|
"Pensamiento propiamente tal
no hay más que uno: el filosófico. Todas las demás formas de la
intelección son secundarias, derivadas de aquélla, o consisten en
limitaciones más o menos arbitrarias de la aventura filosófica. El que no
parezca así tiene su origen en considerar el pensamiento no más que como
el funcionamiento de una facultad o aparato que hay en el hombre, y que se
llama inteligencia. (...)
No; el pensamiento no es la función de un órgano, sino la faena exasperada
de un ser que se siente perdido en el mundo y aspira a orientarse. Si la
vida no fuese en su raíz un encontrarse extraviado en un contorno cuyas
vías desconoce y donde no sabe cómo ha caído ni cómo podrá salir, el
pensamiento no existiría y la máquina intelectiva del hombre, o no habría
llegado a desarrollarse, o yacería atrofiada en los desvanes del
organismo. pero, por fortuna, vivir es descubrirme a mí mismo sumergido en
un medio que me es extraño, que me niega constantemente, y donde avanzo
rodeado de fisionomías enigmáticas, de esas que llamo "cosas", las cuales,
unas veces me son favorables y otras adversas. Esas "cosas" -que en
sentido lato incluyen a los otros hombres- se adelantan a mí como avanzada
casual de algo formidable y latente, que las lleva a ellas y a mí y a
quien doy toda suerte de nombres redondos: mundo, orbe, universo. Yo
necesito, pues, desenmascarar ese enigma circundante del que yo mismo
formo parte: saber con quién trato y de quién depende mi vida; conocer, de
una vez para siempre, los designios y conducta del mundo porque sólo así
puedo descubrir cuál es mi auténtico quehacer en él. Para ello -y no
simplemente porque sí, porque soy dueño del aparato intelectual- hago
funcionar mi mente. Es, pues, el pensamiento el único ensayo de dominio
sobre la vida que puedo y necesito hacer. Dominio, es decir, señorío. No
hay otra suerte de esencial señorío que éste del pensamiento. Y es el caso
que ni siquiera hace falta que el pensamiento logre su empresa para que
ejerza aquel dominio. Ver claramente que el enigma de la vida es
insoluble, que la sensación de perdimiento no tiene curación es ya dominar
nuestro destino, es sentirse en la verdad."
José Ortega y
Gasset, Del Prólogo "a una edición de sus obras", 1932. Obras Completas, vol. VI,
p. 351.
|