|
Se cumplen ahora cincuenta años del último
viaje de José Ortega y Gasset a Cantabria. Aquella sería una estancia
interrumpida abruptamente por una enfermedad que, pocos meses después, pondría
fin a su vida. Todo comenzó en los primeros días del verano de 1955, cuando
Ortega, tras su regreso de Venecia, donde dictó una conferencia multitudinaria
en la Fondazione Cini, se puso en carretera acompañado de su mujer (Rosa
Spottorno) para iniciar una larga excursión estival que le habría de llevar por
la toda la costa del Cantábrico. Fiel a su noble sentido de la amistad, y a su
condición de maestro de toda una generación de intelectuales (la del '14),
Ortega aprovechó aquella última travesía para visitar a algunos de sus más
estimados amigos y discípulos. Así, en Burgos, se reúne con el ilustre arabista
Emilio García Gómez, con quien proseguiría ruta hasta Valmaseda, donde se
encontraba Paulino Garagorri, parando luego en Noja (lugar de descanso elegido
por Luis Díez del Corral), y continuando después hasta Llanes, donde tenía su
residencia de verano Fernando Vela (verdadera alma mater -junto al propio
Ortega- de la Revista de Occidente). Antes
de emprender el regreso a Madrid, «nuestro filósofo» -como le denomina Antonio
Machado en su Juan de Mairena- decidió
volver a Santillana del Mar, villa sobre la que treinta años atrás había escrito
algunas de las notas más brillantes que se incluyen en la quinta parte de su
obra El Espectador (1916-1934). Precisamente
en el atrio de su milenaria colegiata se fotografió por última vez a Ortega. La
instantánea recoge a un hombre prematuramente envejecido, enjuto, de rostro
circunspecto y con una mirada ausente, situada quizá en otra dimensión, en la
que corresponde al reino de lo metafísico y trascendental. Una mirada, en
definitiva, sin esa luz a la que Gerardo Diego dedicaría uno de sus más bellos
poemas, Vuelta del peregrino, y en dos de
cuyos versos se pregunta el genial poeta santanderino:
«Mueren los ojos, pero ¿cómo
puede morir la luz, la luz de la mirada?».
Nadie mejor
que Gerardo Diego pudo expresar en palabras, a través de una de sus sublimes
metáforas, el magnetismo y el misterio que irradiaba la presencia ausente de
Ortega. Muy pocos podrían haber captado tan bien como él ese hilo invisible que
une a la palabra y la imagen, dos correlatos -según Goethe- que se buscan
permanentemente. Ningún símbolo podría ajustarse mejor a la figura y la obra
orteguiana que la del peregrino, aunque no en el sentido religioso del término,
sino en su acepción más filosófica, esto es, la más apropiada para el individuo
activo que se halla en constante tránsito hacia el saber, o a la incesante
búsqueda del conocimiento y la verdad. En su afición a viajar descubriría Ortega
(al igual que otros intelectuales contemporáneos suyos, como Pío Baroja o
Azorín) el mejor medio para conocer a fondo España (su circunstancia por
excelencia) y la problemática de los españoles de su tiempo. La España que
conocieron Ortega y sus contemporáneos era un país rural y atrasado al que le
urgía modernizarse y regenerarse mediante el estímulo de reformas sociales,
culturales y políticas. Los intelectuales de aquél momento eran conscientes de
esta necesidad nacional y por eso se comprometieron con dicha causa, bien a
través de la participación y de la militancia política activa en sindicatos y
partidos, como en el caso de Manuel Azaña o Fernando de los Ríos, o bien por
medio de la creación de organizaciones orientadas hacia la pedagogía política
(como, por ejemplo, la Liga de Educación Política
Española, fundada a finales de 1913 por el propio Ortega, junto a
Ramón Pérez de Ayala, Salvador de Madariaga, Pedro Salinas y Gustavo Pittaluga,
entre otros). Para todos ellos España era el «problema primero, plenario y
perentorio» a resolver, y para poder acometerlo con eficacia era imprescindible
conocer antes en detalle la realidad que se deseaba cambiar y sobre la que se
pretendía actuar.
Según
confiesa el mismo Ortega, aunque no sin cierta sorna, en sus apuntes del primer
viaje realizado a Cantabria, entre julio y septiembre de 1925, «el automóvil en
donde hago ruta es un coche muy viejo que ha rodado ya varias veces casi toda
España, se ha encaramado por casi todos los puertos y ha corrido por el fondo de
valles sin número, a la vera de nuestros ríos caducos». Como buen conocedor de
la complejidad de la historia de su patria, y de la pluralidad de su cultura,
costumbres y gentes, Ortega percibe de inmediato diferencias entre la 'España
seca' y la 'España húmeda', situando a la cordillera cantábrica como límite
orográfico entre ambas. Frente al modelo de concentración demográfica de los
núcleos urbanos meridionales, «la ciudad cantábrica es más bien un paisaje, una
urbe centrifugada, donde cada edificio ha sido lanzado hacia los campos». A
diferencia de la austeridad de los castillos de las tierras castellanas, la
casona blasonada es el reducto solariego y melancólico de la hidalguía de
antaño, una expresión arquitectónica de 'paz y moderado bienestar', el triunfo
de la familia ante el instinto político, y de lo privado frente a lo público.
Pero hay un
momento en el que la relación de Ortega con Cantabria quedaría definitivamente
consolidada, y no sería otro que el de la fundación de la que hoy es, por
excelencia, nuestra institución académica más internacional: la Universidad
Internacional Menéndez Pelayo (entonces denominada Universidad Internacional de
Verano), a cuyos cursos estivales asistiría, en calidad de director, en el año
de su inauguración, 1933, bajo el rectorado de Ramón Menéndez Pidal. En dicha
sede, como certifican las fotografías de la época, Ortega coincidiría con Pedro
Salinas, Gerardo Diego, Manuel García Morente, Teófilo Hernando y lo más granado
de la intelectualidad del momento. En honor a ese vínculo existente entre
nuestro mayor filósofo y la UIMP, se ha creado el Aula de Verano que lleva su
nombre, y que está organizada por la Dirección General de Universidades y la
propia UIMP, quien también se ha querido sumar a los actos conmemorativos del
cincuentenario de la muerte de Ortega previstos para este año incluyendo en el
programa de actividades académicas del presente curso un seminario dedicado a
estudiar 'El pensamiento de Ortega'. Será
esta un magnífica oportunidad para comprobar, felizmente a orillas del
Cantábrico, el grado de modernidad, de aplicabilidad práctica y de atractivo que
aún conserva el rico legado doctrinal de José Ortega y Gasset.
|