TORRE DE BABEL

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¡Viva Ortega!

Álvaro Bastida Freijedo

                             

 

 

            

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            De esta efusiva y "revolucionaria" manera acaba todas sus cartas un buen amigo neoyorquino. Es un veterano y devoto estudioso del pensamiento orteguiano. Su genuina muestra de entusiasmo yankee siempre me hace sonreír. Y, he de reconocerlo, también me deja cierto poso de melancolía. Esa exclamación expresa agradecimiento, admiración y deseo de larga vida al filósofo de la Vida que era Ortega. Pero la pervivencia de un pensador sólo es posible a través de su obra. Tiene que ser recibida y asimilada por las siguientes generaciones. De ello depende que sea obra viva u obra muerta una metáfora náutica al gusto orteguiano. Así, pues, el deseo expresado en "¡Viva Ortega!" me conduce inevitablemente a la cuestión: "¿Vive Ortega?".

Seamos sinceros. Por mucho que nos duela. Hoy por hoy apenas se conoce a Ortega y Gasset. Quiero decir que se sabe más o menos quién fue, pero no se le ha leído y comprendido en condiciones o, simplemente, no se le ha leído en absoluto. "El filósofo ese del «Yo soy yo y mi circunstancia» ¿no?", suele decirse, sin poder precisar más. Francamente, da la impresión de que el pensamiento orteguiano está en trance de extinción. Sin embargo, a pesar del ostracismo a que ha sido sometido durante décadas, se resiste a desaparecer. ¿Quién ha mantenido viva la llama orteguiana? En primer lugar, la Revista de Occidente y la Fundación Ortega y Gasset, que han intentado salvaguardar la memoria del filósofo. También algunos autores españoles y extranjeros han dado a luz, con mayor o menor fortuna  a veces auténticos partos de nalgas   trabajos acerca de Ortega. Por último y esto quizá sea lo más interesante  personas ajenas a la especialidad filosófica, mentes inquietas y libres de prejuicios que se han acercado al pensamiento orteguiano para comprobar su forma de ver las cosas  modi res considerandi  y han hallado en él una herramienta excelente para comprender la realidad y orientar mejor su vida. Dedicaré las siguientes líneas a este último grupo. Es posible que, al leerlas, algunos espíritus intrépidos sientan el reto de escalar esta gran cima del pensamiento que es la obra del filósofo español.

 

El lector primerizo de Ortega se encuentra con una prosa bellísima, deslumbrante, subyugadora. Y es que nos hallamos ante uno de los mejores escritores en lengua española del siglo XX. A esta belleza formal se le une otra rara virtud: la claridad, que, como solía decir en sus cursos "es la cortesía del filósofo". Al contrario que otros intelectuales, a Ortega se le entiende. Su intención era poner al alcance de cualquier lector culto, no sólo de especialistas, sus meditaciones filosóficas. Pero que nadie se llame a engaño: bajo esa aparente facilidad arraiga un pensamiento extraordinariamente profundo y complejo. Por eso, en sus textos encontramos varios niveles de lectura. Cada afirmación está sostenida por un denso y riguroso entramado conceptual. Esa malla de ideas queda oculta al lector profano  que puede así centrarse en lo esencial del mensaje  pero es patente para el lector avezado y conocedor de la obra orteguiana. De esta forma, cualquier persona puede sacar provecho de su lectura.

 

A ese empeño divulgador que Ortega denomina "pedagogía social" se debe el que una buena parte de la obra orteguiana se halle en forma de artículos periodísticos. Trata sobre los más variados temas, pero siempre desde una perspectiva filosófica.  El español medio carecía del hábito de leer libros de teoría. Se hacía necesario, pues, salirle al encuentro allí donde se le podía encontrar: en la tertulia, en los periódicos. Ortega tenía que seducir al lector por medio de la belleza de las palabras y la claridad de las ideas, para conducirle poco a poco hacia los terrenos más ásperos y profundos de la teoría. En buena medida lo consiguió. Sus publicaciones eran leídas y comentadas por todo tipo de personas. Y no sólo en España, sino también en Hispanoamérica  sobre todo Argentina y el resto de Europa fundamentalmente Alemania.

 

A la popularidad alcanzada por Ortega hay que añadir el gran prestigio y reconocimiento obtenidos en medios académicos nacionales e internacionales. La hondura y novedad de sus investigaciones y la calidad de sus escritos causaron sensación en el mundo intelectual. Las principales universidades europeas y americanas reclamaron en múltiples ocasiones su presencia para impartir cursos y dar conferencias.

 

Entonces ¿qué sentido tenía ese esfuerzo por hacer llegar a  todos sus ideas filosóficas? Ortega consideraba que la política, la economía, la moral, el arte... la cultura, en suma, de una sociedad depende de las creencias básicas de la gente sobre qué es y cómo es la realidad. Si esas creencias provienen de ideas erróneas, el futuro de dicha sociedad queda comprometido. Nuestro filósofo pensaba que ése era el problema de la España de su tiempo. La solución, sustituir en la cabeza de sus compatriotas las viejas y nefastas creencias por nuevas y más exactas ideas sobre la realidad. Se trataba de colocarnos a la altura de los tiempos. Y esas ideas sólo hay una disciplina capaz de desvelarlas: la filosofía.

 

Así pues, el pensador español concibe la filosofía como una misión de claridad, una voluntad de mediodía o, en palabras de Mario Vargas Llosa, una voluntad luciferina. El propio Ortega se definía citando unos versos de Goethe: "Yo soy del linaje de aquellos / que de lo oscuro hacia lo claro aspiran". Claridad en un doble sentido: iluminar la realidad que nos rodea  mi circunstancia, la de cada cual  e ilustrar al hombre que tiene que sobrevivir en ella – a mí, al yo de cada uno de nosotros. Mi circunstancia y yo, yo y mi circunstancia: son los elementos inseparables que constituyen, en su continua pugna, lo que normalmente conocemos con el nombre de vida humana  mi vida, esa realidad a la que todos nos referimos cuando contamos lo que hacemos y lo que nos pasa con las cosas. Es decir, vida en un sentido biográfico, previo y fundamental a cualquier explicación biológica, la cual existe porque aparece en mi vida. Esta es la realidad radical de la que parte Ortega para desarrollar su pensamiento, pues cualquier otra realidad que merezca el título de tal ha de presentarse, de una u otra forma, radicada en mi vida. La filosofía es, pues, una labor de esclarecimiento de la vida humana, tarea a la que nuestro filósofo denomina salvación. No se trata, en principio, de una salvación física o anímica, sino vital, en ese sentido biográfico al que antes aludíamos. Necesitamos, por tanto, un instrumento de salvación capaz de proyectar un haz de luz sobre nuestra vida, de iluminar nuestra circunstancia, de ilustrarnos acerca de nosotros mismos nuestros límites, nuestras posibilidades. En suma, un órgano de orientación. Pues bien, ese luminoso instrumento salvífico es lo que tradicionalmente se conoce con el nombre de razón ratio, nous: la maravillosa capacidad para encontrar el sentido de cada porción de realidad en su conexión con el resto del universo. Para Ortega, la razón, la filosofía en definitiva, no consiste en un pasatiempo frívolo que tiene lugar en un limbo abstracto de ideas puras. La razón surge por necesidad de la propia vida y se enfoca hacia ella con voluntad de resolver el constante problema que nos acucia: saber a qué atenernos respecto a lo que nos rodea, salvarnos en las circunstancias. De ahí que la doctrina de Ortega y Gasset sea conocida como Razón Vital: filosofía de la vida para la vida. "Yo" mi vida  "soy yo y mi circunstancia, y si no la salvo a ella, no me salvo yo". Esta es la famosa sentencia, enunciada por Ortega en 1915, que todo el mundo conoce la primera parte pero casi nadie comprende. En ella se condensan, como hemos visto, el núcleo y el programa de la filosofía orteguiana. España y Europa formaban  parte primordial de su circunstancia y a ellas entregó sus desvelos y desvelamientos.

 

¿Cómo es posible que, a pesar de su popularidad y prestigio académico, la herencia intelectual de Ortega se haya diluido hasta hacerse casi imperceptible? Esta es una pregunta que cualquier lector actual no tiene más remedio que hacerse. La respuesta la hallamos no en el terreno estrictamente filosófico, sino en el político. Aunque, como vimos antes, bajo la política late siempre en última instancia una determinada idea de la realidad; por tanto, una filosofía concreta.

 

Cuando el filósofo español se encontraba en pleno apogeo de su prestigio y actividad intelectual, sobrevino el gran desastre de la guerra civil. Con ella se truncaron vidas y proyectos. Ortega se vio forzado a dejar España. Ser liberal, no ofrecer un apoyo acrítico e incondicional era, para unos y otros, delito de alta traición. Como tantos otros miembros de la tercera España, fue vapuleado por la hemiplejía moral imperante. El fascismo le silenció, pues nunca hizo acto de contrición por su pasado liberal, laicista y republicano, ni firmó una adhesión inquebrantable al régimen tras su triunfo. El comunismo le despreció por no haber querido ser "compañero de viaje". Precisamente los dos movimientos políticos de masas en rebeldía que Ortega denunció muchos años antes. Tras la guerra, el régimen franquista le sometió al silencio y a la infamia. Los estamentos académicos oficiales, de simpatía nacional-catolicista le ignoraban  en el más amplio sentido y, por tanto, no se le tenía en cuenta. La envidia y la estulticia son enemigos implacables. Pasaron varias generaciones que apenas pudieron conocer la obra del gran filósofo. No recibieron en condiciones el grandioso legado de Ortega. A ellas les hubiera correspondido coger el relevo. Al romperse ahí la cadena, el pensamiento español quedó huérfano de maestros. Y ese hueco fue cubierto en su mayor parte por doctrinas que no estaban a la altura de los tiempos: marxismo y nacionalismo. Esta falta de interés en España por Ortega fomentó que, tras la muerte del filósofo en 1955, se redujese también su presencia en el resto del mundo hasta niveles casi residuales. Al final, sólo la inmensa calidad de la obra orteguiana y la tenacidad de unos pocos discípulos explica su pervivencia.

 

El día de la muerte del filósofo, un grupo de universitarios leyó ante la tumba del maestro esta oración fúnebre:

 "Silencio. José Ortega y Gasset, hombre de España, filósofo universal, amigo de la juventud universitaria ha muerto. / Silencio. Quedan sus libros, y aún podemos ser discípulos de él a través de ellos. /Silencio. Sus libros van a hablar por él, sus libros ocupan la cátedra que dejó vacía. /  La clase ha comenzado."  

Así es: la clase ha comenzado. Continuará mientras haya algún lector atento que quiera asistir a ella, un lector que, quizá, sienta el deseo, nacido de la admiración y el agradecimiento, de sonreír un “¡viva!” en honor al viejo filósofo. Yo lo hago.

        

 

(Publicado en el suplemento cultural del diario Faro de Vigo (28-8-2002). 
El suplemento se dedicó por completo a Ortega con ocasión del centenario del primer artículo publicado por el filósofo español ("
Glosa"), y que vió la luz en este mismo periódico el 28 de Agosto de 1902.) 

 

© Álvaro Bastida Freijedo