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Galicia
es miserable como Mignon pero como ella tiene melodías admirables (3).
Mi amigo, el anciano traductor de Virgilio
sostuvo conmigo la polémica más galante. Es un anciano limpísimo y correcto
que discute como, sin duda, discutiría Spinoza, como discuten los que viven en
el campo; con una serenidad panteísta. Su voz no tiembla ni se irrita; fluye
como el agua entre guijas (4).
―Un país pobre es absolutamente despreciable. No
merece una visita ―decía yo.
―Ved ―replicó el latinista― que
puede hallarse gran belleza en la miseria mayor.
―Mi
bueno y respetable amigo ―exclamé con toda impertinencia― Racine
dice "que el honor sin dinero no es sino una enfermedad". Lo mismo la
belleza. Si no es un hartazgo de vida es solo una abstracción. Yo no creo en el
encanto de Toledo, con sus casas mustias atestadas de leyendas y sus calles tan
antiguas, tan incómodas... Ya ve Vd. y encuentro seducción estética en los
bulevares, nerviosos como músculos fuertes y en las avenidas numeradas de New
York con sus casas de veinticinco pisos (5).
―No
os falta razón, no os falta razón, joven ―pero venid, venid... y me llevó
a su jardín. Un jardín, casi un huerto al fin del cual un mirador de piedra
daba su frente al mar
(6).
Me hizo sentar y se alejó sin decir palabra.
A mi espalda, escondida entre hierbas altas, una fuente
vertía su chorro interminable.
El antiguo traductor de Virgilio me había jugado una
mala pasada... (7)
En un abrazo inmenso, estrecha la tierra al océano.
Como un gran lago la ría se extiende a la vista. La tierra va descendiendo a
saltos desde la montaña al mar.
El sol se ha puesto. Los campos son maizales de verdor
pálido con sus amarillas cabezas de salvaje; son amplios toldos de parras con
sus hojas anchas, paradisíacas, que hace la luz transparentes.
Son masas de robleda oscuras y misteriosas. Los tres
matices se repiten siempre, con dulce monotonía, como estribillos de una canción
sin fin.
La mirada se desliza suavemente halagándose en los
verdores frescos del suelo. Y allá, al frente, en silueta sobre la cortina
roja, crepuscular que tiende el sol al ocultarse, se incorporan sobre el mar
las
islas
Cies, moradas, de perfil sinuoso, con la majestad de viejos monstruos marinos, héroes
de leyendas religiosas. El mar las ciñe plateado.
Una luz blanca derrama sobre el cielo la campiña.
Se perciben rumores de la vida que se apaga; lejanos
ladridos que suenan como ecos: esquilas ignoradas con un tintinear de luceros.
La carreta que avanza lentamente; los ejes prolongan sus dos notas chirriantes y
alternadas.
Va huyendo la luz de la tierra borrando los colores,
volcando el misterio sobre las casas. Se aleja como una aparición celeste.
Aún se advierte la línea blanca de la carretera y se
escucha el rodar de los carruajes que vuelven de expediciones alegres:
cascabeleando, dejando escapar gritos de mujeres excitadas.
El cielo se oscurece. En el horizonte una línea larga
de nubes plomizas, más allá de las islas, galopa sobre el mar
atropelladamente.
Una bandada de mozas enlazadas por los brazos llega,
pasa y se aleja entonando melodías sencillas y prolongadas de una melancolía
primitiva; a
mi
espalda
la fuente con habla cristalina, prosigue su cuento milenario.
Parece que va a desarrollarse una intriga galante.
Parece que van a sonar las cornamusas de dos pastores rivales. El viento
suave del mar acaricia al pasar. Los tonos amables y tibios de las casas y el
plateado de moneda antigua que viste el mar, dan al paisaje una dulzura evangélica.
Cerca de mí, a la puerta de una casita blanca,
salmodia una vieja la oración más antigua. Una oración sencilla y franca que
pide al cielo sanidad para los hijos y para las vacas.
Se recuerda la vida de la ciudad como un impasible de
rudezas. En cambio, se añoran los
amores
primeros y el ambiente envuelve los sentidos en un perfume de égloga.
Rítmicamente los nervios se encogen fingiendo
medrosidades apacibles...
Es hundirse en la vida como en un colchón de plumas
(8).
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NOTAS A "GLOSA"
(redacción: Noé
Massó)
En
sentido musical, glosa es la variación
libre sobre unas mismas notas; en sentido contable, una nota o reparo a unas
cuentas. Los dos sentidos, estético y crítico, operan
de forma consciente en esta
Glosa:
es, por un lado, un ejercicio estético donde el joven madrileño ensaya
variaciones líricas sobre el paisaje de su verano. Por otro, un reparo, una crítica
del joven polemista a su propia posición inicial en la discusión acerca del
progreso y la belleza, dando la razón a su oponente.
1902 es, para el joven Ortega,
el año de las glosas, con las que inicia su producción intelectual. Poco antes de esta glosa
lírica el joven licenciado debió escribir otras dos
Glosas
inactuales,
aún inéditas: “De la
luz a las sobras” y
“Jadear”.
Ambas denuncian la caducidad de los ideales del XIX ante el comienzo del nuevo
siglo XX. A finales de año publicará en Madrid una cuarta y última glosa,
“De la crítica
personal”, donde
reclama héroes de personalidad decidida que, armados de sinceridad, doten de
conciencia e identidad al pueblo, salvándolo de la decadencia.
La aventura intelectual que
abren estas Glosas
de 1902 desemboca en
las
Moralejas,
serie de artículos
que anuncia en diciembre de 1903 y concluye en el verano de 1906, cuando el
joven doctor cuenta ya con veintitrés años. En las
Moralejas
vuelve a abordar los temas de las glosas (el progreso, la belleza, la casta, la
crítica, el paisaje...), pero ahora
―ahí la moraleja―
desde el bagaje intelectual y vital adquirido a lo largo de los últimos cuatro
años. En ellos se ha empeñado en un ambicioso y heroico
―por
solitario―
proyecto de estudios, con la finalidad
de adquirir una sólida formación científica para impulsar el
progreso de la Nación. El estímulo decisivo para tramar y asumir ese proyecto de formación, que
acabará conduciéndole a Alemania, lo encuentra el joven filósofo en la
Escuela de Artes e Industrias de Vigo: en su Biblioteca “descubre” la
sociología como herramienta científica para reconducir la sociedad hacia el
progreso; las conferencias de Maeztu, impartidas en la Escuela a lo largo de
julio y agosto, le incitan la acción.
Toda esta
Glosa
lírica no deja de ser un homenaje a Valle-Inclán, tanto en su estilo como
en su escenario e incluso en su sentido, la superioridad de la belleza concreta
frente a la idea general. A estas alturas del siglo Valle ha publicado
Femeninas,
Epitalamio
y la Sonata de Otoño.
Cuando en 1904 presente la Sonata
de Estío,
el joven critico le dedicará su primera recensión; en ella, al tiempo que
confiesa su devoción por el maestro, le sugiere que abandone tanta “princesita
rubia que hila en rueca de cristal”
para contar “cosas humanas,
harto humanas”.
La
admiración del joven pensador por el gallego responde a su literatura, a su
personalidad extraña (“no eran
las cosas extrañas las que le interesaban, sino los hombres interesados en
cosas extrañas”, apunta Maeztu en
1916) y, ante todo, a su actitud de ruptura con los moldes establecidos y los
autores consagrados, como Echegaray. Valle
representa lo que Ortega denominará la “irrupción de los bárbaros”
(Azorín, Baroja, Unamuno...) en la apatía de la cultura española de finales
del siglo XIX.
Es posible que en las largas conversaciones de este verano, Maeztu
le haya narrado su encuentro con don Ramón, que recuerda diez años
después:
“En
la esquina del Banco de España vio un hombre, como un fantasma, que se defendía
con su bastón de unos estudiantes. El que llegaba de provincias fuese en
defensa del hombre señero contra los agresores muchos. Y el hombre que era como
un fantasma díjole en grande voz: “¡Échese a un lado , hidalgo, o arremeta
conmigo a eztoz villanoz!”. Concluida la media batalla, los dos se hicieron
conocidos, se dieron la mano, se presentaron:
―Ramón del Valle-Inclán,
literato.
―Ramiro de Maeztu,
periodista.
Valle-Inclán era en
“aquel tiempo” de la confusión de las lenguas españolas el modernista máximo.
Cuando yo vine al mundo de la curiosidad intelectual, cuando comenzó a obrar
sobre mí de un modo consciente la mitología ambiente, se estaba dando en
Madrid un gran escándalo: este escándalo era Valle-Inclán.”
(en “Pío
Baroja: Anatomía de un alma dispersa”)
En la novela de Goethe
Años
de aprendizaje de Guillermo Meister,
(libro II, cap. VIII)
aparece Mignon:
una extraña muchacha de doce o trece años,
morocha, crecha, desconfiada como gata brava y espabilada como perra
hambrienta. Huérfana, ignorante, pobre y maltratada,
había sido acogida por un hermano trapecista, el Gran
Diablo, y, muerto éste, por el feroz jefe de la tropa de
saltimbanquis.
Bajo su miseria y
aspereza, Mignon
guarda
embrujos que sólo muestra a quien sepa encantar su corazón: entonces baila
exacta, viva y ligera, la misteriosa danza
de los huevos o rompe a cantar una incitante y seductora canción italiana:
¿Conoces
el país donde medra el limonero
y
doradas las naranjas bajo la parra brillan?
Del
cielo azul baja breve la brisa
Y placido el mirto y altivo el laurel vibran
Oh, sí, allá,
contigo amado mío,
quisiera
yo volar!
4.
El anciano latinista traductor de Virgilio
¿Quién
es este discreto “Virgilio” local que guía al joven esteta hacia el Mirador
de la Belleza, el anciano “limpísimo y correcto” que enmienda la plana al
joven progresista? No podemos saberlo, ni es preciso, porque, en el fondo, es él mismo. En las cuatro
Glosas
de 1902 el joven Ortega dialoga con “alguien”: Herr
Habacuc Humburgman (“Glosas
Inactuales”) o un
“amigo mio (...) que quiere respirar certezas metafísicas” (“De
la Crítica personal”).
En los años siguientes serán interlocutores ocasionales Rubín
de Cendoya, “místico español” o el Profesor
Vulpius “sutil y metafísico”. En 1934 Ortega y Gasset aclara que “el
diálogo es el logos desde el punto de
vista del otro”
y que esta es la norma que rige su escritura “desde
la primera juventud”
(VIII, 17).
5.
Las casas mustias de Toledo y los bulevares nerviosos de New York
Toledo y New York, lo castizo
y lo moderno, la conservación y el progreso, la raza y la ciencia, el gozo estético
y el compromiso ético, la naturaleza y la cultura, España y Europa, son los
dos polos dialécticos entre los que oscila la
Glosa,
y, en cierta manera, el pensamiento orteguiano de juventud. Aquí, el
“encanto” de Toledo es “abstracción”, “mustio”, “incómodo”
frente a la “seducción estética” del progreso que, siguiendo la retórica
de Maeztu, es un “hartazgo de
vida”, “nervioso”, “musculoso”. En su búsqueda de sentido el joven
Ortega percibirá la necesidad de superar el casticismo españolista pero no
encontrará acomodo en el frío idealismo europeista. No logrará conciliar los
dos polos hasta las Meditaciones de
1914, donde propone integrar, mediante el concepto, lo mediterráneo y lo germánico,
la estética y la ciencia, la superficie y la profundidad, la vida concreta y la
idea general: la inteligencia, la abstracción, pasa a ser entonces un
distanciarse de la vida para que al volver la mirada “a nuestros ojos tenga
sentido”.
Toledo y Córdoba son para el joven filósofo el paradigma de ciudad castiza; la
Córdoba alemana, “traducida
del árabe al godo”, es
Nuremberg; y el secreto de Nuremberg, responderá en 1906, es abrevar en su
propio pasado, renovándolo. Sólo entonces se alzarán “en
derredor de Toledo y Córdoba muchedumbre de fábricas que darán al aire
petulantemente el humo de sus chimeneas”
(“Las fuentecitas de
Nuremberga”,
1906). Puede detectarse también cierta “estrategia” de pedagogía
social en la impostura progresista que adopta aquí el joven Ortega: “Creía
que (...) un medio de despertar la raza era predicar el lujo y el aumento
ilimitado de exigencias a la vida”
(Carta a Navarro Ledesma,
1905).
6.
Casi un huerto, al final del cual un mirador de piedra daba su frente al mar...
En sus estancias en Vigo la
familia Ortega-Gasset solía hospedarse en las casas de las tías
Gasset-Chinchilla: Maria Gasset, viuda de José Neyra y
Manuela Gasset, esposa de Álvaro López-Mora. Villa
Manuela, la casa de la tía Manuela en Peniche, al borde de la antigua
carretera de Bayona, tenía buenos miradores al mar, pero su ambiente no parece
agradar al joven madrileño (“lo
de ir a casa de tía Manuela... no es muy atrayente!”
escribe a su padre en este verano). Por el contrario, la quinta del Cristo
(finca de Rivas o de la Graña, entre López Mora y el Regueiro), propiedad de
la tía Maria, añadía a su agradable frondosidad el atractivo de las primas
Neyra-Gasset, “bellísimas y elegantes”. Conocida como “El Bosque”,
parece cuadrar más con ese “jardín, casi un huerto”, donde culmina
la
Glosa.
7.
Me había jugado una mala pasada....
Con
discreción, el anciano latinista ha dispuesto alrededor del joven polemista
cuatro elementos omnipresentes e irrenunciables en el imaginario de Ortega y
Gasset, que aquí se documentan por primera vez : el jardín, la fuente, el
mirador y el crepúsculo. Son, antes que realidades físicas, elementos de su
paisaje íntimo, lugares del alma: el Jardín de “Adán
en el Paraíso” que
se transformará en el bosque
herreriano de
Meditaciones
del Quijote;
el
Mirador que persistirá como sierra castellana y se conceptualizará en El Espectador;
la Fuente interminable o el regato claro que a menudo pondrá música a sus
descripciones; el Crepúsculo hegeliano que cierra innumerables escritos, en el
que las cosas pierden sus estrictas geometrías, haciendo que el corazón se
acompase con el orden cósmico y se integre en el paisaje. La jugada descoloca
de forma inevitable la impostura del joven impertinente,
obligado a elegir entre un paisaje y una teoría.
8.
Es hundirse en la vida como en un colchón de plumas...
La
Glosa
culmina en la fusión, el éxtasis estético, la abducción sentimental, el
arrebato en la belleza del paisaje. Los bulevares de New York, “nerviosos
como músculos fuertes”
dan paso a los nervios que se encogen “fingiendo
medrosidades apacibles”, hasta “hundirse
en la vida”. El anciano polemista
gana y arrastra. Es, en cierta manera, la finalidad orteguiana, que se
cumple en el camino inmediato del arte frente al camino mediato de la ciencia.
Es también la derrota del prejuicio progresista por la inmediatez de lo
concreto y presente, el reconocimiento de la falsificación ideológica, el
admitirse siendo como soy, con mis circunstancias y entregado a la fruición de
mis sentidos. Es, en último caso, una inesperada respuesta al vocerío
maquinista de Maeztu.
En
fin, una glosa juguetona. El joven
activista del inicio se ha transformado en pasivo espectador, el país
despreciable se ha vuelto espectáculo estético, la mísera Mignon,
bailarina seductora. La contradicción dialéctica es un reflejo de la
propia encrucijada vital del joven licenciado, preocupado por “los
días en blanco que vendrán”,
buscando un sentido en que empeñar sus esfuerzos. Entre el progresismo
entusiasta, el esteticismo melancólico y la lucidez irónica, el joven madrileño
se afana en encontrar un ideal que asumir, una aventura que emprender, cuyos
destellos ha entrevisto en este mes de agosto. Es también una despedida del
paisaje de sus últimos veranos, de la ría, de la ciudad, de sus primas, de sí
mismo, de cuando “en
torno a los veinte años, cansado de jugar nuestro cuerpo, despertó al
ejercicio nuestro espíritu”
(I 89, 1908). Una conclusión donde, como en toda encrucijada, el camino que
viene es el camino que va.
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