Historia de los héroes y semidioses de los griegos -
Capítulo IV -
Ulises
Hijo de Laertes y de
Anticlea, era rey de la isla de Itaca y de la de
Dulicio, llamada aquélla hoy Théaki. Cuando nació rogaron sus padres a
su abuelo Antolico, hijo de
Mercurio, que le pusiese nombre, y éste
contestó: Fui en otros tiempos el terror de la tierra; que de ahí se
deduzca el nombre del niño, y que se llame Ulises, que significa ser
temido. Fue un príncipe sagaz, astuto y prudente, que en la guerra
de Troya contribuyó más al triunfo de los griegos con la astucia que lo
hicieron los otros con sus proezas. Había eludido por todos medios
partir para aquella expedición, por estar recién casado con la hermosa
Penélope, hija de
Ícaro, rey de Esparta, pero no le valieron. Terminada
la guerra de Troya, emprendió su viaje de vuelta, el que fue tan
desgraciado y lleno de contratiempos, que este viaje ha dado materia al
insigne poeta griego Homero para un famoso poema titulado la «Odisea». Echóle primero el temporal sobre las costas de Tracia, volvió a salir a
la mar, y los vendavales le llevaron a África, al país de los
Lotófagos, así llamado por crecer
allí el árbol Lotos, cuya fruta es tan agradable que hace olvidar su
patria al forastero que la come; por lo cual es ese árbol el símbolo del
olvido. Perdió allí a varios de sus compañeros, y pasó a Sicilia, en
donde el cíclope Polifemo, que no tenía más que un
ojo, y éste en medio de la frente, se engulló otros cuantos;
Ulises le
emborrachó, le saltó su ojo y huyó, llegando a la mansión de
Eolo, dios
de los vientos, que por complacerlo encerró en pellejos aquellos que le
eran contrarios; pero sus compañeros, curiosos de ver lo que
contenían aquellos pellejos, los abrieron, saliendo de ellos furiosos
vientos contrarios, que echaron las naves de Ulises sobre una costa en
que encontró a la famosa hechicera Circe, que después de convertir a sus
compañeros en toda clase de animales, le encantó de tal suerte a él, que
olvidó que estaba casado con su querida Penélope; se casó con ella, y
tuvieron un hijo, que se llamó Telégono. No obstante, merced a una
hierba
que le dio Mercurio, llamada «moli», escapó al hechizo de Circe, así
como a la atracción del abismo de Caribdis y a las seducciones del canto
de las Sirenas, precaviendo de ellas a sus compañeros tapándoles los
oídos con cera; pero Neptuno, resentido con él por haberle saltado el
ojo a su querido y precioso hijo Polifemo, embraveció los mares e hizo
naufragar su esquife, salvándose sólo Ulises, que a nado llegó a la isla Ogigia, donde halló a la ninfa
Calipso, que le retuvo siete años; pero
viendo que no hacía más que llorar por su patria, por su mujer y su
hijo, al cabo de estos siete años le proporcionó un barco en el que
pudiese regresar a sus lares. Después de veinte años de ausencia arribó
al fin a Ítaca, en donde nadie le reconoció, sino un pobrecito
perro viejo que al verle murió de alegría. Entretanto, creyendo viuda a
la hermosa Penélope, habían acudido infinidad de pretendientes que la ostigaban a que eligiese entre ellos un marido, y se volviese a casar;
Penélope, que no perdía las esperanzas de volver a ver a su querido
Ulises, les respondía que no contraería segundas nupcias hasta concluir
de bordar una tela que había destinado para mortaja de su suegro
Laertes.
Bordaba de día, y de noche desbarataba lo que había hecho, para que no
se concluyese su obra, por lo cual se dice de lo que se empieza y no se
acaba, a pesar de trabajar en ello, que es «la tela de Penélope».
Ulises
se dio a conocer a su hijo Telémaco y a algunos criados antiguos, y
ayudado por ellos mató a todos los pretendientes de su mujer, pues ya
sabéis, niños míos, que los griegos se mataban unos a otros con la mayor
facilidad. Su hijo Telémaco había hecho infructuosamente un viaje para
buscar a su padre, acompañado por un anciano sabio y respetable, llamado
Mentor, lo que ha dado pábulo a un docto eclesiástico francés, llamado
Fenelón, para escribir una obra de gran mérito para enseñanza de los
príncipes.
El fin de Ulises fue triste. Le habían predicho que moriría a
manos de su hijo; esta profecía le inquietaba. Circe envió a Telégono en
busca de su padre. Desembarcó con su tripulación en Ítaca; creyéndolos
piratas, los quisieron rechazar los isleños; trabóse un combate, en el
que Telégono mató a su padre sin conocerlo. Después de muerto le
tributaron los honores que llaman heroicos, y aun tuvo un oráculo en
Etolia.
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