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Tras
la derrota ante los Estados Unidos, a finales del XIX, España queda
reducida, por primera vez en cuatro siglos, a sus estrictos límites
peninsulares. Pero aunque el Desastre de Cuba se tradujo en amargura
espiritual, supuso abundancia material. Al tiempo que la intelectualidad
asumía llorosa el fin del Imperio de Ultramar, las grandes
fortunas iniciaban su repatriación. Ese comienzo paradójico del
siglo XX se refleja nítido en Vigo: el puerto al que van llegando, a lo
largo de 1898, los despojos del Ejercito Colonial es el mismo que proyecta
emprender ambiciosas
ampliaciones, modernas cámaras frigoríficas o nuevos
astilleros.
De hecho, la reacción
general de la sociedad, dejando aparte el impacto moral de la derrota y la
palabrería patriotera, se orientó más hacia la regeneración. Como Don
Quijote, la cordura se recupera en la agonía. El discurso españolista,
llevado al extremo durante la guerra, había opuesto al yanqui,
sin historia, materialista, potentado y tecnológico, frente al
íbero indómito, heroico y honrado, heredero de siglos de grandeza.
Era el último coletazo del delirio imperial, acuñado en frase redonda por
el héroe del Callao medio siglo antes: más vale honra que barcos. Ahora,
la estrepitosa caída final del “Gran Relato” español (la “deslegendarización”,
dirá el joven Ortega en 1903) obliga, antes que al lamento, a ocuparse de
las realidades cotidianas. Como ha demostrado el vencedor, los esfuerzos del
nuevo siglo no se contabilizan en hidalguías, leyendas y honras, sino en técnica,
trabajo y
eficacia económica.
Ese es el mensaje con
el que fustiga Ramiro de Maeztu a los vigueses que acuden a las nueve
conferencias que imparte en la Escuela de Artes e Industrias entre junio y
agosto de 1902. Maeztu tiene por entonces veintiocho años, se declara
nietzscheano y acaba de triunfar en el Ateneo de Madrid con una serie de
“brillantes disertaciones” sociológicas. Dos años antes, en compañía
de Azorín y Baroja, ha irrumpido en la palestra pública con el
“Manifiesto de los Tres”, combativo y progresista, en el
que reclamaban al Gobierno el cultivo y aplicación de la ciencia moderna
para resolver los retos del nuevo siglo.
Maeztu
ha venido invitado por Ramón Gasset Chinchilla, director de la Escuela
Superior de Industrias, como primera figura de un “nuevo método de
educación” apadrinado por el ministro de Instrucción Pública, el conde
de Romanones. El
objetivo del proyecto es prestigiar las recién creadas Escuelas
Superiores y
difundir la voz de
“los hombres
que han estudiado a fondo las cuestiones que más preocupan a la sociedad
moderna”. Junto con
Maeztu se barajan los nombres de Cajal, Echegaray, Pardo Bazán o Unamuno
quien, según carta recogida por Manuel García Blanco, también se dispone
a fustigar los ánimos vigueses: “Me
llaman de Vigo, y en vez de soltar seis conferencias de economía política
o de lingüística, haré una seisena, seis sermones laicos, con su tinte
protestante. Y les hablaré también del culto a la vida, en este país que
ha vivido en el culto a la muerte”.
Por decisión del ministro, la Escuela de Vigo será la primera favorecida
por el plan de divulgación, “nueva señalada distinción que Vigo tendrá
que agradecer al señor conde”, apunta el
Faro.
Quince
años antes, la iniciativa de la Cooperativa
de Trabajadores El Ahorro, había dotado a la ciudad de la Escuela de
Artes y Oficios, con la finalidad declarada de impulsar la instrucción del
obrero y el
progreso de la mujer trabajadora. Tras varios años en la Calle del
Circo, el apoyo decidido de
Bárcena, García Barbón y Chao, entre otros, se tradujo en el nuevo
edificio, a donde se trasladó la Escuela en 1901. En agosto de ese mismo año,
en comunión con el ánimo regeneracionista, el ministerio instituye las
enseñanzas superiores de industrias, a fin de dotar a la nación de
trabajadores cualificados e impulsar el desarrollo técnico del Estado.
También
a comienzos de siglo había regresado a la ciudad el periodista Ramón
Gasset, tío materno del filósofo, tras varios años rodando por las
colonias como corresponsal de guerra. Siempre afable, entusiasta y activo,
bien relacionado con los ambientes de la capital y cercano a los favores del
gobierno liberal, asumió como reto personal la creación en Vigo de una de
las nuevas escuelas superiores, embrión de la Escuela de Peritos. Se ignora
que hilos movió, el resultado es que el 30 de enero de 1902 se abrió la
matrícula del primer curso de Mecánicos y Electricistas. A lo largo de
febrero se suceden los exámenes de admisión; el 6 de marzo, Ramón Gasset,
como Director de la Escuela Superior, toma posesión del edificio de Artes y
Oficios. Con carácter extraordinario, una Real Orden permitió alargar el
curso hasta finales de julio, realizándose los exámenes en pleno agosto.
La
maniobra descolocó, de alguna manera, las perspectivas iniciales de Artes y
Oficios, aunque hacia mayo ya se habían encauzado las cosas: Artes y
Oficios, dirigida por José Díaz Casabuena, se integraba como Escuela
Elemental de Industrias, que capacitaba para el acceso a la Superior,
dirigida por Gasset. Ambas compartían el nuevo edificio, que pasaba a ser
conocido como Artes e Industrias. Y para García Barbón, la Gran Cruz de la
Orden de Alfonso XII, recién creada. Incluso se reciben, a principios de
junio, los sueldos adeudados a los profesores.
El
viernes 6 de junio, acompañado de Ramón Gasset, llega Maeztu a la estación
de Vigo. Es recibido por los profesores y alumnos de la Escuela, y pasa a
hospedarse en el Hotel Europa, en la calle del Príncipe. La primera
conferencia se fija para el jueves 13 de junio, a las siete de la tarde. El
ponente se presenta como “sociólogo” y concreta el título: “Ensayo
sobre las condiciones que determinan el reinado del trabajo”.
Acudirá, dice
la prensa, “todo el Vigo intelectual”.
Es patente que la
iniciativa despertó expectación en la ciudad. Aunque menudeaban las
tertulias y abundaban las sociedades recreativas (el Casino,
La Oliva, el Gimnasio, el Mercantil...),
no era habitual un debate abierto sobre la actualidad, con ponente de
prestigio y altas pretensiones. La afluencia de oyentes obligó a habilitar
la Sala de Dibujo. Se trataba, según recuerda Herberto Blanco, de “un público
heterogéneo
de menestrales, burócratas, rentistas y estudiantes” junto con los
“elementos representativos de la sociedad viguesa”.
A
lo largo de nueve sesiones, entre el 13 de junio y el 8 de agosto, armado de
datos climáticos, geográficos, biológicos, agrícolas, industriales o
históricos, Maeztu desgrana su mensaje: en el mundo globalizado que abre el
siglo XX, la tierra pertenece a quien la explota. Explotación significa
trabajo, “energía
aplicada con inteligencia”.
Con disciplina, sin sentimentalismo. Con sabiduría, perseverancia y
tenacidad. Con ideas, no con mártires. Con ciencia positiva. Con máquinas.
El cerebro ha vencido al brazo: los determinantes del triunfo ya no son
ni la raza ni la tierra, sino la educación, el método, la
organización, la funcionalidad, la interdependencia. La clave del siglo XX
es la ciencia,
cultivada por la aristocracia del saber, la minoría culta que
sostiene la civilización: “La
ciencia lleva el Cielo en una mano y el infierno en la otra. A los pueblos
que la sirven les da la fuerza, la riqueza y la confianza. A los pueblos que
la niegan, la debilidad, la miseria y la desesperación”.
Desde su tribuna, Maeztu declara superados los viejos ideales de libertad,
igualdad y solidaridad: la vida, desde sus más mínimas manifestaciones, es
lucha “y ésta es
mayor cuando se declara la paz”.
El método rápido, inteligente y tranquilo para ganar en los combates
modernos es el trabajo, la energía inteligente. En fin, concluye tras nueve
charlas, hay que dejar de hablar y ponerse a hacer.
En
la distancia resulta difícil juzgar las ideas expuestas por Maeztu. Leídas
cien años después, en el resumen del periódico, resultan tan acertadas
como erróneas, tan sugerentes como inútiles, tan contemporáneas como
desfasadas, tan innovadoras como obvias. Ello lleva a sospechar que, más
que ideas complejas, se trataba de generalidades y simples palabras. Antes
que un pensador original, Maeztu era un ideólogo honrado, un divulgador
entusiasta y un polemista entregado. Un peligro. Durante los
meses que permaneció en la ciudad, recuerda Herberto Blanco,
frecuentaba la tertulia del Areópago
de Cabotaje que se reunía a diario en el Café
Suizo, “...allí
tuvo sus mejores escoliastas y sus más denodados contradictores. Y muchas
veces, sobre la misma mesa en torno a la cual polemizaba con ellos, redactó
febrilmente, en tono de réplica a sus objeciones, las cuartillas de la
conferencia inmediata”.
Con ardor retórico proclamaba que venía a traer la guerra y no la paz, que
había que combatir el frío y no empeñarse en suprimir los inviernos, que
si no explotamos, nos explotarán. En su última conferencia, el jueves 7 de
agosto, agradece con orgullo la tolerancia con que han sido escuchadas sus
ideas, habida cuenta “que
atacan de frente a todos los ideales que se disputan el reinado de las
conciencias españolas”:
nacionalistas, regionalistas, conservadores, liberales, socialistas.... Se
siente satisfecho porque ha sentido “por
primera vez en su vida que ha manejado verdades objetivas y científicas y
no juicios personales, por lo cual lo fundamental de sus ideas se impondrá
a la larga...”
Las
palabras de Maeztu, en todo caso, son un buen reflejo de las perspectivas
que generaba el nuevo siglo, alientan la moralidad cívica y debieron
estimular la
discusión, pública, cosas que siempre se agradecen. Sorprende lo
concordes que resultan con el ánimo del Vigo de entonces, dispuesto a todo
esfuerzo que prometiese prosperidad. De hecho, tras visitar Pontevedra,
invitado a conferenciar por
la Sociedad de Amigos del País,
no puede evitar comparar ambas ciudades “para
demostrar que es preferible el trabajo rutinario y silencioso a los Juegos
Florales y a las controversias palabreras”,
aunque espera “que
con otros métodos de educación alcanzará pronto Pontevedra el bienestar
que merece”....
Agua
pasada. Lo que hoy nos interesa es que entre los oyentes, recuerda Herberto,
se encuentra un joven “bajo, macizo, reposado. La tez del rostro transparéntale
la barba negrísima y espesa, cuidadosamente rasurada. La mirada bríllale
vivaz y pesquisadora. Adviértese al punto que se trata de un joven discreto
porque no hace afirmaciones dogmáticas y, en cambio, pregunta, pregunta
incansablemente...”. Es Pepe Ortega, sobrino del Director de la Escuela,
hijo del Director de
El
Imparcial. |