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José Ortega y Gasset en Cantabria

 

Fernando H. LLano Alonso

Profesor titular de Filosofía del Derecho de la Universidad de Sevilla

 

(Artículo publicado en El Diario Montañés el 30 de junio de 2005)
 

 
 
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Se cumplen ahora cincuenta años del último viaje de José Ortega y Gasset a Cantabria. Aquella sería una estancia interrumpida abruptamente por una enfermedad que, pocos meses después, pondría fin a su vida. Todo comenzó en los primeros días del verano de 1955, cuando Ortega, tras su regreso de Venecia, donde dictó una conferencia multitudinaria en la Fondazione Cini, se puso en carretera acompañado de su mujer (Rosa Spottorno) para iniciar una larga excursión estival que le habría de llevar por la toda la costa del Cantábrico. Fiel a su noble sentido de la amistad, y a su condición de maestro de toda una generación de intelectuales (la del '14), Ortega aprovechó aquella última travesía para visitar a algunos de sus más estimados amigos y discípulos. Así, en Burgos, se reúne con el ilustre arabista Emilio García Gómez, con quien proseguiría ruta hasta Valmaseda, donde se encontraba Paulino Garagorri, parando luego en Noja (lugar de descanso elegido por Luis Díez del Corral), y continuando después hasta Llanes, donde tenía su residencia de verano Fernando Vela (verdadera alma mater -junto al propio Ortega- de la Revista de Occidente). Antes de emprender el regreso a Madrid, «nuestro filósofo» -como le denomina Antonio Machado en su Juan de Mairena- decidió volver a Santillana del Mar, villa sobre la que treinta años atrás había escrito algunas de las notas más brillantes que se incluyen en la quinta parte de su obra El Espectador (1916-1934). Precisamente en el atrio de su milenaria colegiata se fotografió por última vez a Ortega. La instantánea recoge a un hombre prematuramente envejecido, enjuto, de rostro circunspecto y con una mirada ausente, situada quizá en otra dimensión, en la que corresponde al reino de lo metafísico y trascendental. Una mirada, en definitiva, sin esa luz a la que Gerardo Diego dedicaría uno de sus más bellos poemas, Vuelta del peregrino, y en dos de cuyos versos se pregunta el genial poeta santanderino:

«Mueren los ojos, pero ¿cómo
puede morir la luz, la luz de la mirada?».


            Nadie mejor que Gerardo Diego pudo expresar en palabras, a través de una de sus sublimes metáforas, el magnetismo y el misterio que irradiaba la presencia ausente de Ortega. Muy pocos podrían haber captado tan bien como él ese hilo invisible que une a la palabra y la imagen, dos correlatos -según Goethe- que se buscan permanentemente. Ningún símbolo podría ajustarse mejor a la figura y la obra orteguiana que la del peregrino, aunque no en el sentido religioso del término, sino en su acepción más filosófica, esto es, la más apropiada para el individuo activo que se halla en constante tránsito hacia el saber, o a la incesante búsqueda del conocimiento y la verdad. En su afición a viajar descubriría Ortega (al igual que otros intelectuales contemporáneos suyos, como Pío Baroja o Azorín) el mejor medio para conocer a fondo España (su circunstancia por excelencia) y la problemática de los españoles de su tiempo. La España que conocieron Ortega y sus contemporáneos era un país rural y atrasado al que le urgía modernizarse y regenerarse mediante el estímulo de reformas sociales, culturales y políticas. Los intelectuales de aquél momento eran conscientes de esta necesidad nacional y por eso se comprometieron con dicha causa, bien a través de la participación y de la militancia política activa en sindicatos y partidos, como en el caso de Manuel Azaña o Fernando de los Ríos, o bien por medio de la creación de organizaciones orientadas hacia la pedagogía política (como, por ejemplo, la Liga de Educación Política Española, fundada a finales de 1913 por el propio Ortega, junto a Ramón Pérez de Ayala, Salvador de Madariaga, Pedro Salinas y Gustavo Pittaluga, entre otros). Para todos ellos España era el «problema primero, plenario y perentorio» a resolver, y para poder acometerlo con eficacia era imprescindible conocer antes en detalle la realidad que se deseaba cambiar y sobre la que se pretendía actuar.

            Según confiesa el mismo Ortega, aunque no sin cierta sorna, en sus apuntes del primer viaje realizado a Cantabria, entre julio y septiembre de 1925, «el automóvil en donde hago ruta es un coche muy viejo que ha rodado ya varias veces casi toda España, se ha encaramado por casi todos los puertos y ha corrido por el fondo de valles sin número, a la vera de nuestros ríos caducos». Como buen conocedor de la complejidad de la historia de su patria, y de la pluralidad de su cultura, costumbres y gentes, Ortega percibe de inmediato diferencias entre la 'España seca' y la 'España húmeda', situando a la cordillera cantábrica como límite orográfico entre ambas. Frente al modelo de concentración demográfica de los núcleos urbanos meridionales, «la ciudad cantábrica es más bien un paisaje, una urbe centrifugada, donde cada edificio ha sido lanzado hacia los campos». A diferencia de la austeridad de los castillos de las tierras castellanas, la casona blasonada es el reducto solariego y melancólico de la hidalguía de antaño, una expresión arquitectónica de 'paz y moderado bienestar', el triunfo de la familia ante el instinto político, y de lo privado frente a lo público.

            Pero hay un momento en el que la relación de Ortega con Cantabria quedaría definitivamente consolidada, y no sería otro que el de la fundación de la que hoy es, por excelencia, nuestra institución académica más internacional: la Universidad Internacional Menéndez Pelayo (entonces denominada Universidad Internacional de Verano), a cuyos cursos estivales asistiría, en calidad de director, en el año de su inauguración, 1933, bajo el rectorado de Ramón Menéndez Pidal. En dicha sede, como certifican las fotografías de la época, Ortega coincidiría con Pedro Salinas, Gerardo Diego, Manuel García Morente, Teófilo Hernando y lo más granado de la intelectualidad del momento. En honor a ese vínculo existente entre nuestro mayor filósofo y la UIMP, se ha creado el Aula de Verano que lleva su nombre, y que está organizada por la Dirección General de Universidades y la propia UIMP, quien también se ha querido sumar a los actos conmemorativos del cincuentenario de la muerte de Ortega previstos para este año incluyendo en el programa de actividades académicas del presente curso un seminario dedicado a estudiar 'El pensamiento de Ortega'. Será esta un magnífica oportunidad para comprobar, felizmente a orillas del Cantábrico, el grado de modernidad, de aplicabilidad práctica y de atractivo que aún conserva el rico legado doctrinal de José Ortega y Gasset.

 

© Fernando H. LLano Alonso