TORRE DE BABEL

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DE LA ILUSIÓN

Selección de textos y citas de José Ortega y Gasset sobre la ilusión.
Preparada
por Álvaro Bastida Freijedo.

NOTA: Los comentarios entre corchetes y subrayados son del compilador

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El Espectador II, 1917. Obras Completas, II, página 143.

 

Prólogo a “De Francesca a Beatrice” , 1924. Obras Completas, III,  páginas 325-326.

 

Galápagos, el fin del mundo, 1927. Obras Completas, III, página 527.

 

Meditación de nuestro tiempo, Conferencias de Buenos Aires, 1928. ed. FCE, páginas 201-205 (No incluido en las Obras Completas)

 

¿Qué es filosofía?, 1929. Obras Completas, VII, página 436.

 

 

El Espectador II, 1917. Obras Completas, II, página 143.

 

...debemos aprender a respetar los derechos de la ilusión y a considerarla como uno de los haces propios y esenciales de la vida”

Prólogo a “De Francesca a Beatrice , 1924. Obras Completas, III,  páginas 325-326.

 

El ideal es un órgano de toda vida encargado de excitarla. Como los antiguos caballeros, la vida, señora, usa espuela. (...) A veces padecemos una vital decadencia que no procede de enfermedad en nuestro cuerpo ni en nuestra alma, sino de una mala higiene en ideales. [Esto último conecta con el concepto de desmoralización]

  Con esto venimos a la siguiente conclusión: para que algo sea un ideal no basta que sea digno de serlo por razones de ética, de gusto o conveniencia, sino que ha de tener, en efecto, ese don de encantar y atraer nuestros nervios, de encajar perfectamente en nuestra sensibilidad. De otra suerte será sólo un espectro de ideal, un ideal paralítico incapaz de tender la ballesta del ímpetu. [Enlaza con el símil del arquero aristotélico] De las dos caras que el ideal tiene, sólo se ha atendido hasta ahora a la que da a lo absoluto y se ha olvidado la otra, la que da hacia el interior de la economía vital. Con la palabra más vulgar de “ilusiones”  solemos expresar ese ministerio atractivo que es la esencia del ideal”  [Así queda perfectamente definido el concepto de ilusión como la vivencia de un auténtico ideal]

 

[En este mismo texto Ortega expone una parte importante y “políticamente incorrecta” de su teoría ética: el papel moral fundamental de la mujer como inspiradora y generadora de ilusiones, de ideales vitales. No dice que el papel de la mujer se reduzca a ésto –puede ser todo lo que ella quiera y pueda– sino que, en cuanto mujer, su misión es la de contribuir a que se desarrolle una vida en forma a su alrededor. Es un tema polémico, que irritará a muchas feministas, pero Ortega fue claro e insistió  en el asunto.]

Galápagos, el fin del mundo, 1927. Obras Completas, III, página 527.

 

Yo no creo mucho en la obligación, como creía Kant; lo espero todo del entusiasmo. Siempre es más fecunda una ilusión que un deber. (Tal vez el papel de la obligación u el deber es subsidiario; hacen falta para llenar los huecos de la ilusión y el entusiasmo). Para Europa, hoy, la gran cuestión no el un nuevo sistema de deberes, sino un nuevo programa de apetitos.”

 

Meditación de nuestro tiempo, Conferencias de Buenos Aires, 1928. ed. FCE, páginas 201-205 (No incluido en las Obras Completas)

 

“No tiene, pues, escape la condición radical de la vida [la vida como preocupación] y lo mejor es aceptarla alegremente, reconocer que  con ella nos es dado el tema para una creación. ¡Da pena pensar cuánta existencia podría ser bella, plena, grácil, con sólo el golpe de pulgar que representa este imperativo de preocuparse, de ver la vida propia como una posible obra de arte! Ni importa la situación favorable o adversa, porque la belleza de la vida no está en su argumento sino en la gracia y fervor que la informe.  

[...] nuestra vida se compone de dos ingredientes que luchan entre sí: es en primer lugar el futuro  que en una u otra medida se nos presenta siempre abierto a nuestra libertad, y como dependiendo de nuestra elección. Esta elección emana de deseos, de afanes o ideales que en nosotros exista.  En segundo lugar, el presente donde hemos de realizar ese futuro.  El presente es nuestra fatalidad, nos rodea y envuelve con su resistente estructura y limita a toda hora el horizonte de nuestras ilusiones.

De aquí que no debamos valorar a nuestros prójimos por lo que hacen. En el mejor caso, cada cual hace lo que puede, lo que el destino le tolera. Nuestra estima o desestima de cada hombre de cada mujer debe fijarse no en lo que hace sino en lo que aspira, no en el logro sino en el deseo. Nuestra verdadera y profunda personalidad está constituida por los afanes, empeños, anhelos y deseos Estos son los resortes vitales que mantienen tensa y dan figura a nuestra alma. El verdadero ser de cada cual está en el perfil de sus deseos. Valemos según lo que deseamos. La calidad de nuestras aspiraciones fija el rango de nuestra alma porque son la pura y espontánea emanación que de nuestra intimidad se levanta como los vahos de las aguas inmóviles.

Por el error de óptica antes aludido no se han percatado aún los psicólogos de que la psicología sólo puede abandonar el aire vago y abstracto en que aún se mueve comenzando por definir el sistema de deseos preexistente en cada persona. Todo lo demás que hay en ella está allí como medio y actividad para satisfacer aquellos; es, pues, su consecuencia. Pero se sigue ingenuamente padeciendo el espejismo que nos hace considerar como lo más importante y difícil esta satisfacción de los deseos, cuando en pura verdad es mucho más difícil que lograrlos, surtirlos. La función primaria del organismo pleno es la secreción de ilusiones y nada en el mundo es más difícil de inventar que un ideal o un deseo. Durante estos años últimos que convulsos han traído tanto cambio en las fortunas y dondequiera han favorecido la curiosa planta llamada «nuevo rico» pudo observarse en gran escala que es más difícil desear que satisfacer. Al hallarse de súbito en posesión de grandes medios el nuevo rico se  encuentra angustiado porque no le han crecido a la par los apetitos. No puede crear deseos originales y se atiene a ciertas preferencias tópicas. El «nuevo rico», en definitiva, no hace más que comprarse inmediatamente un automóvil, una pianola y un gramófono. No hay duda, es faena más difícil que cuanto se supone esta de improvisar un deseo. En cambio, por una misteriosa ley parece que los grandes deseadores, los genios del desear, es decir, los hombres de alta fantasía e inspiración creadora, han solido cursar su existencia sin medios para realizar sus maravillosos apetitos. En general, tiene dinero el que lo desea enérgicamente, pero el que desea enérgicamente dinero, el horno oeconomicus, no sabe desear en qué gastarlo. En tanto que Balzac cercado por la miseria y ebrio de creación y de café inventa en sus novelas muebles de nuevo estilo que él no tendrá nunca; los ricos del faubourg que le leen encargan a sus ebanistas los muebles soñados por Balzac.

Pero no es propiamente este género de deseos el que tengo a la vista cuando digo que cada persona está constituida ante todo por el perfil de sus ilusiones. Esos son sólo deseos imaginarios en que se finge o imagina desear y que nos sirven sólo para escapar furtivamente un instante de nuestra cotidiana existencia. Un pseudodeseo es el de la señorita de comptoir que allá en Europa quisiera ser duquesa. Cuando alguna, en efecto, lo desea profundamente no le es demasiado difícil conseguirlo. Mas de ordinario la imagen del duquesado atrae a la mujercita laboriosa sólo porque es la otra vía que la suya, porque no es su régimen cotidiano. Pero es el caso que la duquesa desea también a veces ser señorita de comptoir, porque necesita como ella evadirse de sí misma con un esfuerzo de fantasía: y para la duquesa ser duquesa es, al cabo, una de las formas cotidianas que toma la existencia.

      Los deseos a que aludo vienen de zonas más profundas en nuestro ser y, casi siempre, de tal modo nos poseen e inundan, que no nos damos cuenta de ellos: son para nosotros la vida misma porque son aquello a que tenemos puesta nuestra vida como a una carta su fortuna el jugador. Pues bien, todos tenemos puesta la vida a una o varias cosas y cuanto hacemos y somos lo somos y hacemos en servicio de sea radical entrega. Éste, éste es el perfil de deseos que nos define y que se descubre siempre al trasluz de nuestra carne, de nuestra fisonomía, y nuestros gestos. Creemos arrastrarlos en el secreto profundo de nuestra intimidad cundo en rigor los vamos gritando con sólo presentarlos. Pues no es necesaria superlativa perspicacia para sentir la primera vez que vemos a otro ser, más allá de su rostro corporal el rostro de sus afanes, para vislumbrar en el fondo de sus ojos los naipes a que tiene puesta su vida. De tal modo es esto así que nos acontece no sólo con el hombre sino con los animales y aun con todo ser viviente. Un hombre que jamás hubiese visto animales se comportaría desde luego en forma diferente delante del león, de la oveja y del can, y recibe con diversa repercusión la imagen del ciprés y la del rosal.

La nobleza o la vileza de un alma trasparece claramente en sus deseos. Y esto lo mismo en el caso de un individuo, que de toda una época o toda una nación. Yo no puedo entrar en Buenos Aires sin advertir inmediatamente que el porteño lleva en sí o, mejor, es llevado por un repertorio de anhelos muy diferentes que el viejo hombre de Castilla. Esta dinámica de las ilusiones actúa sobre el destino y predetermina la historia de un pueblo en todos los órdenes y todas las direcciones, es el factor a priori de su historia. Y lo mismo acontece dentro de cada época. Para no aludir sino de paso a un tema que he desarrollado en varios lugares  [véase la cita de Epílogo a “De Francesca a Beatrice” ] recordaré la enorme influencia que tiene sobre lo que sea una nación dentro de veinte años cuál sea el tipo de hombre que las mujeres prefieran hoy. De esta sutil preferencia que como un vago ensueño fermenta en el secreto del alma femenina depende en gran parte cómo será la atmósfera doméstica, cómo serán el cuerpo y alma de los hijos, cómo será la nueva generación, por tanto la historia que viene, el mundo que nace. Tal vez algo parecido a esto quería insinuar Shakespeare en su famoso decir: «Somos de la misma trama que nuestros sueños». [...]

 Mas por otra parte es preciso atender cuanto no es deseo sino imposición en este presente, lo que en él hay de fatalidad. Hay que aprender a aceptarlo para aprovecharlo y corregirlo. No hay ningún tiempo pésimo Dondequiera la planta de la vida sabe florecer y fructificar. No nos quejemos, pues, de la realidad y del destino. En vez de irritarnos contra la insuficiencia de la vida, contra la maldad o la torpeza de los hombres, conviene advertir que siendo, a la postre,  la realidad, sólo es discreto subrayarla con ironía.”

 

¿Qué es filosofía?, 1929. Obras Completas, VII, página 436.

 

 “Siempre me ha repugnado el frecuente personaje a quien oímos decir constantemente que se cree en el deber de hacer esto o lo otro. Yo me he creído muy  pocas veces en deberes durante mi vida. La he vivido y la vivo casi entera empujado por ilusiones, no por deberes. Es más: la ética que acaso el año que viene exponga en un curso ante ustedes [¡¿por qué no lo hizo?!] se diferencia de todas las tradicionales en que no considera el deber como la idea primaria en la moral, sino a la ilusión. El deber es cosa importante pero secundaria –es el sustituto, el Ersatz, de la ilusión. Es preciso que hagamos siquiera por deber lo que no hayamos de hacer por ilusión."

 

[A continuación de esta cita Ortega anuncia que dedicará unos artículos a la grave responsabilidad de la mujer española en el estado de postración en que se halla el país. Dicho esto, pasa a ocuparse de otros asuntos y el anuncio queda un poco enigmático, pues no explica en qué consiste esa responsabilidad ni qué tiene que ver la mujer y la ética. Creo que la cita de Epílogo a de Francesca a Beatrice aclara este punto.]