Historia de los hombres célebres de Grecia -
Capítulo XVI -
Epaminondas
Después de haberos hablado de los sabios y de los filósofos, os hablaré,
niños míos, de los que entre los griegos sobresalieron como hombres de
Estado o como guerreros, y entre éstos empezaré por
Epaminondas, cuyas
virtudes han realzado tanto sus cualidades. Era tebano, y descendía de
los reyes de Beocia. Aplicóse desde muy niño al estudio de las letras,
de las bellas artes y de la filosofía. Le dieron el mando de las
tropas; empezó por combatir con los lacedemonios, con el general
Pelópidas, y estos dos hombres grandes, en lugar de rivalidad,
entablaron la más estrecha amistad. Este último, por consejo del
primero, libertó su patria del yugo de sus aliados los lacedemonios, de
lo que se originó una guerra, siendo elegido Epaminondas general de los
tebanos. Ganó la famosa batalla de Leuctres, en la Beocia. «Me alegro,
dijo en aquella ocasión, de este triunfo, por el placer que causará a mi
padre y a mi madre». Entró en Laconia con 50.000 hombres, y se hizo
dueño de casi todas las ciudades del Peloponeso. Cuando volvió a su
patria, en lugar de recibirlo en triunfo, lo encarcelaron y condenaron a
morir, porque existía una ley que prohibía tener el mando de las tropas
arriba de un mes. Epaminondas pidió que se escribiese sobre su sepulcro
«que había perdido su vida por haber salvado a la república». Esto hizo
que los tebanos entrasen en sí y le restituyesen el mando. Llevó la
guerra a Tesalia, alcanzando continuos triunfos. Habiendo estallado la
guerra entre los elzenos y los de Mantinea, acudieron los tebanos en
auxilio de los primeros; en la primera batalla recibió este general una
herida mortal en el pecho, que le causó la muerte a los 48 años de
edad y 363 antes de la Era cristiana. Antes de espirar preguntó que
quiénes vencían; fuele contestado que los tebanos: «He vivido, pues,
bastante, repuso, si dejo victoriosa mi patria».
Austero, insensible a las pasiones, indiferente así a las riquezas como
a la fama, gran guerrero, hombre de bien, daba continuamente lecciones
de virtud a sus conciudadanos. En un lujoso y suntuoso convite pidió que
le sirviesen manjares más sencillos; y respondió cuando le preguntaron
por qué lo hacía: «No quiero olvidar cómo se come en mi casa». Un
escudero suyo recibió una fuerte cantidad de dinero por el rescate de un
prisionero que había hecho. «Retírate, le dijo este general, pues tus
riquezas te apegarán demasiado a la vida para que puedas exponerte a la
muerte como hacías cuando eras pobre». De Epaminondas se hizo el bello
elogio siguiente: «Que nadie sabía más y hablaba menos».
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