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Mucho se ha escrito sobre el influjo de
otros pensadores sobre la obra de Ortega. A las acusaciones de que su
pensamiento “no era filosófico” y “no era sistemático” –ambas suficientemente
rebatidas- se añadió otra, más insidiosa y difícil de combatir: la de su
supuesta “poca originalidad”. A esta objeción habría que responder que toda
pretensión de adanismo en filosofía es una solemne tontería. Cualquier pensador
tiene, por fuerza, una estirpe intelectual; y ésta forma parte del por qué
y el para qué de su labor investigadora. ¿En qué consiste la
originalidad filosófica? Hay dos formas, que podemos resumir en una sencilla
metáfora. En algunos casos, el filósofo consigue, con los viejos mimbres
intelectuales, reajustando su disposición, hacer una nueva y mejor cesta que
recoja el conocimiento de la realidad. En otros casos, consigue, además
de lo anterior, añadir nuevos mimbres. Esta segunda forma de originalidad tiene
el mérito adicional del descubrimiento. Pues bien: La innovación
metafísica de Ortega y Gasset (tal y como reza el título del excelente libro
de Antonio Rodríguez Huescar, ed. Aula Nueva) pertenece a este segundo tipo.
Sin embargo, hay ciertos sectores –¿o, quizá, mejor “sectas”?– de la crítica
filosófica que le han negado el pan y la sal al meditador español, al tiempo
que aceptaban, con alharacas y deliquios, corrientes de pensamiento tan burdas
y viejas como perniciosas. Del porqué de este asunto me he ocupado –bien que a
vuelapluma, pues el morlaco merece una faena más larga y templada– en otro
artículo (¡Viva Ortega!, en este mismo foro). Pero la insidia de que
“Ortega no es original” está ahí, haciendo mella en todo aquel que se acerca
desprevenido al pensamiento orteguiano. Hay libros, por lo demás serios y
meritorios, como el de Nelson Orringer (Ortega y sus fuentes germánicas,
ed. Gredos), que, si no son adecuadamente interpretados, pueden fomentar esa
falacia antiorteguiana. Otro de esos libros, excelente también, pero menos
conocido que el anterior, es el de Jonh T. Graham de la
Universidad de Missouri (Kansas City) titulado "A Pragamatist Philosophy of
Life in Ortega y Gasset". Tomaré como pretexto este último para hacer algunas
consideraciones acerca de la influencia entre teorías filosóficas –los
mimbres que hacen el cesto de la filosofía– y, más concretamente, acerca de la
relación de Ortega y el pragmatismo. Se trata de rebatir el calificativo de
"pragmatismo de la vida" con que moteja el profesor Graham a la filosofía de
Ortega, adscribiéndolo a una corriente de pensamiento superada por el pensador
español.
"Toda superación es conservar y añadir"
repitió muchas veces Ortega, parafraseando a Hegel. Una teoría que no conserve
en su interior todo lo que se ha pensado antes que ella, caerá en el
primitivismo intelectual, en los viejos errores, y no aprovechará lo que de
verdad hay en el pensamiento pasado. Porque se trata justamente de lo contrario:
tener en cuenta los antiguos yerros, para no repetirlos, y navegar a favor del
viento de Verdad que sopla desde el barlovento del pretérito, para llegar más
lejos.
Pero esta misión de conservación
–conservación crítica– no es suficiente. Al tesoro de verdades que, con
esfuerzo, podemos descubrir en el pasado, hay que añadir "nuevas formas de ver
las cosas" –modi res considerandi–. Esto es lo que hace Ortega en 1914.
No quiere prescindir del pensamiento que le precede, porque gracias a él puede
escalar hasta una cima intelectual de altura nunca alcanzada. Se sube “a hombros
de gigantes” y desde allí, desde la cima, es capaz de contemplar un inmenso
paisaje, sobrecogedor, hasta ese momento sólo entrevisto y completamente
inexplorado. Ortega es consciente que se trata de un nuevo continente metafísico
–el continente de la "vida humana"– y se propone llevar claridad allí donde
hasta el momento sólo había sombras.
¿Quiere esto decir que Ortega fue el primero
en llegar a ver ese terreno fundamental? No. El filósofo madrileño reseña en
diversos lugares las corrientes de pensamiento que previamente habían señalado
en esa dirección. Lo que digo es que Ortega fue el primero que, consciente de
lo que hacía, hincó su pie en el nuevo continente metafísico de la vida e inició
su exploración sistemática, con un adelanto de muchos años (comenzó en 1914,
con "Meditaciones del Quijote"). Antes que él, otros filósofos habían
vislumbrado ese paisaje e incluso lo habían explorado parcialmente (aunque con
herramientas inadecuadas). Pero ninguno había reparado en la magnitud y
la radicalidad del descubrimiento –aletheia– hasta Ortega.
¿Quiénes fueron los precursores? Desde
luego, Dilthey, cuya obra lamenta Ortega haber encontrado relativamente tarde,
ya que le hubiera ahorrado muchos esfuerzos y cavilaciones. También Husserl,
quien en sus Ideen menciona de pasada el "mundo natural" –natürliche
welt– como origen de la experiencia originaria (bastantes años más
tarde y después de muchas discusiones comienzan a considerar en su debida
importancia los fenomenólogos el "mundo de la vida" –Lebenswelt–). Estos
son los dos principales, aunque hay otros (Simmel, Bergson, etc.). ¿Podemos
considerar a W. James, padre del pargmatismo, dentro de este grupo? Por
supuesto; creo que el pragmatismo fue un intento muy apreciable de captar la
realidad radical que es la vida humana, aunque no utilizase estos términos. El
método de estudio de la conciencia que utiliza James, es un anticipo de lo que
sería años más tarde la fenomenlogía.
Cuando leemos obras de esos autores y
de otros pensadores contemporáneos a Ortega –Heidegger, Scheler, Hartmann,
etc.– que llevaron investigaciones paralelas sobre el mismo asunto, observaremos
con frecuencia como existen conceptos, tesis, razonamientos casi intercambiables
de un autor a otro e incluso que se complementan entre sí. A veces da la
impresión de que se hubieran puesto de acuerdo o se copiasen unos a otros. Esto,
evidentemente, no es así. Aunque en algún caso pudiera haber ocurrido, es
imposible que tal grado de coincidencia se dé en tantos autores, que en muchos
casos desconocían la obra unos de los otros.
Esto resultará estupefaciente a quien
no conozca en qué consiste una investigación filosófica. Muchos consideran la
filosofía como un género literario de cuasi-ficción, similar a la novela, en
la que cada autor imagina algo bonito o misterioso, vagamente relacionado con la
realidad y de nula aplicación práctica. Entonces, estos ignaros filosóficos
suelen hacer la siguiente reflexión: Si varias novelas se parecen entre sí o
tratan de los mismos personajes, puede considerarse un plagio, pues no es
posible que varios escritores imaginen por separado el mismo argumento y lo
desarrollen de forma parecida. Al aplicar este criterio a la Filosofía, llegan a
la siguiente conclusión: cuando las teorías filosóficas no se contradicen, sino
que más bien coinciden, estamos ante un plagio. Claro está, este razonamiento
por analogía es erróneo.
La Filosofía no es un género
literario, aunque para su expresión necesite de uno de ellos: poesía, diálogo,
discurso, ensayo, meditación, etc., etc. La Filosofía es conocimiento, la forma
más radical de conocimiento. Y ese conocimiento tiene un objeto de estudio y
unas condiciones que no dependen del capricho o la imaginación del pensador;
porque se trata de dar razón de lo real en cuanto tal. La realidad
admite ser descrita de muchas maneras, pero no consiente arbitrariedades.
Esto explica las similitudes y
complementariedades que puede haber cuando distintos filósofos se ocupan del
mismo estrato de la realidad, sobre todo si su método es parecido. Varios
observadores de un mismo paisaje describirán aspectos diferentes del mismo,
pero, en conjunto, habrá coincidencias entre lo que ven sin necesidad de que
sepan previamente lo que han dicho los otros. En el caso que nos ocupa el
paisaje no es visual, sino intelectual. Una vez más, Ortega da en el clavo con
su doctrina de la perspectiva.
Un ejemplo, extraído de la ciencia
física-matemática, puede ilustrar lo dicho. Se trata del famoso litigio
sostenido entre Leibniz y Newton acerca del descubrimiento del cálculo
infinitesimal (en terminología de Leibniz) o método de las fluxiones
(en terminología de Newton). Ambos se publicaron casi al mismo tiempo y, con
diversas variaciones, permitían llegar a los mismos resultados, que suponían un
gigantesco avance científico. La sorpresa de los dos pensadores fue mayúscula,
pues no conocían las investigaciones que el otro estaba realizando. De inmediato
se inició la discusión sobre quién había plagiado a quién. El resultado fue que
no existía tal plagio: al estar ambos investigando el mismo campo de
conocimiento, el mismo paisaje intelectual, habían obtenido resultados casi
intercambiables. A la postre se impuso el método de Leibniz y la denominación de
"cálculo infinitesimal", pues resultaba algo menos engorroso de utilizar que el
de D. Isaac.
¿Conocía Heidegger la obra de Ortega y
Gasset cuando publicó en 1928 "Ser y Tiempo"? Desconozco este dato, pero lo
cierto es que la mayoría de los conceptos fundamentales allí expuestos ya
estaban en los escritos del filósofo español. No por ello vamos a acusar de
plagio al pensador alemán. Ortega recibió ese libro con gran interés,
reconociendo generosamente la profundidad de sus análisis. Consideraba que había
un grupo de pensadores europeos, entre los que Heidegger y él mismo se
encontraban, que estaba trabajando en una gigantesca tarea común: la conquista
de un estrato metafísico de profundidad jamás alcanzada.
Los trabajos del filósofo alemán –y de
otros pensadores contemporáneos– estimularon el pensamiento orteguiano, de forma
que la crítica de aquellos permitía denunciar errores y purificar conceptos,
incorporando los mejores métodos y resultados al corpus doctrinal del
español. Asimismo, el pensamiento de Ortega ejerció un gran influjo en el
panorama intelectual europeo de aquellos años. Por tanto, la influencia entre
los pensadores contemporáneos fue recíproca, al igual que ocurre ahora y
ocurrirá siempre.
Pero ¿permanecen inalterados los
conceptos intercambiados en el diálogo entre dos teorías? Sí y no. Sí, porque
conservan, al menos en parte, su contenido original; mas no son los mismos, pues
entran a formar parte de un sistema de conceptos en el que su posición varía -
del centro pueden pasar a la periferia y viceversa.
Por otra parte, las tesis fundamentales de una teoría insuflan de significado
especial a cada uno de sus conceptos; y cuando éstos son trasladados a otra
teoría de fundamentos diferentes, sufren la consiguiente transformación, a veces
difícil de detectar, pero siempre presente. Si no tenemos todo esto en cuenta,
podemos generar una comprensión defectuosa de la obra de un autor, al considerar
que dichos conceptos se corresponden unívocamente de una teoría a otra.
Teniendo en cuenta todo lo dicho ¿es
correcta la denominación de "pragmatista" a la Razón Vital orteguiana? Conceptos
usados por el Dr. James aparecen en la obra de Ortega, a veces en un lugar
central –el enfronte del hombre con lo que le rodea, por ej.–. ¿Esto nos da
derecho a calificarla de "pragmatismo de la vida"? También podemos hallar muchos
conceptos kantianos y neo-kantianos en ella –por ej. cultura, persona. Ortega
encuentra antecedentes de la Razón Vital en la Razón Práctica (véase "Kant" O.
C. tomo 4). ¿No sería también adecuado denominarla "neo-kantismo de la vida"? Y
ya puestos, dado que el filósofo madrileño aprovecha el método fenomenológico
–aunque sin aceptar las implicaciones epistemológicas que Husserl sostiene–
podemos usar el apelativo de "fenomenología de la vida".
Creo que cualquiera de esas denominaciones, aun teniendo cierta justificación,
son incorrectas y desvirtúan el auténtico sentido de la innovación metafísica
orteguiana. A la calificación de "filosofía pragmatista" respondió Ortega con un
ilustrativo artículo titulado "Para dos revistas argentinas" (O. C. tomo 8, pág.
372). En él muestra cómo la teoría del conocimiento de James parte de una tesis
contraria a la suya y conduce al escepticismo. Por eso, aunque ciertos elementos
de la obra del pensador norteamericano sean compatibles con el raciovitalismo,
esos elementos quedan transformados al formar parte de un sistema de fundamento
diferente.
Pero, ¿es completamente negativa la opinión de Ortega respecto al pragmatismo?
Sin lugar a dudas, no. En el extraordinario curso que dictó en 1928-29 titulado
"¿Qué es Filosofía?" hace una breve crítica del pragmatismo y, en una nota a pie
de página, afirma: "...en el pragmatismo, al lado de su audacia y su ingenuidad,
hay algo profundamente verdadero, aunque centrifugado" (la cursiva es
mía). "Profundamente verdadero" en Ortega significa haber alcanzado un nivel
metafísico radical. "Centrifugado" quiere decir que el hallazgo queda fuera del
centro del sistema de conceptos que es toda teoría. En otra parte de las O. C.
se dice que el pragmatismo es una de las corrientes del pensamiento que
consiguió "vislumbrar nebulosamente" el hecho radical que es la vida humana.
El corolario de lo expuesto es que
Ortega reconoció públicamente los méritos del pragmatismo y la psicología de
James, aunque no pudo menos que rechazarlo, pues sus diferencias con él eran
fundamentales. La teoría del ser y la teoría del conocimiento son el alfa y el
omega de toda filosofía. Ser y conocer son dos ideas recíprocas. Toda idea del
conocer complica (co-implica) automáticamente una determinada idea del ser y no
otra. Pues bien, la gnoseología pragmatista conduce, como dijimos mas arriba, al
relativismo y escepticismo, por lo que la correspondiente ontología queda
irremisiblemente pulverizada.
Espero que este somero análisis haya
podido contribuir a poner las cosas en su sitio sobre el tema de la tan manida
“originalidad”. Desfacer entuertos no es tarea fácil cuando hay un poso
de años de inquina y calumnias. Ortega ya no se puede defender. Pero siempre
habrá espadas, aunque sean melladas y poco diestras, que se pondrán al servicio
de su noble causa.
Vigo, a 6 de marzo de 2004
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