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El 18 de octubre de
2005 se cumplen 50 años del fallecimiento de José Ortega y Gasset. En la
efeméride orteguiana resuena una acuciante vocación a la memoria: Memento!,
¡acuérdate!. En tiempo de crisis y naufragio —y el nuestro lo es— hemos de
buscar con ahínco una tabla de salvación donde agarrarnos y una luz que nos
oriente hacia costa benigna. El cincuentenario cumple la misión de llamar
nuestra atención sobre la egregia figura de Ortega. Porque su vida y pensamiento
nos ofrecen de forma generosa lo que hoy tanto necesitamos: un salvavidas que
nos mantenga a flote y un faro que guíe nuestras brazadas a tierra firme. De ahí
la oportunidad de conmemorar y reivindicar al filósofo español.
La memoria tiene un hondo sentido metafísico. Sin memoria no hay
tiempo, no hay historia. Tampoco vida; pues ella es, por lo pronto, relato de
las huellas que dejamos y recuento de las propias cicatrices —“lo que hacemos,
lo que nos pasa”. Vivimos volcados fatalmente hacia el mañana. Somos proyecto y
proyectil, saetas de tiempo buscando el mejor blanco. Mas sin apoyo en el
pasado, perdemos impulso hacia lo venidero y queda manca y malograda la figura
de lo que debiéramos haber sido, de lo mejor: aquello que en cada instante
demanda ser cumplido. Así, entonces, hay muerte en el olvido. Muerte de lo
olvidado; también muerte del que olvida.
Sí; muerte del que olvida. La llamada a la memoria de Ortega nos
concierne a todos: nos convoca. El legado intelectual y moral del
pensador español forma parte de lo mejor de nuestro pasado. Renunciar a él
supone una grave negligencia que compromete nuestro futuro. Somos albaceas de su
herencia, responsables de las consecuencias que acarree su descuido. Por eso es
un deber y una necesidad tener presente y hacer presente el pensamiento de
nuestro gran filósofo. Porque la vida y la obra de José Ortega y Gasset
pertenecen, con todo merecimiento, a la categoría de lo memorable.
Memorable
es aquello digno de ser recordado. Y esa dignidad, ese derecho que le otorgamos,
nace de su especial significación en la vida de cada cual. No todo acontecer
—“personas, obras, cosas”— tiene igual importancia. Nuestra memoria es
perspectiva; jerarquiza los hitos biográficos, colocando en primer plano
aquellos que más estimamos: he aquí lo memorable. Ese orden del pasado viene
impuesto por nuestra constitutiva proyección hacia el futuro, ya que el
pretérito nos da instrumentos para afrontar el porvenir. De ahí que recordemos
con la vista puesta en el mañana.
Esa memoria personal se forma sobre una memoria mostrenca,
impersonal, que la envuelve como una atmósfera: son los usos sociales. En ellos
va condensada la experiencia de pasadas generaciones, las soluciones —acertadas
o erróneas— que se han ido destilando en la alquitara de la historia. Y hay un
tercer estrato de memoria —que es el que ahora nos interesa— situado entre lo
personal y lo social: lo interpersonal. Relaciones como la amistad, el amor, la
familia, el discipulado... suponen un acervo común de recuerdos y relatos, un
pasado compartido —real o inventado— que gravita sobre un grupo humano y lo
aglutina. Se trata, en fórmula orteguiana, de lo consabido (V, 250),
aquello que sabemos y que, además, sabemos que los demás saben. Y así como en
nuestra memoria personal se destacan ciertos acontecimientos memorables, ocurre
también lo propio con lo consabido. Ello da lugar a que las personas se reúnan
para recordar en común, es decir, para con-memorar lo memorable que les
une.
La conmemoración
es un hacer. No en vano se dice “hacer memoria”, porque tenerla, sin más, no es
suficiente. Y como tal hacer, tiene sentido, un porqué y un para qué:
proteger del olvido aquellas partes del pasado que configuran el presente e
importa recordar para el futuro de un grupo humano. La memoria se vivifica en
lo recordado. El recuerdo —que es palabra derivada del lat. cor,
corazón— es memoria hecha presente a través del corazón, donde la imagen cobra
calor y vida al fundirse con la emoción. Así, de la víscera cordial, cuando el
recuerdo es compartido, surgen la concordia, la unión emocional del
grupo, y el coraje, la fuerza y valentía para defender lo memorable.
La forma más elemental
de conmemoración es la simple narración oral, para recuerdo de mayores y
aprendizaje de pequeños. La danza, el canto, la oración repetitiva, la
representación teatral... son elaboraciones que dan más fuerza expresiva al
relato. Se transmite así de generación en generación. Llega un momento en que,
de puro consabido, lo memorable se ritualiza y concreta en símbolos cuya simple
presencia suscita recuerdo, el correlato emocional de adhesión al grupo y
defensa del mismo: iconos, emblemas, banderas, escudos, himnos, libros, etc.
Cuando lo memorable se transforma en rito y símbolo, la
conmemoración suele perder su prístino sentido, se petrifica, se automatiza y
pasa a ser un uso social. Su origen queda lejano e incomprensible para
las nuevas generaciones y corre el riesgo de no suscitar en ellas idea ni
emoción alguna, salvo el hastío. Lo memorable cae en desuso y queda en una
simple efeméride sin consecuencias. Este término procede del griego
ephemeros “que sólo dura un día”, de ahí la palabra “efímero”. La
conmemoración queda en mero trámite hueco, efímero, pasado el cual, queda sumido
en el absoluto olvido.
Conviene ahora hacer
algunas precisiones. Una conmemoración puede presentar aspectos oscuros:
indignidad, falsificación, manipulación. Indignidad cuando se otorga
derecho de memoria a lo nefasto, a aquello que no lo merece, que es, incluso,
perjudicial, desdeñando lo importante. Falsificación cuando se tergiversa
el pasado, retorciéndolo hasta que diga lo que se quiere que diga.
Manipulación cuando se usa la fuerza pasional del pretérito en aras de la
demagogia. Una presencia excesiva de estos ingredientes indeseables conduce a la
decadencia y la miseria moral de una comunidad humana. En esto pensaba Ortega
cuando hacía un diagnóstico, todavía vigente, del mal radical que aqueja a la
sociedad española: “siempre me he quejado de que los españoles consabemos pocas
cosas: por eso vivimos en atroz dispersión” (V, 250). De ahí que las ideologías
separatistas o revolucionarias tengan como uno de sus ejes principales de acción
el control del sistema educativo.
Pero también una conmemoración puede presentar facetas luminosas.
Dignidad cuando recuerda personas, obras, cosas del pasado que merecen
honor, es decir, respeto y agradecimiento por los valores que nos han
transmitido. Verdad cuando nos muestra el pretérito tal como fue, con sus
aciertos y errores, con sus penas y glorias, pues de todo ello se aprende.
Honradez cuando se quiere dirigir el recuerdo, la emoción de la memoria,
para transmitir la excelencia de lo legado. La conmemoración cobra así pleno
sentido y hace rendir al pasado cumplido servicio: un ejercicio de razón
histórica.
No nos resignamos a que la figura de Ortega sea un simple motivo
de hueras efemérides sin consecuencias. Ortega y Gasset merece Dignidad en honor
a la excelencia de su obra y a su compromiso patriótico; necesita Verdad para
deshacer todas las miserables falsificaciones que se han vertido sobre su vida y
pensamiento; exige, en definitiva, Honradez por parte de quienes se sienten —nos
sentimos— llamados a dar a conocer y difundir su legado intelectual entre las
nuevas generaciones, huérfanas de auténticos maestros y vestidas con los harapos
intelectuales de una primitiva y mostrenca metafísica ambiente —un conjunto de
creencias básicas sobre el hombre y sobre el mundo procedente de ideas caducas
y erróneas.
Buena parte de la crisis y desorientación actual que padecemos
proviene de ese cáncer metafísico, fruto de la descomposición de la modernidad.
Durante el pasado siglo envió metástasis a todos los estratos de la cultura,
manifestándose sobre todo en su epidermis, la política. Ortega diagnosticó esta
patología, dio la alarma y aportó medios intelectuales para corregirla. Mas su
voz no encontró el eco adecuado y fue ahogada en el naufragio bélico de la
Guerra Civil Española y la II Guerra Mundial. Reducido al ostracismo por el
régimen franquista, despreciado por la nueva hornada de intelectuales
“comprometidos”, el magisterio orteguiano quedó casi olvidado. Se nos privó así
de un preciso instrumental teórico, perfectamente adecuado para orientarnos,
para saber a qué atenernos y estar a la altura de las circunstancias.
Por todo ello, la recuperación de la figura y el pensamiento de
Ortega y Gasset constituye el tema de nuestro tiempo. No es sólo algo
conveniente o interesante, sino una necesidad urgente, una empresa de dignidad,
verdad y honradez intelectual a la que todos estamos convocados. Comprender,
asimilar, desarrollar y aplicar la filosofía orteguiana. Esa es la tarea.
Memento!,
“¡acuérdate!”. Respondamos a esa llamada. Es tiempo de Razón Vital porque es
vital dar razón de nuestro tiempo.
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