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La vocación crítica de Ortega y Gasset

Comentarios acerca de "glosas

 

Álvaro Bastida Freijedo

 

                         

 
 
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Para comprender cualquier obra humana es imprescindible hacernos cargo de la situación vital de su autor en el momento de su ejecución. Se trata de ver esa obra desde dentro, analizando el por qué y el para qué de la persona que la hizo y las facilidades y dificultades que encontró en su circunstancia. Es lo que Ortega denomina reviviscencia, que no es sino la razón vital como método de interpretación o hermenéutica.  Intentaré hacer una reviviscencia del artículo Glosas. De la crítica personal, uno de los primeros escritos del filósofo español. En este artículo veremos como el joven Ortega se plantea y asume con todas sus consecuencias la que será misión de su vida: el servicio a España desde su vocación intelectual.

Ortega publica por primera vez en 1902. Es un joven de 19 años, recién licenciado en filosofía, serio, meditabundo, devorador de libros. A través de sus epístolas en esa época, podemos colegir su estado anímico. Está inquieto. Siente dentro de sí un vago nerviosismo, unas profundas ansias de definirse ante sí mismo y ante el mundo: “¿Quién soy?” “¿Qué camino seguiré en la vida?” Está en una encrucijada. Ante sí se abren  distintas sendas que depararán otros tantos posibles destinos.  Su espíritu está fuertemente influido por las lecturas nietzscheanas. Se halla, como él mismo diría años más tarde, en la “zona tórrida de Nietzsche”.  Esto se refleja en sus escritos juveniles, en los que intenta una respuesta primeriza ante el desafío de la vida. Son  tempranos e imperfectos balbuceos filosóficos, pero en los que ya se puede detectar el inmenso talento del pensador y algunas de las líneas fundamentales de lo que llegaría a ser su obra madura.

 Para sus primeras publicaciones elige el nombre de Glosas. En 1902 publica “Glosa. A Ramón del Valle-Inclán” (el 28 de agosto, en Faro de Vigo; no incluido en las Obras Completas) y “Glosas. De la crítica personal” (el 1 de diciembre, en Vida Nueva / O. C. I,13). Hay otras dos glosas inéditas, que podemos datar por estas fechas: “Glosas inactuales: I. De la luz a las sombras; II. Jadear”

 En el artículo “Glosas. De la crítica personal” el joven Ortega toma como punto de partida un asunto concreto, que luego aprieta hasta obtener el meollo filosófico, el auténtico tema que se proponía tratar. Una técnica que, a lo largo de sus escritos, aplicará en infinidad de ocasiones. En este caso, comienza por una cuestión estética: la posibilidad de una crítica de arte objetiva, imparcial, impersonal, desapasionada. El filósofo español niega tajantemente tal posibilidad. Los dos criterios con los que se pretende lograr una crítica objetiva no son válidos. El primero sería la regla del relativismo (Taine): todo tiene derecho a ser valorado. El segundo sería  la regla de la mayoría (Sarcey): “hay que afirmar lo que la mayoría afirme; hay que negar los que la minoría niegue”. El primer criterio significa el suicidio de la crítica, la negación de sí misma. Se autoanula, por tanto. El segundo criterio es, efectivamente, impersonal, pues es la masa quien define lo bueno y lo malo, por encima de cualquier opinión personal. Parecería, pues, pleno de objetividad. Sin embargo, la masa carece por sí misma de voluntad, de discernimiento, de orientación. Es lo común, lo mostrenco. La masa tiende siempre a ser masa informe. La critica que se limite a recoger el parecer mayoritario no merece el nombre de crítica. También se autoanula, pues es un juicio que carece de sujeto.

 La crítica de arte sólo puede nacer de una personalidad. En ella se reúnen los  elementos que diferencian al individuo del resto de la gente. Es lo auténticamente humano del hombre, frente a aquellos elementos comunes, inhumanos, que compartimos con la gente. Sólo desde la afirmación de la propia subjetividad, lo cual implica que también intervienen las pasiones, se pueden proponer críticas, definiciones, evaluaciones. La crítica nacida de una personalidad poderosa es la que puede dar forma, definición a la masa.

 Los dos primeros apartados de Glosas se refieren al papel del crítico en el terreno del arte. Pero no son más que el preámbulo de lo que verdaderamente importa decir al joven filósofo. Las conclusiones a las que ha llegado en el terreno del arte pueden ampliarse a todas las facetas de la vida. En el tercer y último apartado, en forma de parábola de resonancias nietzscheanas, Ortega deja ver que todo lo dicho sobre el crítico de arte puede generalizarse y vale también para el papel del crítico en la sociedad. Ese es el sentido de la parábola: los  intelectuales, los filósofos, “hombres de ceños misteriosos y miradas ardientes”, son quienes deben interpretar ese papel de críticos de la sociedad. Son personas que se dedican a la “crítica que discierne entre cosas que viven”, que dice lo que las cosas son, lo que las cosas valen, que quiere descubrir verdades y denunciar falsedades. Crean “afirmaciones o negaciones poderosas”, es decir, han tomado sobre sí el enorme esfuerzo de pensar con ideas propias frente a las creencias de la gente. Son sinceros, pues dicen lo que piensan sin ocultar sus pasiones.  Critican porque no están conformes con lo que hay, sino que quieren conformarlo a su idea para mejorarlo. Los pueblos –“pobres enfermos de voluntad”– encontrarán en ellos las respuestas, las definiciones que necesitan. Cobrarán forma, definición. Los críticos son imprescindibles, pues sin ellos el pueblo caerá en la desorientación, la disgregación. Pero “el crítico ha de luchar. La crítica es lucha”. La vida siempre ofrece resistencia. Exige una actitud heroica, épica, trágica. Ocurrirá muchas veces que las gentes u otros críticos no le comprenderán, se burlarán, se disgustarán con lo que se le dice. Puede que le condenen al ostracismo. Puede que, incluso, le condenen a muerte –“alguno de los definidores es ahorcado”–.  Sócrates o Jesús son el paradigma del destino trágico del crítico. Aquel que lo quiera ser, habrá de estar preparado para aceptarlo.          

 El artículo es toda una declaración de intenciones. En realidad, el joven Ortega se está proponiendo un proyecto heroico –sobre el que volverá en Meditaciones del Quijote que le permitirá dar sentido a su vida. Va a poner su vocación intelectual al servicio de su circunstancia española. Asume a los 19 años el papel de crítico con todos los inconvenientes que conlleva, empezando por un extremado nivel de autoexigencia moral e intelectual y terminando por los peligros y sinsabores que antes mencionábamos –y que en buena medida sufrió a lo largo de su vida–. El auténtico crítico es el filósofo, pues es el que lleva la crítica al nivel más profundo; no se conforma con discernir las apariencias, sino que hace anábasis en busca de fundamentos, de principios cada vez más inmunes a la crítica. En Glosas. De la crítica personal aparece, además, un bosquejo de lo que sería su teoría sociológica: la articulación o vertebración de la sociedad en masas y minorías selectas; la distinción entre el hombre y la gente.

 La parábola termina con la siguiente moraleja: ”no se puede hacer crítica a bragas enjutas”. Creo que merece una pequeña explicación. Se trata de la paráfrasis de un proverbio muy popular a partir del  siglo XV y que aparece mencionado en la segunda parte del Quijote en boca de Sancho Panza. Hoy día no se usa, pues varias palabras del refrán han perdido su significado original, de tal forma que un lector actual sin conocimientos filológicos no es capaz de comprender el sentido del proverbio. En estos casos lo mejor para orientarse es recurrir a una joya de la filología española: el Tesoro de la Lengua Castellana o Española de Sebastián de Covarrubias, primer diccionario de la lengua española, ya que se publicó en 1611. Coloco entre corchetes algunas notas  aclaratorias:

Bragas: Cierto género de zaragüelles [palabra de origen árabe que significa calzones] justos que cubren las partes vergonzosas por delante y por detrás, y un pedazo de los muslos. Usan dellas los pescadores y los demás que andan en el agua; los tintoreros, los que lavan lana, los curtidores; también las usan los religiosos y llámanlas paños menores.  También lo usaban los nadadores en la antigua Roma.  Proverbio: “no se toman truchas a bragas enjutas”, las cosas de precio y valor no se alcanzan sin trabajo y diligencia. [tomar tiene aquí el sentido de capturar o pescar]

Enxuto [enjuto: en castellano antiguo la letra j se escribía muchas veces con el signo x, por ej. Quixote]: Lo que está seco y sin humedad. A veces significa parco, hombre de pocas razones y éstas desabridas. [hoy día sólo se usa la palabra enjuto-a para designar a la persona extremadamente flaca, con pocas carnes]

Por tanto, el que quiera pescar ha de ponerse en traje de faena y meterse en el agua. Sin mojarse no hay pesca. Todo oficio requiere su sacrificio.

Aunque este proverbio ya no se utiliza, sí queda todavía un vestigio en el lenguaje coloquial: el verbo reflexivo mojarse tiene, además de su significado habitual, un sentido figurado, heredero del antiguo refrán. Imaginemos una disputa en la que se nos pide nuestra opinión. Pronunciarse a favor o en contra de una u otra persona significa tomar partido ante los demás; por tanto, la posibilidad de ofender a alguien. La tentación es abstenerte de opinar para no herir sensibilidades ni hacer enemigos. Quizá me favorezca que gane una opción en concreto, pero prefiero mantenerme al margen mientras otros luchan por mí. Sin embargo, los contendientes me exigen que diga lo que pienso, que no sea cómodo, que no pretenda quedar bien con todo el mundo, que no sea cobarde ni hipócrita, que no pretenda sacar beneficio sin arrostrar las consecuencias de dejar clara mi postura ante el asunto en litigio. La frase habitual es: “¡tienes que mojarte!” o “¡no te quieres mojar!”.  También pueden recriminar mi falta de compromiso con un proverbio en relación con este tema: “pretendes nadar y guardar la ropa”, es decir, intentando quedar a bragas enjutas.

Ortega parafrasea el dicho popular y sustituye “tomar truchas” por “hacer crítica”. Queda así: ”Moraleja: no se puede hacer crítica a bragas enjutas”. Quiere decir que el crítico, el intelectual, el filósofo ha de afrontar su posible destino trágico. Habrá de mojarse, implicarse, comprometerse. Es el precio que ha de pagar. Y, a fe mía, Ortega lo pagó cumplidamente.

 

Vigo, 4 de marzo de 2004

 

© Álvaro Bastida Freijedo