Historia de los héroes y semidioses de los griegos -
Capítulo II -
Teseo
Teseo, era hijo de
Egeo, rey de Atenas, y de
Etra, hija de Piteo, rey de Trezena, hombre justo y sabio, en cuya corte se educó su nieto Teseo.
Era primo de Hércules, y aunque menor, ansiaba por imitarle en
sus hazañas. Egeo, antes de ausentarse de Trezena, había ordenado que no
se le enviase a su hijo a Atenas hasta que hubiese levantado una roca y
sacado de debajo de ella su espada, que al intento había colocado allí.
Apenas tuvo Teseo dieciséis años, cuando se sintió con fuerza para
levantar la roca, lo que ejecutó, sacó la espada y marchó a Atenas. Pero
antes de darse a conocer, quiso hacerse célebre por sus hazañas. Libertó
al Ática de bandoleros; entre ellos estaban: Escirón, que arrojaba al
mar cuantos infelices caían en su poder, y Procusto, que los tendía en
su lecho cortándoles las extremidades si excedían del lecho, y
estirándolos hasta descoyuntarlos si eran más pequeños. Después trató de
libertar a su patria del tributo de siete doncellas que estaban
obligados a pagar a Minos, rey de Creta. Estas pobres doncellas eran
pasto de un monstruo medio toro y medio hombre, que había dado a luz la
mujer de Minos, Pasífae, y que se mantenía de carne humana. Encerró
Minos a este monstruo en un laberinto, que al intento mandó construir
por Dédalo, hábil arquitecto, discípulo de
Mercurio. De este laberinto
no se podía salir, una vez que en él se entraba. La primera
víctima fue el mismo Dédalo, a quien con su hijo
Ícaro encerró Minos
allí por quejas que de él tenía. Dédalo fabricó unas alas, que colocó a
su hijo, y que le pegó con cera, recomendándole que huyese volando, pero
que no se acercase mucho al sol, para que no se derritiesen sus
ligamentos. Ícaro no hizo caso de la recomendación de su padre: remontó
su vuelo, de manera que la cercanía del sol derritió la cera; se
desprendieron sus alas, y cayó al mar, en que se ahogó. Por eso se dice
de las personas que se remontan y envalentonan sin mérito ni causa, que
lo hacen con alas de Ícaro.
Teseo fue, pues, a Creta; pero antes de entrar en el laberinto, recibió
de Ariadna, hija de Minos, un ovillo de hilo, que fue deshilando al
tiempo que penetraba en el laberinto, de manera que después que con sus
acostumbrados bríos hubo muerto al terrible Minotauro, guiado por el
hilo pudo hallar la salida del laberinto. Volvióse a embarcar llevándose
a Ariadna, a la cual traidora e ingratamente abandonó en la isla de
Naxos, donde, como ya sabéis, la encontró Baco, que se casó con ella.
Teseo había convenido con su padre Egeo que si salía bien de su
empresa, pondría a su regreso velas blancas en sus barcas; pero como se
dice que con las glorias se pierden las memorias, se le olvidó, y Egeo,
viendo aparecer las barcas sin la convenida señal, conjeturó que su hijo
había sido devorado por el Minotauro, y desesperado se tiró al mar, por
lo cual adquirió éste el nombre de mar Egeo.
Pirítoo, rey de Tesalia, envidioso de los triunfos de
Teseo, quiso
combatirle; pero cuando le vio, quedó tan prendado de él, que de enemigo
se convirtió en íntimo amigo. Unidos combatieron y vencieron a unos
hombres feroces llamados Centauros, que eran tan buenos jinetes, que
decían los griegos que eran un mismo ser con sus caballos, o medio
hombres o medio caballos. Unidos bajaron Teseo y Pirítoo al infierno con
intento de robar a Proserpina, mujer de
Plutón. El can
Cerbero despedazó
a Pirítoo; pero Teseo fue sacado de allí por Hércules.
Teseo acompañó a
Hércules en su expedición contra las Amazonas. Cuéntase así el origen de
estas mujeres guerreras. Después que Nino hubo fundado el imperio
asirio, su mujer, sus hijos y Escolopita fueron echados de aquel país y
se retiraron con sus partidarios más allá del Caúcaso, desde donde
hostilizaron a los pueblos vecinos, hasta que éstos exasperados se
reunieron, los asaltaron y mataron a todos los varones de aquella grey.
Entonces las mujeres se reunieron, se armaron, eligieron una reina y
juraron que, para vengarse, declaraban la guerra a los hombres,
combatiendo con gran valor, sin dar cuartel a ninguno, hasta que fueron
vencidas por Hércules y Teseo. Este se enamoró de su reina, que se
llamaba Antíope, y tuvo de ella un hijo, que se llamó
Hipólito.
Más adelante, cuando murió Antíope,
Teseo se casó en segundas nupcias
con Fedra, hija menor de Minos.
Venus, para vengarse de Hipólito, que
era un joven estudioso y de mucho juicio, que no se entregaba a su
culto, inspiró a Fedra un horrible y furioso amor por él; y habiéndola
Hipólito reconvenido y rechazado con horror, ella, para vengarse, le
acusó a su padre de haberla querido seducir. Teseo, furioso con su hijo,
le maldijo, y como la maldición de un padre es tan terrible, aun entre
aquellas gentes tan desmoralizadas, dicen que Neptuno creó un monstruo
horrendo, que asustó a los caballos del carro en que iba Hipólito, y
desbocados se despeñaron, haciendo pedazos al carro y a su dueño.
La malvada Fedra, arrepentida y desesperada, se dio la muerte.
Esculapio
resucitó a Hipólito, y Diana le transportó a Italia, en donde se le
denominó «Virbius», que quiere decir segunda vez hombre. El fin de la
vida de Teseo es triste. En un viaje que hizo, Mnesteo le usurpó sus
estados, se retiró a Sciros, cuyo rey Licomedes le dio muerte,
precipitándole de lo alto de una roca.
Cadmo
Cadmo era hijo de Agenor, rey de Tiro. Habiendo
Júpiter, que al efecto
se transformó en un hermoso y manso toro blanco, robado a su hermana
Europa, Agenor mandó a su hijo corriese tras del raptor, rescatase a su
hermana y no volviese a parecer a sus ojos sin ella. No habiendo
encontrado ni podido dar alcance a los fugitivos,
Cadmo no pudo volver a
la presencia de su padre, y consultó con el oráculo de Delfos dónde
debiera establecerse. El oráculo le respondió que se estableciese y
labrase una ciudad allí donde le condujese un buey. Así eran por lo
regular las respuestas de los oráculos; como suele decirse, nada
entre dos platos. Los oráculos, de que varias veces he hecho mención,
los define Séneca de esta suerte: «La voluntad de los dioses expresada
por boca de los hombres», esto es, la de los sacerdotes de los templos,
y como todos los dioses tenían templos, había infinidad de oráculos. Sus
sentencias o respuestas eran siempre ambiguas o de dos sentidos, para
que pudiesen tener varias interpretaciones y evitar de esta suerte que
los que preguntaban conociesen que eran hechas al acaso y sin
inspiración divina.
Cadmo encontró en Fócida un buey, que siguió hasta el lugar en que se
paró, que fue en el que labró la ciudad de Tebas.
Habiendo enviado a sus compañeros a traer agua de un bosque cercano,
fueron devorados por un dragón que en él residía.
Cadmo mató al dragón y
le arrancó los dientes, que por consejo de Minerva esparció por el
suelo.
Estos dientes se volvieron entonces guerreros armados, que empezaron a
pelear entre sí con tal furor, que sólo quedaron vivos cinco, que
ayudaron a Cadmo a labrar la ciudad. Casó con Hermíone, hija de
Venus y
de Marte, y tuvieron muchos hijos. Habiéndole predicho el oráculo
que su descendencia sería muy desgraciada, se retiró con su mujer a
Iliria por no ser testigo de estas desgracias. Otros autores dicen que
fue expulsado por Anfión, que acabó de cercar la ciudad de murallas; era
tan consumado músico, que al son de su lira atraía las piedras, que
venían de por sí a colocarse en el lugar que les correspondía. Tuvo Tebas siete puertas; pero en Egipto hubo una ciudad del mismo nombre que
tuvo ciento; sus alrededores eran solitarios, áridos y se denominaron
«Tebaida».
Cadmo y Hermíone fueron transformados por Júpiter en serpientes; otros
dicen que fueron llevados en un carro, tirado por éstas, a los
Campos
Elíseos, que como sabéis era su paraíso. Cadmo enseñó a los griegos el
arte de escribir, ese arte del que ha dicho un poeta: que pinta la
palabra y habla a los ojos, da color y cuerpo al pensamiento.
Jasón
Era hijo de Esón, rey de Iolcos, en Tesalia, y de
Alcimeda. Destronado
éste por su hermano Pelias, el oráculo le predijo que lo sería él
a su vez por el hijo que tuviese su hermano. Así fue que cuando Esón
tuvo un hijo, temeroso de que le matase Pelias, le dio por muerto y le
llevó secretamente al monte Pelión, en el que residía un hombre docto y
sabio, llamado Quirón, a quien encargó de criar y educar a su hijo. Era
éste Jasón, que cuando tuvo veinte años, favorecido por
Juno, a la que
había hecho un favor sin conocerla, vino a Iolcos a pedir a Pelias la
restitución de su usurpado trono. Como Jasón, por su saber, valor y
belleza se había captado el amor del pueblo, que odiaba a Pelias, éste
no se atrevió a negarle su petición, le prometió pues concederle lo que
pedía; pero le persuadió que emprendiese la honrosa hazaña de
reconquistar el Vellocino, que, como ya os he referido, había arrebatado
Eetes a Frixo, a quien al intento asesinó.
Jasón, seducido por esta
gloriosa expedición, se embarcó con otros cincuenta príncipes
griegos en la nave Argos, llegando felizmente a Cólquida los intrépidos
Argonautas. Pero Eetes no se prestó a entregar el Vellocino sin que
Jasón hubiese primero matado al dragón que lo custodiaba, y después
amansado a los fieros toros con pies y cuernos de acero, que arrojaban
llamas, y que le habían sido regalados para el mismo objeto por
Vulcano.
Arando con ellos cierta cantidad de tierra con un arado de diamante y
sembrando en ella los dientes del dragón, de ellos nacieron guerreros,
que tuvo Jasón que exterminar. Todas estas proezas las hizo este héroe
con la ayuda de Medea, hija de Eetes, que era una hábil hechicera que
se había enamorado de él. Huyeron después, llevándose el
Toisón, y
regresaron a Iolcos; pero Pelias no cumplió su palabra y retuvo el
trono. Medea, para vengar a su marido, persuadió a las hijas de Pelias
que para rejuvenecer a su anciano padre le cortasen a pedazos e hiciesen
hervir en un caldero; pero este crimen no aprovechó a Jasón, porque
Acaste, hijo de Pelias, se hizo proclamar por rey, y desterró a Jasón y
a Medea, que se retiraron a Corinto. Allí, olvidando Jasón lo mucho que
debía a Medea, la repudió para casarse con Glausea, hija del rey
de Corinto. Medea, para vengarse, envenenó al rey y a la princesa,
degolló a presencia de Jasón a sus propios hijos y huyó por los aires en
un carro tirado por fieros dragones. Pasó a Asia, donde se casó con un
poderoso rey, y tuvo un hijo llamado Medas, que sucedió a su padre, y
del que tomaron sus súbditos el nombre de medos.
Jasón, después de la muerte del rey de Corinto, su protector, llevó una
vida triste y errante: Medea le había predicho que moriría por su nave
Argos, y en una ocasión que dormía a la sombra de la arrumbada
embarcación, se cayó uno de sus masteleros y le mató. Otros autores
dicen que conquistó la Cólquida, en la que reinó tranquilamente hasta su
muerte. Sobre su expedición en busca del Vellocino se escribieron dos
poemas, el uno en griego, por Apolonio, y el otro en latín, por
Valerio
Flaco.
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