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LA LUCHA EN SOMBRAS DE PEPE ORTEGA 

Las meditaciones del joven Ortega y Gasset bajo el magnolio de El Bosque


Noé Massó

                             

 

 
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El joven madrileño discreto, bajo y macizo que acude a las conferencias de Ramiro de Maeztu, pregunta incansable y evita afirmaciones dogmáticas se llama José Ortega Gasset, tiene diecinueve años, estudia Derecho y acaba de licenciarse en Filosofía, tras tres años de carrera en la Universidad Central de Madrid. Debió llegar a Vigo a mediados de julio, tras cerrar el curso con un viaje de estudios por Castilla bajo la dirección del crítico de arte Francisco Alcántara. 
         Veranea en la casa de su tía María Gasset, joven viuda de José Neyra, en la inmensa quinta conocida como “El Bosque” o finca del Cristo, entre el Regueiro y la Carretera de Baiona, por donde hoy se encuentra la Plaza 8 de Marzo y pasa la Avenida de Camelias. O, tal vez, en  la desaparecida “Villa Manuela”, la casa de Álvaro López Mora y su tía Manuela Gasset en Peniche, junto a las Angélicas.
          Es el cuarto verano de su mocedad que viene a Vigo. Ya había pasado aquí algún veraneo de infancia, a mediados de los ochenta, incluso una larga temporada de agosto a diciembre, en 1885, cuando nació su  hermano Manuel. No lo recuerda: tenía poco más de dos años. Después vinieron los años en Madrid, los veranos en el Escorial, los inviernos en Córdoba, el internado en Málaga, el preuniversitario en Deusto, la Universidad en Madrid. Pero eso es cosa del siglo pasado. 
          Ahora, recién licenciado, expectante ante el futuro y sensible a todo estímulo intelectual, los trallazos de Maeztu inciden con fuerza en su ánimo. Las conferencias del ideólogo en la Escuela de Artes e Industrias encauzan sus pensamientos hacia la acción social, el desarrollo técnico y la eficacia científica como auténticas herramientas regeneradoras de la Nación, frente al cultivo de ideales caducos y lirismos decadentes. El ocio del verano permite largas conversaciones y Maeztu y Ortega inician una relación profunda, en la que el vasco ejerce de “hermano mayor en la cofradía espiritual. No dejará nunca de ser una amistad confusa, excéntrica, de amigos irreconciliables o enemigos inseparables, en la que tan pronto se dedican un  abrazo fraternal” como se lastiman con ironías. Comulgan con idénticos ideales, pero no acaban de soportarse. Dos años más tarde,  en carta privada a Unamuno,  el joven Ortega  juzga certero a Maeztu “...como el hombre más bueno, más de primer movimiento, más sincero, más niño.... Ama las cosas tan fuertemente, con tanta inocencia, con tal ardor y olvido de sí mismo y de los demás, con tal desprecio del ridículo, que las estropea, las rompe y las hiere en la matriz”. Pero eso es en 1904. Ahora se encuentra bajo su influjo, y paseando por la Alameda discuten el futuro y el pasado, comparten ideas e inquietudes, se comunican perspectivas, intercambian  confidencias.

           Aunque es verano, Ramón Gasset  acude a diario a la Escuela Superior de Industrias, de la que es impulsor y primer director. Recién creada, ha abierto sus puertas en febrero de este año, por lo que ha sido necesario aplazar el fin de curso hasta finales de  julio y comenzar los exámenes en agosto. Esto facilita el acceso de su sobrino José  a la Biblioteca de la Escuela,  donde consume horas de lectura. "Está muy bien en obras modernísimas, de ayer mismo,  sobre todo en materias de Ciencia Social y Bellas Artes, escribe a su padre, entusiasmado con los fondos de la Biblioteca, resultado de la habitual filantropía de algunas  grandes fortunas de la ciudad. 
           Es claro el consejo o la orientación de Maeztu en las tres lecturas de las que tenemos constancia, “tres libros genialmente serios y profundos, los libros más modernos que todavía se encuentran en la biblioteca: La ciudad moderna y la metafísica de la sociología (1894), del francés Jean Izoluet;  Ciencia y Moral (1886) del químico francés Berthelot y Conciencia y voluntad sociales (1897) o Las luchas entre sociedades humanas (1899) del ruso Novicow. Los tres se adscriben a la sociología positivista del XIX, el movimiento que pretende hallar leyes exactas y precisas para explicar las sociedades humanas y encauzarlas hacia el progreso. En sus lecturas de este verano el joven Ortega aprende
o confirma que el problema social estriba en el equilibrio entre la activa minoría cultivada y la masa pasiva, que la única base para  fundamentar una  moral pública, una vez destruidos los viejos dioses, es la ciencia. También que las sociedades se comportan como un todo individual, con conciencia y voluntad definidas y redefinibles. 
           Entre los fondos de la Escuela también se encuentra Los Héroes (1841), de Thomas Carlyle,  en la edición traducida de 1893. Pudo leerlo por estos días, pues ya lo cita unos meses más tarde. El sermón laico de Carlyle, muy del gusto de Maeztu, explica la historia como realización de los Grandes Hombres, enérgicos y sacrificados, proponiendo y analizando una galería de arquetipos masculinos, Héroes ilustres de la humanidad:  el Poeta, el Profeta, el Sacerdote, el Rey...

           José Ortega,  el joven ingenuo e idealista, de gustos épicos e imaginación desbordada, que lee a Nietzsche y hurga por la biblioteca de Artes e Industrias en busca de una respuesta al sentido fuera del ámbito clerical y  ha recibido como problema medular una dolorosa conciencia de la decadencia nacional, integra sus reflexiones y lecturas alrededor de las ideas sugeridas por Maeztu: la forma de superar el atraso de la Nación y conducirla a la plenitud del  siglo XX es la sustitución de las aristocracias de sangre por las  aristocracias del trabajo, la creación y fomento de minorías responsables, morales, formadas y  cultivadas en la ciencia, que dirijan a la masa social hacia la producción y el progreso espiritual y económico. La formación de tal elite y su influjo sobre el pueblo es labor de pedagogía social, como ya advertía el viejo Platón. Labor heroica, pues implica el sacrificio de los mejores, que han de renunciar a su vida propia a favor de la social, y aspirar al conocimiento antes que al bienestar personal.   

            El joven madrileño de mirada vivaz y pesquisadora, de apariencia reposada y hablar meditado, que en las tardes muertas del verano lee bajo el magnolio centenario de la finca familiar, se enfrenta no sin angustia a tres problemas complicados: su futuro profesional, su sentido personal y su idea del mundo. Visto desde fuera, el chaval no tiene mayor problema: joven, en Madrid,  limpio, inteligente, responsable  y estudioso, con título universitario, papá director del diario de mayor tirada nacional, media familia integrada en la estructura electoral del partido liberal y en dichosa bonanza económica. Encontrarse así en la España de 1902 y tener problemas resulta insultante. Pero no vamos a discutir aquí la divergencia entre la realidad y la vivencia de la realidad, el hecho es que son SUS problemas y ahora se le presentan con una radicalidad y urgencia que no había experimentado hasta el momento, “...cuando en torno a los veinte años, cansado de jugar nuestro cuerpo, despertó al ejercicio nuestro espíritu”.

              El futuro inmediato es un asunto que se le presenta complicado y retorcido: acaba de licenciarse en Filosofía, por lo que es consciente de su absoluta ignorancia, que le exige seguir profundizando en sus estudios. El empeño de su padre en que haga Leyes le ha llevado a simultanear las dos carreras, pero el Derecho se le está atragantando y exige cada vez más aplicación, que ha de hurtar a sus investigaciones. Además, tiene que ir pensando YA en qué puede trabajar: dar clases, preparar unas oposiciones a alguna plaza de Retórica, escribir para los periódicos. No se encuentra aun formado para escribir, necesita estudiar más, pero entonces no puede centrarse en el Derecho ni preparar una oposición, que, por otro lado, “supone unos cuantos años de enfangamiento entre cosas viejas”, es asunto “a que nunca tuve afición” y francamente, “es un horizonte excesivamente burgués y con gafas!”. El problema se resuelve con una decisión, que en su raíz agacha otro problema, más simple, pero más empinado: quién soy yo. Quién soy, quién quiero ser, para donde voy, qué voy a hacer conmigo, qué puedo, qué quiero hacer con mi vida. La adolescencia es eso, encontrarse una y otra vez, siempre por primera y última vez, con la vida en la mano. Se trata de una experiencia habitual en la vida humana, exacerbada en estas personalidades adolescentes de vida acomodada, espíritu exigente, alma centrífuga, visión telescópica y mente poliédrica, que para superar la cuestión necesitan definirse a sí mismas y resolver el enigma del mundo. 

            El joven licenciado de mirar periscópico y fama de mentalidad ágil y aguda, que acostumbra a dejarse sorprender por el crepúsculo y permanece en silencio mientras el sol se oculta tras las Cíes,  suele escribir en un despachito de la casa por las noches, cuando se disuelve la tertulia y se retiran las mujeres con su cháchara encantada. Entonces lía un cigarro y empieza a emborronar paradojas en papeles con membretes de diputados y ministerios. Se conserva un manuscrito de este año, sin fecha concreta ni membrete, que por coherencia biográfica podemos suponer escrito en Vigo, al tiempo que asiste a las conferencias de Maeztu, se  enfrasca en la lectura, madura sus decisiones e incuba  ideas bajo el magnolio. Se trata de cuatro o cinco cuartillas  con el título genérico de Glosas Inactuales. “Glosa” en el sentido de “nota o reparo” a ideas vigentes, a las que se enfrenta mediante paradojas. Van dedicadas a un tal Herr Habacuc Humburgman, profesor de paradojía comparada en la Universidad de Plumenkake. Pretenden definir al ser humano y diagnósticar el estado de la humanidad, al tiempo que reflejan la tensión íntima del autor.

            La primera, “De la luz a las sombras”, encuentra en la domesticación del fuego una paradoja sublime, pues consiste en transformar una fuerza natural destructiva en fuerza artificial constructora. Pero esta “burla grandiosa  de la Leycon la que el primate humano se separó de la naturaleza y desafió a la noche, trajo consigo una maldición divina, una dolencia crónica, una enfermedad endémica: la posesión de un cerebro hipertrofiado, alucinado, sonámbulo, delirante, generador de fantasmas y abstracciones, juzgador y examinador de los actos, creador de falsas genealogías y morales, confuso entre la realidad y sus propias imágenes. Es la enfermedad de las ideas generales, la “macabra lujuria senil de la humanidad. Se ha cumplido la maldición: la luz del fuego propicia mayores oscuridades. Es la lucha de las decadencias, la lucha en sombras de Hamlet, de Jacob, de Fausto o de Don Quijote. La angustiosa confusión de Pepe Ortega “entre lo que es y lo que en su mente aspira a ser”.

             La segunda Glosa Inactual, “Jadear”, ilumina la anterior: la decadencia es efecto del agotamiento de los viejos ideales sin que hayamos generado nuevos. Comienza con otra paradoja: duplicar la velocidad supone multiplicar el deseo de velocidad. Y eso es el hombre: el animal descontentadizo, el primate jadeante, que cuanto más corre, más velocidad desea. Examina entonces la dinámica histórica de los ideales: surgen anunciados por los “hombres de más larga vista”,  los pueblos los asumen y se van solidificando en sentimientos, que sustituyen los viejos credos. Pero es entonces cuando el ideal triunfante se  muestra insuficiente, erróneo, caduco. Surge el descontento, la protesta, la insatisfacción, el desasosiego, el jadeo: se ha decuplado el deseo de velocidad. La situación actual de la humanidad, estrenado el siglo XX, es un jadear decadente, acelerado y  aguzado por la capacidad técnica y el triunfo del nervio sobre el músculo, debido a la  hipertrofia del cerebro. Los viejos credos han sido destruidos sin que los nuevos convenzan. Concluye: en medio de estos “remolinos dantescos” y “sombras ajironadas” de nuestra decadencia se perfilan “los personales, los fuertes, los enérgicos, los robustos de alma”, los héroes.

            El joven madrileño que lucha en sombras con un “mundo de bellas abstracciones que se le va de las manos está ahora en el despacho de su tío Ramón, escribiendo una carta a sus padres en unas cuartillas con membrete del Director de la Escuela Superior de Industrias de Vigo.

 

        

(Publicado en el suplemento cultural del diario Faro de Vigo (28-8-2002). 
El suplemento se dedicó por completo a Ortega con ocasión del centenario del primer artículo publicado por el filósofo español ("
Glosa"), y que vió la luz en este mismo periódico el 28 de Agosto de 1902.) 

 

© Noé Massó