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Prólogo a “De Francesca a
Beatrice”
, 1924. Obras Completas, III, páginas 325-326.
“El
ideal es un órgano de toda vida encargado de excitarla. Como los antiguos
caballeros, la vida, señora, usa espuela. (...) A veces padecemos una vital
decadencia que no procede de enfermedad en nuestro cuerpo ni en nuestra alma,
sino de una mala higiene en ideales.
[Esto
último conecta con el concepto de desmoralización]
Con
esto venimos a la siguiente conclusión: para que algo sea un ideal no basta que
sea digno de serlo por razones de ética, de gusto o conveniencia, sino que ha de
tener, en efecto, ese don de encantar y atraer nuestros nervios, de encajar
perfectamente en nuestra sensibilidad. De otra suerte será sólo un espectro de
ideal, un ideal paralítico incapaz de tender la ballesta del ímpetu.
[Enlaza
con el símil del arquero aristotélico]
De las dos caras que el ideal tiene, sólo se ha atendido
hasta ahora a la que da a lo absoluto y se ha olvidado la otra, la que da hacia
el interior de la economía vital. Con la palabra más vulgar de “ilusiones”
solemos expresar ese ministerio atractivo que es la esencia del ideal”
[Así
queda perfectamente definido el concepto de ilusión como la vivencia de un
auténtico ideal]
[En
este mismo texto Ortega expone una parte importante y “políticamente incorrecta”
de su teoría ética: el papel moral fundamental de la mujer como inspiradora y
generadora de ilusiones, de ideales vitales. No dice que el papel de la mujer se
reduzca a ésto –puede ser todo lo que ella quiera y pueda– sino que, en cuanto
mujer, su misión es la de contribuir a que se desarrolle una vida en forma
a su alrededor. Es un tema polémico, que irritará a muchas feministas, pero
Ortega fue claro e insistió en el asunto.] |
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Meditación de nuestro tiempo,
Conferencias de Buenos Aires, 1928. ed. FCE, páginas 201-205 (No incluido en
las Obras Completas)
“No tiene, pues, escape la
condición radical de la vida
[la vida como
preocupación]
y lo mejor es aceptarla alegremente, reconocer que con
ella nos es dado el tema para una creación. ¡Da pena pensar cuánta existencia
podría ser bella, plena, grácil, con sólo el golpe de pulgar que
representa este imperativo de preocuparse, de ver la vida propia como una
posible obra de arte! Ni importa la situación favorable o adversa, porque la
belleza de la vida no está en su argumento sino en la gracia y fervor que la
informe.
[...]
nuestra vida se compone de dos ingredientes que luchan
entre sí: es en primer lugar el futuro que en una u otra medida se nos
presenta siempre abierto a nuestra libertad, y como dependiendo de nuestra
elección. Esta elección emana de deseos, de afanes o ideales que en nosotros
exista. En segundo lugar, el presente donde hemos de realizar ese futuro.
El presente es nuestra fatalidad, nos rodea y envuelve con su resistente
estructura y limita a toda hora el horizonte de nuestras ilusiones.
De aquí que no debamos valorar a
nuestros prójimos por lo que hacen. En el mejor caso, cada cual hace lo que
puede, lo que el destino le tolera. Nuestra estima o desestima de cada hombre de
cada mujer debe fijarse no en lo que hace sino en lo que aspira, no en el logro
sino en el deseo. Nuestra verdadera y profunda personalidad está constituida por
los afanes, empeños, anhelos y deseos Estos son los resortes vitales que
mantienen tensa y dan figura a nuestra alma. El verdadero ser de cada cual
está en el perfil de sus deseos. Valemos según lo que deseamos. La calidad
de nuestras aspiraciones fija el rango de nuestra alma porque son la pura y
espontánea emanación que de nuestra intimidad se levanta como los vahos de las
aguas inmóviles.
Por el error de óptica antes
aludido no se han percatado aún los psicólogos de que la psicología sólo puede
abandonar el aire vago y abstracto en que aún se mueve comenzando por definir el
sistema de deseos preexistente en cada persona. Todo lo demás que hay en ella
está allí como medio y actividad para satisfacer aquellos; es, pues, su
consecuencia. Pero se sigue ingenuamente padeciendo el espejismo que nos hace
considerar como lo más importante y difícil esta satisfacción de los deseos,
cuando en pura verdad es mucho más difícil que lograrlos, surtirlos. La
función primaria del organismo pleno es la secreción de ilusiones y nada en
el mundo es más difícil de inventar que un ideal o un deseo. Durante estos años
últimos que convulsos han traído tanto cambio en las fortunas y dondequiera han
favorecido la curiosa planta llamada «nuevo rico» pudo observarse en gran escala
que es más difícil desear que satisfacer. Al hallarse de súbito en posesión de
grandes medios el nuevo rico se encuentra angustiado porque no le han crecido a
la par los apetitos. No puede crear deseos originales y se atiene a ciertas
preferencias tópicas. El «nuevo rico», en definitiva, no hace más que comprarse
inmediatamente un automóvil, una pianola y un gramófono. No hay duda, es faena
más difícil que cuanto se supone esta de improvisar un deseo. En cambio, por una
misteriosa ley parece que los grandes deseadores, los genios del desear, es
decir, los hombres de alta fantasía e inspiración creadora, han solido cursar su
existencia sin medios para realizar sus maravillosos apetitos. En general, tiene
dinero el que lo desea enérgicamente, pero el que desea enérgicamente dinero, el
horno oeconomicus, no sabe desear en qué gastarlo. En tanto que Balzac
cercado por la miseria y ebrio de creación y de café inventa en sus novelas
muebles de nuevo estilo que él no tendrá nunca; los ricos del faubourg
que le leen encargan a sus ebanistas los muebles soñados por Balzac.
Pero no es propiamente este género
de deseos el que tengo a la vista cuando digo que cada persona está
constituida ante todo por el perfil de sus ilusiones. Esos son sólo deseos
imaginarios en que se finge o imagina desear y que nos sirven sólo para escapar
furtivamente un instante de nuestra cotidiana existencia. Un pseudodeseo es el
de la señorita de comptoir que allá en Europa quisiera ser duquesa.
Cuando alguna, en efecto, lo desea profundamente no le es demasiado difícil
conseguirlo. Mas de ordinario la imagen del duquesado atrae a la mujercita
laboriosa sólo porque es la otra vía que la suya, porque no es su régimen
cotidiano. Pero es el caso que la duquesa desea también a veces ser señorita de
comptoir, porque necesita como ella evadirse de sí misma con un esfuerzo
de fantasía: y para la duquesa ser duquesa es, al cabo, una de las formas
cotidianas que toma la existencia.
Los deseos a que aludo
vienen de zonas más profundas en nuestro ser y, casi siempre, de tal modo nos
poseen e inundan, que no nos damos cuenta de ellos: son para nosotros la vida
misma porque son aquello a que tenemos puesta nuestra vida como a una carta su
fortuna el jugador. Pues bien, todos tenemos puesta la vida a una o varias cosas
y cuanto hacemos y somos lo somos y hacemos en servicio de sea radical entrega.
Éste, éste es el perfil de deseos que nos define y que se descubre siempre al
trasluz de nuestra carne, de nuestra fisonomía, y nuestros gestos. Creemos
arrastrarlos en el secreto profundo de nuestra intimidad cundo en rigor los
vamos gritando con sólo presentarlos. Pues no es necesaria superlativa
perspicacia para sentir la primera vez que vemos a otro ser, más allá de su
rostro corporal el rostro de sus afanes, para vislumbrar en el fondo de sus ojos
los naipes a que tiene puesta su vida. De tal modo es esto así que nos acontece
no sólo con el hombre sino con los animales y aun con todo ser viviente. Un
hombre que jamás hubiese visto animales se comportaría desde luego en forma
diferente delante del león, de la oveja y del can, y recibe con diversa
repercusión la imagen del ciprés y la del rosal.
La nobleza o la
vileza de un alma trasparece claramente en sus deseos.
Y esto lo mismo en el caso de un individuo, que de toda una época o toda una
nación. Yo no puedo entrar en Buenos Aires sin advertir inmediatamente que el
porteño lleva en sí o, mejor, es llevado por un repertorio de anhelos muy
diferentes que el viejo hombre de Castilla. Esta dinámica de las ilusiones
actúa sobre el destino y predetermina la historia de un pueblo en todos los
órdenes y todas las direcciones, es el factor a priori de su historia. Y
lo mismo acontece dentro de cada época. Para no aludir sino de paso a un tema
que he desarrollado en varios lugares
[véase
la cita de Epílogo a “De Francesca a Beatrice” ]
recordaré la enorme influencia que tiene sobre lo que sea
una nación dentro de veinte años cuál sea el tipo de hombre que las mujeres
prefieran hoy. De esta sutil preferencia que como un vago ensueño fermenta en el
secreto del alma femenina depende en gran parte cómo será la atmósfera
doméstica, cómo serán el cuerpo y alma de los hijos, cómo será la nueva
generación, por tanto la historia que viene, el mundo que nace. Tal vez algo
parecido a esto quería insinuar Shakespeare en su famoso decir: «Somos de la
misma trama que nuestros sueños».
[...]
Mas por otra parte es preciso
atender cuanto no es deseo sino imposición en este presente, lo que en él hay de
fatalidad. Hay que aprender a aceptarlo para aprovecharlo y corregirlo. No hay
ningún tiempo pésimo Dondequiera la planta de la vida sabe florecer y
fructificar. No nos quejemos, pues, de la realidad y del destino. En vez de
irritarnos contra la insuficiencia de la vida, contra la maldad o la torpeza de
los hombres, conviene advertir que siendo, a la postre, la realidad, sólo es
discreto subrayarla con ironía.”
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