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Las vidas contadas de José Ortega y Gasset


José Lasaza

 (Anales del Seminario de Historia de la Filosofía, 2003, 20, 301-319)
 

                         

 
 
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Hay biografías que son fáciles de escribir; por ejemplo, la de los hombres en cuyas vidas pululan los acontecimientos y las aventuras; en estos casos no tendremos sino que registrar y clasificar los sucesos con sus respectivas fechas; pero aquí no existe esa variedad de material que reduce la tarea del escritor a la de un mero compilador. ¡No cuento con nada más que una inmensidad espiritual!

Baudelaire

 

Vivimos una época de universal cotilleo. Todo el mundo se interesa por todo el mundo y si creemos que los índices de audiencia de los medios audiovisuales reflejan fielmente el sentir y gustos de la opinión pública, hemos de concluir que lo que más interesa a cada cual es la vida de sus vecinos, especialmente la del subgrupo llamado “famosos”. Si fuera una tendencia profunda de la época habría de tener su reflejo en la alta cultura. Valga como indicio que hoy son géneros de moda la biografía, la novela histórica, las memorias, las correspondencias, los diarios, en general la literatura que se da en llamar de testimonio. La filosofía, a pesar de que se trata de un campo menos atractivo a priori para que los predadores de intimidad se ocupen de él, dada la habitual monotonía de ese quehacer vital, no ha permanecido al margen de esta omnímoda curiosidad. Baste pensar en las biografías sobre Foucault, las publicaciones sobre la vida amorosa de Martin Heidegger y Hannah Arendt o la monumental sobre Hegel, editada entre nosotros recientemente, o los éxitos de Safranski sobre el citado Heidegger, Schpenhauer o Nietzsche.

Ortega ha sido desde siempre tema de estudio de historiadores y biógrafos, no por la trascendencia y valor de su obra filosófica, me temo, sino porque su trayectoria vital ha pertenecido a la esfera de lo público en el doble sentido de la expresión, como intelectual que interviene en los acontecimientos políticos de su país y como persona que realiza una actividad que repercute mas o menos inmediatamente sobre la opinión pública de sus conciudadanos, como es el caso de quien escribe en periódicos, edita libros y revistas, dicta conferencias, etc. En este sentido, no ha sido ni reciente ni escaso el interés que la vida de Ortega ha despertado. Pero la moda de que he hablado más arriba ha tenido sus efectos sobre la vida del filósofo madrileño. En los últimos años –entendiendo por tal hasta hace cinco o seis– se han publicado no menos de cinco libros que en un sentido amplio, pueden calificarse de “biográficos”. Echar una mirada a estas publicaciones, especialmente a las últimas, es lo que justifica este escrito.

Antes, me parece oportuno dedicar unas líneas a la teoría de la biografía, pues Ortega es el filósofo de la razón vital o histórica, una de cuyas formas centrales es la biografía. Además la practicó en las vidas de algunos ilustres de la cultura europea como Goethe o Velázquez. De ahí que convenga tener a la vista algunas de las principales ocurrencias orteguianas sobre la pregunta ¿qué es una biografía? por si resulta oportuno contrastarlas con las narraciones ejecutadas por sus biógrafos.

 

1. Bio-grafía

Además de las de Velázquez y Goethe, el personaje cuya ejecutoria mereció más atención, durante más tiempo, Ortega se ocupó también de las biografías de Goya y Juan Vives. Pío Baroja y el capitán Alonso de Contreras merecieron aproximaciones que no llegaron a cuajar en estudios extensos. Como corresponde a una filosofía que declara que la realidad radical no es la vida humana en cuanto ente genérico sino la vida humana de cada cual, adscrita a un yo o perteneciente a un yo, la razón encargada de dar cuenta de lo real, tarea secular de la filosofía, se convierte de suyo en razón histórica, figura de la razón que cuenta historias sobre un yo, de quien es la vida. Lo real, viene a concluir la metafísica de Ortega, no se manifiesta como Physis, emergencia de lo dado, ni como creación inteligible de un Dios trascendente, tampoco como manifestación de un sujeto-conciencia, sino como acontecimientos de una vida. Será, entonces, la biografía la plenitud de la razón histórica, narrativa, en fin descriptiva de aquello que pasa a un hombre que vive en un mundo sobre el que actúa pero del que recibe sus incitaciones y padecimientos. Esta es la razón de que Ortega escribiera biografías aunque normalmente no se parecen a las usuales, por la sencilla razón de que no hay en ellas muchos cuentos, sucedidos o anécdotas sobre las cosas que pasaban a sus personajes.

Los estudios biográficos de Ortega van precedidos de una teoría sobre la comprensión de una vida humana, que es, al fin y al cabo, el objeto de la filosofía como Razón histórica. El primero de ellos fue el largo artículo que Ortega escribió para conmemorar el centenario de Goethe, Pidiendo un Goethe desde dentro (1932) aparecido simultáneamente en Revista de Occidente y en la Die neue Rundschau de Berlín, que le había encargado el texto. La doctrina de la vida humana como realidad radical estaba ya pensada y expuesta desde 1929 en ¿Qué es filosofía? Faltaba allí, no obstante, una de sus piezas fundamentales: describir la consistencia del yo, primer ingrediente de la vida humana, aludido en el posesivo que declara que la vida lo es siempre de alguien. Pues bien, ¿qué tipo de entidad tiene lo designado por el pronombre de primera persona? Al enfrentarse con la vida de Goethe, con el misterio de una de las vidas más portentosas de la moderna cultura occidental, Ortega tenía que afinar sus ideas. Y, en efecto, fija allí su teoría sobre el yo humano perfilando una intuición, el yo como vocación, que ya había aparecido aquí y allá en escritos anteriores y que tenía su origen en uno de los conceptos más complejos del idealismo kantiano: el carácter inteligible. Exponer la genealogía kantiana del yo como vocación nos llevaría muy lejos[1]. La importancia del concepto queda reflejada en el hecho de que, como veremos a continuación, Ortega entiende que una biografía no es acumular hechos o referir documentos sino exponer la confrontación entre un yo concebido como vocación y el mundo en que habita. En efecto, afirma Ortega: “Las cuestiones más importantes para una biografía serán estas dos (...) La primera consiste en determinar cual es la vocación vital del biografiado”. La segunda, añade, “es aquilatar la fidelidad del hombre a ese destino singular...”[2]. Una biografía cuenta la irrepetible trayectoria de un Yo en el mundo. Tiene que atender, pues, a los dos ingredientes que la configuran: lo que destina y lo que acontece: vocación como proyecto de vida o deseo radical de que mi vida consista en esto o llegue a ser aquello, programa vital, estilo o perfil o idea de lo que uno “tiene que llegar a ser”, son expresiones de que se sirve Ortega para describir el primer ingrediente de una vida: su yo. El segundo, más fácil de nombrar y de observar, dada su objetividad, pertenece a la circunstancia o mundo.

En estudios biográficos posteriores, Ortega vuelve sobre su teoría de la biografía. Hallamos una exposición más completa en la nota que antepone a la conferencia sobre Juan Vives y su mundo, dada en Buenos Aires el 12 de noviembre de 1940 para conmemorar el cuarto centenario de la muerte del humanista valenciano. Con más claridad si cabe leemos allí que “La vida de un hombre, cualquiera sea su puesto social y su oficio, es una lucha por realizar su personal vocación en medio del mundo, según éste sea el tiempo de su nacimiento” (IX,509). La doctrina cambiará unos años después cuando en su estudio sobre Velázquez, añada a estos dos elementos de toda biografía, vocación y circunstancia, un tercero, el del azar. “Podemos reducir los componentes de toda vida humana a tres grandes factores: vocación, circunstancia y azar. Escribir la biografía de un hombre es acertar a poner en ecuación estos tres grandes valores” (VIII,468). El añadido no es fundamental, pues el azar es una especie de componente inorgánico que matiza la estructura de sentido que aportan los dos componentes esenciales de una vida: la vocación del yo y el mundo fechado.

De lo dicho se deduce que la narración que contiene una biografía lo es no de un hombre de carne y hueso, de su apariencia, estirpe, hábitos y ejecutoria, aunque todo esto cuente, con el doble alcance de la expresión: nos cuenta sobre quien es el yo y hay que tenerlo en cuenta para saber finalmente cual es el misterio de ese yo. La narración ha de centrarse en la vida vivida, por tanto en el ajuste entre un programa imaginado de futuros o “pretensión de ser”, la vocación, y su plasmación en el mundo que le toca vivir. No son los hechos y las obras, no el mero paisaje de los cuerpos interactuando, sino algo más intangible, quizá una luz o una tonalidad que cae sobre la escena y le añade un sentido. La biografía ha de captar la dinámica entre un estilo y la reacción de resistencia del mundo a las pretensiones que aquel exhibe: “un teorema donde en vez de figuras geométricas se trata de dicha y desdicha” (IX,509). La metáfora es apropiada: hay que despejar dos incógnitas. Una de ellas no presenta dificultad en cuanto a su descripción. El mundo o circunstancia en que a cada cual le toca vivir, posee, en razón de su fecha, un determinado perfil, una “altura de los tiempos” que supone tener resueltos determinados problemas y que otros aspectos de la existencia sean difíciles o dolorosos. El mundo es un sistema de facilidades y resistencias formado sobre todo por los usos sociales, las creencias, los gustos y las normas culturales que toman posesión de nuestro ser, de nuestro yo personal. Somos, dice Ortega no sin un deje de melancolía, en gran medida “hombres de nuestro tiempo”. Nacemos y vivimos adscritos a una fecha y a un paisaje. Cuando resume la trayectoria de Vives, diciendo que nació valenciano en 1492, indica que van contadas “dos terceras partes de la biografía”. La otra incógnita es lo que venimos llamando vocación y que hemos intentado aclarar, aunque se trata de uno de los términos más complejos en la filosofía de Ortega. En muchas ocasiones elige la estrategia de exponer la peculiaridad de la vida humana, presentándola en contraste con la vida animal: “para el animal, como para la piedra, existir significa dejarse ser” (IX,511). La libertad subyacente al hecho originario de no nacer con la vida biológicamente programada es la premisa en cuya secuela se inscribe la interpretación del yo como vocación. El hombre, explica Ortega, “no es su cuerpo, que es una cosa, ni su alma, que es también una cosa, una sutil cosa: el hombre no es en absoluto una cosa, sino un drama: su vida” (Ibid.) Si fuera cosa tendría identidad, naturaleza, mas no es el caso. Y concluye: la vida es drama porque de lo que se trata es “de cómo un ente que llamamos yo, que es nuestra individual persona y que consiste en un haz de proyectos para ser, de aspiraciones, en un programa de vida –acaso siempre imposible– pugna por realizarse en un elemento extraño a él, en lo que llamo la circunstancia” (Ibid.) A mi juicio, esta es una de las descripciones más claras sobre la condición del yo personal. Hay un perfil imaginario y otra línea, la que dibujan nuestros actos en el mundo. No coinciden. Se trata de que ésta, la material, se aproxime lo máximo posible al trazo ideal que “tenemos que ser”. La coincidencia se llama felicidad. El misterio de Goethe reside en que saliéndole todo bien, su vida exhala mal humor, indicio de infelicidad. ¿Por qué?

No es posible ahora ir más allá de constatar el carácter aporético que tiene la doctrina del yo-vocación, como, por ejemplo, el de ser el yo un ente que no es, o que presente un estatuto gnoseológico difícil, pues no es accesible sin más a la conciencia, no es un dato de ella[3], no hay intuiciones transparentes, aunque hay insinuaciones contundentes. No es un misterio menor el que somos tan radicalmente libres que lo podemos ser para arruinar nuestra vida desoyendo los mandatos de nuestra vocación. Por eso la vida es drama y no comedia ni tragedia: porque son muy serias nuestras decisiones pero no estamos condenados por el hecho de nacer ni condenados a fracasar, aunque lo probable, lo inmensamente probable, es que fracasemos y que el biógrafo tenga que rescatar el sentido de nuestra vida de entre el montón de ruinas que configura su paisaje.

 

2. Biografías sobre Ortega

Es difícil saber si cuando Ortega concluyó en el amargo Buenos Aires de 1940 su biografía de Vives pensaba en sí mismo mientras escribía: “Se dice muy pronto la biografía de Vives. Bastan cuatro palabras: nació, estudió, escribió, murió” (IX,543). Desde luego se han usado bastante más de estas cuatro en las muchas que ya van escritas bajo las solapas de libros y artículos que se acogen, con más o menos precisión, al rotulo de biografía de Ortega. Por poner un poco de orden y proporcionar algún contexto histórico a las publicaciones recientes, agruparemos las publicaciones en cuatro grupos: los familiares, los discípulos, los antagonistas y los estudiosos.

Dos de los hermanos de Ortega, Manuel y Eduardo y sus tres hijos, Miguel, Soledad y José, han escrito sobre él. Manuel redactó en fecha ya lejana un librito sobre la mocedad de Ortega y Eduardo, desde la Venezuela de su exilio republicano, una extensa nota necrológica[4]. De los hijos, Miguel, el mayor, fue el primero en escribir un libro sobre su padre, al que siguió un escrito menos extenso de Soledad que sirvió para acompañar el esplendido álbum de fotos Imágenes de una vida que se editó para conmemorar el primer centenario del nacimiento del filósofo. El último en escribir ha sido José Ortega Spottorno, al que la muerte sorprendió terminando su biografía familiar Los Ortega, del que la mayor parte está dedicado a evocar la figura de su padre. Nos ocuparemos de él[5].

Es claro que no todos los discípulos han escrito textos biográficos sobre su maestro, aunque la naturaleza misma de la filosofía que recibían ha salpicado de datos (auto)biográficos las referencias y estudios sobre el maestro. Así, Gaos redactó una serie de acercamientos a la lejana, para entonces, figura del maestro evocando determinados aspectos de su trayectoria como su actividad política o su relación con España[6]. También es el autor de uno de .los documentos más interesantes de la filosofía post-orteguiana, clave para reconstruir la corta aunque brillante historia de la Escuela de Madrid, la admirable autobiografía con que Gaos culminó su obra filosófica, Confesiones profesionales[7]. Antonio Rodríguez Huéscar preparó, aunque no llegó a verlo publicado, un libro que recogía varios trabajos de corte biográfico: Semblanza de Ortega. A destacar los ensayos que dedica a una faceta poco atendida: la de Ortega en el aula, la del maestro de filosofía[8].

Gran parte de la literatura discipular de corte biográfico ha sido generada con ocasión de los aniversarios[9]. El más prolífico ha sido Julián Marías, también el más intelectual. La biografía del pensamiento de Ortega en dos partes, cuya publicación estuvo separada por bastante años, es uno de los mejores estudios, en amplitud, rigor y profundidad que se pueden hallar sobre la obra de su maestro. (Le sobran algunas exageraciones, dictadas por el fervor). En 1960 apareció por primera vez Ortega. Circunstancia y vocación. La edición más conocida es la de Revista de Occidente (1973), dirigida entonces por José Ortega Spottorno quien la publicó en dos tomitos de más de seiscientas páginas, En rigor, los análisis de la circunstancia de Ortega, a saber, la situación de España y de Europa a comienzos del siglo XX, la filosofía continental, el estilo literario e intelectual, la relación de Ortega con Alemania, las actuaciones mundanas de Ortega como editor, periodista y agente cultural consumen tan grande parte de las páginas que Marías solo dedica los tres últimos capítulos al estudio de la filosofía de Ortega y ésta centrada en Meditaciones del Quijote. La auténtica biografía del pensamiento de Ortega la publicó Marías en 1983: Ortega. Las trayectorias. En el prólogo establece el vínculo con aquel primer ensayo de biografía que se había propuesto “completar a Ortega consigo mismo y darle sus propias posibilidades”. Como hemos dicho, Marías no conseguía abarcar en el primero la vida toda de Ortega: se quedaba en la filigrana de la circunstancia. Marías necesitó de otras casi seiscientas páginas para exponer el sistema abierto de la razón vital. No es una biografía al uso, pues tiene factura de un estudio introductorio y omniabarcador, balance de una filosofía que por los años transcurridos puede ser fijada por el discípulo en sus estructuras, categorías y pilares maestros. Pero por tratarse de una filosofía que incluye la vida personal como tema precisamente de análisis, Marías no puede prescindir del entrelazo entre ideas y quehaceres. Las palabras escritas por Ortega dibujan la línea de su vida. En el parágrafo 116, cuando el libro llega a su fin, se pregunta Marías: ¿Quién era Ortega? Esta es la razón de ser de una biografía, según había enseñado su maestro. La respuesta es a un tiempo, trivial y sin embargo inusual: “Ortega era en el máximo rigor de la palabra, un filósofo. Su vida entera estuvo definida, configurada, dirigida por la filosofía. En ella tuvo su esperanza, su ilusión, sus desilusiones, sus temores, su confianza. Es el hilo conductor que permite comprender la biografía de Ortega (...) sus balances vitales”[10]. Marías dice que la vocación de Ortega fue la filosofía. Él mismo lo declaró en dos ocasiones decisivas, en el primer libro que contiene su filosofía, Meditaciones del Quijote y en el importante prólogo de 1932, en que resumía treinta años de pensamiento y publicaciones y anunciaba una segunda trayectoria, otra navegación[11]. Sin embargo y como tendremos ocasión de ver, no ha sido la trayectoria del filósofo la que ha predominado en las miradas biográficas sobre Ortega.

“Los antípodas” es una expresión, como se sabe, acuñada por Julián Marías cuando se sintió en la obligación de salir al paso de los ataques que Ortega venía recibiendo de una parte del clero católico. El autor más prolífico  y al tiempo más destemplado con la figura y el pensamiento de Ortega fue el jesuita Iriarte que perpetró una biografía justamente olvidada pero en su día bastante leída[12]. Resultaba de buen tono hablar del filósofo de las condesas y de los toreros, recordar sus inclinaciones nietzscheanas, su acatolicismo, su carácter mundano, su falta de sistema, su inmoralismo, etc.

Cuando todo parecía indicar que el estilo antípoda pertenecía a una época, como los primeros viernes de mes y la leche en polvo, surgió un extenso estudio con pretensiones biográficas, aunque limitado a un periodo de diez años. Me refiero a El maestro en el erial[13] . Se describe el paisaje cultural de la España del franquismo entre 1945 y 1955 y los últimos diez años de vida del filósofo, parte de los cuales pasó en Madrid. Escrito en un estilo vigoroso, construido a fuerza de imágenes petulantes y coscorrones, se trata de otra inquisición que prueba indirectamente un dato poco conocido: que Lenin inspiró la formación de la vanguardia de su partido en los Ejercicios espirituales de San Ignacio de Loyola. Así, resulta menos chocante de lo que parece el que el Ortega de Iriarte y Morán tengan más de un punto en común[14].

El cuarto grupo de esta apresurada clasificación no tiene más razón de ser que el de acoger el resto de los escritos biográficos que no han tenido cabida en los anteriores. En la última década se han publicado en lengua española varios trabajos de entidad. El primero de ellos es el del periodista estadounidense Rokwell Gray, José Ortega y Gasset. El imperativo de la modernidad.Una biografía humana e intelectual[15]. Se trata de un libro extenso y bien concebido, aunque tiene más de biografía intelectual, esto es, de recorrido por las obras e ideas del filósofo que de reconstrucción de su peripecia vital. Se trata de una buena introducción general a Ortega para el público anglosajón y tiene la virtud de articular la presentación de la filosofía de Ortega sobre el leit-motiv de la vocación de “modernidad” que le adjudica. Acertadamente, a mi juicio, pues desde Meditaciones del Quijote hasta el final de su obra, Ortega se mueve en el horizonte de una modernidad a la que encuentra simultáneamente necesaria e insuficiente: “nada moderno y muy siglo XX”.

Mercedes Martín Luengo escribió por encargo y para una colección de “Grandes biografías”, destinada a venderse por lotes y que suele terminar en los estantes de las librerías de ocasión, una biografía de Ortega[16] que figura entre las mejores escritas hasta la fecha. Conocí el libro porque me lo envió D. José Ortega Spottorno, con una nota recomendándome su lectura. De no ser así, dudo que me hubiera despertado la curiosidad el anónimo ejemplar, encuadernado en cartulina negra y presidido por una fotografía, virada a un dudoso amarillo, de un Ortega que mira al infinito con cara de pocos amigos. El libro es una biografía en el sentido tradicional de la expresión. Está bien documentada y mejor usada la información adquirida, expuesta en un lenguaje a la vez fresco y preciso, dividido en epígrafes cortos que suelen ir titulados con gracia y oportunidad. Se advierte que el personaje termina atrayéndole y eso influye, como ya había advertido Ortega en Meditaciones del Quijote (el principio hermenéutico del amor a la cosa estudiada), en su rendimiento. Queda en segundo plano la urdimbre de ideas y problemas filosó-ficos que constituye el fondo profesional de esa vida.

Ortega y Gasset y los orígenes de la transición democrática[17]de Luis Abellán es en realidad, dos libros, tal y como indica su título. A mi juicio, la cópula no consigue salvar el hiato que subyace al hecho de que por un lado nos encontramos ante un estudio biográfico de Ortega que llena las primeras doscientas páginas (en rigor son menos, si descontamos los apéndices) y luego con un tratado mitad histórico, mitad sociológico, en parte autobiográfico, sobre “La muerte de Ortega y Gasset y los orígenes de la transición democrática” (1955-1975), que es el título de la tercera y última parte del libro. Creo que Abellán se equivocó al no escribir dos libros, uno centrado en Ortega y otro en su hipótesis simbólicamente correcta aunque empíricamente discutible de que la transición política española comenzó el día de la muerte de Ortega. En cualquier caso y como el asunto de este artículo son las vidas contadas del filósofo, conviene señalar que lo que le pasó muerto no forma parte de su biografía sino de la nuestra, de sus herederos. Por lo demás, su estudio biográfico no mejora los ya existentes. Se advierte un cierto apresuramiento, como si el núcleo de lo que desea decir estuviera en la última parte. La figura del filósofo no es maltratada, pero tampoco es bienquista. El episodio del “silencio de Ortega”, verdadero “experimentum crucis” de su biografía es tratado con una falta de matices que sorprende. Quiero decir que no hay un esfuerzo por comprender primero la posición de Ortega. (Luego, faltaría más, se le podría y debería criticar lo que fuere oportuno)[18].

La historia de la recepción de Ortega antes, durante la transición y después del franquismo está por estudiar y no es un tema menor ni sencillo de nuestra historia intelectual. Las simplificaciones de erial y el meritorio esfuerzo de Abellán en este libro por situar en la generacion del 56 el pivote de esos veinticinco años de historia cultural, no son suficientes. No entraré en la hipótesis de que la mencionada generación, de la que Abellán es miembro destacado, ha resultado ser decisiva culturalmente hablando, pues es cierto. Pero no ha sido orteguiana. Más bien ha sido anti-orteguiana. Si no en sus orígenes, sí desde muy pronto, al igual que la generación posterior, que algunos llaman del Sesentayocho. Sería muy largo analizar el extraño lugar (y papel) que Ortega ha ocupado en la filosofía española entre 1956 y 1983, fecha de su centenario y del inicio de un cierto movimiento de recuperación. Pero constatar que no tuvo presencia alguna en los años sesenta y setenta, fuera de los grupos de discípulos, marginales en la vida cultura de estos años, me parece una cuestión de hecho manifiesta [19].

Aunque no se presenta como biografía, la reciente publicación de José Luis Molinuevo, Para leer a Ortega[20] contiene una, aunque implícita. Busca en los avatares biográficos las claves hermenéuticas para comprender la filosofía de Ortega, razón vital como tema de investigación pero también como método. Aunque el libro pertenece a una colección de divulgación, estamos ante un ensayo riguroso y complejo que atraviesa la obra toda de Ortega, guiado por una lectura personal en la que se sostienen tesis poco usuales. Concebido el libro como la aceptación del desafío que Ortega planteó en un famoso texto del prólogo a su Obras, que comienza: “No hay, pues grandes probabilidades de que una obra como la mía, que aunque de escaso valor...” (VI,347), suele introducir los temas fundamentales teniendo a la vista la circunstancialidad de ese mismo pensamiento, esto es, el apunte biográfico. Comentando un texto del prólogo de Ortega al libro que reunía sus escritos de juventud, Personas, obras, cosas, escribe Molinuevo: “Entramos pues en aquello que articula una obra: las fechas”. Vida y obra: dos decursos paralelos que se iluminan mutuamente y destilan un sentido” (Op. cit., pp 15-16). La propuesta de Molinuevo acierta en su planteamiento de ganar la obra de Ortega para nuestro tiempo, subrayando y a veces forzando su lectura para que rinda “salvaciones” de cara a nuestro futuro. Situar a Ortega como un miembro notable de la Generación del Catorce europea, con cuyos autores (Heidegger, Benjamin, Virginia Wolf, Mann) comparte temas, preocupaciones y sensibilidad, es un acierto. También señala sus diferencias. Por ejemplo, Ortega se detiene en el tema del amor, el cuerpo, la sensibilidad; también juzga la técnica como una dimensión necesaria y no perversa de la vida humana. Quizá sobrevalore la importancia de la estética en el conjunto de la obra, desde la que interpreta la ética y la política orteguianas. Comprender el fondo del pensamiento de Ortega supone hacerse cargo de una nueva sensibilidad respecto del tiempo: hay que entenderlo como una “anatomía de nuestro tiempo”, elaborada desde un ethos de fidelidad al presente. Ahí residiría lo mejor y más productivo de la obra de Ortega, en sus virtualidades para inspirar una “modernidad alternativa” a la post-romántica inspirada por pensadores alemanes como Heidegger o los frankfurtianos. Molinuevo termina viendo en “el humanismo tecnológico” el Ortega “a la altura de nuestro tiempo”. No creo sin embargo que sea acertada su lectura de la filosofía subyacente a Meditaciones del Quijote como un idealismo cervantino. Quizá sea cuestión de palabras, pero me parece mal elegida la expresión. Si cabe resumir la orientación de la filosofía orteguiana en una frase esta sería: “lucha contra y superación del idealismo”[21].

Molinuevo se atreve a hacer lo que todo biógrafo que se inspire en la metodología de la razón vital debe intentar: describir, aunque sea tentativamente, la trayectoria de la vida, la resultante entre vocación, circunstancia y azar. Y la ve en la sospecha de que Ortega fue la contrafigura de Goethe: “Goethe no fue quien tenía que ser, pero las cosas le salieron como le tenían que salir; él (Ortega) fue el que tenía que ser, pero las cosas no le salieron como tenían que salir?” (Op. cit., p. 190) ¿Es realmente Goethe la contrafigura de Ortega? ¿Escribe Ortega de sí mismo cuando le hace al escritor alemán reproches de inautenticidad? Cumplir la vocación, o al menos intentarlo, ¿es camino de ruina y perdición de la propia vida? Complejas preguntas. A favor de la lectura de Molinuevo está el que una mirada a la trayectoria vital de Goethe lo revela como un yo que hace todo lo posible por no habitar la circunstancia, mientras que Ortega, cosas del siglo XX, no tuvo más remedio que apurarla hasta el final, vital e intelectualmente.

El Ortega y Gasset[22] de Javier Zamora Bonilla es una biografía clásica,  atenta sobre todo a la trayectoria pública del personaje. Predomina el “bios” sobre la filosofía, la vida con sus idas y venidas, encuentros y abandonos, hechos y detalles, y menos las ideas y los libros, aunque también están hábilmente integrados. Como el autor explica, ha decidido escribir sirviéndose del método narrativo, “instrumento esencial de la razón histórica”. También aquí Ortega es simultáneamente objeto y sujeto, tema de estudio y método viviente que se curva sobre sí mismo, en la medida en que sus ideas sobre la biografía son puestas a prueba, contadas como parte de una vida.

Zamora nos informa que ha dedicado diez años de la suya a escribir esta biografía. Las más de seiscientas páginas del estudio dan fe de que no ha sido tiempo perdido. Encuentro tres virtudes en su libro. La ambición abarcadora, aunque al mismo tiempo, con conciencia de limitación, la información y erudición que despliega (por ejemplo, en las más de mil notas con referencias y precisiones bibliográficas) y la cordialidad. Elogio, en primer lugar la ambición de la escritura porque narrar la vida de Ortega equivale simultáneamente a enfrentarse con la historia cultural y política de España, con la historia de la filosofía europea y también con el avatar oculto de un hombre complejo, esquivo y muy celoso de su intimidad [23]. Respecto del reto específicamente historiográfico, he oído comentar a prestigiosos historiadores que los análisis y descripción de acontecimientos y sus contextos están muy bien informados y expuestos. La conciencia de los propios límites está presente desde el principio pues Zamora no ignora el carácter utópico, esto es, imposible, de recuperar la vida de otro. Vida es ejecutividad y pasado, nada y huellas. De ahí que afirme sentir “humana inquietud por el grado de aproximación a la verdad” que alcance su proyecto de desentrañar la “arcana existencia” de Ortega[24]. Para ello se sirve de gran parte de la información disponible: los libros y cartas del biografiado, los documentos archivados en la Fundación José Ortega y Gasset, otros archivos, desde los oficiales del Ministerio de Educación, Residencia de Estudiantes, hasta los de los amigos y compañeros de vicisitudes (Fondos de Antonio Maura, Archivo Julián Besteiro, Luis Araquinstáin, Juan Ramón Jiménez, etc) y los periódicos de la época, especialmente aquellos en los que trabajó Ortega. Cita y, a mi juicio, ha leído gran parte de la bibliografía secundaria que se ha producido sobre Ortega, incluida la muy abundante de los últimos diez años, en política, filosofía, ciencia social, estética, etc. Finalmente, elogio la perspectiva cordial desde la que está pensado el libro. Creo que escribir sobre algo, sea el que fuere el tema presupone comprenderlo. Si además se trata de un “alguien”, entonces me parece indispensable. Baste con advertir que las vidas humanas, tal y como señala la teoría de la razón histórica, son realidades íntimas, sin ventanas, que han de ser comprendidas fingiendo el punto de vista del viviente. Hay quien pretexta que tan sólo el camino de la crítica conduce a la verdad. Pero se suele olvidar con demasiada frecuencia que el momento de la crítica es siempre posterior al del análisis, la narración de los hechos y sobre todo al de su comprensión. La crítica sin lo que Hegel llamaba el arduo trabajo en lo negativo es mera opinión que descalifica y de eso sabemos un poco en nuestra incipiente tradición filosófica en lengua española. “Ortega” es un tema lo suficientemente controvertido como para que haya personas supuestamente juiciosas que presumen que un libro “cordial” para con su objeto no puede ser al mismo tiempo riguroso, informado y veraz. En el caso de la obra de Zamora, por lo demás, no se ahorran los distanciamientos y las críticas.

Respecto de éstas, las hay acertadas y menos acertadas. Hay un par de aspectos que aunque abiertos a discusión, pues se trata de interpretar las posiciones filosóficas de Ortega, me parecen mal planteados. No creo que Ortega estuviera sometido en los años veinte “a la presión de los valores vigentes en la sociedad burguesa y de la aristocracia snob madrileña” (Op. cit. p. 234). Creo que Zamora no advierte la ironía con que están escritos algunos de los artículos de El Espectador por los años veinte. Y si nos remitimos a las ideas, no es por presión del esnobismo burgués por lo que el filósofo afirma que “es un error considerar la moral como un sistema de prohibiciones y deberes genéricos”[25]. No es que, como puede parecer, Ortega caiga en un hedonismo esteticista y complaciente, sino que se trata de esa superación del idealismo que no termina de ver clara Zamora, pues la pista para tal superación está en la dimensión práctica de la razón, tanto o más que en la razón teórica. Recuérdese que la clave de bóveda de la nueva ética que anda pensando Ortega por estas fechas reside en sustituir los deberes por las ilusiones y las prohibiciones por los entusiasmos. Hay una segunda cuestión que me parece más grave. En varios lugares Zamora afirma, con una contundencia que no respalda, que Ortega no supera el idealismo. Vaya por delante que es cuestión abierta a disputa, pero se hace notar la ausencia de argumentos eficaces que sostengan la posición que defiende. Por ejemplo, en p. 291 leemos: “Ortega, a pesar de su esfuerzo, no conseguía superar plenamente el idealismo por el miedo a caer en el realismo...” ¿Qué significa “superar el idealismo”? ¿Quién lo ha superado? ¿Por qué no Ortega? Son preguntas que quedan sin responder. Un poco más abajo se argumenta que si Ortega no escribió ciertos libros o dejó los escritos sin publicar fue porque dudaba de la verdad de su filosofía. Eso es cierto. La razón histórica significa que la verdad utópica de un sistema absoluto, fuera del tiempo, ha dejado de ser verdad. Eso es precisamente la superación del idealismo, una nueva concepción de la verdad que se vuelve histórica en su entraña, sin ser por ello relativista. Es Zamora el que impone a Ortega un criterio de verdad “idealista” y por ello cree que no hay superación del idealismo. Las páginas siguientes (pp 292-293) recogen el análisis más ambicioso de la metafísica orteguiana de la realidad radical. Comparar esa realidad radical que es “mi vida” con el Dios aristotélico es... sorprendente. Un yo arrojado a una circunstancia hostil, al que zarandea, sometido a las presiones de un futuro incierto y a las resistencias de un horizonte desde el que se asoman a su vida los otros con sus urgencias y sus misterios... Eso es igual que el complacido Dios aristotélico que se piensa a sí mismo en la totalidad del ser sin tiempo, sin muerte, sin principio ni fin. Ortega había abandonado el concepto de ser y no digamos el de substancia desde principios de los años treinta. Esto Zamora no lo llega a tener claro.

Ésta y alguna otra cuestión no alteran el conjunto y tono general del libro, merecedor de los elogios antedichos. Creo que la parte final es más floja que aquellas en que se expone el ascenso y madurez del filósofo y hombre público. Como si el biógrafo se identificara con el destino del biografiado, la zona crepuscular de una vida que tuvo momentos tan luminosos es tratada con cierta prisa. Pero el lector que vaya a buscar la narración de la vida de un filósofo, de la parte pública y visible, así como de la invisible, de los acontecimientos de ideas que luego se transformaron en ideas sobre papel, que tenga la seguridad de que no quedará defraudado al leer el trabajo de Javier Zamora.

Los Ortega de José Ortega Spottorno es la última aportación del entorno familiar a la vida y obra del filósofo y la más extensa. Se trata de un libro de género híbrido, una especie de “biografía personal”. Se narran las vidas de los dos bisabuelos, José Ortega Zapata (1824-1903) y Eduardo Gasset y Artime (1832-1884), del abuelo, José Ortega Munilla (1856-1922) y del padre, José Ortega y Gasset (1883-1955). La atención prestada a cada personaje es inversamente proporcional a la distancia generacional, lo que supone, como es lógico, que la mayor parte del libro esté dedicada al padre, al filósofo.

Aunque no lo pusiera en ejecución hasta los últimos años de su vida, el proyecto de escribir sobre la familia paterna había sido ya formulado en el prólogo a la historia de la otra rama familiar, La historia probable de los Spottorno[26] : “He comenzado por la línea materna (...) pero, aunque viejo, no renuncio al empeño de hacer más adelante un trabajo parejo de mi línea paterna, que llegó a su plenitud en la persona de mi padre, José Ortega y Gasset” (Op. cit., p. 11). Como es sabido, José Ortega Spottorno fue, profesionalmente hablando, editor y periodista, pero su afición más poderosa fue la escritura y se deja adivinar por la obra que nos deja, la narración histórica. Subrayó con ironía el carácter no profesional de su trabajo, calificando la historia que reconstruía de los Spottorno de “probable”. Igualmente podría haber hecho en el libro dedicado a los Ortega pues uno de sus aciertos es el de plantearlo no como un tratado historiográfico (con su acervo de notas y referencias eruditas) sino como una rememoración que oculta unos conocimientos de primera mano que sostienen el texto. De ahí que haya indicado antes que estamos ante una biografía –narración de vidas ajenas– “personal”, por la cercanía en que han transcurrido esas vidas respecto de la del narrador[27]. El libro está tramado con recuerdos propios y ajenos. La biografía del hijo se entreteje con la del padre a través de la actividad profesional del primero como editor de Revista de Occidente, la editorial, más tarde de la Revista del mismo nombre en una segunda época, cuando las autoridades toleraron su salida, y después al frente de la Alianza Editorial, que cambió el panorama intelectual de la España tardofranquista, poniendo al alcance de la mano y del bolsillo de varias generaciones la cultura europea (y del resto del mundo) desde la Ilustración hasta la última actualidad. Esto significa que una respetable cantidad de los libros que cita, comenzando por los que contienen la obra de su padre, han sido editados por él, como también los estudios sobre Ortega, las memorias de los coetáneos, etc. Así que en este caso, la historiografía académica se confunde con los recuerdos, haciéndose una sola cosa. De ahí el escaso aparato crítico que precisa el libro, sin que ello merme su rigor y objetividad.

El libro de Ortega Spottorno sobre los Ortega es un caso ejemplar de lo que en su famoso ensayo De la utilidad y la desventaja del historicismo para la vida llamó Nietzsche historia “anticuaria”. La historia pertenece “al que preserva y venera; a aquel que con lealtad y amor mira allí de donde proviene y en donde se ha formado; por esta devoción reverente expresa, en cierto modo, su gratitud por su existencia”[28]. No creo que se pueda describir mejor el temple con el que está escrito este libro, la perspectiva desde la que se rememora la vida y obra del filósofo de la razón vital.

Además de con una semblanza cálida de un padre, el lector se encontrará con el fresco de la cultura española de la Edad de Plata. La división del libro en epígrafes muy bien definidos temáticamente, además de favorecer la lectura, tiene la virtud de funcionar como pequeños ensayos sea sobre una empresa cultural de Ortega (“El semanario España”, p. 252), un episodio destacado de su vida (“Catedrático de Metafísica, p. 199), una intervención en la política (“El desencanto con la República” p. 367), un libro (“Su primer libro”, p. 245) o una amistad (“Su relación con Pío Baroja, p. 237). Las breves historias sobre las vidas cuyas hebras se entrecruzaron con la de Ortega son de lo mejor que contiene este buen libro: Unamuno y Maragall, Baroja y Azorín, María de Maeztu, García Morente, Pérez de Ayala, Zuloaga, Fernando Vela, Valentín Andrés Álvarez o Ramón Gómez de la Serna. El criterio que Ortega Spottorno ha seguido para escribir sobre unos y no hacerlo expresamente sobre otros, creo que ha sido el de la intimidad y la cercanía que tuvieron con Ortega.

En el capítulo final de El tema de nuestro tiempo Ortega, rememorando a Leibniz, habla de que la verdad es una perspectiva, la suma de muchas facetas cuya integración recompondría la imagen de una totalidad fragmentada. Sólo que esa tarea es literalmente divina, pues esa perspectiva absoluta pertenece exclusivamente al punto de vista de Dios. El paisaje de la vida de José Ortega y Gasset, descrito en este libro, es por tanto, limitado a unos pocos fragmentos, tratados con una determinada iluminación que destaca unos motivos y deja en sombra otros. Hay quien encontrará el libro complaciente y escasamente crítico. (¡Claro!, no es esa la perspectiva en que un hijo mira a un padre). Pero el libro no contiene panegíricos ni retóricas. Ni una palabra innecesaria. Sólo recuerdos, vivencias, cosas recuperadas del desierto inevitable del tiempo. Será así un magnífico instrumento de conocimiento para las generaciones venideras que seguirán ocupándose del filósofo José Ortega y Gasset.

No es despreciable, según he intentado mostrar, la cantidad y calidad de la literatura sobre la vida de Ortega. ¿Lo conocemos mejor? Sin duda. Mejor que si no se hubieran escrito casi todos estos libros y ensayos. Pero conviene precisar en qué hemos aumentado nuestra sabiduría para no ilusionarnos. ¿Conocemos mejor al Ortega verdadero o su leyenda? Creo que dominamos mucho mejor su leyenda, lo que no es poca cosa, la leyenda que cada uno de nosotros llevamos en el imaginario de los demás y en el imaginario social y cultural [29]. Ese Ortega, como un mosaico bien conservado, se ha restaurado en gran medida. Pero respecto del otro, la intimidad que habitó el cuerpo que reconocemos en las fotografías y que se sirvió de la voz que ha quedado registrada, poco sabemos. Aquí los datos, los hechos significan por su envés: van dibujando el contorno de un territorio del que lo desconocemos todo, tamaño, orografía, peligros y riquezas, pero del que poco a poco ganamos información. Vamos aprendiendo cómo no es, qué cosas son imposibles en él. El misterio de la intimidad de Ortega, como el de cualquier otro humano, sigue protegido por la soledad en que vivimos, por la soledad en que nos dejan los muertos.



[1] Puede verse mi tesis doctoral La consistencia del yo en Ortega, U.A.M., 1991. (Sin publicar).

[2] Obras completas, Madrid, Revista de Occidente en Alianza ed. 1983, vol IV, p. 402. En lo sucesivo localizaré la cita a continuación de la misma, dando el nº del volumen y a continuación el de la página.

[3] De serlo, como en el caso de las vocaciones religiosas, en las que una revelación de origen divino te impone tu proyecto de ser, poco más o menos a como una figura de autoridad reconocida te dicta tu línea de conducta, se perdería la libertad que es la substancia misma de la vida humana..

[4] Manuel Ortega y Gasset, Niñez y mocedad de Ortega, Madrid, Clave, 1964. Eduardo Ortega y Gasset, “Mi hermano José. Recuerdos de infancia y mocedad”, Cuadernos Americanos, México, nº 3, mayo-junio, 1956.

[5] Miguel Ortega Spottorno, Ortega y Gasset, mi padre, Barcelona, Planeta, 1983. Soledad Ortega Spottorno, José Ortega y Gasset. Imágenes de una vida, 1883-1955, “Relato”, pp 11-60, Madrid, Ministerio de Educación y Ciencia/Fundación José Ortega y Gasset, 1983. Y recientemente, José Ortega Spottorno, Los Ortega, Madrid, Taurus, 2002.

[6] Casi todos estos escritos tienen fecha posterior a 1955, año de la muerte de Ortega. Son ajustes de cuentas, en el mejor sentido de la expresión, ajuste de su propia vida a la vida, ya definitivamente fijada, establecida, del maestro con el que tanto se había compartido. De ahí que aunque se trate de estudios sin apariencia biográfica, figuran a mi juicio, entre los mejores  acercamientos a la biografía en el preciso sentido de la razón histórica de Ortega. Véase “Los dos Ortega” La Torre (San Juan de Puerto Rico, 1956, nº 4-5, monográfico dedicado a Ortega tras su muerte), en que intenta determinar cuál es el yo de Ortega, el “personaje” que “tiene que llegar a ser”, aunque a mi juicio, yerra en el diagnóstico. Y “Salvación de Ortega”, Cuadernos Americanos, México, 1956, nº 1. Ambos pueden leerse hoy en la edición de Obras completas, México, Universidad Autónoma de México, 1992, vol IX, pp 129 y ss y 113 y ss respectivamente.

[7] Confesiones profesionales, México, F.C.E., 1958. La evocación de sus maestros de la Facultad de Filosofía de la Universidad Central de Madrid, a partir del capítulo 5. “En cuanto a Ortega mismo, ah, era otra cosa” (p. 69).

[8] Semblanza de Ortega, Barcelona, Anthropos-Diputación de Ciudad Real, 1994.

[9] Citaremos, claro está sin ánimo de ser exhaustivos algunos ejemplos: Jose Antonio Maravall publica en 1956, en el primer aniversario de la muerte de Ortega un “Testimonio de Ortega” (La Torre, San Juan de Puerto Rico, 1956, nº 4) y “Una experiencia personal de la obra de Ortega” para el centenario del nacimiento, en mayo de 1983. (Revista de Occidente, Madrid, 1983, nº 24-25. No es casualidad que reaparezcan estas fechas. Junto con la de 1965, décimo aniversario de la muerte del filósofo, concentran la mayor cantidad de publicaciones de sesgo biográfico o memorialístico. Otros ejemplos pueden ser los de Paulino Garagorri, editor de las obras de Ortega, con “Una convivencia póstuma”, Madrid, Revista de Occidente, 1983, nº 24-25 y Manuel Granell, “Ortega en su circunstancia”, ed. en Ortega y su filosofía, Madrid, Revista de Occidente, 1960.

[10] Ortega. Las trayectorias, Madrid, Alianza, 1982, p. 502.

[11] En Meditaciones del Quijote, justo al inicio, habla Ortega de sí mismo como filósofo in partibus infidelium. (I,311). Y en el prólogo a una edición de sus obras, de 1932, escribe: “Mi vocación era el pensamiento, el afán de claridad sobre las cosas” (VI,350).

[12] Joaquín Iriarte, Ortega y Gasset su persona y doctrina, Madrid, Razón y fe, 1942. Los otros dos “antípodas” fueron el también jesuíta José Sánchez Villaseñor, autor de José Ortega y Gasset. Pensamiento y trayectoria (México, 1943) y Juan Roig Gironella con Filosofía y vida. Cuatro ensayos sobre actitudes (Barcelona, 1946).

[13] Barcelona, Tusquets, 1998.

[14] El padre Iriarte escribe: “Y su espíritu aceptó una deserción de la fe, que, por ideológica, resultaba elegante y de recibo en el mundo de los intelectuales, y hasta infundiría respeto  a los que no lo son, haciéndoles pensar que hay posiciones y gestos irreligiosos modelo de austeridad y desinterés” (Op. cit., p. 209). No se puede decir más, ni más caprichosamente, con menos. A Iriarte le consta que hay deserción. Su motivo, la banalidad de resultar bien visto en el mundillo intelectual y por si fuera poco, le acusa de provocar escándalo con su ejemplo. ¿Espera el lector algún tipo de prueba, argumento, dato, que corrobore esta cadena de imputaciones? Pues que espere sentado. Tomemos un ejemplo del libro de Morán. Glosando la presentación de Ortega al público de Madrid en el Ateneo, en 1946, afirma: “Mucho público, escaso eco y decepción generalizada.”  El ‘escaso eco’ cabe matizarlo. Tenía que sentirse un tanto frustrado ahora que había hecho su esperada exposición; una decepción tan general que incluso le embargaba a él en cuanto reflexión personal, en cuanto a calibrar su presencia en el nuevo clima de España después de un decenio de lejanía” (Op. cit., p. 159). Lo que los dos textos tienen en común es que se inventan a Ortega, cosa que no estaría mal si en la solapa de los respectivos libros figurara la palabra novela. Al personaje de ficción se lo conoce por dentro y así la convención autoriza al narrador a atribuirle sentimientos y actitudes íntimas, como sabe el Dios del catecismo cristiano nuestros más íntimos pensamientos y deseos. Y así Iriarte sabe por qué Ortega deserta de la fe y Morán puede describir minuciosamente el estado de ánimo del conferenciante. Ahora bien eso nos da la clave del género que este tipo de autores practican. Se trata de la autobiografía. Hablan de sí mismos, de sus frustraciones, de sus miedos, de sus fobias y de sus incompatibilidades. En efecto, el punto de convergencia de Iriarte y Morán, escrituras paralelas las suyas, es el de desear, desde sus respectivas perspectivas ideológicas –narran, analizan, critican no desde hechos, obras, ideas, sino desde sus credos y las incompatibilidades morales que estos determinan. Se trata de una rebelión contra la realidad. Ortega no debía haber existido. En el caso de Iriarte, por ser incompatible con su catolicismo premoderno; en el de Morán con su sociedad comunista, implantada, claro está, sobre la desaparición de los traidores liberal-fascistas como Ortega. En el fondo poco importa lo que hizo o dijo el personaje porque ya está juzgado a priori. Para terminar, otro ejemplo. Morán tiene un problema político con Ortega (como Iriarte lo tenía en lo religioso, dimensiones vitales no decisivas en la biografía de Ortega). Se refleja en la reiteración verdaderamente obsesiva con que glosa el supuesto salto desde posiciones “conservadoras” a “reaccionarias”. Al parecer hay rastros del tránsito en 1925, luego en 1935; pero en 1940 sigue pasando a reaccionario y todavía en 1942. Eso solo puede significar que Ortega no termina de llegar a la reacción si es necesario reiterar el tránsito en todos y cada uno de esos años. Sobre la adscripción liberal de Ortega, ni una palabra.

[15] Madrid, Espasa Calpe, 1994. La edición original inglesa es de 1989.

[16] José Ortega y Gasset, Madrid, ed. Rueda J.M., 1996. Por cierto, que el nombre de la autora no figura en la portada y hay que ir a buscarlo en una escueta nota perdida en las primeras páginas.

[17] Madrid, Espasa, 2000.

[18] Como ejemplo puede verse la reiteración de la crítica de Bergamín –aparece citada dos veces (op. cit., p. 124 y 132)– a Ortega por las alusiones a la guerra civil en “Epílogo para ingleses”. Ortega pretendería “una neutralidad imposible”. Y en prueba de que era imposible, se citan las palabras de Ortega de “Epílogo” (La rebelión de las masas, O.C., IV, 306) contestadas por Bergamín, que comienzan con la alusión al manifiesto que Ortega tuvo que firmar cuando se encontraba refugiado y enfermo en la Residencia de Estudiantes en julio de 1936. Ahora bien, lo que Abellán no dice es que es ésta la única ocasión en que Ortega rompe, si es que lo hace, su voto de silencio y por tanto de “neutralidad” ante los acontecimientos. Aunque no creo que lo que Ortega se propusiera callando fuera ser “neutral” frente a los acontecimientos, sino no ser culpable, no colaborar más en aquella locura generalizada. (Cfr. Op. cit., p. 77). Tampoco termino de entender la oportunidad de recuperar la cita de la carta de Guillermo de Torre en que acusa a Ortega de cometer una “grave deserción” por volver a Europa en 1942, teniendo en cuenta que el crítico español vivía en Buenos Aires y tenía, en consecuencia, que saber lo incómodo, por no decir insostenible, de la situación de Ortega allá. (Cfr. p. 133 y Apéndice 2, p. 141 y ss.)..

[19] Véase el irritado y preciso comentario de Antonio Rodríguez Huéscar en la simbólica fecha de 1965, a diez años de la muerte del filósofo, “Carta abierta a José Antonio Maravall en el decenario de la muerte de Ortega”. La constatación de que Ortega está desde principios de lo años sesenta “neutralizado” en la universidad y en el resto de los ámbitos culturales es el centro de su argumento. De ahí concluye sobre lo inoportuno (no dice “hipócrita” por elegancia) de un homenaje a Ortega, pues en realidad, de lo que se trataba era de “perder a Ortega (...) hacer que Ortega no sea lo que en verdad es, desconocerlo, desfigurarlo, presentar de él la imagen convencional, empequeñecida y mixtificada que, si lograra imponerse, habría hecho del pensamiento de Ortega todo lo contrario de lo que radicalmente quiso ser y fue...” Semblanza de Ortega, Barcelona, Anthropos, 1994, pp 145-146.)

[20] Madrid, Alianza, 2002.

[21] Baste recordar la primera parte del libro de Antonio Rodríguez Huéscar La innovación metafísica de Ortega, que lleva como subtítulo “Crítica y superación del idealismo”. Acaba de ser reeditado por Biblioteca Nueva (Madrid, 2002). Véase especialmente pp 61-117.

[22] Barcelona, Plaza y Janés, 2002.

[23] Más de lo que parece, a mi juicio. La claridad expositiva de su filosofía, que por cierto, ha condicionado negativamente su recepción en un país sin suficiente tradición filosófica, y, en consecuencia, dependiente y acomplejado respecto de otras más asentadas, no hay que extenderla a su propia vida, llena de alusiones, elisiones e ilusiones. Hay que tener presente que Ortega hizo suyo el lema de Descartes “Larvatus prodeo”.

[24] Véase Prólogo, p. 15.

[25] El texto es de “Conversación en el golf o la idea del dharma” (O.C., II, 407) y Zamora lo cita en la pag. 234. La extensa nota 35 en que comenta las ideas generales de Ortega sobre ética es bastante más acertada, aunque insuficiente, que sus observaciones en el texto principal.

[26] Madrid, Siddhart Mehta ediciones, 1992.

[27] Es evidente que lo afirmado vale sobre todo para el abuelo y el padre. En lo que sigue me refiero exclusivamente a los últimos capítulos, del cuarto al décimo (pp 131-415), que recogen la vida de José Ortega y Gasset.

[28] Consideraciones inactuales II: De la utilidad y la desventaja del historicismo para la vida (1873-1874). Buenos Aires, Ed. Prestigio, 1970, p. 639.

[29] Distinguir entre el yo social y el yo auténtico (el de la vocación) es esencial en la teoría de la biografía de Ortega. En uno de sus últimos trabajos, la conferencia dictada en Hamburgo el 2 de septiembre de 1949, “Goethe sin Weimar”, comenta que ante la pregunta que le dirige una señora: “¿Es usted el señor Ortega?”, la contestación correcta sería: “nada más que vagamente”. Y aclara esta curiosa respuesta con la siguiente observación, que apunta al corazón de uno de los problemas más difíciles de la Razón histórica: “Para aquella señora el vocablo Ortega es el nombre de una leyenda, y ante su pregunta yo me encontraba como un filólogo ante un problema de crítica histórica: el de no confundir mi leyenda conmigo mismo. Todos, más o menos, llevamos esta doble existencia: la legendaria en la mente de los demás y la auténtica en el secreto de nuestra viviente soledad” (IX,585).

 

 

© José Lasaga