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De esta efusiva y "revolucionaria" manera acaba todas sus cartas
un buen amigo neoyorquino. Es un veterano y devoto estudioso del pensamiento
orteguiano. Su genuina muestra de entusiasmo yankee siempre me hace sonreír.
Y, he de reconocerlo, también me deja cierto poso de melancolía. Esa
exclamación expresa agradecimiento, admiración y deseo de larga vida al
filósofo de la Vida que era Ortega. Pero la pervivencia de un pensador sólo
es posible a través de su obra. Tiene que ser recibida y asimilada por las
siguientes generaciones. De ello depende que sea obra viva u obra muerta una metáfora náutica al gusto orteguiano. Así, pues, el deseo expresado
en "¡Viva Ortega!" me conduce inevitablemente a la cuestión:
"¿Vive Ortega?".
Seamos
sinceros. Por mucho que nos duela. Hoy por hoy apenas se conoce a Ortega y
Gasset. Quiero decir que se sabe más o menos quién fue, pero no se le ha
leído y comprendido en condiciones
—o, simplemente, no se le ha leído en
absoluto. "El filósofo ese del «Yo soy yo y mi circunstancia» ¿no?",
suele decirse, sin poder precisar más. Francamente, da la impresión de que
el pensamiento orteguiano está en trance de extinción. Sin embargo, a
pesar del ostracismo a que ha sido sometido durante décadas, se resiste a
desaparecer. ¿Quién ha mantenido viva la llama orteguiana? En primer
lugar, la Revista de Occidente y la Fundación Ortega y Gasset, que han
intentado salvaguardar la memoria del filósofo. También algunos autores
españoles y extranjeros han dado a luz, con mayor o menor fortuna
—a
veces auténticos partos de nalgas— trabajos acerca de Ortega. Por último
—y esto quizá sea lo más interesante— personas ajenas a la
especialidad filosófica, mentes inquietas y libres de prejuicios que se han
acercado al pensamiento orteguiano para comprobar su forma de ver las cosas
—modi res considerandi— y
han hallado en él una herramienta excelente para comprender la realidad y
orientar mejor su vida. Dedicaré las siguientes líneas a este último
grupo. Es posible que, al leerlas, algunos espíritus intrépidos sientan el
reto de escalar esta gran cima del pensamiento que es la obra del filósofo
español.
El
lector primerizo de Ortega se encuentra con una prosa bellísima,
deslumbrante, subyugadora. Y es que nos hallamos ante uno de los mejores
escritores en lengua española del siglo XX. A esta belleza formal se le une
otra rara virtud: la claridad, que, como solía decir en sus cursos "es
la cortesía del filósofo". Al contrario que otros intelectuales, a
Ortega se le entiende. Su intención era poner al alcance de cualquier
lector culto, no sólo de especialistas, sus meditaciones filosóficas. Pero
que nadie se llame a engaño: bajo esa aparente facilidad arraiga un
pensamiento extraordinariamente profundo y complejo. Por eso, en sus textos
encontramos varios niveles de lectura. Cada afirmación está sostenida por
un denso y riguroso entramado conceptual. Esa malla de ideas queda oculta al
lector profano
—que puede así centrarse en lo esencial del mensaje— pero es patente para el lector avezado y conocedor de la obra orteguiana. De
esta forma, cualquier persona puede sacar provecho de su lectura.
A
ese empeño divulgador
—que Ortega denomina "pedagogía social"— se debe el que una buena parte de la obra orteguiana se halle en forma
de artículos periodísticos. Trata sobre los más variados temas, pero
siempre desde una perspectiva filosófica.
El español medio carecía del hábito de leer libros de teoría. Se
hacía necesario, pues, salirle al encuentro allí donde se le podía
encontrar: en la tertulia, en los periódicos. Ortega tenía que seducir al
lector por medio de la belleza de las palabras y la claridad de las ideas,
para conducirle poco a poco hacia los terrenos más ásperos y profundos de
la teoría. En buena medida lo consiguió. Sus publicaciones eran leídas y
comentadas por todo tipo de personas. Y no sólo en España, sino también
en Hispanoamérica
—sobre todo Argentina— y el resto de Europa
—fundamentalmente Alemania.
A
la popularidad alcanzada por Ortega hay que añadir el gran prestigio y
reconocimiento obtenidos en medios académicos nacionales e internacionales.
La hondura y novedad de sus investigaciones y la calidad de sus escritos
causaron sensación en el mundo intelectual. Las principales universidades
europeas y americanas reclamaron en múltiples ocasiones su presencia para
impartir cursos y dar conferencias.
Entonces
¿qué sentido tenía ese esfuerzo por hacer llegar a
todos sus ideas filosóficas? Ortega consideraba que la política, la
economía, la moral, el arte... la cultura, en suma, de una sociedad depende
de las creencias básicas de la gente sobre qué es y cómo es la realidad.
Si esas creencias provienen de ideas erróneas, el futuro de dicha sociedad
queda comprometido. Nuestro filósofo pensaba que ése era el problema de la
España de su tiempo. La solución, sustituir en la cabeza de sus
compatriotas las viejas y nefastas creencias por nuevas y más exactas ideas
sobre la realidad. Se trataba de colocarnos a la altura de los tiempos. Y
esas ideas sólo hay una disciplina capaz de desvelarlas: la filosofía.
Así
pues, el pensador español concibe la filosofía como una misión
de claridad, una voluntad de
mediodía o, en palabras de Mario
Vargas Llosa, una voluntad luciferina.
El propio Ortega se definía citando unos versos de Goethe:
"Yo soy del linaje de aquellos / que de lo oscuro hacia lo claro aspiran".
Claridad en un doble sentido: iluminar
la realidad que nos rodea
—mi circunstancia, la de cada cual— e ilustrar
al hombre que tiene que sobrevivir en ella – a mí, al yo de cada uno de
nosotros. Mi circunstancia y yo, yo y mi circunstancia: son los elementos
inseparables que constituyen, en su continua pugna, lo que normalmente
conocemos con el nombre de vida humana
—mi vida, esa realidad a la que todos nos referimos cuando contamos
lo que hacemos y lo que nos pasa con las cosas. Es decir, vida en un sentido
biográfico, previo y fundamental a cualquier explicación biológica, la
cual existe porque aparece en mi vida. Esta es la realidad
radical de la que parte Ortega para desarrollar su pensamiento, pues
cualquier otra realidad que merezca el título de tal ha de presentarse, de
una u otra forma, radicada en mi vida. La filosofía es, pues, una labor de esclarecimiento
de la vida humana, tarea a la que nuestro filósofo denomina salvación.
No se trata, en principio, de una salvación física o anímica, sino vital,
en ese sentido biográfico al que antes aludíamos. Necesitamos, por tanto,
un instrumento de salvación capaz de proyectar un haz de luz sobre nuestra
vida, de iluminar nuestra circunstancia, de ilustrarnos acerca de nosotros
mismos
—nuestros límites, nuestras posibilidades. En suma, un órgano de
orientación. Pues bien, ese luminoso instrumento salvífico es lo que
tradicionalmente se conoce con el nombre de razón
—ratio, nous: la maravillosa capacidad para encontrar el sentido de
cada porción de realidad en su conexión con el resto del universo. Para
Ortega, la razón, la filosofía en definitiva, no consiste en un pasatiempo
frívolo que tiene lugar en un limbo abstracto de ideas puras. La razón
surge por necesidad de la propia vida y se enfoca hacia ella con voluntad de
resolver el constante problema que nos acucia: saber a qué atenernos
respecto a lo que nos rodea, salvarnos en las circunstancias. De ahí que la
doctrina de Ortega y Gasset sea conocida como Razón
Vital: filosofía de la vida para la vida. "Yo"
—mi vida—
"soy yo y mi circunstancia, y si no la salvo a ella, no me salvo
yo". Esta es la famosa sentencia, enunciada por Ortega en 1915, que
todo el mundo conoce
—la primera parte— pero casi nadie comprende. En
ella se condensan, como hemos visto, el núcleo y el programa de la filosofía
orteguiana. España y Europa formaban parte
primordial de su circunstancia y a ellas entregó sus desvelos y
desvelamientos.
¿Cómo
es posible que, a pesar de su popularidad y prestigio académico, la
herencia intelectual de Ortega se haya diluido hasta hacerse casi
imperceptible? Esta es una pregunta que cualquier lector actual no tiene más
remedio que hacerse. La respuesta la hallamos no en el terreno estrictamente
filosófico, sino en el político. Aunque, como vimos antes, bajo la política
late siempre en última instancia una determinada idea de la realidad; por
tanto, una filosofía concreta.
Cuando
el filósofo español se encontraba en pleno apogeo de su prestigio y
actividad intelectual, sobrevino el gran desastre de la guerra civil. Con
ella se truncaron vidas y proyectos. Ortega se vio forzado a dejar España.
Ser liberal, no ofrecer un apoyo acrítico e incondicional era, para unos y
otros, delito de alta traición. Como tantos otros miembros de la tercera
España, fue vapuleado por la hemiplejía moral imperante. El fascismo
le silenció, pues nunca hizo acto de contrición por su pasado liberal,
laicista y republicano, ni firmó una adhesión inquebrantable al régimen
tras su triunfo. El comunismo le despreció por no haber querido ser
"compañero de viaje". Precisamente los dos movimientos políticos
de masas en rebeldía que Ortega denunció muchos años antes. Tras la
guerra, el régimen franquista le sometió al silencio y a la infamia. Los
estamentos académicos oficiales, de simpatía nacional-catolicista le
ignoraban
—en el más amplio sentido— y, por tanto, no se le tenía en
cuenta. La envidia y la estulticia son enemigos implacables. Pasaron varias
generaciones que apenas pudieron conocer la obra del gran filósofo. No
recibieron en condiciones el grandioso legado de Ortega. A ellas les hubiera
correspondido coger el relevo. Al romperse ahí la cadena, el pensamiento
español quedó huérfano de maestros. Y ese hueco fue cubierto en su mayor
parte por doctrinas que no estaban a la
altura de los tiempos: marxismo y nacionalismo. Esta falta de interés
en España por Ortega fomentó que, tras la muerte del filósofo en 1955, se
redujese también su presencia en el resto del mundo hasta niveles casi
residuales. Al final, sólo la inmensa calidad de la obra orteguiana y la
tenacidad de unos pocos discípulos explica su pervivencia.
El
día de la muerte del filósofo, un grupo de universitarios leyó ante la
tumba del maestro esta oración fúnebre:
"Silencio.
José Ortega y Gasset, hombre de España, filósofo universal, amigo de la
juventud universitaria ha muerto. / Silencio. Quedan sus libros, y aún
podemos ser discípulos de él a través de ellos. /Silencio. Sus libros van
a hablar por él, sus libros ocupan la cátedra que dejó vacía. / La clase ha comenzado."
Así
es: la clase ha comenzado. Continuará mientras haya algún lector atento
que quiera asistir a ella, un lector que, quizá, sienta el deseo, nacido de
la admiración y el agradecimiento, de sonreír un “¡viva!” en honor al
viejo filósofo. Yo lo hago. |