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Para comprender cualquier obra humana es
imprescindible hacernos cargo de la situación vital de su autor en el momento
de su ejecución. Se trata de ver esa obra desde dentro, analizando el por
qué y el para qué de la persona que la hizo y las facilidades y
dificultades que encontró en su circunstancia. Es lo que Ortega denomina
reviviscencia, que no es sino la razón vital como método de
interpretación o hermenéutica. Intentaré hacer una reviviscencia del artículo
Glosas. De la crítica personal, uno de los primeros escritos del
filósofo español. En este artículo veremos como el joven Ortega se plantea y
asume con todas sus consecuencias la que será misión de su vida: el servicio a
España desde su vocación intelectual.
Ortega publica por
primera vez en 1902. Es un joven de 19 años, recién licenciado en filosofía,
serio, meditabundo, devorador de libros. A través de sus epístolas en esa época,
podemos colegir su estado anímico. Está inquieto. Siente dentro de sí un vago
nerviosismo, unas profundas ansias de definirse ante sí mismo y ante el
mundo: “¿Quién soy?” “¿Qué camino seguiré en la vida?” Está en una encrucijada.
Ante sí se abren distintas sendas que depararán otros tantos posibles
destinos. Su espíritu está fuertemente influido por las lecturas nietzscheanas.
Se halla, como él mismo diría años más tarde, en la “zona tórrida de
Nietzsche”. Esto se refleja en sus escritos juveniles, en los que intenta una
respuesta primeriza ante el desafío de la vida. Son tempranos e imperfectos
balbuceos filosóficos, pero en los que ya se puede detectar el inmenso talento
del pensador y algunas de las líneas fundamentales de lo que llegaría a ser su
obra madura.
Para sus primeras
publicaciones elige el nombre de Glosas. En 1902 publica “Glosa. A
Ramón del Valle-Inclán” (el 28 de agosto, en Faro de Vigo; no
incluido en las Obras Completas) y “Glosas. De la crítica personal” (el 1
de diciembre, en Vida Nueva / O. C. I,13). Hay otras dos
glosas inéditas, que podemos datar por estas fechas: “Glosas inactuales: I.
De la luz a las sombras; II. Jadear”
En el artículo
“Glosas. De la crítica personal” el joven Ortega toma como punto de partida
un asunto concreto, que luego aprieta hasta obtener el meollo filosófico, el
auténtico tema que se proponía tratar. Una técnica que, a lo largo de sus
escritos, aplicará en infinidad de ocasiones. En este caso, comienza por una
cuestión estética: la posibilidad de una crítica de arte objetiva, imparcial,
impersonal, desapasionada. El filósofo español niega tajantemente tal
posibilidad. Los dos criterios con los que se pretende lograr una crítica
objetiva no son válidos. El primero sería la regla del relativismo (Taine):
todo tiene derecho a ser valorado. El segundo sería la regla de la mayoría
(Sarcey): “hay que afirmar lo que la mayoría afirme; hay que negar los que
la minoría niegue”. El primer criterio significa el suicidio de la crítica, la
negación de sí misma. Se autoanula, por tanto. El segundo criterio es,
efectivamente, impersonal, pues es la masa quien define lo bueno y lo malo, por
encima de cualquier opinión personal. Parecería, pues, pleno de objetividad. Sin
embargo, la masa carece por sí misma de voluntad, de discernimiento, de
orientación. Es lo común, lo mostrenco. La masa tiende siempre a ser masa
informe. La critica que se limite a recoger el parecer mayoritario no merece el
nombre de crítica. También se autoanula, pues es un juicio que carece de sujeto.
La crítica de arte
sólo puede nacer de una personalidad. En ella se reúnen los elementos que
diferencian al individuo del resto de la gente. Es lo auténticamente humano del
hombre, frente a aquellos elementos comunes, inhumanos, que compartimos con la
gente. Sólo desde la afirmación de la propia subjetividad, lo cual implica que
también intervienen las pasiones, se pueden proponer críticas, definiciones,
evaluaciones. La crítica nacida de una personalidad poderosa es la que puede dar
forma, definición a la masa.
Los dos primeros
apartados de Glosas se refieren al papel del crítico en el terreno del
arte. Pero no son más que el preámbulo de lo que verdaderamente importa decir al
joven filósofo. Las conclusiones a las que ha llegado en el terreno del arte
pueden ampliarse a todas las facetas de la vida. En el tercer y último apartado,
en forma de parábola de resonancias nietzscheanas, Ortega deja ver que todo lo
dicho sobre el crítico de arte puede generalizarse y vale también para el papel
del crítico en la sociedad. Ese es el sentido de la parábola: los
intelectuales, los filósofos, “hombres de ceños misteriosos y miradas
ardientes”, son quienes deben interpretar ese papel de críticos de la sociedad.
Son personas que se dedican a la “crítica que discierne entre cosas que viven”,
que dice lo que las cosas son, lo que las cosas valen, que quiere descubrir
verdades y denunciar falsedades. Crean “afirmaciones o negaciones
poderosas”, es decir, han tomado sobre sí el enorme esfuerzo de pensar
con ideas propias frente a las creencias de la gente. Son
sinceros, pues dicen lo que piensan sin ocultar sus pasiones. Critican porque
no están conformes con lo que hay, sino que quieren conformarlo a su idea para
mejorarlo. Los pueblos –“pobres enfermos de voluntad”– encontrarán en ellos las
respuestas, las definiciones que necesitan. Cobrarán forma, definición. Los
críticos son imprescindibles, pues sin ellos el pueblo caerá en la
desorientación, la disgregación. Pero “el crítico ha de luchar. La crítica es
lucha”. La vida siempre ofrece resistencia. Exige una actitud heroica, épica,
trágica. Ocurrirá muchas veces que las gentes u otros críticos no le
comprenderán, se burlarán, se disgustarán con lo que se le dice. Puede que le
condenen al ostracismo. Puede que, incluso, le condenen a muerte –“alguno de los
definidores es ahorcado”–. Sócrates o Jesús son el paradigma del destino
trágico del crítico. Aquel que lo quiera ser, habrá de estar preparado para
aceptarlo.
El
artículo es toda una declaración de intenciones. En realidad, el joven Ortega se
está proponiendo un proyecto heroico –sobre el que volverá en Meditaciones
del Quijote– que le permitirá dar sentido a su vida. Va a poner su
vocación intelectual al servicio de su circunstancia española. Asume
a los 19 años el papel de crítico con todos los inconvenientes que conlleva,
empezando por un extremado nivel de autoexigencia moral e intelectual y
terminando por los peligros y sinsabores que antes mencionábamos –y que en buena
medida sufrió a lo largo de su vida–. El auténtico crítico es el filósofo, pues
es el que lleva la crítica al nivel más profundo; no se conforma con discernir
las apariencias, sino que hace anábasis en busca de fundamentos, de
principios cada vez más inmunes a la crítica. En Glosas.
De la crítica personal aparece, además, un
bosquejo de lo que sería su teoría sociológica: la articulación o vertebración
de la sociedad en masas y minorías selectas; la distinción entre el hombre y la
gente.
La parábola
termina con la siguiente moraleja: ”no se puede hacer crítica a bragas enjutas”.
Creo que merece una pequeña explicación. Se trata de la paráfrasis de un
proverbio muy popular a partir del siglo XV y que aparece mencionado en la
segunda parte del Quijote en boca de Sancho Panza. Hoy día no se usa, pues
varias palabras del refrán han perdido su significado original, de tal forma que
un lector actual sin conocimientos filológicos no es capaz de comprender el
sentido del proverbio. En estos casos lo mejor para orientarse es recurrir a una
joya de la filología española: el Tesoro de la Lengua Castellana o Española
de Sebastián de Covarrubias, primer diccionario de la lengua española, ya
que se publicó en 1611. Coloco entre corchetes algunas notas aclaratorias:
Bragas:
Cierto género de zaragüelles [palabra de origen árabe que significa calzones]
justos que cubren las partes vergonzosas por delante y por detrás, y un pedazo
de los muslos. Usan dellas los pescadores y los demás que andan en el agua; los
tintoreros, los que lavan lana, los curtidores; también las usan los religiosos
y llámanlas paños menores. También lo usaban los nadadores en la antigua
Roma. Proverbio: “no se toman truchas a bragas enjutas”, las cosas de
precio y valor no se alcanzan sin trabajo y diligencia. [tomar tiene aquí
el sentido de capturar o pescar]
Enxuto
[enjuto: en castellano antiguo la letra j se escribía muchas veces con el
signo x, por ej. Quixote]: Lo que está seco y sin humedad. A veces significa
parco, hombre de pocas razones y éstas desabridas. [hoy día sólo se usa la
palabra enjuto-a para designar a la persona extremadamente flaca, con
pocas carnes]
Por tanto, el que
quiera pescar ha de ponerse en traje de faena y meterse en el agua. Sin mojarse
no hay pesca. Todo oficio requiere su sacrificio.
Aunque este proverbio
ya no se utiliza, sí queda todavía un vestigio en el lenguaje coloquial: el
verbo reflexivo mojarse tiene, además de su significado habitual, un
sentido figurado, heredero del antiguo refrán. Imaginemos una disputa en la que
se nos pide nuestra opinión. Pronunciarse a favor o en contra de una u otra
persona significa tomar partido ante los demás; por tanto, la posibilidad de
ofender a alguien. La tentación es abstenerte de opinar para no herir
sensibilidades ni hacer enemigos. Quizá me favorezca que gane una opción en
concreto, pero prefiero mantenerme al margen mientras otros luchan por mí. Sin
embargo, los contendientes me exigen que diga lo que pienso, que no sea cómodo,
que no pretenda quedar bien con todo el mundo, que no sea cobarde ni hipócrita,
que no pretenda sacar beneficio sin arrostrar las consecuencias de dejar clara
mi postura ante el asunto en litigio. La frase habitual es: “¡tienes que
mojarte!” o “¡no te quieres mojar!”. También pueden recriminar mi
falta de compromiso con un proverbio en relación con este tema: “pretendes
nadar y guardar la ropa”, es decir, intentando quedar a bragas enjutas.
Ortega parafrasea el
dicho popular y sustituye “tomar truchas” por “hacer crítica”. Queda así:
”Moraleja: no se puede hacer crítica a bragas enjutas”. Quiere decir que el
crítico, el intelectual, el filósofo ha de afrontar su posible destino trágico.
Habrá de mojarse, implicarse, comprometerse. Es el precio que ha de pagar. Y, a
fe mía, Ortega lo pagó cumplidamente.
Vigo, 4 de marzo de
2004
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