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Voces de Leyenda
Hay voces de la Leyenda que claman desde el
pasado remoto, labran una idiosincrasia reiterada, una repetición y a veces
reclaman una restauración que, cuando encuentran eco y asiento, logran
obstaculizar el progreso del saber y de las artes, así como la autonomía de sus
esferas. Componen, entonces, un recio arcano cultural que se transmite hasta
nuestros días. Reconozcamos ahora algunas de esas voces. Unas, declaran que es
preciso distinguir entre literatura «de entretenimiento», de acción, ligera, y
literatura «seria», «profunda» y «de ideas», porque aquello que identifica
principalmente a la «verdadera» literatura es que hace pensar... Otras,
diferencian entre libros de filosofía y pensamiento, constreñidos al molde del
tratado, intenso y pesado, tedioso y a menudo impenetrable, y ensayos, ligeros y
ocurrentes escritos que, sin dejar de contener cosas interesantes, ante todo
resultan amenos, o lo que es lo mismo, se leen como una novela.
«Literatura que hace pensar»; «ensayos que
se leen como una novela». Alrededor de estos socorridos — y en apariencia
inocentes— indicadores de lectura circulan, especialmente en España y el ámbito
cultural hispano, enormes malentendidos y opiniones muy ordinarias, pero de gran
calado social, que influyen no poco en los índices de lectura y en su calidad,
sostenidos por rancios mitos, en unos casos, y por modernas (y postmodernas)
teorías, en otros, que actúan a modo de guardia y custodia del pasado y presente
de las mencionadas ilusiones. El credo común resultante vive de sentimientos y
pasiones de diferente naturaleza, si bien, aunque para mal, su uso converge y
desemboca en un mismo puerto de conclusión: literatura y filosofía vienen a ser
en el fondo una misma cosa. No son más que maneras concretas, simples medios,
con idéntico fin: el de enfrentarse a los grandes asuntos del hombre por medio
del lenguaje, para comprenderlos mejor... Realidad y ficción se tornan, en
consecuencia, entidades confundibles, tan próximas entre sí como las dos caras
de la misma moneda, en este caso, el lenguaje (y cercanas están sin duda,
aunque, si la imagen es válida, habrá que reparar en que ambas caras se unen por
el dorso, dándose así la espalda). Ha llegado a penetrar tan profundamente en el
corazón de las almas de esteta la sugestión que, emulando sentencias de
inspiración aristotélica, podría dictar sin rebozo ni sonrojo resoluciones de
este tono: «en realidad, señores, la realidad no existe...»
Si, pues, en la ficción vivimos, en la
realidad estamos. He aquí la audaz resolución de un credo muy asentado en
nuestra tradición cultural, por lo general muy inclinada a dejarse seducir por
los sueños de caballerías, las vidas que son sueños, las rimas y las leyendas.
También por la atracción que transmiten los encantamientos y hechizos que suelen
venir por añadidura. Una tradición ésta bizarra y resignada al tópico de
pertenecer a un país y a una lengua negados para el pensamiento constructivo y
original, para la ciencia y la racionalidad, porque lo verdaderamente original
«entre nosotros», se añadirá, no es el pensar, que es cosa extranjerísima, sino
el vivir de la creación, del narrar, del cuento (y, agregaré por mi cuenta, que
por afortunado se tendrá el que pueda lograrlo, porque, en caso contrario, no le
quedaría más que hacerse funcionario, lo cual, bien pensado, tampoco es mala
colocación, de escaso estipendio pero con mucho futuro por delante).
Muchas causas podrían explicar las
devociones y apegos a la Leyenda que no cesa, pero no todas las sé, y las que sí
barrunto, no es mi intención reducirlas aquí a una exhaustiva enumeración. Me
propongo señalar, en cambio, algunas fobias y sendos prejuicios que, como en una
labor de zapa, han coadyuvado a frenar la libre circulación de ideas, y, en
consecuencia, la pobre y limitada recepción entre nosotros de muchas tradiciones
foráneas (las que han entrado, lo han hecho generalmente de modo sucursalista,
por no mencionar las que llegan tarde o las malditas). El nominalismo, el
individualismo y el liberalismo, por citar sólo unos pocos ejemplos, han sido
tenidos por gran parte de nuestra inteligencia, desde largo tiempo atrás, como
aves de mal agüero, como pajarracos a los que se mira con recelo y aprensión,
sin que en el presente se hayan apreciado manifiestos signos de rehabilitación.
No importa que la animosidad se distribuya en amplios sectores, aquellos que se
extienden desde el más vetusto conservadurismo hasta el más aguerrido
marxismo-leninismo (posteriormente podado y dejado en marxismo a solas, y ahora
reconvertido y regenerado en «republicanismo»), el caso es que la escolástica,
hegemónica y realmente existente, ha cedido la dependencia de antiguas
procedencias, como el suarismo o el tomismo, a otras escuelas de nuevas
denominaciones, pero —y eso es lo importante señalar ahora— practicadas con no
menor devoción, delegación y negociado. ¿Esto lo explica todo? No podría
jurarlo, pero sospecho que tales ascos y privanzas no son inocentes y algo
tendrán que decir sobre el panorama resultante, cuando, en su momento, sean
llamados a declarar.
Filosofía y melancolía en suelo hispánico
Desde Ortega, por lo menos, hasta nuestros
días, el laicismo liberal (o el liberalismo laico) en el seno de la filosofía
española corre peor suerte que el genio maligno en manos de los cartesianos («vade
retro»). Por lo demás, y quizá en consonancia con lo anterior, es muy
significativo observar que la menor desafección manifestada hacia el «espíritu
de cuerpo» —asombroso oxímoron que apunta, en primera instancia y con proverbial
retórica de deber y lealtad, al gremio profesional—, hacia el avasallamiento
aceptado, el instinto gregario y otras formas del vasallaje, son reprobados y
penados como delitos de lesa traición sin remisión. He aquí nuestros mayores
pecados culturales.
Pero hay más: la genuina marca de serie o
denominación de origen del filósofo español queda patente en su casi general
subordinación a la literatura, instancia que queda así interiorizada como
horizonte cultural del que venimos y al que estamos fijados, de mismo modo que
se proyectan las siluetas en el plano o la sombra acompaña a la figura. Hablar
lisa y llanamente de filosofía española, sin más predicados ni accidentes, ha
llegado a representar un serio atrevimiento. En este país..., con algo de
suerte, se reconoce la existencia de un «pensamiento español» (concepto que
suele remitir al de «literatura filosófica hispánica») con nombres propios:
Séneca, Balmes, Calderón, Quevedo, Gracián, Larra, Menéndez y Pelayo, Azorín,
Machado, Ortega y Gasset, Zambrano, Aranguren, Dionisio Ridruejo, Laín
Entralgo... et alii; todos ligados por un común destino y quehacer: la
literatura.
Mas, los filósofos españoles e hispanos,
¿somos o no somos? Y si somos, ¿qué somos? «Somos invisibles», responde enfático
el filósofo mexicano Carlos Pereda, expresando así la «melancólica comprobación»
de un ocaso y una cesantía que estipulan el porvenir de los filósofos, o los que
aún se confiesan tales, de América Latina y de España. ¿Qué hacemos los
supervivientes?: «tendemos a sobrevivir como meros fantasmas que dan clases y
escriben textos, algunos quizá admirables, aunque casi nadie se interese por
ellos, entre otras razones porque casi nadie se demora en leerlos.»[1]
No le falta razón a Pereda en esta
declaración, principalmente por la intención que la anima, muy lejos del ramplón
lamento y del habitual victimismo. Pues en ella leemos la triste constatación de
un hecho, no la sombra de una fatalidad que nos persigue como si de una
maldición se tratase. Tampoco hay en ella nada que sugiera una conspiración
proveniente del exterior, ante la que hay que protegerse y acaso cerrar filas.
No nos confundamos: el verdadero responsable de la calamidad señalada es la
falta de autoestima y de reconocimiento en la que viven los filósofos
iberoamericanos, quienes ignorándose a sí mismos, como individuos y como
comunidad intelectual, se abandonan a dos vicios que la han labrado: el «fervor
sucursalero» y el «afán de novedades»[2].
Bajo la primera rúbrica se acoge el modelo
de formación profesional que se expide en nuestras universidades junto al
título, y que conduce a su propietario a esta sucinta crónica, casi una
liturgia: afiliación temprana a una corriente o persona filosófica (con razón
social preferentemente en el exterior), de la que el filósofo en ciernes se
convertirá por efecto mimético o de contagio, y con el paso de los años, en fiel
adicto, abogado defensor, glosador, traductor, guarda e intérprete, exegeta,
publicista y divulgador, frecuentemente hasta la jubilación.
Al «fervor sucursalero» le suele acompañar
el «afán de novedades», entendido como un incontinente e irreflexivo «estar al
día», o al corriente de las corrientes. El mayor inconveniente de este vicio
profesional es que imposibilita o dificulta que el propio filósofo piense por sí
mismo y se aventure a exponer su personal punto de vista sobre los asuntos de
los que habla y escribe. Un inconveniente éste de ningún modo intrascendente en
el contexto que aquí tratamos, ya que profundiza todavía más la subyacente
condición de nuestro pensar hasta hundirse en la zanja en la que yacen los
condenados a sobrellevar el estigma de ser un «pensamiento ajeno»[3].
Este suceso nos remite, por lo demás, al primero, al no ser la originalidad y la
producción propia, por así decirlo, lo que entre nosotros se prima (para lo que
se supone que está impedido el filósofo hispano), sino inexcusablemente el
sucursalismo y la delegación.
Ensayo y escritura elegante
Esta situación, desde mi punto de vista,
produce un impacto violento, de consecuencias muy negativas, en un género de
prestigioso pasado, conflictivo presente e imprevisible futuro: el ensayo; o
para decirlo con mayor precisión: el ensayo filosófico. Porque difícilmente
puede concordar un saber que se ha plegado a las estrechuras del sucursalismo y
del especialismo de últimas noticias con las maneras propias del ensayo:
la originalidad, la subjetividad, la soltura expositiva, la comunicación y la
escritura elegante.
Traer a escena a personajes contradictorios
y alterables, como es Jean-Jacques Rousseau, con el pretendido propósito de
apoyar e ilustrar el argumento que uno formula, es empresa muy arriesgada,
porque lo que afirman aquí, lo niegan allá; lo que justifican hacer ahora, lo
desmiente su acción postrera. Son autores éstos a los que, verdaderamente,
conviene no tomar muy en serio, aunque tampoco sería justo borrarlos del mapa
intelectual con una enmienda a la totalidad, pues entre sus muchas afirmaciones
y negaciones, entre la espesa hojarasca de sus libros y testimonios, hallamos,
no obstante, momentos de gran inspiración y, por qué no reconocerlo, de gran
verdad, que sería necio desestimar. Y es que de estos filósofos volubles, como
de los más consecuentes, habrá que reconocer lo que de esencial se les debe: no
que tengan razón siempre, sino que preceptivamente se armen de razones, y no que
digan verdad en todo momento, sino que se mantengan firmes en su afán por
encontrarla. Afirmo, pues, que Rousseau se equivocó en muchas cosas y proclamó
tremendas sandeces en sus libros, pero añadiré a continuación que también sabía
expresarse con claridad y finura este rudo plebeyo de escritura elegante en
ocasiones como ésta: «Comoquiera que sea, ruego a los lectores que dejen aparte
mi bello estilo y examinen tan sólo si razono bien o mal; porque, en definitiva,
del solo hecho de que un autor se exprese con bellos términos no veo cómo se
puede concluir que no sabe lo que dice.»[4]
Ciertamente, leídas estas palabras del
ginebrino en sí mismas, es decir, aislándolas de lo que sabemos de él por sus
otros escritos, de sus andanzas errantes por un mundo que no le comprendió, y
viceversa, debería concluirse que la reclamación que contienen es muy justa,
pues recusa la creencia muy extendida entre comentaristas y analistas según la
cual el buen razonamiento y el bello estilo son incompatibles. Para esta
presunción, el texto filosófico, cuando está bien escrito, se transforma
inmediatamente, como por prodigioso encanto, en pura literatura, y —variación
sobre el mismo tema— si lo que se busca es argumento y meditación, debe irse
derechito a la filosofía de gesto adusto, talante ascético y fundamento
mostrenco.
Allí donde se arriman de consuno claridad y
rigor, ingenio y agudeza, verdad y belleza, allí, hay algo más que un imposible:
allí hay gato encerrado. O por decirlo de nuevo con palabras de José Luis
Molinuevo: «En España escribir bien y no ser aburrido es una maldición que
descalifica como pensador profundo.»[5]
Para los portadores de este prejuicioso criterio, resulta decididamente
desconcertante (rompe sus estrechos esquemas) encontrar grandes pensadores y
científicos que sumen a su sabiduría la gentil cualidad de una escritura
elegante, un saber decir al decir del saber, probablemente porque como a ellos
eso no les pasa, perciben el hecho cual si fuese un extraño portento. Ante su
desconcierto, les crece un delirio en la cabeza, altivo como una cresta o
penacho, como lo es el pensar que ser filósofo u hombre de ciencia y al mismo
tiempo persona capaz de componer bellos textos es algo más que una maravilla:
una maña capciosa de quien utiliza la escritura como pretexto o coartada al
objeto de ocultar la escasez de tesis, razonamientos y sentencias profundas.
Pero, como no entienden de elegancia, no les pasa por la cabeza emplumada que la
escritura elegante, como el porte garboso, responde más a un don o a un donaire
que a un cálculo premeditado. Quiero decir: aunque sea condición aconsejable
para escribir bien un ensayo, la elegancia no es objeto de ensayo. Cuando la
escritura elegante se pretende, el artificio y la artimaña toman posesión del
lugar, y la retórica se adueña de la situación. Como bien dijo Balzac: «La
elegancia elaborada es a la verdadera elegancia lo que una peluca al pelo.»[6]
La ofuscación que refiero es de tal calibre
que con facilidad se hermana con la insidia. A algunos simples lectores y a
reseñadores antojadizos no les causa gran esfuerzo desautorizar un elegante
ensayo filosófico bajo la acusación de que eso no es en realidad filosofía sino
texto literario —más o menos curioso, eso sí, obra acaso de un hábil escritor,
entiéndase, que no está mal porque está bien escrito—, en un acto quizá reflejo
y seco, como lo es una coz. Pues bien, acaso no se nos antojen inocentes estos
prejuicios, si los relacionamos con la desconfianza con que se recibe el ensayo
filosófico en nuestro ámbito cultural. Y digo esto porque tengo para mí que
ensayo y escritura elegante son conceptos que van entrelazados desde su mismo
origen, y corren, en consecuencia, la misma suerte, la suerte de la
circunstancia: uno no se salva sin el otro; si uno se hunde, el otro se ve
arrastrado asimismo en la caída. Los dos rasgos que, a mi parecer, reúnen en
abrazo amoroso a los términos mencionados son la elección y la
distinción.
En el mundo de la vida no existe la
predestinación, que es creencia muy supersticiosa y claudicante, pero sí creo,
con Ortega, que puede hablarse con rigor de la manifestación de un destino
propio y regidor en la existencia de los hombres. Desde el prisma de la
superstición, la realidad de las cosas y nuestro trato con ellas están definidos
o escritos de antemano, siendo así que el papel del hombre en el mundo se limita
a conformar la existencia a la esencia, a asumir una duración de marioneta
programada y gobernada por un maestro de ceremonias que dirige los pasos. El ser
del hombre se torna así un padecer: la vida humana no se realiza, sino que se
sufre. Y se paga, en el deplorable caso de que el sentimiento de culpa haya
llegado a posicionarse sobre el espinazo del sujeto, y allí instalado, como
buitre en su nido patrio, no se considere ya huésped sino propietario —en
realidad, cosa semejante acontece con otros sentimientos de similar linaje: la
fe religiosa y la fe nacionalista, incubadas no para la autonomía sino para la
sumisión (el huevo de la serpiente) y no para la supervivencia sino para el
sacrificio (la cría crecida que devora a la propia madre)—.
El destino tiene un significado distinto: no
se nos impone, sino que, en todo caso, nos sobreviene. Ocurre como con la
fortuna, que imprevisible y caprichosamente cruza la puerta para penetrar en
nuestros recintos, aunque, por lo general, simplemente entra sin llamar. De
cualquier modo, se presenta de súbito, sin anunciarse. Nuestro destino, el
destino de cada uno, es entonces promesa de contingencia, no una condenación.
Digámoslo de otra manera: si bien no nos es dado dirigir el destino de la
vida, sí somos, en cambio, dueños y responsables de nuestro destino, el
cual podrá ser horizonte lejano pero nunca ajeno (alienus), por cuanto se
construye merced a decisiones puntuales que comprometen el yo en las acciones
presentes y venideras. Con la asunción y aceptación de nuestro destino, se
cierra el círculo de nuestra vida, no para estrangularla, sino para poseerla
plenamente. Desde ese instante ya no es posible escoger cualquier opción, sino
la que nos pertenece propiamente: comenzamos de este modo a ser existencialmente
propietarios, es decir, individuos moralmente «autónomos».
Decía Ortega: «Entre las muchas cosas que en
cada caso se pueden hacer hay siempre una que es la que hay que hacer.»[7]
El aforismo, en su generosa holgura, contiene una especial dimensión ética, pues
en su primer recorrido se torna flecha que alcanza una diana muy prometedora: el
sentido de la elegancia. Recuerda Ortega, a este respecto, que la acción de
elegir fue establecida ya en el latín más antiguo dentro de la órbita de la
elegancia, al legar para la descendencia el participio presente elegans,
el cual nos indica que elige quien es elegante y «eligente», y, por ende, «in-teligente».
La persona elegante, e inteligente, es aquella a quien no todo le da igual, sino
que lo suyo es discernir y discriminar, escoger y preferir.
Viene esto a cuento del narrar y del pensar,
porque entiendo por escritura elegante aquella que reúne bajo su aura tanto al
autor que elige su medio de expresión — no quien vaga por los géneros—, cuanto
al lector que escoge su lectura con inteligencia —no el que lee por obligación,
sino por predilección—. Sostener que todos los géneros son igualmente válidos
porque aseguran el mismo fin, verbigracia, la consagración del lenguaje, y con
parecido desparpajo defender la ocurrencia de que no importan las rutas o
destinos viajeros escogidos, porque lo apreciable es viajar sin más, o porque,
después de todo, decidamos lo que decidamos, todos los caminos conducen
finalmente a Roma, es definición de itinerarios muy amoldable y resignada, casi
prosaica.
Además de esto, ahora sabemos que es poco
elegante y, en verdad, muy informal el hacer pública la especie de que en
asuntos de escritura, y en el fondo de todo, uno no sabe lo que quiere, o que
todo le da igual, que no le importa; y digo que lo es porque tal actitud
desorienta al lector y desvía la atención del verdadero objeto de interés en
este asunto: el propio texto y su adecuada recepción por parte del lector.
Tampoco es elegante jugar al escondite, al mentiroso o a la ruleta de la fortuna
con el lector. Lo elegante, en cambio, es presentarse e identificarse, mostrar
el género y mantenerse al margen de las técnicas de representación. Como hace el
ensayo. Ocurre que en el ámbito del pensar, el ensayo filosófico ofrece las
mejores posibilidades, y la más probada acreditación: a diferencia del tratado o
el manual, el ensayo filosófico se escribe y se lee por gusto, no por necesidad
ni por obligación. Estos rasgos amables, y otros de los que hemos hablado más
arriba, se aúnan en un resultado que comunica gentilidad y buenas maneras.
En el ensayo se reúnen gratamente la
meditación, la reflexión, el análisis, la disertación, el sentido del humor y la
complicidad, un flamante conglomerado de virtudes del pensamiento y del lenguaje
que inspirados, combinados y bien aprovechados resultan altamente estimulantes.
En él es posible presentar un razonamiento o una crítica de alcance sin perder
el sentido de la gracia y de la elegancia, sin perder los estribos, sin
aturullar ni agobiar, sin regañar ni querer impresionar, sin dar lecciones ni
adormecer. El ensayista sabe que debe cargarse de razones, pero no para
despeñarlas sobre el lector, sino para persuadirle: en sus modos y modales se
juega su destino. No se trata de adornar el pensamiento ni de pretender
encandilar, sino de cuidar las formas y cuidarse, de interesar, en definitiva.
Palabras cruzadas: Ortega y el
Mairena.
El examen de la influencia y el valor del
pensamiento en nuestra historia filosófica conduce, más pronto o más tarde, a su
estación central, a la obra de Ortega y Gasset, por su propia relevancia, como
«prueba explícita» de los logros que ha alcanzado el ensayo filosófico en
España, y en particular, por tratarse de una persona y una obra que hablan por
sí mismas en favor de la delimitación de géneros en literatura y filosofía[8],
a mi juicio, casus belli en las letras hispánicas, al haber crecido en el
imaginario cultural que el carácter y el idioma hispanos están hechos para el
narrar, pero no para el pensar, para la ficción, pero no para la meditación, o
sea, lo que vengo denominando la Leyenda de la cultura española. Llegados hasta
aquí, me interesa traer ahora a colación un segundo testigo del ensayo español,
una obra que junto a la de Ortega compone el dueto perfecto del género en
nuestro pasado reciente, al tiempo que proyecta las dos caras del mismo asunto,
o su cara y su cruz. Estoy refiriéndome, claro está, al Juan de Mairena:
sentencias, donaires, apuntes y recuerdos de un profesor apócrifo, conjunto
de textos escritos «en vil prosa» por el poeta Antonio Machado, reunidos y
publicados en 1936, esa fecha rabiosa y dramática de la historia de España.
El hecho de requerir su convocatoria
conjunta responde a un motivo de justo reconocimiento, pero también a la
oportunidad de oponer dos maneras radicalmente contrarias de darle sentido y
contenido al ensayo filosófico: por un lado, el texto excepcional, en la
acepción más exacta del término, de un poeta, Antonio Machado, metido
circunstancialmente en faenas de filósofo, quien no sólo pone en prosa
muchas y variadas reflexiones y pensares, sino que además diserta relajadamente
sobre el ideario filosófico, definiendo de paso una dirección y modo de concebir
las afinidades entre la literatura —más en concreto, la poesía—y la filosofía; y
por el otro lado, la obra completa de un filósofo, José Ortega y Gasset, quien
persevera, de principio a fin, en una línea de fidelidad al discurso filosófico
claro y distinto y al ensayo, expurgados ambos previamente (y necesariamente) de
escolasticismo, erudición, retórica y usos poéticos, todo ello expresado con
generosas muestras de rigor, elocuencia, humor y elegancia.
En verdad, merced a este cruzamiento
descubriremos una síntesis de los equívocos que sostienen la querella en España
entre Literatura y Filosofía, malentendidos que nacen de severos lugares
comunes, falsas creencias y «vigencias colectivas», algunos de los cuales nos es
imperioso recalificar. Porque ocurre, debo insistir en ello, que frente a la
común creencia, el ser elocuente y bienhablado no le convierte a uno
necesariamente en orador; ni el ser buen filósofo o científico, y además
escribir bien, le vuelve misteriosamente escritor por encima de su condición de
filósofo o científico, por la misma razón que el hábito no hace al monje ni el
buen estilo está reñido con el rigor y la voluntad de conocimiento. Tampoco un
novelista o poeta que se dedica a su menester, y da nombre de ensayo a su relato
o denomina tratado lo que no es tal, sino una narración o un ramillete de
versos, y juega así con el lenguaje, tampoco ese novelista o poeta, digo, se
transfigura prodigiosamente en filósofo o científico, porque al ser su oficio el
de creador, posee la facultad de ponerle nombre a las cosas, sin tener que dar
por ello más explicaciones, mientras que el científico y el filósofo sí deben
darlas, en razón de la naturaleza de su tarea. Cuando esta demarcación no se
aclara, emergen en este suelo no sólo abusos y ligerezas lingüísticas sino
también graves dislocaciones conceptuales, propensas a sacar las cosas de
quicio.
Cada ámbito de la escritura tiene sus
propias reglas que posibilitan identificar y ordenar los textos, su composición
y su lectura: el respetarlas no es sólo muestra de coherencia sino sobre todo de
honradez intelectual; no sólo una manifestación de opción estética, sino también
de elección moral. El actuar y el falsear, el gusto por el disfraz y el tapujo,
resultan experiencias excitantes que contraen riesgos y deudas, pues cuando uno
va de misterioso, ingenioso, trapacero o de cuentista no siempre es
identificado, jugando así con ventaja, y sus gracias pueden divertir tanto como
sus fechorías quedar impunes. El «escritor sin fronteras» puede reclamar el
derecho de hacer lo que hace, es decir, el transitar de un lugar a otro en el
orbe de las letras y no sellar el pasaporte, o viajar sin pasaporte. Pero sépase
también que con esta demanda no sólo está exigiendo aquello que le corresponde y
merece, que es el derecho a no responder ni dar explicaciones sobre sus
escritos, sino que asimismo demanda lo que no le toca, que es recibir todos los
bienes sin pagar impuestos, por así decir; o sea, pretende no sólo libertad
creadora sino también impunidad estética, y aun moral (juega a caballo ganador,
lo quiere todo). Como niño travieso, se podrá así ocultar tras la excusa cuando
dos y dos no le sumen cuatro, y como bribón no nos devolverá el cambio como es
debido, o nos dará de menos, porque, nos dirá, «se trataba de una broma» o «no
era todo más que un juego». No se requiere de un escritor que diga la verdad,
pero sí que no fomente la mentira ni viva de la estafa intelectual.
El denominado «poeta-filósofo» (ese genio
con dos cabezas distintas pero un mismo daímon verdadero) no tiene
bastante con disfrutar de lo suyo como poeta (libertad absoluta de creación y
franquicia artística), además reclama el derecho ganancial a la posesión de los
atributos del filósofo (precisión y método), y aun del científico (exactitud y
reputación), pero niega tener autoridad y responsabilidad sobre sus aledaños:
coherencia, análisis, rigor, método, demostración, prescripción, resolución,
responsabilidad, pruebas, revisión, crítica, reformulación, contrastación,
discusión pública, ponderación.
Pues bien, Antonio Machado fue un gran
poeta. Sobre la altura de sus versos no cabe reclamar razones, sólo dejarlos
resbalar por la epidermis de la sensibilidad para que penetren por la propia
fuerza de la sugestión. Mas, cuando Machado escribe filosofía, verbigracia, el
Juan de Mairena, se pronuncia sobre asuntos que trascienden el plano de
la sensibilidad, y, sobre todo, actúa de otra manera, desde otra perspectiva,
con otros fines distintos de los del poeta. Ahora no cabe ya apelar al recurso a
la licencia poética. Hasta aquí no alcanza el blindaje artístico. Ahora empiezan
la discusión filosófica y el discernimiento racional. Pregunto entonces: ¿tienen
consistencia las razones de Machado cuando se pronuncia sobre la materia
filosófica?
El Juan de Mairena de Machado es una
obra miscelánea, compuesta por sentencias, donaires, apuntes (de clase unos,
otros no) y de recuerdos, según reza su subtítulo, pero también de aforismos,
diálogos, breves piezas teatrales, algunos baladas y no pocos poemas inyectados
en el cuerpo central. Obra, por tanto, «total», que en muchos de sus momentos se
mantiene fiel a los modos expresivos clásicos del ensayo (en otros, no tanto).
Por lo pronto, llama la atención el hecho de que quien ejerce de ensayista se
oculte tras un personaje para escribir el ensayo, sea tras la máscara de un
profesor apócrifo, sea tras pseudónimos, Abel Martín o Juan de Mairena (también
sería raro el recurso de componer un ensayo y presentarlo como un manuscrito
anónimo encontrado en una botella o en Zaragoza o en un baúl). Que se ha hecho,
lo sé, como tampoco desconozco que larga es la sombra de la Leyenda en España y
que ancha es Castilla. Pero su presencia, y hasta la contumacia del hecho, no
evitan que estas tácticas se conviertan en maneras fingidas, retóricas y
artificiosas, en amaneramientos que, en cualquier caso, no armonizan bien con el
propósito cardinal del ensayo, que es, a diferencia del tratado, ofrecer una
visión personal, subjetiva y comprometida de lo que expone, y, a diferencia del
novelista o poeta, proceder a cara descubierta, sin trampa ni cartón, sin juego
de identidades, sin ser (o pasar por) un personaje más de trama y tramoya.
Desde su fundación (con los Ensayos de Michel de Montaigne), objeto y
sujeto se hacen inseparables, ensayo y yo conforman una unidad sincera, el
germen de una larga y feliz amistad: «Así, yo mismo soy el tema de mi libro»,
declara el filósofo de la torre en la primera página de su libro. Ortega, por su
parte, confiesa igualmente el sentido de su quehacer, enseñando las cartas, por
así decirlo, sin esconderse: «yo estoy presente en cada uno de mis párrafos, con
el timbre de mi voz, gesticulando, y que, si se pone el dedo sobre cualquiera de
mis páginas, se siente el latido de mi corazón.»[9]
Bien es cierto que toda regla tiene su
excepción, y conoce algún extremo casus conscientiae. De hecho, podría
citarse el ejemplar caso aparte de Sören Kierkegaard, quien tanto gustaba de
recrearse, de reencarnarse en figuras ficticias, en personajes, en pseudónimos.
Se convendrá, no obstante, en que el caso de Kierkegaard es tremendamente
peculiar, en la medida en que sus transformaciones se vieron condicionadas por
una personal metamorfosis espiritual, una transformación interna que atravesó
distintos estadios (estético, ético y religioso) que ilustraban con nombre
propio la elección adoptada en cada situación, así como sus cambios de
carácter y, en consecuencia, de personalidad. Una motivación principalmente
religiosa prevalecía en la actitud de Kierkegaard, una confesión, que en lugar
de pretender engañar al lector, aspiraba a ofrecer el movimiento de su
descarnado yo, según se iba forjando. Otro caso conocido de recurso a este
expediente simulador lo representa Fernando Pessoa, si bien en este autor el
recurso simulador de los heterónimos se debe, más que a otros propósitos, a un
impulso puramente estético.
Pero, ¿qué enseña Machado, travestido de
Mairena, a sus alumnos y, por extensión, a sus lectores? ¿Qué dicta su lección?
Más que una confesión religiosa, más que un ejercicio estético, brinda lecciones
de moral. En la línea de otros poetas que celebran las bodas de la literatura y
la filosofía por todo lo alto, con el fasto de las bodas de Camacho, con no poca
premura, y no siempre con el consentimiento mutuo, Machado reconoce la
identidad diferenciada de ambas, cual si fuesen destinos inscritos
condenados a converger en el cosmos de la Letras, ya que las dos se mueven al
son de la metafísica del mundo, la música de las esferas. El hecho de que una
esté regida por la reflexión y la otra por la inspiración, no parece
considerarlo obstáculo para que se consume el encuentro. Hay escritores, dice,
que lanzan las palabras en busca de ideas, y otros, cuyas ideas parecen esperar
las palabras que las expresen. Sea como fuere, los representantes de esta unidad
en la dualidad, filósofo y poeta respectivamente, tendrán que coincidir en algún
momento, por efecto de una mezcla prodigiosa de azar y de necesidad, porque sus
vidas son parejas y sus oficios, intercambiables: «Hay escritores extraños —y no
los peores— en quienes la reflexión improvisa y la inspiración corrige.»[10]
Vayan donde vayan, y hagan lo que hagan, sus
destinos cruzados anuncian una promesa de concurrencia ineludible: «Hay hombres,
decía mi maestro, que van de la poética a la filosofía; otros que van de la
filosofía a la poética. Lo inevitable es ir de lo uno a lo otro, en esto, como
en todo.»[11] Será inevitable el
trance, pero puede cometerse con él más de una infracción. Y se puede (y se
debe) localizar y reprender, por exceso de velocidad y mesura, a los
participantes en esta carrera con dos direcciones. Construyen sin licencia —o
acaso permitiéndose demasiadas licencias— una arquitectura de la ensoñación,
aquella que postula la poesía como refugio de filósofos exaltados y la filosofía
como «hospital para poetas desgraciados» (Stefan Zweig)[12].
No son éstas las únicas opciones. Existen otras direcciones y lugares de
reunión, sea el club de los poetas muertos o el café de los filósofos muertos.
Pero ahora no es momento de evasión, ni de acudir a una tertulia o ir de copas,
sino que nos urge conocer la opinión de Machado, o sea, la de Mairena: «Los
grandes poetas son metafísicos fracasados.»[13];
y añade: «Los grandes filósofos son poetas que creen en la realidad de sus
poemas.»[14] ¿Qué se quiere decir
con esto?
La poesía aspira a lograr su plenitud
elevándose hacia los máximos niveles de conformidad con lo Real. El resultado de
su esfuerzo creador es el «pensamiento poético», producto necesitante y
escindido en el que aún palpitan el deseo y el ansia de la consumación: «sólo en
contacto con lo otro, real o aparente, puede ser fecundo.»[15]
Ese «otro» que fecunda es el «pensamiento lógico o matemático», el cual, en
calidad de pensamiento homogeneizador, une y reúne los fragmentos de Realidad
que la poesía (en esencia, «heterogeneizadora») ha compuesto libre y
espontáneamente. Al final del proceso, la Metafísica acoge y consuma ese sueño
del Espíritu. He aquí la disposición diseñada de la representación, con el
respectivo reparto de papeles: los poetas crean la Realidad con sus
poemas, pero sólo los filósofos creen en la realidad de los poemas. ¿Es
éste el fin de la lección moral o sólo el medio?
Por una parte, declara Machado que después
de la verdad, nada hay tan bello como la ficción. Ciertamente, la ficción que
procura la creación pura garantiza la aprehensión de lo bello, pero por encima
de todo está la verdad, la novia pretendida, la princesa prometida. En el
discurrir de las ideas y de las palabras, cuando llega la hora del pensamiento,
el poeta se aparta «respetuosamente» y cede el paso al filósofo, quien sabe de
estas cosas más que aquél. Y esto es así porque el poeta en realidad sabe poco,
y siente mucho, más que nada siente el Ser, pero de la Nada o del Todo, nada
sabe («tiene su metafísica para andar por casa»[16]),
y con tan flaca solvencia no se puede ir a lugar seguro, a la Verdad, allí donde
encuentra el poeta remedio y consolación para su perpetua Angustia. El detalle
es de agradecer. Pero la cortesía del poeta no es, empero, tan clara y
desinteresada como la del filósofo. Si aquél cede el paso a éste para que ejerza
su labor y actúe, es porque espera sacar provecho de la participación, para
adelantarle más tarde, llevarle ventaja, sobrepasarle, sacarle dos cuerpos, y
tal vez el alma. Nada habrá, en consecuencia, tan principal como la filosofía...
después de la poesía. ¿O habíamos creído lo contrario?
Hay labores y labores. En la división del
trabajo que asigna Mairena, «estarán frente a frente poeta y filósofo —nunca
hostiles— y trabajando cada uno en lo que el otro deja.»[17]
La filosofía en sus manos, más que otra cosa, es un deber que marca el profesor
apócrifo a sus alumnos virtuales, entre ellos, los filósofos, un compromiso al
servicio de la poesía: su filosofía es meditación sobre el trabajo poético,
según confiesa el narrador de su maestro.
Cruel destino para la filosofía, si todo
quedara ahí: nacer hace veintiséis siglos emancipándose del saber poético, pagar
su culpa sirviendo a la Teología como ancilla, conocer breves periodos de
libertad condicionada, y acabar otra vez de auxiliar de la Poesía. ¿O es otro el
proyecto ofrecido?
Muchos misterios existen en el Universo,
mucha congoja y ansia golpean el pecho privilegiadamente sentiente del poeta
especulativo. Le apremia conocer las respuestas, más que nada ni nadie: si es
devoto, acude a la religión; si laico, apela a la filosofía. El silencio de Dios
puede llegar a atormentar a muchos espíritus sensibles, pues, después de todo,
entra dentro de sus fueros el atender o no la llamada de la criatura anhelante.
El silencio de la filosofía se toma, por el contrario, como descortesía, o
simple pereza. La filosofía debe responder en todo momento y cumplir su misión,
que es la de servir, sin más contemplaciones: «Cuando los filósofos vean esto
claro y nos lo expliquen no menos claramente, tendremos esa metafísica para
poetas con que soñaba mi maestro y que tanto habemos menester.»[18]
No se extraiga, con todo, la dudosa conclusión de que esta suerte de laicismo
poético, armado por la fuerza de la filosofía, se decanta por una visión
racional y comedida de la realidad, así como por una propuesta cultural aliada
de la Modernidad, porque tales cosas no serían posibles procediendo como se ha
hecho y partiendo de presupuestos tan comprometidos. Machado culmina su
reconstrucción filosófica en una suerte de delirio místico o de rancio
casticismo muy parejo al de su compañero de generación, Don Miguel de Unamuno. Y
llega asimismo a razonamientos atolondrados, de resultados confusos, por no
decir sorprendentes: decía el maestro de los españoles —y en concreto de los
andaluces— que «nos falta fantasía para artistas; nos sobra, en cambio, sentido
metafísico para filósofos occidentales. Con todo, es el camino de la
filosofía el que nosotros debemos preferentemente seguir.»[19]
Camino entendido a nuestra manera, ya se sospecha, es decir, como
«filosofía poética», la cual, habrá que colegir, difícilmente convergerá con la
senda por la que transitan los filósofos occidentales.
Sigue hablando la Leyenda: pertenecemos los
españoles a una raza de escépticos («nosotros los escépticos o filósofos
propiamente dichos»[20]), embebidos
de una profunda sabiduría que se pierde en el tiempo ignoto, mítico, y se
sostiene en la reciedumbre de una incertidumbre que poco tiene que ver con la
«filosofía constructiva» que llevan a cabo, con distintos matices, alemanes y
anglosajones, criticistas o pragmatistas, la filosofía moderna. Y es que, según
dicta la caracterización expresada por Mairena, lo que destila nuestra «raza» no
es, en rigor, escepticismo hacia el saber sino vacilación e indefinición en la
organización de los saberes. Si, con todo, hay escepticismo, éste se dirige en
primera instancia a la misma filosofía, porque lo nuestro es otra cosa.
Para emprender nuestro particularísimo camino de la filosofía, hemos de contar
con nuestro mejor y más concluyente legado: «hemos de acudir a nuestro
folklore, o saber vivo en el alma del pueblo, más que a nuestra tradición
filosófica, que pudiera despistarnos.»[21]
Pobre tradición, una tradición irrisoria e inane, según sus palabras, de la que
poco se puede sacar, y que, después de todo, llega a desviarnos de nuestro
sagrado destino. ¿Qué tenemos, pues? Total, a Séneca y a Averroes, poca cosa:
«un retórico de mala sombra, a la romana», afirma, y un musulmán que sólo sirve
«para irritar a los neotomistas»[22].
La ruta de nuestra cultura está ya señalada
y nos conduce a encrucijadas contempladas con embeleso y selectiva nostalgia,
porque algún día, añade, se trocarán los papeles entre poetas y filósofos. Unos
y otros cantarán al unísono, como en un dueto primoroso, las hazañas de la
españolidad y nuestras grandes hazañas metafísicas. «Nuestro punto de arranque,
si alguna vez nos decidimos a filosofar, está en el folklore metafísico de
nuestra tierra, especialmente el de la región castellana y andaluza.»[23]
Así hablaba Mairena.
Elegancia, filosofía y ensayo
en Ortega
¿Ha seguido el ensayismo filosófico español
principalmente el camino del pensador Ortega o el del profesor Mairena?
De un modo u otro, con variaciones o matices, la encrucijada de tradiciones y
destinos se impone a cada nueva generación, emplazándola a tener que
identificarlas y sopesarlas. Ensayista que vienes al mundo, te guarde Dios,
una de las dos opciones ha de helarte el corazón.
Pues bien, la posición de Ortega sobre el
asunto que aquí consideramos no ofrece demasiadas dudas, y no tanto en razón de
las reiteradas veces a las que alude sobre la cuestión de la relación
filosofía/literatura en sus escritos cuanto a la inequívoca actitud que adopta
ante la misma. En mi opinión, la segunda aplicación es más aclaradora aún que la
primera. Desde su primer libro, Meditaciones del Quijote, Ortega recalca
la circunstancia de que sus escritos, al ser ensayos, nos son propiamente
libros de filosofía. Pero repárese en las premisas que llevan a esta
conclusión: unas páginas anteriores a esta declaración, Ortega ha querido
distanciarse de los usos tradicionales de la filosofía que decaen en un
ejercicio de «erudición», promesa de mucho saber pero vacantes del
comprender. La filosofía, sostiene, es la ciencia general del amor,
impulsada por el deseo.[24] Así sus
escritos son hijos de una descarga voluptuosa de intelección, empujados por
«filosóficos deseos», por un «explícito propósito filosófico». Pues bien, veinte
años después, en el Prólogo para alemanes, proclama de manera no menos
explícita que sus libros no son propiamente libros sino recopilación de simples
artículos publicados en periódicos.[25]
¿Cuál es, pues, el ámbito filosófico de Ortega?
Ortega filósofo, catedrático de Filosofía, u
Ortega periodista. Ni lo uno ni lo otro. La filosofía es idealmente lo contrario
de la pomposa erudición y de la neta noticia: es amor a la sabiduría y
necesidad de comprender. Esto lo dice el propio Ortega, pero esto se ha dicho
oportunamente desde el origen mismo de la filosofía. Aunque también se han dicho
otras cosas, y muy opuestas a ésta.
La tremenda gravedad de este asunto no se le
podía escapar a su perspicaz inteligencia. Y así escribe: «Una filosofía es
siempre dos: la expresa, constituida por lo que el filósofo «quiere» decir, y la
latente; latente no sólo porque el filósofo se la calle, no nos la diga, sino
porque tampoco se la dice a sí mismo, y no se la dice porque él mismo no la ve.»[26]
La distinción entre lo patente y lo latente ya le había sido útil en otras
ocasiones; ahora, la aplica a los propios actos del habla, a su propia condición
de ser que se habla. Es el caso que un «decir» es una acción vital del hombre,
y, por consiguiente, no separado de su ser. De modo que «lo propio y últimamente
real en un «decir» no es lo «dicho» o dictum —lo que he llamado el ideoma—,
sino el hecho de que alguien lo dice, y por tanto, con ello actúa, obra y se
compromete (s´engage).»[27]
Si hablar consiste en hacer cosas con palabras, entonces habrá que atender más a
lo que se hace que a lo que se dice, o más exactamente, a lo que uno hace
con ellas.
Ortega aborda en su magna obra los temas más
variados: los toros o la caza, la moda y los modales, la técnica y la ciencia,
las artes y las letras, los entes y las sustancias, los tirios y los troyanos.
En todo momento, no obstante, está presente la meditación y la praxis de
pensamiento, la tesis filosófica, así como patente la mano y la mente de
un pensador. Y tras ellas se despliegan la digresión reflexiva, el recurso a una
parábola o anécdota, el apunte, la glosa y la nota al margen que ensanchan el
examen del asunto y enriquecen su propia dimensión. En fin, siempre, en todos
sus escritos, Ortega hace filosofía, ensayo filosófico.
Son precisamente estas señales las que nos
permiten reconocer las características y la gracia del ensayo filosófico, género
en el se consagró como un maestro absoluto. Ortega cuando escribe no pierde el
norte de su cogitación, pero tampoco sigue un guión cerrado o un ritmo monótono
de exposición. No se priva de nutrir sus textos con toda clase de
disquisiciones, cuando aprecia que se ha desviado demasiado, retrocede y
compendia lo dicho, resume al lector las páginas anteriores, a quien siempre
considera un cómplice: he aquí nuevamente una manifestación de la claridad y la
cortesía del filósofo. En sus requiebros muestra su ingenio y su afán por
seducir al lector (indudablemente, Ortega fue un seductor incorregible, un
pensador elegante). Revisa sus textos continuamente y les añade notas al pie de
página que casi nunca contienen enojoso y enfático aparato «crítico» que nos cae
encima como una cascada anegando los márgenes y las riberas, sino que en no
pocos casos alberga los momentos más inspirados de sus textos. Con este proceder
hace Ortega como Montaigne con los addenda en sus Ensayos, y no es
casualidad que ambos coincidan en este detalle, aunque no sólo en él: no
olvidemos que a los dos les hermanan el ánimo alegre, el sano descreimiento (que
no significa siempre escepticismo), la voluntad de conocimiento, el esfuerzo
por hacerse entender y la cuidada y elegante escritura. Características, todas
ellas, del ensayo filosófico más genuino, pero que, por desgracia, no han tenido
mucha continuidad en nuestras letras. Parece que la miscelánea, la ambigüedad,
el juego del lenguaje, la «filosofía poética» (o la «poesía filosófica»), la
traza del Mairena ha sugestionado a los ensayistas españoles (o tales
dicen ser) más que la de Ortega.
Como en muchas otras cosas, Ortega fue,
también en este sentido, único; tanto que se quedó prácticamente solo, tanto que
ha dejado nuestro presente dramáticamente huérfano y sin descendencia.
©Fernando
Rodríguez Genovés
[1] Carlos Pereda, «Luces y
sombras de la escritura filosófica en español», en Revista de
Occidente, nº 233, octubre 2000, p. 53.
[2] Carlos Pereda sugiere las
locuciones «fervor sucursalero» y «afán de novedades» al objeto de
diagnosticar los dos principales vicios que aquejan a la comunidad
filosófica iberoamericana, la realmente existente o la todavía por
realizar, en loc. cit., pp. 53-70. En el mismo número de la revista, en
el dossier titulado Pensar en español, se halla el texto de Luis
Villoro, «¿Pensar en español?: tratado o ensayo» en el que, por su
parte, propone calificar la patología con las conceptualizaciones de
inspiración orteguiana: filósofo «alterado» y filósofo «ensimismado»,
cercana a la Pereda aunque no idéntica (véase loc. cit., pp.
105-112). Para mayor conocimiento de la tipología empleada por Villoro,
puede verse, por ejemplo, su anterior trabajo: «¿Es posible una
comunidad filosófica iberoamericana?, en Isegoría, nº 19,
diciembre 1998, pp. 53-59. El texto en cuestión recoge su intervención
en el Primer Congreso Iberoamericano de Filosofía
(Cáceres-Madrid, 21-26 de septiembre de 1998).
[3] Empleo la locución
«pensamiento ajeno» en sentido parejo a como lo hace José Luis Molinuevo
en su artículo «Somos un pensamiento ajeno» (El País, 18 de
septiembre de 1997).
[4] Jean-Jacques Rousseau, «Lettres
écrites de la montagne», en Oevres Complètes. Paris: Éditions du
Seuil, col. «L´Intégrale», 1971, III, p. 400. Allí se lee exactamente: «Quoi
qu´il en soit, je prie les lecteurs de vouloir bien mettre à part mon
beau style, et d´examiner seulement si je raisonne bien ou mal; car en
fin, de cela seul qu´un auteur s´exprime en bons termes, je ne vois pas
comment il peut s´ensuivre que cet auteur ne sait ce qu´il dit.»
[5] José Luis Molinuevo,
ibid.
[6] Honoré de Balzac,
Tratado de la vida elegante. Barcelona: Casiopea, 2001, p. 56.
[7] Véase Apéndice III
[Elegancia], incluido por Paulino Garagorri en la edición de José Ortega
y Gasset, La idea de principio en Leibniz y la evolución de la teoría
deductiva. Madrid: Revista de Occidente en Alianza Editorial, 1992,
p. 376.
[8] Ortega se lamentó a
menudo de tal incomprensión, lanzada además sobre su propia obra. Dos
muestras: 1) «¡Yo he tenido que aguantar en silencio durante treinta
años que los tontainas me acusen de no hacer más que literatura, y lo
peor, que mis discípulos mismos, crean debido plantear la cuestión de
que si lo que yo hacía era literatura o filosofía o ridiculeces
provincianas de este jaez!» (Origen y epílogo de la filosofía,
1941-1960, Revista de Occidente, El Arquero, 1972, p. 142); 2) «no se
trata de algo que se da como filosofía y resulta ser literatura, sino
por el contrario, de algo que se da como literatura y resulta que es
filosofía. [...] Pero esas gentes que de nada entienden, menos que de
nada entienden de elegancia, y no conciben que una vida y una obra
pueden cuidar esta virtud. Ni de lejos sospechan por qué esenciales y
graves razones, es el hombre el animal elegante.» (La idea de
principio en Leibniz y la evolución de la teoría deductiva, 1947, op.
cit., p. 296). Ambas referencias corresponden a notas a pie de página,
casi siempre lugares privilegiados en la obra de Ortega.
[9] José ORTEGA Y GASSET,
Prólogo para alemanes. Madrid: Cuadernos Taurus, 1961, p. 19.
[10] Antonio Machado,
Juan de Mairena: sentencias, donaires, apuntes y recuerdos de un
profesor apócrifo. Madrid: Alianza, 1981, pp. 119 y 120.
[12] Vid. su ensayo
dedicado a Hölderlin en «La lucha contra el demonio»: Stefan Zweig,
Obras Completas. Barcelona: Juventud, 1953, IV, p. 148.
[13] Antonio Machado, Juan
de Mairena, ibid., p 57.
[19] Ibid., p. 222
(el subrayado es mío).
[24] Entre las páginas 55 y
60 de las Meditaciones del Quijote, Madrid: Cátedra, edición de
Julián Marías, 1990, puede hallarse el contexto de la descripción de la
filosofía que menciono. En la p. 60 se lee la célebre definición
orteguiana de ensayo: «Y el ensayo es la ciencia, menos la prueba
explícita.»
[25] Una célebre confesión
de Ortega acerca del origen periodístico de sus libros procede del
Prólogo para alemanes, op.cit.: «Y lo primero que necesito
decir de mis libros es que propiamente no son libros. En su mayor parte
son mis escritos, lisa, llana y humildemente, artículos publicados en
los periódicos de mayor circulación de España.», p. 23.
[26] José Ortega y Gasset:
La idea de principio en Leibniz y la evolución de la teoría deductiva,
op. cit., p. 253.
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