toda encrucijada, el camino que viene es el camino que va.

 

Publicado en Faro de Vigo el jueves 28 de Agosto de 1902 (firmado por Ortega el 26 de Agosto). Reproducido en el Suplemento Cultural -número monográfico sobre Ortega- del mismo periódico, el miércoles 28 de Agosto de 2002.